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lunes, 10 de marzo de 2008

El Último Cigarrillo

El Último Cigarrillo/Otto Oscar Milanese

Del Libro Inédito "Un Momento En La Pared"

Beriane detestaba que saliera de madrugada a fumar a la calle. Pero si fumaba en el apartamento la reacción de Beriane iba más allá del desagrado. Una mañana lo despertaron las airadas palabras de ella, confundidas a ratos con el murmullo del chorro que brotaba del grifo del fregadero y el sonido de los platos chocando entre si. "Si te vas a matar, te matas solo", fue el preludio de los buenos días que le ofreció ella aquella mañana. Cuando intentó buscar un cenicero no encontró. "Los lavé todos", dijo ella sin abandonar el fregado, "y los guardé. No deberías fumar adentro, nunca has respetado que soy una paciente de cáncer". Abriendo la puerta hacia la madrugada, hacia el último cigarrillo, se le fueron del pensamiento las palabras de Beriane.

Las lluvias del día refrescaron la nocturnidad veraniega de las calles. Sintió con extrañeza, se lo dijo el breve estremecimiento de su cuerpo, que en pleno verano, luego de una semana de altas temperaturas, se necesitara un abrigo ligero; una pieza de esas que suelen llevarse para la primavera. Ahuecó las manos protegiendo el cerillo del viento, inclinó la cabeza y chupó con avidez el cigarrillo. Cuando levantaba la cabeza, arrojando la primera fumarada, advirtió el movimiento. "Es una rama", pensó inicialmente; pero al llevarse por segunda ocasión el cigarrillo a los labios, detuvo el movimiento con brusquedad. "Ahora no está soplando viento. No puede ser una rama". Se quedó mirando fijamente.

En toda la calle era la única ventana que tenía luz. Y él estaba maldiciendo el descubrimiento de que había vivido engañado, pensando que solamente necesitaba espejuelos para leer. La ventana de uno de los apartamentos del primer piso, estaba al otro lado de la calle, ligeramente en diagonal respecto a la posición de él. La distancia no podía ser mayor de 45 metros; pero sus ojos no podían decirle si esa sombra que creyó ver moverse, estaba delante de la ventana, o dentro del apartamento. Entonces sopló brisa, suave rumor de ramajes sobre la madrugada, y la sombra se movió. "Es una rama". Miró hacia arriba, buscando la ventana de su propia habitación, y sonrió, "Si se lo cuento a Beriane lo asocia con los componentes nocivos que tiene uncigarrillo".

Pisa la colilla con los pies, dispuesto a abrir la puerta que esta a sus espaldas, y subir al segundo piso, subir hasta Beriane, quien debe estar tirada de lado y semi desnuda en la cama, soñando la manera de acabar con la amenaza publica de los fumadores; pero ahora escuchó. No podía ser una rama. Las ramas no emiten sonidos humanos. Miró atentamente. La visión empañada, y el intento de unas lágrimas anti sentimentales a punto de brotar por el esfuerzo. Soplaba el viento y la sombra se movia. Tenía figura de mujer, y por detrás unos brazos, sí, aquello era un par de brazos que venían a perderse desde atrás y hacia abajo en el cuerpo de la mujer. "Han descorrido la cortina a propósito", pensó, "y es imposible que no se hayan percatado de mi presencia. A lo mejor es lo que deseaban, tener espectadores".

Decidió echarse a la calle, y encendió un segundo cigarrillo que no estaba previsto, "tendré que reforzar el enjuague bucal antes de meterme a la cama", pensó. Estaba en la otra calzada. Ahora la ventana quedaba frente a él. Nada. Delante un pequeño jardincillo frontal en donde se mecían las ramas, delante de la luz, delante de la soledad de la ventana. "Lo que pensé desde el principio", se dijo convencido, y devolvió los pasos hacia su apartamento.

A la misma hora: Buenos días, ducha, café, beso y la calle. Saliendo reparó que aún con el sol afuera, seguía encendida la luz en la ventana. Frente a la otra calzada dos carros policiales estacionados, y una ambulancia con la puerta trasera abierta.

Un Momento En La Pared

Un Momento En La Pared/Otto Oscar Milanese

Un Momento En La Pared
Otto Oscar Milanese
Del Libro Inédito "Un Momento En La Pared".

Habían transcurrido tres meses de los funerales de su mujer. Su única hija, estudiaba en una Universidad de Los Angeles, de vez en cuando un telefonazo, ¿"Y daddy, como estás"?Y ya colegirás la respuesta, porque tú en el lugar de Fernando,responderías lo mismo, "que todo va bien, hija. Y que lo importante es que continúes los estudios". Pero un día te levantas con una molesta certeza de que nada está bien, y cepillando entre los dientes el mal sabor de la última borrachera, sabes que ha llegado el momento de intentar algo. Intentarlo antes de que Luisa sepa en Los Angeles que te miras al espejo y hay barba de dos semanas, que maldices el alcohol porque una cotidiana embriaguez te ha sacado del trabajo; pero entre tragos vuelve a consolarte la idea de que ya no valía la pena alargar la rutina burocrática de los últimos 20 años. Intentar algo, y tú lo intentarías, si como Fernando tuvieras una hija estudiando en otro estado. Lo intentarías, antes de que ella acabara enterándose de todo. Por eso, aún con el temblor del alcohol entre dedos,te encuentras una mañana anudando la corbata, y te sorprende tu rostro rasurado; te sorprende que aún exista un ramalazo de juventud en el apagado brillo de los ojos; pero estás ahí, adivinando amargamente el futuro inmediato que se te abalanza, de calles para ir, de calles para venir, y enviando curriculum, y recibiendo negativas.

En esa étapa de su vida conocí a Fernando. Un hombre de físico enjuto, poco hablador, y con la tosecilla carrasposa del fumador inveterado. No fue sino hasta el septimo mes de fumar una veintena de cigarrillos diarios, y de mirar apaticamente por los cristales un pedazo de la 5ta Avenida de Brooklyn, desde una oficina de Bienes Raíces, que entablé una relativa intimidad con Fernando. Una amistad forzada, quizás, por la súbita conciencia del hombre que a ratos se aterra con ráfagas de pensamientos que le dicen que se va quedando solo. La hija cada vez llama menos desde Los Angeles, porque es tiempo de éxamenes, porque el tiempo y la distancia son una aleación pavorosa para ese semi olvido tan humano de quien se enfrasca primordialmente en sus propios asuntos. Y tú lo sabes,como lo supo Fernando en esos días que precisó sentirse acompañado,porque la memoria de la mujer sepultada cada vez se tornaba mas difusa, abriendo paso a una resignada viudez masculina que no espera nada. Entonces lo supe, y como tú, le creí loco.

