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lunes, 10 de marzo de 2008

El Retrato Hablado

El Retrato Hablado/Otto Oscar Milanese

El Retrato Hablado
Otto Oscar Milanese
Del Libro Inédito "Vueltas Sobre El Mar".

Vicente era un hombre gordo, y lo peor, tenía nombre de obeso. No me alcanza la memoria para tropezarme con algún Vicente flaco en mis recuerdos. La obesidad de Vicente, don Vicente para muchos, es intrascendental, si la menciono, es porque la policía anda ocupadísima en dibujar su retrato, y parece que nadie coopera con los del orden. Increiblemente nadie parece recordar como era Vicente.


Además de la imponente fisonomía de Vicente, puedo recordar dos hechos repetitivos derivados de su llegada al pueblo. El primero: que jamás dejó de visitar mi barra. Y el más importante: que al finalizar su estadía, siempre se echaban de menos a cuatro o cinco ciudadanos. Todos nosotros sabíamos a lo que venía Vicente una o dos veces al año. Muchos de nosotros nos desvivíamos aguardándole, porque nos prometió llevarnos en el próximo viaje, y esto provocaba dos efectos antagonicos. El efecto positivo consistía en que los hombres, obsesionados por reunir la cantidad estipulada para el viaje, laboraban con más ardor. El efecto negativo repercutía en la vida hogareña. El padre de familia se tornaba cicatero, afanado en ahorrar gran parte de su salario para entregarselo a Vicente.


El capitán se presentó intempestivamente a la hora en que la barra solía verse más concurrida. De complexión baja, con un espeso bigote negro, y con un rictus en el rostro que denunciaba un insoportable dolor de muelas, vino hasta mi por entre las risotadas y la música, por entre las voces yla densa humareda.


- Usted conoció a Vicente-. Me lo tiró así de saludo. Con un desabrido tono que no interrogaba ni afirmaba-. Usted debió conocerle, acostumbraba a emborracharse en este tugurio.


Detrás del mostrador, sacaba dos Presidente que ordenaron, sin dejar de observar el adusto rostro cetrino del oficial, que daba rítmicas palmaditas sobre la superficie lisa.


- A Vicente le conoció todo el mundo, capitán-, sostenía la desesperada mirada demencial que me fusilaba desde el otro lado del mostrador-, si acudía a emborracharse aquí, como usted afirma, todo el mundo, incluido usted, debió conocerle.


La dificultad en tragar fue obvia en el rostro, en la garganta del capitán. La mano cesó de tamborilear, se crispó, parecía haber encontrado una súbita muerte sobre el mostrador.


- Las bromas pueden costarle la clausura de esta pocilga. ¿Entiende usted?- Un cuchillo de voz difónica, ahogada en rabia contenida-. A Vicente, nadie ha podido describirlo en el pueblo. El sargento Heredia se ha gastado un mes en interrogatorios, procurando dibujar un retrato hablado de Vicente, y nadie aporta nada. ¡Vicente es un hombre sin rostro!


- O un hombre temido, capitán. Nadie desea comprometerse.


La mano del capitán reinició el interrumpido golpeteo, se animaban los dedos, danzaban.


- Podría ser cierto. Creo que usted le sería útil al sargento Heredia.


- ¿Por qué buscan a Vicente, capitán?


- ¡Tráfico de indocumentados!- La mirada se impuso al dolor, para fijarse escrutadoramente en mi-. ¿Algo mas?


- Es suficiente-. Dije.

- ¿Entonces, colaborará usted con el sargento Heredia?


- Probablemente-. Dije, y el capitán pareció conformarse. Se retiró tal y como había llegado, prescindiendo de toda formula de cortesía.


El capitán, como el resto de la población, sabía que si alguien poseía motivos para querer describir aVicente, esa persona era yo. Se las tenía jurada al gordo, desde la noche en que comenzó a atiborrarle la mente de pendejadas a Altagracia.

- Deje en paz a la muchacha-. Le advertí, mientras dejaba en la mesa la cerveza que había pedido.


Su enorme vientre se estremeció por una explosión de risa.


-¿ Celoso, eh?


- Piense lo que quiera, Vicente; pero no sonsaque a la muchacha, ella no necesita ir a ningún lado. Se encuentra a gusto aquí.


Consumió más de la mitad de lo que le había servido. Se restregó groseramente los labios gordezuelos con el reverso de las manos.


- Entiendo-, dijo entre carcajadas-, debe usted tenerla explotada. Apuesto a que le paga una miseria.


- ¡Vayase al diablo!- Exclamé, y fui a meterme detrás del mostrador, perseguido por las risotadas del gordo Vicente.


Me afligió la alegría con que Altagracia vino a decirme que se marchaba. Sospechaba que Vicente la había convencido, y mientras ella agradecía el tiempo que estuvo laborando para mi, yo la imaginaba entre las viejas paredes de madera de su alcoba, metiéndo raídas mudas en una maleta prestada. No encontré la forma de disuadirla, pese a todo, su alegría acabó emborrachándome con una comprensión que aislaba, apagaba un poco mi tristeza. Entonces, no podía remotamente imaginar aquellos helicopteros revoloteando sobre la mar picada, y los informes de los noticieros radiales. El oleaje que la TV. dominicana arrojaba contra mis ojos, contra el cerebro negado a asimilar el claro mensaje de que no habían sobrevivientes.

El capitán, todo el pueblo, sabe que he vivido aguardando a Vicente. No ha regresado desde que ocurriera la tragedia; pero puedo describirle muy bien. Será un placer describirlo, sentiré que voy quedando mejor con Altagracia. El recuerdo de Altagracia comenzará a buscar un lugar menos nocivo en mi ser, lo único incomprensible, es ¿por qué debo describir a alguien que todo el pueblo, incluyendo a los oficiales del cuartel de la policía, conoce?


El capitán se presentó a la noche siguiente. Venía acompañado por un hombre delgado, que resultó ser el sargento Heredia. Como habitualmente, no saludó, ni realizó presentación alguna, fue directamente a su objetivo.


- ¿ Dispuesto a colaborar?- Preguntó-. El sargento Heredia anda armado para trabajar-. Señaló con el indice el cartapacio que portaba Heredia.


Los invité a que me siguieran a un cuartucho ubicado en la parte trasera del local, que solía utilizar para esporádicos y breves reposos, durante las trasnochadas de los fines de semana. El sargento Heredia no perdió tiempo, habilmente trazaba los adiposos rasgos faciales que le describía. Borraba, mejoraba una perspectiva, observaba el dibujo desde ángulos diferentes; asentía o renegaba gruñendo, siempre con un cigarrillo apagado entre los labios. El capitán se paseaba a espaldas nuestras, y en ocasiones espaciadas, metía sus negros bigotes por encima de los hombros del sargento Heredia, para observar la cara que aparecía cada vez más nitida en el papel.


- ¡Ya lo tengo!- Gritó el sargento Heredia-. ¡Por fín tenemos el rostro de Vicente, capitán!


El capitán corrió. Tomó el papel entre sus manos-. ¡Perfecto! ¡No cabe dudas, es él, reproduciremos este rostro!


