lunes, 10 de marzo de 2008

Desiderio Arias

Desiderio Arias/Otto Oscar Milanese

"De San Juan a Las Mercedes,
Puerto Plata a Dajabón,
Desiderio fue el barraco,
cuando mataron a Món.
Dice Desiderio Arias,
que lo dejen trabajar,
porque si el coge el machete,
nadie sabe lo que hará".

J.A. Hernández.

Desiderio Arias
Otto Oscar Milanese
De Los Libros Inéditos "Cuéntame Un Merengue", y "Momentos Dominicanos".




Salomón, "Turquito," Haddad dejó el andullo en un rincón de la oscura estancia, respiró a pleno pulmón, deseando llenarse de la amenazante brisa a chubascos que atravesaba la ciudad de Santiago de los treinta Caballeros de un extremo a otro.


- ¡Yo te lo dije, Desiderio, ese hombre no te traga, porque sabe que tú eres guapo, que tú no juegas pa’ tumbalo!


El delgado jefe de los "Bolos Patas Prietas" fijó la mirada en su fiel lugarteniente y viejo amigo. Una vaharada de memorias pone brillo en su mirada, con hombres que fuman y beben en los corredores del Palacio Arzobispal, mientras, "Turquito", ese mismo hombre que ahora, con ademanes pacíficos, va colocando andullos en un entrante de la sala, se limpiaba los labios en aquella ocasión, luego de abocarse a la botella de ron, y le dijo: ¡"No cederemos, Desiderio! ¡Estamos contigo! ¡Si Monseñor Nouel no te cumple, e’te gobierno no amanece." Han pasado los años. Monseñor huyó camino a Barahona, y ya no hay cibaeños que fuman y escupen por los pasillos del Palacio Arzobispal; pero él, Desiderio, ha continuado encontrándose con la muerte de frente, "Turquito" siempre ha estado ahí, callado como un perro, en el frio de las lomas, en las hambrunas de las rebeliones, y en los aburrimientos de los períodos de paz.


- Mira "Turquito"- dijo Desiderio, colocando otro andullo en el rincón elegido por Haddad -. Trujillo sabe que estuve con él, cuando el Movimiento Cívico marchó sobre la capital.


Trujillo sabe que él, Desiderio Arias, ha estado con todos y en contra de todo el mundo. El caudillismo nacional presiona y provoca la huida del gobierno ensotanado de Nouel. El jefe"Bolo Patas Prietas" se une a Elías Brache y marcha contra el gobierno de Bordas Valdez, a pedirle, a exigirle...


- Que Bordas sepa bien temprano - le dijo a Brache en aquella ocasión-, de que lado está la fuerza en este país.


Y el presidente Bordas lo supo. Accedió a las exigencias de Brache y de Desiderio. Nombró al flaco general puertoplateño como Delegado de su gobierno para el Cibao, lo que no impediría que mas tarde, el caudillo "Bolo Patas Prietas" se aliara con su enemigo político, el "Coludo" caudillo Horacio Vázquez para tumbarlo. ¡Sí, Trujillo lo sabe, él, Desiderio, ha estado con todos y en contra de todo el mundo!


Salomón, "Turquito," Haddad salió a la calle, tomó otro de los andullos que cargaba el burro, y regresó murmurando:


- No te descuides, Desiderio, ese hombre te está acechando. Yo sé que él piensa que tú te has aliado con don Rafáel Estrella Ureña.


- Mira "Turquito"- dijo Desiderio Arias-, lo que pasa es que el general Trujillo es así; pero ya mismo se aquieta, tú lo verás.