Imaginate que exista para ti, así como existió para él, sólo en el momento de encender la luz. Sin la luz de su ventana no existe nada. Sólo Fernando que consume la novena taza de café en una estrecha cocina de apartamento de Brooklyn, en donde humea el mal olor de un cenicero. Nada sin la luz. Unicamente un traspatio de espesas sombras que impiden distinguir los contornos del edificio en donde reside ella. Para Fernando siempre llegaba a las nueve de la noche, cuando los únicos puntitos luminosos que se observaban en la densa oscuridad de patios que separaba sus ventanas, eran las ráfagas de vuelos intermitentes de las luciernagas. Nunca supo desde cuando llegó con la luz. Tú lees de frente al patio, y del patio te hiere repéntinamente el golpe de luz que ilumina todo. La ves,como Fernando me contó verla. Ella en su momento y vestida de negro,con una de sus largas piernas sobre el borde de la cama, inclinada, dejando entrever generosamente la blancura del entreseno que contrasta con la negrura del vestido... Y de pronto nada. La luz que se apaga, y te vas a quedar, como Fernando, chupando el filtro del cigarrillo con la mirada fija en donde segundos antes pudiste ver claramente las dos ventanas.

A la mañana, apurando el primer café, tus ojos se clavan en las dos ventanas, al fondo del patio. Nada. Las viejas cortinas azules impiden ver el interior. Los cristales sucios, las enredaderas trepando sobre el ladrillo tan descuidado, como el jardincillo trasero. Terminas el café y piensas lo mismo que pudo pensar Fernando, que el viejo apartamento luce tan abandonado, como antes de que Luisa se fuera a estudiar para Los Angeles, como antes de los funerales de su esposa. Pero la primera bocanada del primer cigarrillo trae la reflexión: Es obvio que lo han reparado,anoche viste luz, es logico suponer que lo han rentado, anoche estaba esa mujer joven. Y decides no pensar mas, porque el día, la rutina de fatigas asalariadas
llama, y vienes, con la misma cara que vi llegar tantas veces a Fernando, a contarme lo que ya sé.

Si decidieras no contarmelo, reanudaría tu relato en el momento que lo interrumpes. Lo reanudaría con las palabras de Fernando. Porque él estuvo, como tú hoy lo estás, en el momento. En el momento de ella. Ese momento que sólo es posible cuando se enciende la luz, y las luciernagas dejan de pasear para tus ojos sus luminosos vuelos en el verano del patio. La luz te llama a la ventana, y a través del cristal de la derecha observas la misma blancura revuelta de sabanas, que siempre vio Fernando. En el ángulo mas distante, puedes observar por la ventana izquierda, lo que aparenta ser un paraguas reclinado contra el muro. Y ella. Ella que parece haber llegado desnuda en la oscuridad, para que la luz abriera de golpe toda su femenina desnudez ante tu mirada de hombre solitario. Una desnudez que, como Fernando, sólo puedes ver de costado y hasta donde comienzan las caderas, porque el alféizar de la ventana impide ver más abajo. Y ella está allí, hasta que la luz lo quiera, y se la lleve tan súbitamente como la trajo. Su cabellera negra le oculta medio rostro en el que sobresale un firme mentón atractivo, la cabellera que miras perderse hombro abajo, buscando la espalda, no obstaculiza la visión del nacimiento del seno. Y nada.La luz se apaga. Otra vez el patio con rumores de ramas en una oscuridad veraniega.

A Fernando pude evadirlo antes de que me hablara de otra noche, de otro momento de luz en que la viera, como la has visto tú, de sombrero y con guantes. Este momento que ahora me cuentas no me lo relató Fernando. Lo vi yo mismo en el atardecer que fuimos a mostrarle el apartamento a los Davis, interesados en rentarlo. Lo vi, al principio,casi riéndome del nerviosismo de mi compañero, al saber que entraría al apartamento que daba frente a las ventanas de la cocina de su hogar; luego con el estupor del mismo Fernando en mi cara, al ir descubriendo en los antiguos cuadros que exornaban los muros, a la misma mujer que él me habia descrito, y en las poses que la había visto.

El Espejo De Clara

El Espejo De Clara

El Espejo De Clara
Otto Oscar Milanese
Del Libro Inédito "Un Momento En La Pared".

Inicialmente no lo asoció; pero la sensación depresiva surgió con la primera ojeada que se dio en el espejo. Esa tarde llegó felíz de tenerlo. Le había costado un paseo por la octava avenida de Brooklyn, y unos setenta y cinco dolares para que le quitaran el viejo barnizado de caoba, y le dieran un color mas a tono con el mobiliario de su alcoba. Ahora, mirándose por primera vez en el, toda la tarde de tres días atrás se le metía de nuevo en el alma: la lluvia floja, remisa, el húmedo olor de la avenida solitaria en un crepúsculo otoñal de hojas mojadas sobre la calzada.


¡Y no tenía motivos para deprimirse! ¡No, no los había! Los espejos no deprimen a la edad de Clara, cuando aún puede intentar un nuevo bosquejo de sonrisa, alisándose la cabellera, acentuando el maquillaje, o simplemente cuando se mira por mirarse y el cristal se le antoja un eco de frases masculinas que en tantas ocasiones ha propiciado su paso.


Pero ya estaba triste. Y no era ella. Sabía que no era ella la dueña de esa tristeza tan sutil que la sobrecoge y transforma la armonía de su rostro en una mueca sobre el espejo. A lo peor, y así debía ser, así tenía que ser, se trataba unicamente de la remembranza del momento en que lo encontró abandonado frente al jardincillo frontal de una residencia. Lo vio y le gustó. Lucía un poco estropeado, el barniz rayado, el cristal opaco por el polvo denunciando largo encierro en un sotano. "Me gusta", pensó Clara, "es antiguo, me gusta", y sin dubitar sacó el celular de su bolso para llamar un taxi.


En el asiento trasero del taxi fue que lo pensó la primera vez. Imaginó a la ex dueña del espejo, y por su mente se dibujaron simultaneamente una serie de rostros que pertenecían a una misma mujer. Era como si viera al mismo tiempo todas las edades de una misma persona. Como si todas sus caras se fundieran en una al mismo tiempo, y ahora, en el momento que se mira, el espejo como un ojo impasible, como una mirada fija, parece confirmarle sus pensamientos en el taxi.

Baby Vida

Baby Vida/Otto Oscar Milanese

Baby Vida

Otto Oscar Milanese

Del Libro Inédito "Un Momento En La Pared".


"Viver e não ter a vergonha
de ser feliz,
cantar e cantar a beleza
de ser um eterno aprendíz.
Eu sei que a vida
deve ser venerada e será,
mais é uma verdade
que eu repita,
é bonita, é bonita e é bonita".

"O qué é, o qué é"
Gonzaguinha.