Me animaba, se animaba el recuerdo de Altagracia dentro de mi, entonces, tomé el papel que el capitán me tendía.

- ¡Pero..., pero si este hombre no es Vicente!- Exclamé.


- ¡Cómo que no, carajo!- Gritó el capitán-. ¡Usted mismo se lo describió al sargento Heredia!


Dígale A La Eulogia

Dígale A La Eulogia/Otto Oscar Milanese

Dígale A La Eulogia
Otto Oscar Milanese
Del Libro Inédito "Vueltas Sobre El Mar".

Bueno, y en llegando usted, compadre Remigio, me le dice bien clarito a la Eulogia que si no he podido echá pa’lante el rancho no e’ por mal agradecí’o, como me cuentan que dice. Dígale que si la necesidad me obligó a masticar un chin de inglés, así como quien mastica chiclets en el cine, no olvido mis costumbres, aunque diga good morning luego de cada cepillada de dientes, y que es una vaina, compadre, que se me quede en el alma la sensación de que no he dicho buenos días, aunque Martín porfíe que decir good morning es los mismo que decir buenos días. ¡Y mal diantre me parta, si es lo mismo,compadre Remigio! Aunque Martín me saque todos los mataburros bilingües que quiera, no es lo mismo. Good morning ya me suena a sirena de coches policiales; buenos días es un recuerdo de cacareos de gallinas en el patio. Good morning es una vaharada de marihuana en cualquier zaguán; buenos días es un cercado humedo de rocío por donde corren las lagartijas. No tiene caso que ahora cuando se va usted, compadre, me haga un lio con las nostalgias, luego de tantos años peleando por eludirlas. Porque lo más difícil sobrevino en aquellos primeros años, sepalo usted, compadre, para que se lo diga a la Eulogia, que dizque ahora me tilda de olvidado.


Con Martín, en la bodega de Brooklyn, fui perdiendo el sabor de un cigarrillo Nacional, por el hábito de un Newport, y cada vez menos fueron los tragos de Brugal, y más frecuente la lata de Budweisser. Dígale a la Eulogia que todo vino solo y a su tiempo, y que esa primera noche le di diez, veinte vueltas a la cuadra, mirando los aviones de este cielo y deseando irme, con un septiembre que me enterrabael alma en el frío. Dígale, compadre Remigio, que antes de acostumbrarme a despertar corriendo para tomar el tren, el cuello me dolió de tanto mirar aviones y olfatear un pedazo de Santo Domingo en esta alma que ya se helaba.


Lo peor, aunque Martín se ríe cuando se lo cuento, es que la Eulogia no me crea dominicano ya. Dígale que cuando vine traía conmigo veintiseis años de conciencia dominicana, y que no me da la gana aceptar, que nada más por once años de reciclar infortunios en tierra ajena, pretenda dejarme sin patria. Dígale, por Dios, compadre, dígale, que cuando un burocrata gringo me pregunta que si soy ciudadano, respondo que soy un ciudadano, y ahí muere eso. Dígaselo asi mismo, compadre Remigio, a ver si lo entiende, que para mi eso muere ahi: ciudadano dominicano sin dobleces ni dualidades creadas por un plumazo entintado de quienes pueden dar esos plumazos. Pero habría, entonces, que firmarme el alma de decretos que no entiende la Eulogia, y ni aún así, compadre, y lo sabe Martín, once años de factorías no me han colgado el made in USA, ni mucho menos aquello de ¿dominican qué..? Dominican nada, compadre Remigio, y dígaselo asi mismo a la Eulogia.


Es bueno que la Eulogia sepa, compadre, que nadie olvida nada ni a nadie; dígale que el olvido es sólo una palabra de hombres para limar callosidades del pensamiento. Y que si me hubiese visto borracho por estas calles, se hubiera tirado de rodillas golpeándose el pecho. Y eso mejor no se lo cuente, compadre, porque el sufrimiento cuando se puede ahorrar es olvido que no ofende. Sólo dígale que entre el invierno y mi cuerpo mal abrigado cabía todo el olor de mi tierra, y que inevitablemente acudían como zarpazos los nombres de todos. Las reminescencias imprevistas, compadre, tienen casi siempre el rostro de otra borrachera, pero ya sabe, eso no se lo diga.

La otra vaina, compadre, la que no deseo omitir, para que usted me haga el gran favor de explicarselo claro, es que si a mitad de canal, entre nuestro país y Puerto Rico, me sueño con los trenes, con las fábricas y los viernes de tres cheles en un cheque, me hubiese devuelto a nado. No olvide decirle eso, a ver si por fin desea entenderlo. Dígale que ni el merengue suena igual por acá en un cuarto piso, y que cuando llega la hambrienta hora de tragarme el arroz frito de los chinos o las hamburguesas gringas, casi lloro por el concón con salsa de habichuelas, y todavía me cree desmemoriado, cuando hasta el estomago recuerda que es dominicano.


Por decir sólo me queda el alma, compadre Remigio, y usted sabe que tiene acento sureño. Dígale que sigo oliendo a pueblo y a sur, por si acaso piensa ella que mi lengua anda enredada con acentos ajenos. Así que nada más hagame el favor de contarselo, compadre, y si no lo entiende, no se empecine usted en aclararselo, que no vivo en diasporas ni soy dominicanyork, y eso lo entendió la mujer que en la estación de Bergen Street al oirme hablar, me dijo "Eres dominicano, y vienes de una provincia cercana a la mía". Me quedé mirándola y le pregunté, ¿"De donde es usted"? Su respuesta reconfirmó el imborrable acento de mi voz sureña, "Soy de San Juan de La Maguana", dijo la mujer, antes de entrar al tren G que ya abría las puertas.


La Yola

La Yola/Otto Oscar Milanese

"Te montan en una yola,
para cambiar tu destino,
y después sin darte cuenta,
vas muriendo en el camino".

Homenaje a Jaime Shanlatte/ Sonny Ovalle.

La Yola
Otto Oscar Milanese
De Los Libros Inéditos "Cuéntame Un Merengue", y "Vueltas Sobre El Mar".