Fresca lluvia de un anochecer tranquilo moja al valle de Santiago. Salomón, "Turquito," Haddad se había marchado cuando comenzaron a caer los primeros goterones. Desiderio Arias quedó solo. Frente a una pared cargada de sombras que lo arrojan a un enmarañado laberinto de recuerdos. En las vacilantes sombras de la pared revive días soleados entre hombres que van de un lado a otro por las sabanas fronterizas; hombres que sólo entienden de machetes y puñales, y a quienes la vida del campo les ha otorgado las limitaciones de sus propios sueños, el estrangulamiento de sus deseos. Ramón Cáceres había caído en Guibia, las balas pudieron con el legendario "Món", y el país ardía bajo el mando de los Quiquises. Horacio Vázquez, apoyado por el presidente haitiano, desconoció al gobierno. José Bordas Valdez y Ricardo Limardo se rebelaron también, mientras que por el ancho sur, Cipriano Bencosme y Doroteo Rodríguez luchan contra el gobierno de la capital. Días para deambular por la manigua de la línea noroestana con jimenistas sedientos, ansiosos de fortunas que nunca llegan. Cae un gobierno y sube otro, y ellos matándose a pedazos entre revoluciones efimeras; revoluciones que duran lo que aguantan los gobiernos de esa gente bien vestida de la capital. Sol y llanuras. Flacos caballos que arrastran bajo el sol liniero a las mal organizadas tropas de insurrectos arapientos. Sol, hambre y sabanas...


Golpearon a la puerta. El general Desiderio Arias regresó sobresaltado del mundo de sombras en que estaba sumergido. Caminó con lentitud hasta la puerta y la abrió. Bajo la lluvia reconoció las ceñudas caras de los hombres del general José Estrella.


- ¡Anjá!- Exclamó de mala gana, el general Desiderio Arias.


- Mire, generai - dijo abruptamente uno de los sicarios -, nojotros na’ ma’ queremo’ que usted sepa, que esa amistad suya con don Rafáei, arresuita muy so’pechosa.


- ¡Anjá!- Repitió lacónicamente el general Desiderio Arias.
El aguacero mantenía un ritmo suave, enamorando la temprana noche cibaeña.


- Nojotros na’ ma’ queremo’ que usté recapacite, generai. ¡ Pa’ tranquilidad de to’ el mundo, conchole!


El general Desiderio Arias miró la lluvia por encima de los hombros de sus interlocutores -. ¡Díganle al general José Estrella, que ya basta! Que le diga al presidente Trujillo, que él me conoce y sabe que yo estoy tranquilo. ¡Que me deje trabajar en paz!


El general José Estrella arrodilla su criminal arrogancia frente al retrato de Trujillo que ha mandado colocar en su oficina. Se arrodilla y tiemblan sus labios como rezando. Levantándose grita: - Ya pueden pasar.


Irrumpen tropezando unos con otros, insultándose en tono bajo. Detrás del escritorio, el general José Estrella, de pie, los estudia, y cada vez crée conocerlos menos; pero son sus hombres. La resaca social arrojada por el presidio, y ahí están arremolinándose frente a su escritorio, casi sin saber que hacer ni como empezar a informarle. Él los deja unos segundos más, disfruta esa súbita torpeza que invade a sus hombres cuando están ante él.


- Güeno, mi generai-toma valor el que luce más decidido del grupo, el que ha respirado profundo; el que tímidamente adelanta un paso y se aclara la garganta, luego de hacer sonar su vieja tos de fumador -, de que ese Desiderio tiene su enre’o con ei sobrino suyo de usté, lo tiene.


Los hombres se inquietan. Sus movimientos parecen oleajes de andrajos, que amenazan sepultar las frases de su compañero. Murmullos en coro, repetidos asentimientos de cabeza y palabras a medias corroboran lo que escucha inmutable el general José Estrella.

- ¡Güeno, ya callense, carajo, que toy jablando con ei generai E’trella!- se envaléntona la voz , un chispazo de confianza brota en el fondo de sus ojillos -. Dende luego que sí, mi generai, eso e’ así... Na’ ma’ nos vió ese hombre y ya no supo ni que decí. Nojotros le dejamo’ dicho eso mesmo que usté nos mandó decirle, y éi a to’ re’pondiendo, ¡que anjá y anjá!