Mamá abandonó el vestido que zurcía y se aprestó a rescatarme del piso, amonestándo severamente a la compungida Aidée. Inicié un lloriquo desconsolado, no tanto por el pegajoso escozor en mi barbilla; sino por los gritos de mamá, y por la atemorizada cara de mi hermana mayor. Se empecinaba en creerme demasiado adolorida, y entre arrumacos interrumpidos para ordenarle a Aidée que buscara un abstersivo en el botiquín, provocaba el aumento de mi llanto. Pensaba que a la pobre Aidée, nadie le evitaría la azotaina que le propinaría papá a su regreso a casa. Manos cuidadosamente maternales restañaron la sangre del rasguño en mi mentón. Continuaba gimoteando. Mamá suponía que mi dolor se acrecentaba, y esmeraba su delicadeza limpiandome la herida. Sollozaba de impotente desconsuelo, sintiéndo las enérgicas nalgadas destinadas para Aidée. ¡Sé que se lo contará! Es una antipatica manía de gente grande contarlo todo. Cuando papá regresa exhausto y mohino, por no haber conseguido en qué emplearse, mamá intenta consolarlo con un "Mañana encontrarás", y procede a pormenorizarle cuanto acaeció durante el día.Papá,primero la escucha pacientemente, y luego, cuando a ella se le agotan los recuerdos de la fecha, contagiado por tanto parloteo, él le relata el cansancio y el hambre sufridas; las reiteradas negativas obtenidas durante su busqueda de empleo. Así las cosas, ya puedo escuchar a papá recóviniendo a Aidée, "Se te ha prohibido saltar en la cama", y darle de nalgadas.


Las veces raras que mis padres reciben visitas, efectuan un aparte en sus pláticas de adultos para referirse a mi. Siempre comentan que yo sé demasiado,y me regalan una enternecedora caricia. Con inflado rostro de orgullo, argumentan sus afirmaciones con un par de mis últimas ocurrencias infantiles. Casi siempre, mis padres y los visitantes, se contentan con las trivialidades citadas sobre mi, y acaban conviniendo en que realmente soy precoz. Pero unicamente aceptan un entendimiento conforme a mi corta edad, un poco de sagacidad limitada por el tiempo. Porque no obstante ofrecerles sobradas muestras de mi ingenio, ellos se refieren, cuando hablan sobre mi agudeza, a un tiempo absolutamente por venir. Dicen "La niña será"... Es decir, que ahora no soy ni sé nada. Desearía existir como imaginan ellos; no ser, sino, estar por ser. No saber nada, pese a las obvias avanzadas de una inteligencia que hoy la consideran ajena a la esencia de todo.

¡Lo detestable es que sé! ¡Lacinantemente y a mi modo, sé!
¡Aidée fue quien me despertó a la zozobra del horror! Aidée me lo dijo mañana... Es más bonito decir que me lo dijo mañana. Mis padres mencionan frecuentemente palabras como ayer, hoy y mañana. No entiendo el sígnificado de esas palabras; pero me fascina oirles decir "mañana". Esa palabra logra colocarme al borde de un vacío que habré de llenar conmigo misma. Por eso, todo lo que vivo, lo vivo mañana; por eso prefiero decir que Aidée me lo dijo mañana, "Cuando crezcas te compraré unos patines rojos". Estoy medio muerta de susto. ¿Entonces, yo creceré como ellos? A lo peor adquiero la insufrible manía, de colgar en la pared un papelucho idéntico a ese en el que mamá señala los días importantes. Me golpearé la frente con la palma de la mano, y aire de contrariedad; descuidaré el guisado o desatenderé el fregado para correr a mirar el papel en la pared, y recordar la cita con el ginecólogo. ¡No deseo crecer! ¡No es mi intención crecer! Vagamente percibo que indefectiblemente emergeré desde mi cuna decorada con dibujos de ositos, a otro tiempo menos grato... Me acostumbraré a los almanaques, a los relojes, y quizás, al igual que papá, leeré los periódicos con semblante adusto antes de la cena.


¡Aborrezco el mundo de la gente grande! Desde mañana,cuando Aidée me dejó entrever que crecería, berreo incansablemente cada vez que mamá observa ese papel que llama calendario, y me avisa "es tiempo de que el médico te vea". Es un decir de mamá, porque el doctor apenas me dedica una inexcrutable mirada profesional, y en menos de ocho minutos abandonamos el consultorio con la deprimente sensación de que me han violado los oídos, los ojos, y la boca con un instrumento ridiculamente extraño. La conclusión es la eterna "La niña está saludable, señora", o "La infección de las amigdolas le ha afectado los oídos", y prescribe un antigripal y penicilina. La que si me observa meticulosamente en cada oportunidad que mi madre me lleva al médico, en contra de mi llorosa y en nada tenida en cuenta voluntad, es esa mujer siempre de blanco, obstinada en aparentar simpatica. En ocasiones me pincha el dedo índice de una mano para extraerme sangre; pero no es el momento mas desagradable. Ojalá y todo se limitara a un pichazo en el dedo. Lo fastidioso es verla pasar una cinta alrededor de mi cabeza, y realizar anotaciones en una libreta. Luego, entre mis gritos, y los mimos confundidos de ella y de mamá procurando callarme, tensamente extiende la cinta desde mis pies a la cabeza. La mujer de blanco repite el acto de escribir en la libreta, y le dice a mi madre, "Crece normalmente".


Me he quedado dormida a ratos, y a ratos sin comprender que he despertado ovillada en un ángulo de la cuna. Ignoro cuantas veces me he dormido, y las otras tantas que he abierto los ojos, sin saber exactamente en cual rincón de la oscuridad estoy metida. Al principiar la noche, mamá se incorporó del mecedor conmigo en brazos, susurró unas frases, me besó en las mejillas y me acomodó en la cuna. Después escuché la voz atiborrada de brumas de mi madre, contarle a papá todo lo acontecido en el día. Siempre es así, hasta que la calla el sueño o comienza a indisponerse, y distingo los graves murmullos de papá, entre las quejas espaciadas de mi madre y el continuo chirrido de la cama. Siempre es así, hasta que súbitamente el silencio acaba por ganar todos los entrantes de la habitación; y yo me siento mas dolidamente desamparada, y grito de pavor, adivinándome crecer inexorablemente en la oscuridad.


Mi padre apenas consigue tiempo para cargarnos. ¡Es una lástima, porque tanto a Aidée, como a mi, nos encanta que nos levante en vilo cantándonos frágmentos de melodías que jamás habíamos escuchado! Antes de perder su antiguo trabajo se excusaba diciendo que llegaba extenuado; en estos días aduce andar preocupado por no encontrar empleo. ¡Nunca lo entenderé! Ese hombre o mujer, quien, según mamá, sabe todo, y a quien ella le habla de hinojos antes de meterse a la cama, debe saber que jamás comprenderé a mi padre. ¡Quizás sólo necesite crecer para entenderlo! Me amedranta observarle el rostro de ansiedad irascible, cuando toma la bolsa en que mamá le acomoda los emparedados, y se marcha... Y peor retorna. ¡Nada! ¡Otro día y nada! ¡Nadie desea emplearlo! Debería contentarse, pero se le nota tristísimo, y yo menos lo comprendo, porque él nunca estuvo contento con el jefe, y ahora sufre por no encontrar otro. ¡Pobre papá! Supongo que son atractivos de la edad: Familia, trabajo y presupuestos. Casi lo veo de empleado en una factoría o en una tienda, y llegando con el anochecer encima a bostezar cansancios a la vera de mamá, a rumiar el malquistamiento con el jefe de turno. ¡Y vuelan, vuelan los fines de semanas, recalcados entre planes y dísputas maritales!