El mar nos ha zarandeado de acá para allá. Es una vaina no temerle a la mar, porque pienso que el miedo, por lo menos me impediría pensar. Estoy harto de pensar y repensar un oleaje de dislates, que a lo peor, se me escapan febrilmente por la hinchada boca pastosa y acre. En ocasiones he oído que me mandan a callar, sobre todo, esos dos que durante toda la travesía no han cesado de refunfuñar entre ellos con marcado acento cibaeño. "Ei diablo, primo, pero vea si ‘ta loco ei sureño ese", oigo que dicen, "na’ ma’ sabe hablai de la mujei". No les hago caso. Poseo toda la mar por delante para pensar. Si alguna utilidad tiene pensar en estos momentos, es la de olvidarme de la sed de labios agrietados, y de este reseco amargor de entrañas lavadas con sorbos de agua marina. Toda la caribe mar por delante, y puedo olvidarme del tufillo que despedimos los quince expedicionarios, tumbados casi uno encima del otro. La pequeña embarcación sube con las olas, y desciende vertiginosamente a un fugaz vacío. Gritos.Arcadas. Vomitos. Y las imprecaciones de los cibaeños. Nadie ha osado meter las manos al mar para traerse a los excoriados labios unas gotas de humedad marina. ¡Nadie!, luego de que en la tarde de ayer - estoy dubitando, si realmente ocurrió a la tarde, o mas temprano, a la mañana de ayer, la mujer de Santa Cruz del Seibo, estiró medio cuerpo por encima del borde de la embarcación para vomitar. ¡No vomitó! Todos lo vimos, y gritamos. hasta yo sentí y grité mi espanto. Digo hasta yo, porque siempre ando inmerso en mis meditaciones; pero de golpe dejé de pensar, cuando vi la aleta de tiburón tan próxima al rostro de la Seibana. Tácitamente, desde entonces, quedó establecido, que debíamos vomitarnos dentro de la yola. No me importó. No me importa. Ni siquiera creo que estoy entumecido y tirado a un costado de una yola, en algún rincón del mar. Unicamente pienso en Gabriela.


Ir y volver del rio. Siempre la vi ir y volver del rio con el cántaro sobre la cabeza. ¡y yo soñando con Puerto Rico! Ella, entre muchachos descalzos y andrajosos, y entre la tarde y mis ojos; con el vientre queriendo reventar las descoloridas margaritas estampadas en su raído vestido. la veía, o la miraba sin verla, porque el compadre Gervasio habíame despertado todas las ganas hacia Puerto Rico. Gabriela entre el fogón y el olor a café recien colado; entre las voces niñas que juegan, y corren entre los matorrales, alejándose ahora, ya regresando. ¡Y yo soñando con Puerto Rico! "No más miseria, compadre", me aseguró el compadre Gervasio. El trago de ron Brugal, el merengue de Johnny Ventura, o el haz de la empobrecida luz de la lámpara de kerosene, me invitaban a asentir. Ya no veía a Gabriella entre la vida y los días, llevándome una mano sobre su vientre y diciéndome, "dicen que esta barriga es de varón". "No es de varón, ni de hembra", pensaba yo, y mis ojos centelleaban, soñando con Puerto Rico. "De miseria, mujer", le dije, "esa barriga es de miseria".


Lo que digo es que es malo no temerle a la mar. Estoy todo emporcado de reseco vomito ajeno, desde el susto que se llevara la seybana. Mar. Vomito. Susto. No, no le temo al repentino y brusco oleaje que eleva la yola y la arroja a ese vacío tan abisal, como las cataratas que retumban en mi estomago. No le temo a esos merodeadores sanguinarios de agua salada, ni siquieratemopensar que jamás llegaremos a Puerto Rico. Estoy convencido de que nunca llegaremos a Puerto Rico. Unicamente hemos dado vueltas entre oleajes y tiburones; entre imprecaciones y vomitos. Hemos girado y girado entre las quemaduras solares y las bajas temperaturas nocturnas.


Ahora pienso en Gabriela... Unicamente en Gabriela, y en su barriga a punto de desinflarse. ¡Al diablo con puerto Rico! La Radio Televisión Dominicana anunció que los médicos abandonaban los hospitales. Eso lo escuché. Claro, lo escuché muy bien. Ella también me lo dijo. No es que deliro, o prefiera delirar para no temerle a la mar, a la jodida mar con su silencio de tiburones debajo de la yola. Ella me lo dijo sombríamente, y me abofeteó su acento de reproche, "Si los médicos deciden irse a la huelga, tendré problemas para el parto. Deberías irte después que yo pariera". No le presté atención. Continué introduciendo la ropa en el bulto. "Me voy por ti, mujer, por el niño que viene. Todo nos saldrá bien". ¡Pero nada ha salido bien! Invertí los pequeños ahorros que logramos con la cosecha del café, para meterme en esta yola a dar vueltas y giros sobre las olas, mientras la Gabriela pare en alguna dirección del mundo que ya no atino a precisar. ¡Jamás llegaremos a ningún lado, jamás! Estamos bajo el vomito nuestro, y al lado de las incesantes maldiciones intraducibles de los cibaeños; mejor realizo lo que en este preciso instante hago: intentar virar la yola... Y definitivamente no llegamos a Puerto Rico, no pienso mas en Gabriela, ni existe temor a la mar, ni a esas aletas que se aproximan en circulos.


Oleajes De Vidas..., Resacas De Muertes

Oleajes De Vidas..., Resacas De Muertes/Otto Oscar Milanese

Oleajes De Vidas..., Resacas De Muertes
Otto Oscar Milanese
Del Libro Inédito "Vueltas Sobre El Mar".

La sintió endeble y trémula apretujarse en su regazo. Ahora las avenidas andadas le desandaban por los ojos entornados. Aterida y pequeña como un cachorrito entre sus faldas. El cansancio acumulado de días para ir, de días para venir... ¡Y no llegar jamás! Le roncaba el estomago. ¡Pobrecita! ¡ Dios, eso era! Le roncaba el estomago, hasta sentirla como un ruidito de cataratas díminutas cayendo entre sus piernas. ¡Y no llegar! Porque nunca tuvieron a donde dirigirse. Unicamente pisar y repisar unas calles hechas para hombres que las observaban con una rauda compasión, que se les disfumaba al viraje de la esquina, o que las fulminaban con miradas desdeñosas. ¡ Y nada mas! Sólo eso... Y un latigazo frío de avanzante otoño. ¡ Dios! Le ronca el estomago. Un chirrído aspero, bajito. En ocasiones crée o siente que son las viejas tripas hambrientas suyas, las que gimen en la noche, en el frío. ¡Otoñal concierto de visceras gastadas! ¡ Dios! Pero es el hambre de la niña que solloza, o a lo peor, son ambos estomagos al unísono. La batalla de ruidos la percibe en todo el cuerpo; como si del cuerpo todo le brotara agrio y denso; como si todo le brotara del cuerpo angustiado y turbio. La niña se agita o la remueve el hambre o la estremece el frío, y a lo peor es el sueño que no la desea ya, y procura vomitarla sobre una realidad friolenta de zaguán escupido y meado. Casi reza para que no se despierte, y continue abatida en su regazo, con su inconsciente hambre, con su entumecimiento... Casi reza. ¡ Dios, casi reza! Pensó en la hora. Extraño. No acostumbraba a preocuparse por las frágmentaciones del día. Poseía su reloj de hábitos pordioseros. Su división de tiempo miserable y avasallador. Pensó que debía ser tarde. Extraño. Jamás le parecía temprano o tarde para nada. Poseía toda la ciudad para caminar y no llegar; para andar sin tiempo, cantándole a la niña andrajos de canciones mas tristes que los trapos que mal cubrían a ambas. Esos trapos abandonados por la gente en las verjas de los jardines, con su inocultable sello de destinarse para otros que, luego los lucen o los deslucen, y los trapos parecen gritar: Tuve otro dueño, otro ropero, otro sudor. Pero es tarde, aunque sólo sea para que sea tarde alguna vez. Ahora es el tiempo de pensar que es tarde; de vociferar que es tarde, porque no circulan automoviles, y apenas, entre una hora y otra, transita la indecisión de un paso beodo, que arrastra una interminable secuencia de imprecaciones y tonadillas a medias. Mas, nunca es tarde, ni existe tiempo para ellas. ¡Dios! Capta que lo ha pensado pluralizando, y entonces siente todo el peso de la niña arrimada contra su cuerpo. Si no temiera despertarla a la conciencia del hambre, la aferraría, para defenderla de ese plural pensado hará unos segundos. ¡La niña no! La niña que tenga su tiempo normal y establecido, que lo perciba y lo disfrute; que lo agarre y lo sufra igual que los demás. Que desconozca ese tiempo de hurgar en basurales; ese implacable tiempo de ir y de venir a ningún lado. Que corra su tiempo distante del tiempo al que ella se ha acostumbrado.