-. ¿Pero bueno, algo más habrá dicho el general Arias, no?


- Dijo to’ eso que ya le he referí’o, mi generai -. Responde , rascándose pensativamente la greña.- Güeno, también dijo esa vaina que siempre dice; pero usté ya sabe eso, generai, la misma cantaleta, ¡que le digamo’ al jefe que lo dejé trabajai en pa‘!


El general Desiderio Arias, miraba el pedazo de mañana cibaeña que le dejaba ver la hoja de puerta entornada, cuando escuchó los buenos días que le ofrecía la voz de Salomón, "Turquito", Haddad.


- Buenos días, "Turquito"-. Respondió el caudillo de los "Bolos Patas Prietas"-,anoche volvió la gente del general José Estrella.


- ¡Anjá!- Exclamó el lugarteniente de Arias -. Pude verlos, Desiderio. Estaba alerta, nunca te dejo solo.


Desiderio Arias observó al hombre tomar una silla de palos y reclinarla contra la pared. Mirándolo, se escapó hacia grises días capitaleños, cuando el presidente "Bolo" Juán Isidro Jiménes decretó arrebatarle la administración del ferrocarril. ¡"Conchole, Desiderio", le dijo "Turquito" aquella vez, "como que a Juán Isidro se le fue la mano con nosotros"! El Ministro de Guerra y Marina, general Desiderio Arias, sabía que lo que se le estaba yendo al presidente Jiménes era la salud. Decidido a recuperar fuerzas, el presidente se retira a la quinta de Cambelén, dejando en la capital a un disgustado Ministro de Guerra y Marina que presiona y recibe el respaldo de los "Coludos" de Horacio Vázquez.


- Nada sale bien, "Turquito" - dijo Desiderio Arias -. Trujillo continúa presionándome, y el negocito este no produce un clavao.


- Pero bueno, Desiderio, que clientela puede tener un negocio como este. Arrimate a la puerta pa’ que veas lo vigila’o que estamos.


El general Arias se encaminó hacia la puerta, "No envejece", piensa, mirando a su lugarteniente, "no cambia ni me abandona". Se detiene bajo el marco de la puerta y lanza una mirada a la calle santiaguera, en la que despreocupadamente los hombres del general José Estrella fuman y miran oblicuamente hacia el negocio de tabaco de Arias.


- ¡Ah, carajo, "Turquito"!- Exclamó Desiderio Arias, sintiéndo como los grises días tensos de la capital vibran en su voz -. ¡Nos están empujando a pelear!


Él era el Ministro de Guerra y Marina, a pesar de que los americanos lo tenían por ladrón. Era el Ministro de Guerra y Marina, aunque los americanos sostuvieran que sólo era un bandolero. Era el Ministro de Guerra y Marina, y eso debió haberlo considerado el presidente, antes de ordenar que le quitaran la dirección de un ferrocarril que ya no producía lo suficiente; pero producía para solventar dos o tres meses de tiros por las sabanas fronterizas, y asustar a cualquiera de esos gobiernos que suben y se sostienen sin saber siquiera de qué y quién los sostiene.


- Ya lo creo, Desiderio, ya lo creo. ¡Este gobierno del general Trujillo nos tá empujando pal monte!


El presidente no consideró nada. Cuando a Cambelén le llevan la noticia del disgusto del general Arias, su Ministro de Guerra, con el gobierno "Bolo", y que los "Coludos" de Horacio Vázquez coquetean con el flaco general, el presidente Juán Isidro Jiménes reacciona con energía inapropiada para un hombre viejo y enfermo: Los generales Mauricio y Césareo Jiménez son puestos en retiro, e inmediatamente ordena su arresto. Desiderio Arias, tras el decreto presidencial corre decididamente hacia la Fortaleza Ozama y forcejea con varios militares.