¡Aidée es demasiado parecida a mamá! Tanto, que siento miedo al pensarla como una persona adulta. La he mirado prosternarse para conversar con el hombre invisible que todo lo sabe, con devoción similar a la de nuestra madre. A las dos les he oído decir que el nos ama porque somos pobres; pero tanto Aidée, como mamá no aman la pobreza. Ambas viven rogándole a ese hombre que les consiga todo lo que desean. Mamá, parece haber encontrado en ese hombre invisible a la persona propicia para confiarle sus penurias, sus fracasos; lo digo porque sólo le escucho hablarle de adeversidades. Cuando sea grande, si aún ese hombre no nos ha sacado de pobres _ probablemente no querrá hacerlo, porque no deseará quitarnos la buenaventura -, evitaré darle las gracias por las exiguas abundancias de mis bienes. La cara horrible del asunto es pensar que cuando sea grande,ya no pensaré como un baby, y a lo peor acabo como mamá, resignada a una vida miserable bajo la señal que le he visto hacer sobre su cuerpo antes y despues de hablar con ese hombre.


Aidée y yo jugabamos a las muñecas en el comedor, cuando el inesperado alboroto brotó desde la sala. Aidée me dejó y fue corriendoa tropezarse con el abrazo y la alegría de nuestros padres. Arrastrándome por el piso pude apróximarme lo suficiente para comprender que papá había encontrado trabajo. Todos en la casa lucían felices. El tío David había prometido venir a cenar con nosotros para celebrar. Aidée estaba eufórica, pues el tío David siempre suele obsequiarnos cuando nos visita. Aidée me ha mirado sonriente, y me ha dicho que para la cena ya yo estaré durmiendo como siempre. Me he propuesto no dormir, aunque me cueste gritar desesperadamente. Mamá no tendrá mas remedio que sacarme de la cuna, y decirle a papá "Los cólicos no la dejan dormir. Tíene pañales limpios y secos, y rechaza el biberón".


El tío David se presentó impecablemente vestido de blanco. Las primeras excusas fueron para nuestros padres por el retraso con que llegaba. Un rato luego de hablar con papá sobre la bolsa de valores, y otros asuntos de adultos, le dijo a Aidée, mientras me cargaba a mi, que debido a la prisa con que abandonó su oficina,había olvidado nuestros presentes encima del escritorio. Me desilusioné momentaneamente, porque el tío David, como compensación nos prometió pasearnos en su coche después de acabada la cena. Estaba feliz, nunca había tenido ocasión de ver la noche desde la calle. La cena discurrió lentísima entre el calor de la charla familiar y los amables elogios del tío David para cada vianda que probaba. Mamá lucía radiante, y yo inicié una nueva serie de chillidos protestando por la dilación del paseo. Por fin mamá procedió a retirar la mesa; pero mi padre y el tío David se habían apoltronado en el sofá de la sala. Aideé y yo los observabamos ansiosamente desde un rincón. Cada segundo me arrima al filo de una abisal desilusión. El tío David consulta constantemente su bonito reloj pulsera. ¡Es idéntico a mi padre! Sé que no tiene apuro, solamente realiza el movimiento como un torpe reflejo de una costumbre desabrida. Además, al tío David se le olvidan las cosas con frecuencia. Presumo que al igual que mamá, recurrirá al detestable hábito de marcar en el almanaque las fechas que no desea olvidar. Me siento más y más desconcertada. No sé si porque el tío David ha venido a resultar un adulto más, minado de costumbres y obligaciones, o porque se le haya olvidado sacarnos a pasear. Másy más desengañada, y los ojos se me van cerrando de miedo, de asco, de rabia... Sus voces se incorporan a mi sueño. Desde los brazos de mamá, que me lleva al dormitorio, les oigo hablar, reir... Y sueño, sueño... Un nebuloso sueño de relojes y de almanaques; de ordenes anónimas, y de confusas noticias en grandes titulares negros. Un sueño de baby que teme al día en que despertará pensando nombres en dos sexos, para sentirse vigilada desde una cuna.

La Mujer De Las Dos

La Mujer De Las Dos/Otto Oscar Milanese

La Mujer De Las Dos
Otto Oscar Milanese
Del Libro Inédito "Un Momento En La Pared".

Inicialmente Luis le dijo que era la mujer de las dos. Se lo dijo en ese tono tan dejado con que Luis suele arropar sus expresiones cuando está refiriéndose a algo que realmente le interesa. Y ahora, segundos antes de retorcer la colilla en el cenicero,luego de carraspear tratando en vano de deshacerse de la irritación que el humo dejó en su garganta, el pensamiento de que Luis estuviera enamorado de la desconocida que puntualmente pasaba a las dos de la tarde, le asaltó inexplicablemente. Abandonó el asiento y desperezándose se arrimó a las encristaladas ventanas. Un pedazo de calle mojada llena de taxis amarillos se le metió entre los ojos. Aplastó su rostro contra la frialdad otoñal del vidrio y alcanzó a divisar la calzada.Un piso más abajo laboraba Luis. Probablemente, como él, después de abandonar el escritorio atiborrado de papeles, con el gesto melancolico husmeaba la calle a través de la ventana, pensando que no eran las dos, pensando en la espera de otro día para volver a verla.


Luego le dijo que era la mujer que había visto en algún lugar. Siempre con la misma apatía en la voz; pero esto no se lo dijo en la oficina, sino a las cinco y cuarto de la tarde cuando esperaban el A en west 4 y al borde del anden se quedó mirando los rieles en la dirección por donde debía aparecer el tren. "En una ciudad como New York", pensó, "no es extraño andar con la vaga sensación de haber mirado antes en cualquier parte un rostro recién conocido". Por eso casi ni se molestaba en responderle a Luis, porque le conocía, y anticipaba el día en que él, con un cigarrillo apagado entre los labios, saldría de la oficina a esperarla a ella, a la desconocida que atrapaba su atención a las dos de la tarde. "Y luego de las dos también", acabó murmurando, porque desde que Luis le hablara de ella, en el tiempo libre de ambos escaseaban las conversaciones sobre los Yankees, y ya nada se hablaba de reunirse en la vieja cafetería del Village al final de otra jornada, ni preguntaba cuando regresaría Andrés de la Universidad. Por eso lo dejó ir con un frío hasta mañana cuando las puertas del tren se abrieron en la última estación de Manhattan, y él se quedó aferrado a la manija, mirándole buscar las escaleras de salida entre la muchedumbre. El tren comenzaba a rodar hacia Brooklyn, y aún pudo verle por la ventanilla con aire absorto entre la gente. A lo peor pensaba en la mujer de las dos, y se alegró de que no preguntara por Andrés. No atinaría a contestarle adecuadamente, y le notaría el temblor en la voz que ya no sonaba orgullosa del muchacho que ambos llevaban a los parques desde niño; esa imagen de Andrés se le había perdido para siempre entre las horas de cervezas compartidas con Luis, mientras el muchacho corría detrás de una bola de beisbol. El pelo largo, la cara pintada y los senos turgentes era la última visión que le quedaba en la memoria del Andrés, que con voz afeminada le prometió, antes de despedirse a la puerta del apartamento, "No te preocupes, jamás te causaré molestias. Todos los días paso a las dos de la tarde frente a donde trabajas, y no me detengo a saludarte".