Le arde la zona de piel en donde la niña tiene reclinada la cabeza. Piensa moverla, reformar la posición de la niña y la de ella. No se mueve. Lo piensa y no se mueve ni la mueve. Corren las horas, o el tiempo de ella. El tiempo del zaguán escupido y meado. Corre el calambre por sus piernas, y no se mueve ni la mueve, para no removerle el sueño, para no estrujarle el sueño con un brusco despertar de oscuro tufo de zaguán. Corre el calambre por la espalda, y ya no siente la dura glacialidad de ladrillos contra su espalda, ni siente el tiempo, ni a la niña, ni a la noche. También ella se ha olvidado de su hambre. Dormidamente olvidada.


El zaguán se inundó de luz y de gritos. Primariamente creyó ver venir al sol con los gritos,despejando tramos de sombras en las calles; de sombras y de silencios. Casi se convencía de que era un sueño más. Uno de esos por los que estuvo deambulando en el decurso de la noche anterior. La noche toda de un sueño a otro. Cada vez peor y mas miserable el sueño, y cada vez menos sueño. Calles de rutinas emporcadas en un rincón de memoria. Fatiga de ayer amontonada sobre el cansancio de hoy. Cada vez, sueños mas
pegajosos y respirables, y cada vez mas palpados y retenidos, como flacas manecitas translucidas que se aferran a sus manos. Cada vez mas lancinantes, como hambrientos sollozos de boca de corazón niño que le estremecen los harapos, y mas reales cada vez.


Sol expandiendo oleadas de luz sobre los basurales de las esquinas los edificios, y los autos aparcados a uno y otro lado de las calles. Todo entra rauda e inesperadamente al día, hasta advertirse despierta, y también, milagrosamente metida dentro de otro día. Abotargados ojos enrojecidos. Despierta y bajo la luz, al lado de los chillídos de la niña. Despierta, endurecidos los ojos desmesurados, como si pasara del sueño a la realidad sin haber despertado. ¡Pero ha despertado de golpe! Bruscamente ha despertado a los aullídos de la niña; al latigazo de frío en carne entumecida. Le pasa y repasa los escualidos dedos por entre las greñas enredadas. Noche oscura enredada de pelos. Cabellos negros y crespos enredados de nocturnidad, y los translucidos dedos de ella como dientes de peine, en vano intento por desenredar las ebras de noche entrelazadas al pelo. La niña la observa, y silencia su hambre con un tierno abrazo a la calva muñeca rota que le han obsequiado los zafacones visitados por las manos de mamá. Ella le canta a la niña, y la niña le canta a la muñeca, y la muñeca calva, la tuerta muñeca con sonrisa de fábrica, las escucha impasible, lejana, como si poseyera un corazón de hombre de ciudad.


Todo el día metiendo las manos en botes de basura. El llanto de la niña. Calles y avenidas apresadas en la desesperación de los ojos, y el llanto de la niña, que resbala entre mocos resecos. El sol sube y no calienta. Desea recordar otro sol, otros días sin manos sucias. El llanto de la niña. Llora quedito y arrimada a las faldas de ella, es un llanto exhasperante que la enloquece, que le ahuyenta las memorias. La vida no se rezaga en pretéritos, es una vivencia que siempre anda atada al ahora; al presente de hambre y de lágrimas rodando por el diminuto rostro de la niña, quien la mira desde todos los resquicios del ahora continuuo, inacabable. Manos que se sienten molestas, húmedas, impreca en murmullos con voz apática... El llanto de la niña. Desearía callarla, llenarle la boca de alimentos, y el escualido cuerpecito de raquiticas caricias; pero apenas alcanza dinero para una golosina, y las manos..., repite la imprecación, se han emporcado de inmundicias. "Palpé un cagado pañal de bebé", piensa, "Pronto mamá, reunirá latas suficientes, para que ambas podamos comer". Un regusto a falsedad acude en brusco oleaje hacia su realidad. "Continuaremos hambrientas", piensa, y deja caer un beso sobre las niñas mejillas húmedas de sal, y la niña le lanza una desvalida mirada infantil que besa al beso.


Ha resultado pesima la jornada. Escucha la disonante melodía metálica, que producen las latas vacías al entrechocar dentro de la bolsa plástica. El llanto de la niña. La envidia camina desde sus ojos hasta las bolsas repletas de latas que cargan dos recogedores. Ellos pasan a su vera. A la vera de las manos pegajosamente sucias de ella. A la vera del hambre de la niña. Condenadamente malo el día. A esas horas debía estar formando fila frente a las máquinas trituradoras de latas. Ella y la niña aferradas al llanto, asidas una de la otra, con el hambre arrimándose a la bolsa negra de la que emana el caliente tufillo de las sobras de refrescos y cervezas. Ella y la niña. Ella con su miedo de antes. Imbécil pavor de imaginar que las máquinas triturarían sus manos, en el instante de empujar las latas. Y la niña llora, y ya no parece un llanto de hambre. Llora por las madres manos sucias de visitar los zafacones, y rebuscar afanosamente; por las manos
que ya le perdieron el temor a la máquina trituradora, y piensa: "La gente es peor, porque trituran y tragan cuanto pueden, y jamás devuelven nada".


Iba. Venía. Deteníase a por las latas. Iban y venían el llanto de la pequeña y el rugido visceral de ambas. Sin percatarse encontrose revisando los zafacones de la iglesia, en donde una vez se refugiara. El edificio de ladrillos rojos la sobrecogió de manera idéntica a cuando estuvo frente al pastor por vez primera. "¿ Eres adicta, o acabas de salir de la cárcel?" En mangas de camisa, tras el escritorio atiborrado de lapíceras en desorden, cartapacios y papeles amontonados descuidadamente. "Deambulo de acá para allá. Recojo latas para darle de comer a mi hija". Le pareció que no existía una persona sentada detrás del escritorio, sino una mirada, una inquietante mirada escrutadora. "Si quieres que no acaben quitándote a la niña, puedes quedarte aquí. Ambas dormirán en el tercer piso; en el sotano duermen los hombres, procura no enredarte en amoríos o volverás a la calle".