- No se puede vivir así, "Turquito". Si no nos mata el hambre, nos mataran los esbirros del general José Estrella.


Tristes días de una capital que ve asomar la lluvia en el cielo, pero no cae. Se detiene el aguacero en nubarrones que huyen empujados por la brisa antillana. Forcejeos y voces dentro de la Fortaleza Ozama. Se impone el delgado general, declarándose rebelde, ordena la libertad de los hermanos Jiménez, mientras, desde Cambelén, el presidente Jiménes decreta la destitución del general Desiderio Arias como Ministro de Guerra y Marina. El Ministro estadounidense se asoma a un ventanón enrejado del edificio que alberga su delegación, y piensa "tampoco llover hoy sobre la isla", se pasa un pañuelito por la frente que va arropando un sudor serpenteante, "hay que apoyar a jiminis. Hacer creer que los americanos apoyan Jiminis" y vuelve a pasarse el pañuelito por la frente, y vuelve a telegrafiar a Washington, a pesar de que ya sabe que el comandante Crosley llegará a Santo Domingo a bordo del Praire, y que se trasladará hasta Cambelén para asegurarle a Jiménes: "Nosotros estar decididos a mantener por la fuerza al "Bolo" gobierno de usted", y el enfermo presidente Jiménes: "muchas gracias, mi gobierno se defiende solo, nada más prestenle armas y municiones". Desiderio Arias, en tanto, rodea el Senado de la República, y este declara las ordenes de Arias: ¡"El presidente Jiménes debe comparecer ante el Senado de la República para responder a las acusaciones que se le imputan sobre el manejo turbio de los fondos públicos, y violaciones a la Carta Constitutiva"!


Los ojos de Salomón, "Turquito," Haddad se llenaron repentinamente de alegría al escuchar las palabras del general Desiderio Arias. Así le hablaba el incansable guerrillero que había peleado a su lado por las sabanas del noroeste.


- Yo hago lo que tú mandes, Desiderio -. Dijo "Turquito", poniéndose de pie.


El Ministro estadounidense suda, se ha abofeteado ligeramente con un pañuelito blanco las mejillas coloradas, y la frente, en donde comienzan pequeñas olas de arrugas que se tornan mas acentuadas hacia las sienes cuando sonríe. Una y otra vez se abofetea con el pañuelo, pero el sudor no cede, está molestamente ahí, tropical y permanente. El Ministro estadounidense pasea intranquilo por sus oficinas. Desiderio Arias y Jiménes se disputan el poder, y él, con su traje de lino blanco, él, dandole bofetadas a la calor que no se rinde, y líquidamente baja de la cara hasta el cuello. Él, es uno de los pocos hombres que sabe lo que realmente se avecina para la isla, a pesar de la lucha entre Arias y Jiménes. Jiménes que no reconoce la autoridad de un Senado presionado por los "Patas Prietas", y responde declarando a San Jerónimo como asiento del gobierno democráticamente elegido.


Rasga el fosforo el general José Estrella, y cobijando la trémula llamita con la ancha palma de su mano ahuecada, enciendeel pábilo de la vela. Partirá hacia Valverde Mao, comandando un ejército que aplastará la insurrección del general Desiderio Arias.


- El general Desiderio nunca está con nadie-, murmura el general José Estrella, y deja la vela frente al amplio retrato del general Trujillo que abarca toda una pared del despacho -. El general Desiderio se opone hasta al mismo diablo, con tal de estar peleando, de estar tumbando gobiernos.


El general José Estrella se arrodilla, lentamente se persigna y observa la enigmática sonrisa del general Trujillo que lo mira desde el muro -. ¡Contigo no puede Arias, ni veinte como él, compadre! - Grita para que sus subalternos le oigan detrás de la puerta, en la antesala de su oficina, y luego mueve los labios con rápidez de vieja rezadora de Horas Santas y de velatorios -. ¡Compadre Trujillo, el general Arias huele a muerto!