Sabor A Sombras

Sabor A Sombras/Otto Oscar Milanese

Sabor A Sombras
Otto Oscar Milanese
Del Libro Inédito "Un Momento En La Pared".

Ya ves ( veo ), Alemán, esta noche vienes ( voy ), y contigo ( conmigo ) arrastras ( o ) un grito de juventud que me ( te ) sueña en el ágil salto bloqueándote ( me ) una y otra vez el canasto... ¡ Y fallar, Alemán! Errar un lance a distancia media, para pelear el rebote entre el sudor de mi ( tu ) fatiga y la algarabía que rebrota impetuosa en las graderías. ¡ Quizás, y contra el reloj, el último rebote del juego, Alemán! El último, y sabes ( sé ) como se aferra uno a ese balón capturado, para ejecutar el vertiginoso pase preciso que inicia el contra ataque. ¡ La zaguera pugna contra el cansancio, Alemán,contra el reloj..! La final oportunidad en el salto ofensivo, antes del silbatazo último. El postrer lance, Alemán: Y estás ( estoy ) en el aire soltando el balón..., y luego... Sólo resaca de juego cerradamente dísputado; comentarios tumultuosos de vestidores, y todos estos años, Alemán, para aguardarte ( me ) y definir nuestro último partido, nuestra última jugada. ¡Ah, porque de que vienes ( voy ), vienes ( voy ), Alemán! Así tan calladito como cuando acostumbrabas ( a ) esperarme ( te ) sentado en un banco del parque, con los pensamientos entreverados en las piezas del ajedréz, y la primera movida realizada: P4R.


Así que vienes( voy ),Alemán,sin desearlo. Es tan inevitable que acudas ( a ), como que ripostarás ( e ) la jugada primaria de igual modo: P4R. He ( Has ) preparado las bebidas. Acordándome ( te ) de tu ( mi ) enojosa meticulosidad descomedida, he ( has ) lavado los vasos varias veces, los he ( has ) mirado de afuerahacia adentro, he ( has ) revisado su fondo levantándolos a contra luz,y no hay polvo, Alemán, ni una motita de polvo adherida a los cristales. El whisky aguarda ser escanceado, porque en esta oportunidad urgimos un poco de fuertes sorbos, y degustarlos retadoramente callados, Alemán. Como si nos estudiaramos, o peor aún: como si de golpe pretendíeramos trasegar tanta vida entreverada en la garganta.


Incesantemente arden delante de tus ( mis ) ojos las memorias, y se anticipa en mi ( tu ) boca el abyecto sabor a revanchas que propician tus( mis )frases aún no pronunciadas. De antemano las sé ( sabes ), como si obligatorio fuese saberlas o no pudieras ( a ) denunciar un pensamiento distinto, y se trasluce tanto como mi ( tu ) segunda movida: C3AR saltando en el tablero, y tu ( mi ) insondable sonrisa morosa. Como si lo hubieras ( a ) dicho, Alemán, y nueva vez a soñar por la boca con rastrojos de palabras siempre dichas. Nueva vez, Alemán. ¿Porque, qué objeto tendría que acudieses ( e ), sino es por ella?


En tantas horas estúpidamente perdidas no logro ( as ) recobrar completamente los despojos de lo que preténdimos simular. ¡Es que ya no, Alemán..! Ya basta de pordioseras alegrías disputándose el horario de tus ( mis ) sueños. ¡ Será que así se envejece! Y todo sale sobrando, Alemán. Y uno vive molestándose a sí mismo, procurando rebosar los hastíos con memorias caprichosamente elegidas. Por eso te ( me ) recuerdo ( as ) veloz y sudado por todos los rincones de la cancha. Es tan imposible desear aceptarte ( me ) enclaustrado en la desidia de una tarde, dejando la vida pasar con las voces que repisan las calles. Tan cuesta arriba, no querer alejarme ( te ) de la esquina en donde mi ( tu ) perro olfateó las ganas y levantó la pata trasera. Tan imposible, Alemán, que se erige en vida diaria; en comunes absurdos. Hábitos impuestos por el deseo de no continuar, y réeditar ilusamente todo lo anterior, todo el tiempo de carreras y saltos en la cancha; todo el elástico tiempo irreversible de pláticas en los parques.


¡Me ( Te ) ha costado lo mío ( tuyo ) llegar hasta aquí! Sé ( sabes ) que apenas cuando las tardes no son tan húmedas, la artritis nos permite pasar un momento en el parque. Llevo ( as ) conmigo ( contigo ) el ajedréz, y dispongo ( dispones ) casi alegremente las piezas, pese a saber que no vendrás( iré ); que tendré ( ás ) toda la tarde en un mudo bostezo enervado, y abriré ( as ) los diarios, procurando no reparar en que tardas ( o ),Alemán. Procurando no advertir que existimos para unos días consumados, y sólo somos una huella de vida que huye a los recuerdos. Te ( Me ) ocurre, Alemán, que repentinamente pruebas ( o ) el escozor de reconocerte( me ) como un asilo de nostalgias... Y rebuscas ( o ) en el rastro de los días el fuerte acento claro de tu ( mi) voz, o las recias pisadas firmes, o tu ( mi ) sonrisa de frente a mi ( tu ) terco rostro adusto. "¡Si me la presentas la conquisto", dice tu ( mi ) voz entreverada a las incurias de otros instantes. Aún no entiendo ( es ) ni tu ( mi ) sardónica carcajada, ni tus ( mis ) abruptos alardes. No entiendo ( es ) por qué insistíamos en enamorarnos de la misma chica. ¡ Quizás, sólo por el mero placer de disputarmela ( disputartela ), Alemán! Así nada más lo entiendo ( es ), entre celos y rabias; entre farsas y realidades. Con el exclusivo objeto de disputarmela( disputartela ) como el balón rudamente peleado en el aire; como el insígnificante peón acorralado en un lateral del tablero, que te ( me ) empeñas ( o ) en ganar, y yo ( tú ) en defender inútilmente.