Regresó a la calle. La mirada, la perturbadora mirada la requería con más frecuencia, ahí de pie frente al desordenado escritorio, la sentía en todos los rincones de su cuerpo, y anticipaba las arcadas que reprimía. "La niña no llora de hambre", pensaba. La voz masculina indagaba; pero apenas era voz, sólo existía el asedio visual que le oprimía los senos. "¿ De dónde eres?" El acorralamiento insistente de obscenos destellos dirigidos a su sexo. "La niña viste bien", pensaba. "De República Dominicana". Sin sonrisas, sin parpadeos, descaradamente hurgándole todo el cuerpo, adelantando futuros instantes de lujuria insaciable. "¿ Tienes familia aquí?" Le besaba el cuello con los ojos, y con los ojos le mordía la boca. Enana, hueca, inútil, con las manos amparándose una a la otra. "La niña no padece frío", pensaba. "Tengo a mi hija".


Calladamente repartía escobazos de un rincón a otro de la iglesia. La niña jugaba con muñecas vestidas y asistía a la escuela. Ayudaba al cocinero con los alimentos destinados para los hombres del refugio. La niña no se despertaba en el frío de un zaguán maloliente. Pero la mirada la buscaba cada vez más, sentía en su cuerpo el lujurioso estudio de aquellos ojos. Un día de muerte invernal, la voz, la mirada, la conminó a que se aproximara. "La niña no sufre", pensó, rozando el borde del escritorio. Un pesado aliento estomacal se le abalanzó. La estremecieron arcadas de repentino asco, y el pavor desorbitado de sus ojos, y la voz atiplada que sonó a sus espaldas: "¡Puta! ¡ Nunca me equivoqué contigo!" Hípidos y llantos escalera arriba, con la voz de la esposa del pastor pisándole los talones, "¡así pagas nuestra hospitalidad, furcia!"


Nueva vez ir y venir con el hambre de la niña a cuestas. Primaverales tardes de caminatas sin destinos. Plazas y calles en donde echar al olvido de unos minutos la fatiga y la conciencia. Noches para moverse de un vagón a otro del tren, aguardando que el número de usuarios disminuya, para tirar los ronquidos del hambre y del cansancio en cualquier asiento, apretándose contra la asmatica respiración de la niña. Aguardando a que el último sueño la sobresalte y le traiga a Pepe, tal y como Pepe era cuando decía amarla.


entonces importaba sólo Pepe, aunque a Pepe sólo le importara abandonar la ringlera del medio centenar de casuchas. Importaba sólo Pepe, aunque en ocasiones varias pensaba que tenía hambre; pero luego solía no pensar más, porque el hambre no se piensa, se siente, y además, ella, entonces, no acostumbraba a pensar, eso pertenecía a Pepe. Y Pepe pensaba que urgía dejar la rustica casita pintada de azul, con su pequeño conuco en el patio. "Pepe que piense lo que le venga en ganas", pensaba ella, interrumpiéndose para murmurar contra el atardecer las letras de un merengue de Sergio Vargas. "Siempre que piense que se va, sin que se vaya, que piense lo que quiera". Soplaba el anafe, hervían los rulos, y continuaba parafraseando el merengue. Pepe decía que la vida empeoraba, que todo marcharía mejor cruzando el mar. "Los políticos nos han jodido, mujer", comentaba Pepe saliendo del conuco,"¡Nos cagaron el país!" Pero ella se sentía contenta, y la vida no era mala, aunque jamás, para no contradecirlo, se lo dijera. Mala no, siempre que Pepe sacara una desvencijada silla al patio de crepúsculo triste, para fumar un Cremas, con el famélico perro echado a sus pies. La vida no era mala, sino monótona y apacible, como una lenta puñalada de brisas propinada por el río. Lo malo era que Pepe pensaba. Ella, solícita, apañabale la mesa, y por las noches le arrimaba su delgado cuerpo. ¡Pensaba Pepe! Por eso se fue con la fulana de la ciudad que residía en el extranjero. "Nodeseo hijos andrajosos y minados de parasitos". Por eso dijo Pepe que se marchaba, y ella lo dejó ir mejillas abajo entre merengues de Los Hermanos Rosario sonando en la vieja radio. "Un día volveré con dinero para casarme contigo y ofrecerte una vida distinta". Por esose marchó Pepe, y ella lo entendió, aunque él no imaginara ni entendiera que ella no ambicionaba esa existencia diferente; que lo distinto era verlo ir, tan distinto, que comenzó a sentir realmente su miseria, su hambre, y supo que el hambre si podía pensarse, o la pensó ella como un dolor de tripas dominicanas.

No regresaba ni escribía Pepe. Los que retornaban no hablaban de él, y ella con tantas ganas de contarle lo que le había sembrado en el vientre, en alguna noche de ventana abierta al calor de agosto, y al aroma de tierra húmeda y quemada que descendía de las lomas. De Pepe, nada. Sólo el recuerdo y lo que se le movía en el vientre. Poco le agradaba pensar, pero de algún modo, pensar casi convertíase en aproximarse a Pepe. Prefería sentarse en el patio, al anochecer de quejas de lejano río escondido en la oscuridad, y no pensar, sino abandonarse al tedioso díscurrir de las horas sin Pepe. Sin embargo, aunque molesto y deshabitual, pensaba y sentía a Pepe. Pensaba como Pepe, y un día amaneció pregonando que vendía la casita y los chivos y las gallinas, porque se iba a buscar a Pepe, para parirle el hijo en donde lo conociera.


Con la niña y el hambre de allá para acá. Nunca nada de Pepe. Avenidas, zaguanes, trenes... ¡Nada! Años, indocumentada y sola, entre un despido y otro de las fábricas, por pensar en Pepe y perder la concentración en el trabajo, o por pensar en Pepe y no ceder a los reclamos amorosos de sus supervisores. ¡Y de Pepe, nada! Nada, hasta esa mañana de brazos políciales que la sacuden y la sacan del miserable sueño en un asiento del tren. Nada, hasta que oye lejana la voz que le habla en inglés, y otra que le traduce al castellano, que le quitan a la niña porque no puede ofrecerle un hogar. No reacciona. Sus abotargados ojos de sueño están detenidos sobre Pepe... Sobre el periódico tirado en el piso del vagón, y entonces grita, aulla, porque le arrancan a la niña, y por ese Pepe que en la fotografía del periódico yace ensángrentado en una calle de Manhattan.


Palabras De Humo Con Un Fondo De Anochecer

Palabras De Humo Con Un Fondo De Anochecer/Otto Oscar Milanese

Palabras De Humo Con Un Fondo De Anochecer
Otto Oscar Milanese
Del Libro Inédito "Vueltas Sobre El Mar".