El general Desiderio Arias aguardaba acantonado con sus hombres en Santo Domingo de Guzmán. Días con el mar Caribe de fondo para las luchas y los pensamientos. "Jiménes debe quedarse en Cambelén", piensa Arias, "debe dimitir y no presentar oposición"... Pero el presidente Jiménes ya estaba, con las tropas leales, en San Jerónimo, dispuesto a defender la legalidad de su gobierno.


- ¿Cómo pudieron dejar que Desiderio huyera?_ Preguntó furioso el Generalísimo Trujillo. El sol de Valverde Mao arrancaba destellos al uniforme atiborrado de medallas y condecoraciones.


- Compadre Trujillo - dijo muy lentamente el general José Estrella, como sospesando cada palabra -,a ese hombre lo cuida el diablo. Mis hombres lo tenían vigilado y se les esfumó. Se percataron muy tarde de la huida de Arias, cuando vieron que las horas pasaban y continuaba cerrado el negocio de tabaco que él tiene en Santiago. Ordené inmediatamente que lo buscaran por todo el pueblo y por todo el Cibao, y nada. Tampoco apareció ese tal "Turquito" que siempre lo acompaña.


-¿ Cuantos hombres lo siguieron?_ Interrogó la voz aflautada del Generalísimo Trujillo.


-No lo sabemos, jefe_, respondió el general José Estrella -, sus hombres estaban diseminados por todo el Cibao. Seguramente se le han ido uniendo al conocer que otra vez su caudillo cogió la manigua.


- ¡ Hay que bajarlo, general Estrella!- La voz sobrecargada de ira, era un grito sobre la mañana de Mao -.A Desiderio hay que bajarlo vivo o muerto de esos cerros, y hasta que así no suceda no me iré de Mao.


El viejo presidente enfermo, Jiménes, va decidido a combatir al general "Patas Prietas", pero en San Jerónimo se tropieza con tropas estadounidenses. Jiménes se enferma de indignación, "Es un atropello" piensa, "sólo les pedí que me prestaran armas, y ellos desembarcan a la fuerza". Ahora puede entender, por que tantas presiones del gobierno estaodunidense sobre la economía nacional. Él y Arias no son mas que soldaditos movidos por la fuerza expansionista de un imperio que crece. "Si me enfrento a Arias en la capital, esta gente lo tomará como pretexto para invadir el país", piensa en San Jerónimo el viejo Caudillo "Bolo",mientras los estadounidenses le proponen "presidente Jiminis, nosotros apoyando gobierno suyo; nosotros no queriendo ni un chin al bandolero de Arias, nosotros queriendo abrir paso a balazos a través de la capital". Jimenes, asfixiándose en su propia indignación, ofrece, con su respuesta, uno de los ejemplos más hermosos que pudiera dar una pequeña nación débil ante una potencia intervencionista:


"En mi manifiesto a la ciudadanía de hace dos días declaré solemnemente que tenía la dolorosa convicción de que un choque armado entre mis fuerzas, las constitucionalistas, y las que ocupan la plaza rebelde de la capital de Santo Domingo, determinaría inevitablemente el sonrojo de una intervención norteamericana.


"Efectivamente, la Comisión americana, que vino enviada por su Gobierno a apoyar el gobierno legitimamente constituído que sucumbe hoy ante la ola negra de la deslealtad mas infecunda, me expresó su formal propósito de apoyarme por la fuerza abriendo brecha, a través de los muros de la capital, al Gobierno constitucional.