¡ El último salto, Alemán; el último lance..! ¡ La oportunidad definitiva! Y ya ves ( veo ) que te ( me ) aguardo ( as ) sin rencor, como si aún te ( me ) esperara ( as ) fumando en una esquina, mientras conjeturo ( as ) que has ( he ) de estar plantado frente al espejo, repensando las palabras que me ( te ) herirán. Y tu ( mi ) boca pone palabras en su boca, y tu ( mi ) boca inventa hablando sutiles miradas para sus ojos, y te ( me ) digo (dices. ) "quien anda con gafas negras siempre parece mirar hacia todas partes, ¿cómo puedes estar seguro de que es a ti a quien mira?" Es como siempre acabarás ( é ) al verme( verte ),Alemán.y mostrarás ( é ) la despreocupación más insolentemente simulada, para comentar:"¡ Te lo he dicho! ¡Sólo tiene ojos para mi"! Inflas ( o ) el pecho, y caminamos sin mediar frases. Es tiempo de sacar a relucir mi ( tu ) sonrisa más caústica y murmurar: "¡Eres el mismo tipo, te alabas mucho, nunca cambiarás!" ¡Ah, si nos hubiesemos decidido por conversar de baloncesto, por jugar una partida de ajedréz o por aburrirnos en la sala de un cinematógrafo! ¡No! Ella andaba con sus mutismos de mujer difícil entre los dos, para los dos. Me ( Te ) dices ( digo ) : "¡Me mira tan fijamente que logra ponerme nervioso!" ¡ Tú ( Yo ) que lo ibas ( a ) a pensar, Alemán! Pese a que reiteradamente lo delatarán tus ( mis ) exclamaciones: ¡"Tanto y tan fijamente me observa, que a veces me estremezco de miedo!"


¡La vejez es una aceptación de las derrotas, Alemán! Por eso no me ( te ) duele aguardarte ( me ) resucitando el cádaver de mi ( tu ) mejor sonrisa. Realmente nada hemos perdido. Me ( Te ) resigna la idea de que, como tantas veces en ajedréz, entablamos aquella partida basada en orgullos y mentiras. Retorno ( as ) a su calle, silbando los sueños; luego te ( me ) cuento ( as ) del amor callado de su mirada, y me ( te ) ufano ( as ) de ser perseguido por sus ojos. Hoy, tenemos hoy por delante la certeza de que nunca nuestras imagenes fueron captadas por sus pupilas. ¡Tablas, Alemán, desde algún rincón de su congénita oscuridad, sus ojos aún nos vigilan vacíamente amorosos!

Santuario

Santuario/Otto Oscar Milanese

Santuario
Otto Oscar Milanese
Del Libro Inédito "Un Momento En La Pared".

"Amar, amar,
es ser útil a uno mismo;
hacerse amar,
es ser útil a los demás".

Jean Paul Beranger.



Pulsé el timbre y lo medité. Adentro, Carola, tendida remisamente en el sofá, lo imaginaría. No le resultaría insólito cuando le escuchara, si es que decidía contarselo. ¡No, no se lo referiría! Las mujeres enamoradas andan en desamor con la ecuanimidad. Lo tomaría a broma. La risa provocaría que sus manos temblaran sobre el nevado globito de pelos rizados echado a un costado suyo.


-¿No será...-Intuyo que me mirará oblicuamente,-que nuevamente piensas en eso?


-¡No!-Mentiría en vano, incapaz de evadir el azul acusador de sus pupilas.- Me he acostumbrado a pensar estas estupideces inconexas, y tú bien lo sabes, con mi vida anterior.


¿Y si no lo sabía? ¿Si no deseaba entenderlo? Cojeturarlo me deja una mueca en el rostro. Entonces, ya no solamente me mirará de reojo... Empezará suavemente, demasiado amenguado el quejido por un nudo acre en la garganta, mientras persiste el leve temblor de manos hundiéndose a ratos por la mansa blancura recién estregada con shampoo para pulgas.


Son las escaleras, querido. Tal vez la distribución de los apartamentos, o el número de mi puerta. ¡Existe algo aquí que te revive todo aquello!


¡No exactamente! A la mañana de hoy noté que pasaba, y lo acepté tardíamente. No porque me resistiera a vivirlo, sino, por lo abrumador del estremecimiento; de la certeza orillándome a un frágmento de mi existencia, oscuro y convenientemente clausurado. Comenzó a suceder en el automovil, y no es hasta este momento-frente al apartamento de Carola-que puedo establecerlo. Movilizaba, el control de sintonía de la radio, y tropecé con las voces de Martinho Da Vila y de Joao Nogueira "Não tá mole não, José/esse mundo louco", me puse entre los labios el filtro de un cigarrillo, el movimiento,inconsciente, desabrido por las repeticiones, lo ejecuté con la mano izquierda, "A televisão mostra sempre um pouco/bala de canhão e bomba de troco", reí quedamente , como reconciliándome con las memorias que ahora brotaban a rítmo de samba.


Una lágrima restañada a disgusto, y la otra y la otra.-¡Tus recuerdos pueden más que yo!- Finalmente explotaría.


¡No, mejor no confiarselo. !Busque el prendedor en la gavetilla, "bem pertinho, irmão, lá do Rio Jordão/bem pertinho, irmão, lá do Rio Jordão". Deseché la busqueda, paladeando el ruin sabor a corcho humedecido por la saliva, "mas a salvação, José, é nossa Rosa do povo/que dá ao povao/horizonte novo"... Apagué la radio antes de abrir la portezuela, y pensé: "Los peldaños amanecían tapizados de colillas, bolsas de papel y latas de cervezas".