No vamos a exigirnos una absurda explicación indefinida. Nos conocemos, y sabrás que preferiría no relatartelo. Intuyes que la más efectiva manera de no entenderme es procurar que emita una vacilante explicación. Casi posées esa certeza, por haberte parecido tanto a mi en días pasados. Podría decirte que la gente anda oscureciéndolo todo, por el maniatico afán de esclarecer lo que de por si se sobreentiende. Podrías decirme que el entendimiento es superior a un dubitante análisis farragoso, inútil entender, y punto. Podría decirte yo, que ocurre por ocurrir, y ya ves como puedo adivinar tus horas de cara al techo, pensando y repensando. Yo que tanto sé de la maraña divagante que circunda cada insomnio. Tú que sabes tanto de ese tirarse de la cama a consumir el vigesimo cigarrillo.


No es que intento retenerlo. Sucede que súbitamente se me agolpan tantas noches en los ojos; y vuela, vuela tanta existencia sacudida como un temblor de manos que van a, y regresan de un cenicero. Ocurre que la vida y los días no compartidos nos dejaron rostros de extraños, y te adivino porfiar que la mueca de tu cara es amargor de cigarrillos; que las ojeras son trasnoches que te han pateado los sueños; tenazmente sostendrás que el repentino aluvión de melancolias, sólo es hastío de días fotocopiados... Fatigas que se encaraman sobre fatigas; anodinas horas en marejadas persistentes... Pero de tanto conocerte alguna vez, de tanto parecernos en otros días, no puedes engañarme.


Lo peor fue que no supiste ser el mismo en todas partes. Cuando tu adios de manos agitadas fue respondido por las mías, yo lo presentí. Quedaba muerto todo un reciente ayer de correrías, y las pláticas de cafés, y las noches tras las faldas de amigas comunes. Preciso era anexar tu memoria a la evocación, y la abandoné donde el dolor a ramalazos no le resquebrajara su integridad. Así te fui sumando al recuerdo, mientras ignoraba que amanecías del sueño con el fuego de una sed de siete días. Pero yo no conozco angustia semejante. No la conozco ni me importa... Acaso unicamente la he leído en una crónica periodística o alguein la comentó a la salida de un cinematógrafo o en la fatigosa hora de abordar el autobús que a diario me devuelve a la casa, y no es remotamente parecido en absoluto. Es un dolor ajeno, leído o escuchado, que normalmente se olvida al voltear la página o desviar la conversación... Casi un dolor de otro mundo, ocurrido en minutos que no marcó mi reloj. De que me lo vas a reprochar, no poseo dudas, y mi silencio rearma las particularidades más ínfimas de tu voz para abofetearme el olvido, dirás tú; y yo anticipadamente medito que por qué habría de ser tan imbecilmente masoquista y fastidiarme los días con esos partes periodísticos... Si todo ocurrió distante, fuera de la rutina de mis sudados días de cansancios, y ni siquiera mencionaban tu nombre los diarios. ¿ Entonces, por qué imaginar tu sed de manos que atrapan espumas saladas?
¡Vi que te ibas! Unicamente vi que te ibas, y el barrio se me antojó tan angosto y chico, que encarcelé en un puño dos décadas de ir y regresar por entre callejas. Súbitamente, nuestra esquina adquirió un amorfo rostro extraño que evocaba tu presencia con las colillas de Nacional diseminadas sobre la calzada. Vi que te ibas, y en la seca noción de tiempo inasible y concluido, casi me alegraba anticipar tu retorno, y claro, Antonia, entre asomos de lágrimas, me arrojaba esa mordáz voz que le conoces, cuando ella se lo propone. No me ocultarás que has jugado una y otra vez, de cara al sucio muro, a conjeturar cuales serían aquellas frases de Antonia. No te niego yo, que te imagino como un chiquillo exhultado, masticando cada sílaba que pudo pronunciar ella; deshaciendo frases para rearmarlas, aunque el sentido de ellas atrapen la desidia de tus horas, como atraparon en su tiempo al golpe de soledad que nos asestabas túcon tu partida. El caso es que sólo vique te ibas; pero pensaba en tu regreso, y Antonia: "Vivir en tu futuro no me mata. El mío es peor. Porque en el mío lo veo con otra mujer". No es preciso que me lo digas, conozco ese empeño tan femenino aferrado a no creer en las cartas que prometías escribirle; el escepticismo en su rostro enamorado, las veces que juraste regresar a por ella. Me callaba en su silencio, en el de ella, porque ese silencio tuyo odoroso a tabaco y a goma de mascar, ignorabamos ya en donde se imponía. Y ahora me lo vas a reprochar, y querrás reprocharselo a ella. Lo importante de tu marcha no era irte, sino retornar por ella, que, como mujer, te negó todos los regresos. Esos besos repetidos entre ambos, y esos abrazos de noche última entre todos, casi los soñé menos que los de tu vuelta, y te empeñas, sé, y me empeño en creer que frente al muro, ahora, procuras verte como quise verte aquella noche, con un acento que no te conocíamos en la voz, y rostro lavado por latigazos de inviernos... Y sólo vi que te ibas porque ya vivía tu regreso, y podía casi vislumbrarte con un colorado rostro saludable, y el cuello encadenado de oro, y tu aire de solucionalo-todo exhibiendo caras de Washington en la billetera... Y tú dijiste adios, y yo quise oir que decías "Vuelvo pa’ enderezarle la existencia a la vieja". Pero Antonia seguía inmersa en su realidad de novia abandonada. Yo desée verla metida en llanto de día que se aguarda hora a hora, y que tú decías "He vuelto para que no se nos pudra la vida paulatinamente".


¡A ella la van a matar los días! El espejo de tantísimos días entre una y otra mueca iterativa. Se morirá de días, y la abandonas tan casi ya muerta a la vera de su pesimismo. La última carta que te feché, debí abandonarla antes del punto y aparte del primer párrafo. Antonia telefoneo, y el timbre de su voz sonó tan inusualmente animado, que me alarmó. Superfluo queda decirte que desde que partiste, vez rara parece animarse. Anda con tu ausencia tan adentro, que se ausenta ella misma de si. Intuyo que sueña amor poseído a contra vida, o me engaña eludiendo un inelectuble despertar que la abofeteará de estéril realidad. Hoy te lo digo, pero tu conocimiento es anticipado, y de costado en la litera entrevées que no existen manos ajenas a las tuyas destazando soledades de su piel; ni boca entreabierta mordiendo regustos de semi brumas y esperas. Es la clave de ella, yo lo sé, y tú entornas los parpados para verlo, virándote contra el muro en la litera. La clave de ella es sentir que espera, y muerde ese escozor de segundos adicionándose a la nada, o el elástico rencor tibio de ganas que observo en sus pupilas, y que tú le imaginas cuando la impaciencia se adueña de tus pasos contando las baldosas desde los pies hasta la cabecera del camastro. Así casi no vivimos de tanta vida a ras de los sentidos, y ella más que tú y que yo. Y yo te digo que measusta y duele, lo que a ti, de sólo imaginar, te espanta el sueño. Es tan imposible existir para estrujar reveses y vocalizar frases preñadas de rabias amordazadas. Vivir estrictamente destinado para esas fútiles frustraciones que imprevisiblemente afloran en cualquier instante, con un sabor de esqueléticos días entre los labios.