"Sordo el espiritu de los rebeldes a los plañideros reclamos del patriotismo, del verdadero, del auténtico,no del que pregona por las calles y plazas sus hipócritas tonalidades para encubrir tenebrosas combinaciones políticas, sino el que prefiere el sacrificio al deshonor del poder que perturbe la diafana serenidad de la conciencia, dispuesto los autores del golpe de estado del 14 de abril a hundir la nacionalidad antes que renunciar a su febril ansiedad de poder, se imponía una alternativa al presidente de la República: Regresar a la mansión presidencial entre ruinas a disfrutar del poder reconquistado por balas extranjeras, o la inmolación.


"No he vacilado un solo instante, y con todo el país a mi lado, exceptuando parte del ejército en traición en Santo Domingo, Santiago y Puerto Plata, con mas de 1,500 hombres estrechando la plaza rebelde, tropa valerosa y llena de entusiasmo guerrero, desciendo las gradas del Capitolio, y serena la conciencia, con el sentimiento del deber cumplido, sintiendo en el crepúsculo de mi vida brillar el sol sobre la plata de mi cabeza, me retiro a la serenidad de remanso de mi hogar.


"Comprendo las desgracias que se ciernen sobre la República y el aspecto jurídico especial que ofrece el organísmo de las instituciones en momentos como el actual en que renuncio la Presidencia Constitucional de la República ante el país, ante la nación soberana, no ante las camaras, revolucionarias y apoyadas por las fuerzas desleales.


"Mi gratitud acompañará las actuaciones posteriores del Consejo de Secretarios de Estado, que ha hecho derroche de decoro y de eficacia; de mis gobernadores leales, del bravo ejército que me rodea, y de los dignos ciudadanos que me han acompañado en este difícil momento histórico.


"La historia apreciará a la hora del supremo balance la trascendencia de mi gesto y la gravedad del delito cometido, que arroja sombras a sus autores y traerá días de duelos sobre la nacionalidad, inflexible como habrá de ser el fallo de la posteridad".

Cuartel General de San Jerónimo,

7 de mayo de 1916.
Juán Isidro Jiménes.


El guerrillero impenitente, contrariando los deseos del general Trujillo, no pensaba descender de los cerros maeños. El general Arias contaba con veinte y nueve largos años de insatisfacciones, de carreras por la manigua montecristeña, y tiros. Veintinueve duros años sin tregua, inconformidades peleadas a balazos contra gobiernos; veintinueve años de machete y monte con su nombre corriendo de boca en boca por la isla.


Como todas las mañanas en su vida de general, José Estrella rezó. Rezó frente al retrato de Trujillo, y le pidió que lo ayudara a bajar a Desiderio de los cerros. Cuando salió al patio de la fortaleza, y se paseó frente a sus hombres pasando revista, la seguridad en si mismo le engañaba cruelmente, "Esta vaina será sólo cuestión de horas", pensó, mientras el cibaeño regimiento se mantenía en rígida posición de saludo, "cuestión de que subamos esos cerros y se lo traígamos a mi compadre Turjillo".


Subir a los cerros de Valverde Mao, con Desiderio rebelado contra Trujillo, no era cuestión de horas, sino de hombres. De hombres y de tiros que sacuden la monotonía de los campos maeños. Y ahí está Desiderio con sus hombres que tiran y no se rinden. Con sus hombres que conocen donde pisan y donde se ocultan. El general José Estrella bajó sin Desiderio.


- ¡Pero como rayos no pueden!-. Grita Trujillo iracundo, frente al general José Estrella-. ¡ Hay que bajarlo, José! ¡Desiderio es el último de los caudillos, y lo quiero vivo o muerto! Telegrafié a "Fello" Vidal, que no me moveré de Mao sin resolver este asunto.


"Mi gobierno no se apoyará en balas extranjeras", dijo Juán Isidro Jiménes, tomando el camino del retiro. Allá en la capital, quedaba el general Desiderio Arias con sus hombres. Allá en la capital, también estaban las primeras tropas estadounidenses.