Ocurrió anteriormente. Una eternidad atrás. Nebulosamente pude entreverlo, como ahora, frente al apartamento de Carola.El episodio no contraía visos inusitados, sino, precisamente, todo lo anverso, en mil días anteriores, angustiosamente me percataba. Me detuve de espaldas a la brumosa escalera angosta; aguardando su bello rostro tras el chirrido de la puerta abriéndose. No lograba deducir, jamás, hasta hoy, reparo en nimiedades, cuantas veces pulsé el timbre, ni los involuntarios gestos de impaciencia. ¡Ah, si consiguiera discernir las futilezas! Un vacío absurdo me arroja a la nausea del vértigo. Subitamente adquiero plena conciencia, un deslumbrante conocimiento aguijonador,de que me he detenido aquí miles de veces, pero sólo puedo rememorar eso..., es lo que puedo captar y retrotraer de todas las anteriores oportunidades. No preciso la fecha y ni siquiera puedo confirmar si acaeció aquí,de frente a la puerta, deespaldas a las escaleras, cuando los gruñidos me saltaron encima. Pero aconteció. Pensándolo me late en la mano derecha un rabioso rastrojo de escozor de garras recientes. Y los gritos de Carola, esto si recuerdo, aunque haya olvidado las frases que usara ella, porque su "no es nada, no es nada", tomándome la mano y mirándola, atrayéndome hacia la sala, lo borró todo. Ahora timbro y timbro y nadie abre. Me rasco la nuca como buscando pensamientos a uñaradas. Fue para San Valentín del año pasado. ¡Claro, como no se me ocurrió antes! La tarjeta, el ramillete de rosas despetaladas en el piso por el babeante hociquillo blanco. Surge una duda centelleante, ¿No... Para su aniversario? ¡Qué diantres importa,tuvo que pasar alguna vez! Intento descifrar el motivo de su tardanza, ejerciendo una furiosa presión sobre el timbre. La imagino cortando abruptamente uno de sus interminables coloquios telefónicos. ¡No! Probablemente está acabando de retocarse apresuradamente frente al espejo, antes de decidirse a atender el llamado a la puerta. Carola siempre demora en abrir,y me entretengo dilucidando el objeto de su tardanza. Aquella vez ocurrió,y además,no se escabullen,como con otros recuerdos,los pormenores pueriles... Esos minísculos detalles, inadvertidos en su esencia e implícitos en todo acto, escurridizos a la rememoración. ¡Los recuerdo ahora! ¡Sorpresivamente los cazo uno a uno! Sin agotarme mentalmente, sin proponermelo, están saltando a la conciencia esos frágmentos de vida complementaria y circunstancial que rodean cada instante, cada suceso; como si esta vez de ahora se hubiese filtrado prematuramente en el tiempo,o quizás,el tiempo debido-si es que los actos realmente requieren un justo tiempo imprescindible para realizarse-no se presentó, y la acción se desarrolló en otras horas, en una vacuidad proyectada hacia el futuro. Estuve aquí, tal como ahora,y los detallles surgen,saltan luminosamente como la huella instintiva de una consumación anterior, encajan sincronizadamente en el engranaje develado paulatinamente por la memoria. Imprevistos recuerdos de la cristalización de cualquier gesto vulgar: como frotar los calzados en la alfombra, ahora mismo vuelvo a realizarlo.Maquinalmente veces mil habré restregado los zapatos en la alfombrilla marrón, frente a la puerta del apartamento de Carola. Pero me mortifica la certeza de haberlos frotado exactamente como hoy, ladeando los pies para sus curvaturas y sobándolos con recia lentitud. Además, como en aquel vivido momento, los gruñidos no se filtraron por el intersticio de la puerta. Y es inusual. Y me sorprendo,no porque ahora sé que de igual manera me asombré aquella vez, y dije entonces lo que digo ahora: ¿Qué le sucederá al animalejo? Dedos helados oprimen la nuca, ¡Dios, como antes, calcadamente como antes! Comienzo a intuir lo que sobrevendrá, procuro evitarlo; pero una parte del cerebro no responde o está en desacuerdo , y pienso ¡"No lo hagas, retén esa manos"! Me escucho huecamente pronunciarlo, no como si pensara en voz alta, sino, como si hablara desde algún rincón del pasado, porque como entonces, el cerebro está ordenando recomponer el cabello con las manos, y me los aliso, y la negligente voz almibarada de sueños no me lo impedirá, ni yo mismo, opuesto a vivir lo consumado en otro día. Sé que ajustaré el nudo de la corbata, y lo estoy apretando; que secaré el sudor de la frente con uno de los pañuelos que ella me regaló,y lo estoy secando como entonces. ¡Decididamente, es mejor no contarselo!, continúo escuchándome lejanamente, dejando caer la mirada sobre el opaco betún de los calzados huemdecidos de nieve; pero como en aquella ocasión, sé que ya es como si se lo hubiese contado.


- Si realmente lo deseas se materializará.- Advirtió Carola, pasándome el vaso de whisky y dejándose caer en el sofá. El globito de erizados pelos blancos corrió a echarsele a los pies, abanicando la cola.


- ¡No lo deseo! ¡ Es irrevocable!


- ¡ No!- Aulló ella, y la blancura echada a sus pies se tensa, detiene la cola, extiende hacia arriba el hociquillo, aletea la fría naricilla, y gruñe mirándolo a él.- ¡No! ¡Eso es irrepetible!


- ¿ Irrepetible? El momento que sirvió de fondo sí; pero los hechos persisten en retornar, Carola, están ahí.


Un puño de trasnoches me golpeó salvajemente los parpados. El último en entrar ya había regresado a la noche de las calles. Adrián le atendió unos minutos antes. Pude oirlos murmurar en inglés en el lobby. El ruido de los autos se introducía con los zagueros latigazos de un invierno aullador. Bajé hasta la mitad de las escaleras del segundo al primer piso, para gritarle a Adrián que cerrara la puerta. Quizás entonces devino el lance. ¿O no? Puedo jurar que aún no sucedía. Debió ser el instante; pero todavía el otro no se marchaba. Antes de que se fuera me senté en un peldaño a fumar. Escupí por la mitad el cigarrillo, me dolían los huesos. No se trataba de una reumática molestia de frío febrero;sino, una exasperante sensación de anunciamiento febril. Y contra ella y su dolencia progresiva, asiéndome al pasamanos me deslicé escaleras abajo. Las voces de Adrián y del otro llenaban todos los rincones del corredor. Quise advertirles que de continuar el alboroto,la mujer catracha del 2R llamaría a la policía. Adrián se apaciguó, no obstante, el otro prosiguió dejando oir su vozarrón anónimo, gesticulando agresivamente. Me sentía exhausto. Ardientes latidos golpeaban continuamente mis sienes. ¡ "Devuelvele el dinero, y que se largue"! Le ordené a Adrián, y surgieron protestas polítonas; pero ya subía penosamente las escaleras. Quedaron a mis espaldas, eran movedizas sombras afanosas. Rezongaron por varios minutos más, luego Adrián me llamó una, dos, tres veces. Pensaría que no le escuché o no quise respónderle. No reuní fuerzas para contestar. Mis piernas se arqueaban debilmente, no comprendo aún como había podido ascender hasta el quinto piso. Cuando Adrián me llamaba, me recuerdo fríamente orinado de sudor, pegado a la pared, en el rellano del piso tercero. Luego subí sin saber como ni cuanto tardé. Las voces allá abajo, ascendían descompuestas y roncas, cada vez más altas, más próximas, como si vinieran reptando los peldaños tras de mi. Entré y eché cerrojos. ¡No debí! Nunca los echaba cuando aún Adrián o Tony permanecían en el hall; pero no sé que me ocurría esa noche. Debía estar inconscientemente seguro de que no sucedería. El montón de noches similares sin suceder,parecían una tácita confirmación. Recliné la espalda contra la puerta recién cerrada. Me sobresaltó un furioso portazo allá abajo. Arrastrándome pude llegar a las habitaciones y me tumbé atravesado en la cama. Desde la calle, la voz del otro increpaba acidamente lejana. Finalmente se disolvió, se disfumó en el helado viento que peinaba las calles. Desde algún antiguo silencio del building brotó un lloriqueo irregular de niño. ¡Entonces pasó!


-¡El pasado es irresucitable!- Dijo ella, apaciguando los gruñidos de la bolita de pelos blancos con arrumacos en el cuello.


- Tienes razón, Carola, pero ellos...


- Ellos también pertenecen al pasado. ¡Aceptalo!

- ¡No!- Mi voz es un grito altisonante. Busco aire, removiéndome incomodamente en el sillón. El pelaje blanco se envara, me mira fijamente y muestra los dientes en una perruna sonrisa feral.- Al pasado no, Carola. Cada noche me acorralan el sueño.