¡Ah, si es tan cierto! La van a matar los días, y abandono yo la carta destinada a ti, a lo peor en un momento que arrojabas el cabo del cigarrillo frente a la litera, y pensabas acremente con rencor "Nadie escribe". Me apresuro en ir a su casa, porque su clara voz femenina ofreció indicios de que reaccionaba. Desde el principio he deseado establecer que no puedo ni puedes engañarme, porque leerías la mentira, si miento, y aunque no convenga al agrado mutuo, la impiadosa realidad es que no existió reacción alguna. Apenas reamuebló y mandó cambiar el empapelado del apartamento, como si esperara un inesperado regreso tuyo, o como si le bastara con eso para creer que los días entrarían de manera distinta a la casa, a la vida. ¡No hubo más! Superfluo, conociendo que la conoces, es remarcar que no hubo más... Lanza irritables fumaradas veloces contra el claro azul de la pared, meciendo su muerte frente a tu retrato... De frente al regusto de tantas memorias, de tantas apáticas tardes como esta.


He querido pararme frente a la ventana para no verla, y ordenar mis pensamientos. Llueve sobre un pedazo de la calle Duarte. Ya sabrás que me latió a dolor repentino esa lluvia, o esa tan meláncolica manera de llover sobre Santo Domingo. Tú podrás respirar un retal de patria húmeda desde el golpe que te asesta la nostalgia en mis palabras. Yo sólo tengo esa lluvia tras la ventana, la visión de gentes que trotan buscando ampararse del chubasco tropical, y el incesante balanceo de tu mujer en el mecedor tras de mi. Y ni siquiera me ve. Quizás sueña el murmullo de tu andar quedo aproximándose, y sueña su olfato la pulcritud del cobertor que le arrojas sobre los hombros "Refrescó la tarde, y puedes resfríarte". Ella lo sueña, y tus palabras casi alcanzan mis oídos. ¿Será que la lluvia siempre está parida de voces distantes? Sólo existe el rítmico sonido del balanceo a mis espaldas. ¡Ella aguardándote! ¡Irremediablemente podrida de días sobre un mecedor!


Hay algo que tú y yo sabemos, y ella también. Prefiero creer que posée conocimiento, pese a lo difícil que se torna aseverarlo, cuando se aferra a esa imbecilidad del balanceo. Su vacua mirada esconde indicios de esa rotunda certeza que la postra. No posées tú, recursos para negarlo, ni siquiera procuras negarlo. Tú te dejas vivir sobre o al lado de la litera; como ella, existe más que nunca, cuando advierte todo el peso de su vida ir y venir sobre el mecedor. En ocasiones varias te imagino los impulsos ferales de realizarlo. A lo peor te acuchilla el deseo con el eco reminescente de oirla remover la cristalería en la alacena. Supongo que gozas la implícita facilidad aparente del tacto, y luego siento tu verguenza como soflama que acude a mi rostro, y acabas concluyendo que no es nada fácil. Lo único sencillo y rutinario entre tanta insultante sencillez de cuatro muros sin exornar, y tantos minutos rutinarios a borde de camastro, es imaginarte boquiabierto de estupor, de sorpresivo sufrimiento. Es raudo sueño que discurre delante de tus ojos abiertos, y ya te sientes bastante muerto; demasiado muerto, para verte, y sobre todo, verla, imaginarla, trémula y llorosa, con aliento azogado y ojos casi encima de tu absoluta inmovilidad rígida. Si pudieras observarla tal y como la imaginas, desearías suicidarte de veras. Sabes y sé, que es tan convencionalmente improbable que puedas disfrutar unos instantes semejantes. Sabes y sé, que uno se muere más para uno, que para los demás. En la muerte no existe memoria de sí mismo. Sabes y sé, que la muerte más pequeña e insignificante, es morirse de verdad y definitivamente. Es preferible suicidarse a la manera de ella: atiborrada de días sobre un mecedor. Y un balanceo, y otro... Dejarse morir como todo el mundo, en cualquier fecha y en cualquier lugar, no es siquiera un retal de real muerte... Se muere a diario y a cada instante, con esa respiración recién exhalada se pierde la percepción, de una vida ya irrecobrable, del mundo que envuelve un sólo segundo. Ha cesado de llover. Este sol después de la lluvia siempre te enfermó de nostalgias. El balanceo prosigue a mis espaldas.


Un día de estos que han pasado rozando tu demacrado rostro sin rasurar, yo se lo he dicho: "Antonia, él no va a volver". Quise descubrir tu imágen entre sus pupilas, la sombra del recuerdo de tu imágen; pero unicamente vi en ellas el despojo de cada día perdido. "Nunca se ha ido, querrás decir", respondió. Abandoné el intento de convencerla, de explicarle. El periódico que informaba de tu arresto se me escurrió hasta los pies de ella, y salí a echarte esta carta en cualquier buzón...


Visa Para Un Sueño

Visa Para Un Sueño/Otto Oscar Milanese


"Eran las nueve de la mañana,
Santo Domingo, ocho de enero,
con la paciencia que se acaba,
pues ya no hay visa para un sueño"

Homenaje a Juan Luis Guerra.

Visa Para Un Sueño

Otto Oscar Milanese

De Los Libros Inéditos "Cuéntame Un Merengue", y "Vueltas Sobre El Mar".







Echó una ojeada al reloj pulsera, y pensó que no era la primera vez que sentía una inquietud idéntica, sentado en el asiento trasero de un minibus estacionado frente al parque central de Azua de Compostela. Procuró calmarse, pensando que llegaría a tiempo a Santo Domingo de Guzmán. A tiempo de perderseen la infinitafila bajo el sol, con el cartapacio húmedo por el sudor de sus manos. Continuaba inquieto.El minibus continuaba estacionado en la todavía oscura calle céntrica de Azua. Comenzaban a entrar los pasajeros. Todos conocidos, todos con el mismo saludo, y todos empeñados en acomodarse en cualquier asiento, con sus rostros de sueños interrumpidos. No, no debía inquietarse, todo se reproducía como aquella primera vez. Observó nuevamente el reloj, y recordó que sólo veinte minutos antes, levantaba la herrumbrosa aldaba de la puerta del rancho... Lo mismo, recordó con amargura, que hiciera en aquella lejana vez, cuando también apretaba el cartapacio contra uno de sus costados, y también, estando ya en la fría madrugada de la calzada, observaba a doña "Mingo", vieja, flaca, como una sombra diluyéndose en el vano de la puerta.


- Ojalá y te visen -. Dijo doña Mingo aquella vez, y el trabajo, las viscisitudes saltaban en su apática voz -. ¡Sólo Dios sabe lo que sufriré cuando no pueda verte!