Azota el viento caribeño contra blancas banderas de paz obligada por la amenaza de la fuerza. En la torre de la fortaleza colonial y en el Palacio Municipal ondean las banderas sobre el silencio de una ciudad que aguarda, de una ciudad sin ruidos, y repentinamente sin gente por las calles, sin vida. La brisa juega por los viejos muros coloniales... Brisa, silencio y muros ofrecen un aspecto de cementerio a la ciudad que aguarda, porque detrás de cada puerta hay un ojo que acecha, una respiración contenida, y una rabia que comenzaba a tomar cuerpo en la conciencia de cada dominicano impotente y desarmado. ¡Santo Domingo de Guzmán se vestía de cementerio! El cementerio que acogía la cólera y la frustración del general Arias, quien rápidamente va liberando a los presos de la Fortaleza Ozama y los enrola a su ejército, "Malditos yankees"!, escupe una ración de su ira en el patio del viejo recinto militar, mientras la forzada paz de las banderas blancas es castigada por un golpe de brisa antillana. El gringo ojo invasor conoce desde el Caribe mar que un pequeño pueblo desarmado, tiembla de vergüenzay rabia tras las puertas. ¡"Malditos yankees"!, la sangre baña la boca del general que abandona Santo Domingo de Guzmán. ¡Con el alma manchada de rabia se aleja Desiderio hacia el corazón del Cibao, y no hay tiros! ¡Se va Desiderio y no hay pleitos! Silencio. Oleajes de silencios que barren las calles, las plazas, los mercados, las iglesias. Silencio, y puertas que lentamente se entreabren... Ojos que ven: ¡odios que nacen! y silencio, silencio... Vientos como bocanadas de oscuros presagios tiñendo las calles. Al fondo, un mar incansable que va y viene a golpear las orillas con un fragor de siglos. Repentinamente va creciendo en el silencio el rumor de las botas militares. Las puertas continúan entreabiertas. Nadie en las calles. Sólo el silencio reptando palmo a palmo por las calles coloniales, como una bofetada de desprecio al invasor.


Almorzaba en Guayacanes en compañía de "Turquito", cuando inesperadamente se plantó frente a ellos el hombre, saludando militarmente -. Trujillo ha envíado a un Cura con un mensaje para usted, general Arias.


- Traígalo_, dijo el ganeral Desiderio Arias, con el muslo de pollo que se iba a llevar a la boca detenido en alto-. ¿Vamos a ver que quiere Trujillo?


Salomón, "Turquito," Haddad masticó apresuradamente, luego de tragar se pasó el envés de las manos por los labios, y dijo, señalando al mensajero que se alejaba -. ¡Lo que es a mi, ese hombre nunca me ha gusta’o ni un chín, Desiderio!


- Ludovino, "Turquito", es uno de los nuestros - dijo el general Desiderio Arias_, y es bastante guapo, además.

- Será todo lo guapo que tú quieras, Desiderio; pero a mi sigue sin gustarme ni un chín. No mira de frente cuando habla_. Respondió "Turquito," y prosiguió arrancando trozos de carne con los dientes.


En Valverde Mao el general Trujillo se aburre. Ha telegrafiado a su Secretario de Estado, Rafael, "Fello," Vidal, que no abandonará el pueblo de Mao mientras no arregle lo de Desiderio: "El asunto del general Arias va para largo. El general Estrella ha resultado impotente. Sus hombres personifican la ineptitud. Mal armado. Con pocos hombres. Desiderio continúa arriba en la loma. Metiendo miedo. Puro aguaje, "Fello", porque tarde o temprano o pierde esta contienda o se me rinde". Contrarrestando el aburrimiento, el presidente Trujillo asiste a los bailes que celebra en su honor la sociedad maeña. Aprieta jovenes hembras Trujillo, mientras el jaleo merenguero lo lleva como alucinado de un extremo a otro del salón, y el "Viva el Jefe"! suena en Mao como es obligación que resuene en toda la isla, ¡ "Que bien baila el jefe los merengues"! En Guayacanes hay oscuridad y charla, mientras Trujillo bebe y baila,¡ "epa"!, gritan al rededor del hombre uniformado de general, ¡"Viva Trujillo"! Y en Guayacanes, la mediación de la iglesia logra concertar una entrevista entre Desiderio y Trujillo.