Descansó la cabeza contra el cristal de la ventanilla; el motor del minibus empezó a rugir. "Si no me dan la visa ahora, me iré a Puerto Rico", pensó, y se deprimió súbitamente, cuando el demacrado rostro de doña Mingo parece mirarle desde cada calzada que va quedando atrás, desde cada esquina azuana que le escupe un recuerdo. "Sólo Dios sabe lo que sufriré"!.. Pensó que había dicho ella, con ese frío de aldaba que empuñaba metiéndosele a él en el alma, buscándole la vida en donde la vida es la mala sombra opaca de una memoria.. Y atrás se quedan las calles por donde ella le llevaba de la mano hacia la escuela, atrás se quedan las calles que caminó la angustia de ella, con la bandeja de dulces que vendía en las pulperías para que él no pasara hambre, para que no conociera esas noches de insomnios que se meten por las roturas de los mosquiteros, y se van tornando mas largas y oscuras, ¿"Mañana que comeremos"?, le amanecía la pregunta a ella, bajo el roto verde del mosquitero, sobre la dura almohada.

Miró las últimas casas del pueblo de Azua, y pensó que era un extraño pueblo de noches claras y de calurosos días que lamían soporiferamente la historia de un pasado que había quedado preso en páginas de libros, en monumentos de marmol, y después, esa miserable cara de pueblo dominicano, con su parquecito y su iglesia, y sus oficinas de correos, todo eso que ahora el minibus dejaba atrás, como lo dejó aquella vez...

Aquella vez regresó con ladesesperada certeza de resígnarse a esperar una citación que jamás llegó. Entonces la vida todavía era distinta, porque don Tavito aún no estaba en silla de ruedas, y conseguía unos pesitos vendiendo quinielas todos los días en la calzada de la Colecturía de Rentas Internas, frente al mercado público. El minibus salía de la prolongada recta frente a las costas azuanas, playa Caracoles y Tortuguero pasaron frente a su mirada. El tórrido sol sureño bañaba sus luces en un Caribe mar con lejanías blancas y azules. Llegaría a tiempo, con los formularios, con la apresurada fotografía que se había hecho tomar frente a las oficinas del Registro Civil. El minibus entraba a lo que antiguamente había sido la curva de "El Número", miró la vieja y sinuosa carretera, como un cádaver desmembrado al lado de la autopista; la montaña había sido dinamitada, y ahora el minibus volaba sobre la carretera que abría el vientre rocoso, pensó que definitivamente llegaría a tiempo. A tiempo de quemar con sol el hambre que doña Mingo le mitigara, con un tazón de chocolate y un pan de agua. ¡"Pobre mamá"!, pensó, "la vida se le repitió cocinando debajo de la enramada del patio". Rumbo a Santo Domingo de Guzmán, el pretendía huir de esa repetición. Los formularios, la fotografía apresurada y borrosa, y el mismo viaje a la capital dominicana, emitían un calorcito a
esperanzas; constituían lo opuesto a vivir remedando la existencia como doña Mingo, o peor todavía, a vivir arrastrando el burro de quinielas por las calles de Azua, como don Tavito. "Eso es de orden"!, pensó, ¡"si no me visan, me largo como sea pa Puerto Rico"! El minibus rodaba por las primeras calles de Baní. Nueva ojeada al reloj, y nueva reconfirmación de que llegaría a tiempo, de que estaría en Santo Domingo de Guzmán, antes de que el consulado estadounidénse abriera las puertas.

La fila no avanza. Conversaciones delante y detrás de él. El hambre sube a la mirada, y a veces todo es un engaño tambaleante de paredes, de carreteras y autos, de caras que se mueven. Cuando el hambre sube a los ojos, el mundo se emborracha, nada es seguro. Conversaciones al lado y detrás de el. ¡Y la fila no avanza! El trópico es una incomodidad vizcosa entre piel y camisa. Conversaciones a sus costados, y conversaciones delante de él. El sol matinal de Santo Domingo de Guzmán quema el hambre, los sueños, las esperanzas. Risas y conversaciones. La fila no avanza. Maldiciones y voces. Y la fila, estátitica y larga bajo el sol, a la vera del hambre agazapada en los estomagos dominicanos.

- ¡ No te van a visar!- Dijo don Tavito-. Los americanos no le dan visa a to el que va a pedila; además, tú no eres riquito. ¡ Nosotros no tenemos na, y esos americanos saben ma que el diablo, muchacho, piden que uno tenga sus chelitos en el banco!

Él, sentado en una vieja mecedora de palos en la pequeña salita, sintió que el hambre era un dolor de visceras lavadas por el agua de azucar, engañadas por el endurecido pan de agua.

- ¡Lo intentaré, viejo! ¡ Tengo que intentarlo, porque es el unico chance que tenemos de cambiar!

Azua de Compostela, vieja y polvorienta como un latido de historias bajo la crueldad solar del sur dominicano. Azua, orgullosa y miserable como un corazón de cotidianidades absurdas que se cuecen bajo el sol, en los caminos bordeados por güazabaras, y en los pedregales. ¡Sólo le quedaba Azua y la espera! El cartero pasa de largo pedaleando lentamente la vieja bicicleta. ¡Azua y la desesperación! Doña Mingo sopla las brasas del fogón con un silencio que se hermana al martirio. ¡Un mes, y nada! El cartero siempre silba y pedalea. Siempre sigue de largo, y él se queda con la aldaba de la puerta en las manos, mirando el polvo gris que ha cubiertoel negro del asfalto. Azua y la espera que se mete en el calor y en la rutina. ¡Dos meses, y nada! Su destino es to-
mar el burro de quinielas y vender suerte por las agrietadas calles azuanas, voceando la miseria en cada cifra. ¡Tres meses, y no llega la cita!

- Bueno, muchacho - lo mortifica la voz de don Tavito -, no sé que esperas, si yo te lo dije.

En el patio, sudada, doña Mingo existe pegada al anafe. Sólo sabe existir de esa manera. Junta trozos de carbones, coloca astillas de cuaba, y sopla y sopla hasta que el patio todo huela a locrio; o sopla, a veces, y revira los moros. Sólo aprendío a vivir de esa manera y bajo la enramada, y al lado del anafe. Por las noches, cuando los mosquitos burlan el podrido verde del mosquitero, doña Mingo ni los siente, la picadura de la mortificación es peor que los mosquitos. ¿"Qué comeremos mañana"?, piensa, y no duerme ni siente los mosquitos. ¿"Qué comeremos mañana"?, y a ratos como que el sueño la atrapa, pero hasta soñando pela rulos, y sopla y sopla las brasas que echan llama-
radas, y rompe huevos que arroja al aceite hirviendo, y sopla y sopla y su frente suda, mientras revolotean y zumban los mosquitos...



- ¡Mañana mismo me voy! - Anunció una noche, desatando una nube de penas en el arrugado rostro de doña Mingo.

- ¡Déjate de vainas, muchacho, y no insistas mas!- Dijo don Tavito-. Total que aquí etamos vivos, y eso es suficiente.

¡No fue suficiente y se fue! Doña Mingo volvió a despedirlo desde el vano de la puerta, presentía que él no regresaría, y el presentimiento le rodó húmedo y tibio por entre los surcos de la cara. Una semana mas tarde, las temblorosas manos de doña Mingo rasgaban dos sobres. La primera carta era una citación del consulado estadounidénse, pero él no estaba; la segunda, daba parte de que el cuerpo de él había sido rescatado de las aguas del canal de La Mona.