En Guayacanes, mirando arribar a Trujillo y su comitiva, Salomón,"Turquito," Haddad le golpea un costado al general Arias con los codos, y le propone: - ¡Muerto el perro, se acabó la rabia! Si lo matamos aquí mismo, to’ el país nos lo va agradecer, Desiderio.


La indignación provoca que el general Arias respire profundo antes de contestar: - Déjate de pendejadas, "Turquito", que tú sabes muy bien que yo soy hombre de palabra, y estamos aquí para hablar. ¡Si fuera momento de pleito, te juro que le vuelo el pescuezo a Trujillo sin dolor de mi alma!


Son viejos conocidos. Se miran de frente y se saludan. Comienzan a pasear por Guayacanes, Trujillo ha ido con un propósito definido y lo expone sin rodeos:


- Mira Desiderio - la voz de Trujillo corta la campesina brisa de Guayacanes -, yo siempre he sido muy claro contigo. Tú sabes que yo pongo a tu disposición el dinero que me pidas, el ministerio que tú elijas;¡ pero ya déjate de vainas contra este gobierno, que a ti, este gobierno no te ha hecho nada!


Se detienen y se observan; se estudian. Trujillo aguarda la respuesta del guerrillero impenitente, y la escucha. La escucha Trujillo, y la recoge la brisa de Guayacanes. Una respuesta que el pueblo dominicano luego bailaría en merengues:


- ¡General Trujillo - dijo tranquilamente el general Desiderio Arias -, lo unico que yo pido de su gobierno es que me deje trabajar!


Iracundo, regresa Trujillo a la ciudad de los bellos atardeceres, " Y que se cree Desiderio, coño, que me responde con arrogancia, y me sale con esa vaina de que lo dejen trabajar". Los ¡"Viva el Jefe"! que lo persiguen por donde quiera que va no le calman el enojo, ¡"Lo quiero aquí abajo cuanto antes"! Y vuelve a sonar el merengue en Valverde Mao: "Voa montá un molino/en la carretera/pa’ molé mi caña/de cualquier manera"/, y un trago de Carlos I, mientras continúa imparable ya, el merengue: Caña dulce/ay, mamá/caña brava/ay, mamá"/.

Por la campiña cibaeña cabalgaba Judas. "No me gusta ese hombre ni un chín, Desiderio" se perdían entre los pinares las palabras de Salomón, "Turquito," Haddad, subían empinadas colinas, caían ladera abajo y se ahogaban en los rios impetuosos que atravesaban los valles. "Ni un chín"! En el aire se presagiaba un turbio eco de tragedia, y a escondidas del Cibao que le teme y admira cae emboscado el guerrillero impenitente. Veintinueve años de lucha emanan a borbotones del cuerpo que ha quedado tendido en la cibaeña tierra. Ha muerto Desiderio, y Trujillo, entre merengues y tragos de Carlos I, todavía no lo sabe, allá en Valverde Mao. No lo sabe el Cibao que impotentemente llorará en silencio , cuando por las calles de Santiago paséen la cabeza de Arias. No lo llora aún la viuda, a quien Trujillo, personalmente le ofrecerá sus condolencias, luego de decretar tres días de Duelo Nacional, y expropiarse de las tierras del difunto. Nadie lo sabe, hasta que Ludovino separa la cabeza del tronco con un brutal machetazo que lo salpica de sangre. Y baila merengues Trujillo en Valverde Mao, ajeno todavía a las arcadas de asco que lo sacudirán en pleno salón de baile, cuando Ludovino,con frialdad, meta la mano en el macuto y le muestre la cabeza de Arias.