- ¿ Remordimientos?- Desea reirse, y se aturde a mitad del intento, ridículamente boquiabierta, con el cuerpo semi doblado, y el cuello estirado hacia mi, mientras procura sosegar los gruñidos con desganadas palmaditas.


-¡No!- Respondo con vehemencia. La mirada palpita caminando la turgente mitad de los senos que se me ha revelado al inclinarse ella.-Sólo es aprensión. Miedo a que todo vuelva a recomenzar.


-¡Otra vez a los mismo!-Suspira ella, mostrándo un vago gesto de incredulidad.


¿A lo mismo? Continuaba pensando así, aún después de confiarle lo del otro día, cuando el ambiguo sentimiento melancólico y premonitorio no me asaltaba todavía, como hoy a la mañana en el auto, y más tarde, frente a la puerta del apartamento de ella. La mañana se deslizó tan habitualmente que su recuerdo parece conjeturado y colectivo. Me rasuré, probablemente silbando desabridamente a ratos; me vestí sin prisas entre espaciadas chupadas al cigarrillo que dejaba en el cenicero, y de seguro, ni siquiera necesito pensarlo, la habría recordado a ella, su flaco cuerpo fresco saltándo entre mis manos como una inesperada caricia de ramas reverdecidas en su primavera plena. Estoy convencido-no porque recuerdo el momento, sino porque acostumbro a comprarlos-que obtuve los matutinos en el quiosco del arabe de la esquina. Como de costumbre, apenas pude leer uno, dos, tres títulares, mientras aguardaba que el motor del coche se calentara. Luego,siempre lo mismo,arrojé los diarios al asiento trasero. Ese día, sábado, no encontré estacionamiento cerca del edificio en donde reside Carola, quizás por esonotuve tiempo, como otras veces, de quedarme indeciso mirando desde el auto la pesada y antigua puerta del hall,ni dubité, como siempre ocurre al empujarla, y brevemente, con mi irrupción introduzco un ramalazo tibio de claridad matinal en las débiles brumas del pasillo.


-Vives en un lugar deprimente.-Le dije una noche, cuando ella retiraba las sobras de la cena.-Cuando entro al hall me sobrecoge su lobreguez.


Mis palabras lograron despertar una sonrisa en el rostro femenino.-Este lugar me gusta, querido, tal vez su aspecto se debe a que el building es muy antiguo.


Subiendo los peldaños, cuando recién acababa por acostumbrarme a las brumas, intui algo inusual. Algo que ya he presentido anteriormente.El corazón me dió un vuelco. Eran las escaleras. Sucias. Tan sucias como aquellas que frecuentemente recordaba. Me extrañé, porque los inquilinos del buiding parecían tener costumbres muy distintas a las de mis ex vecinos. No era la primera vez que las notaba sucias.


-Te convendría reposar, cariño. Ultimamente laboras demasiado.-Dijo ella, cuando le hablé del aspecto de las escaleras, y apretó su cuerpo contra el mío.- ¿Latas vacías en las escaleras, mi amor? Aquí nadie bebe en el hall.


Pero esa vez y poco antes de tocar a su puerta, pude ver colillas pisoteadas en el hall y cerillos gastados, además, ese olor,sí, ese olor no podía engañarme, lo reconocí estremeciéndome; sin embargo Carola frunciría el ceño, me miraría por encima de los hombros, sonriendo indulgentemente.


Levantando la mano para pulsar el timbre sentí la incomoda sensación. Aterrado,desee urgentemente que Carola abriera sin dilación. Sentía pavor,el olor estaba sedimentado en todos los rincones.


-Si hubieras vuelto el rostro, las escaleras estarían tan limpias como ahora.-Dijo ella.


Mi despertar a la mañana avanzada se llenó de miedo. Pasé toda la noche revolcándome entre las mantas y el sueño. Transfiriéndome de un sueño a otro; huyendo de la implacable sombra de un temor inconcreto. Ahora el miedo avanzaba en alucinantes oleadas acústicas. Golpeaban reciamente la puerta del hall. Aún no despertaba enteramente.Todavía no pensaba en que Adrián debió haber llamado insistentemente la noche última, y que convencido de la inutilidad de sus llamadas, optó por acomodar su fatiga en un frío rincón del hall, o marcharse a casa de Tony y Marianne. Los golpes a la puerta arreciaban. Temblando de calentura y con sueño aún, me tiré de la cama. A mitad de las habitaciones corredizas, pensé en Adrián. El corazón me latió con el rítmo alocado de los incesantes golpes a la puerta. Maldije la ausencia de Tony, Adrían se estaba encargando solo del negocio desde que la preñez de Marianne imponía a Tony una ridícula cuarentena.


_¡Quieres que te entierren por unos mugrosos dolares!-Le dijo una noche arrastrándolo fuera del building.-Toses que das pena, y mientras el daddy que tanto veneras se queda allá arriba frente a la TV, tú nada más piensas en amanecerte fumando en ese maldito hall.


Abrió la puerta. La vaharada de Eternity acabó por infundirme valor.

-¿La odiabas?


-¡Sí, la aborrecía! Ella lo trastornó todo. Convivíamos en armonía antes de que ella apareciera. Jamás se suscitó un arrebato de irrespeto entre los nenes. Conducíamos el negocio cautelosamente. Los clientes subían hasta nuestro apartamento, y bajaban sin causar más alboroto que el de sus pisadas. ¿Riesgos? El minimo. Pero se introdujo ella, y sus prolongadas etapas paranoicas. Tony nos la trajo con seis meses de preñez, y no niego que inicialmente me sentí complacido. ¡Me dejó atónito! Estaba acostumbrado a la idea de creerlo marica. Nunca leconocí cuentos de faldas. Andaba por ahí fumando y dejándose vivir sin permitir que las mujeres irrumpieran en la monotonía de sus momentos. Era el reverso de Adrián, este me animaba "Dale tiempo, daddy, sólo es tímido". No lo creía, ni siquiera me parecía capaz de sostener relaciones con una de las innumerables putas que ocasionalmente se nos brindaban a cambio de la mercancía. Y de pronto me trae a la nena inflada, y me dice que me va a parir el primer nieto. Lo abrazé, y Adrián trajo las Budwheisers; el radio resucitaba la voz de Tito Rodríguez, y "perdonen que no beba con ustedes", y un tantearse el vientre, "la criatura podría"... Antes o después de emborracharse, Adrían me dijo "No me gusta, daddy, no me gusta. No entiendo como Tony pudo hacerle caso. ¿Usted no lo nota?

Luego lo noté. Empezó a descuidarse y a pasar los días con el oído enamorado de los ruidos demoníacos del rock. Comenzó a beber y a fumar, sin reparar ya en su estado de preñez. Sí, lo noté. Comenzaron sus furtivas ojeadas rezumantes de un horror demencial. El incansable ir y venir en neglige por todas las estancias, sin murmullos, a paso desolado y lento. A mucho insistir, Tony y yo, apenas lograbamos meterla en la cama poco antes, o mucho después de la media noche. Rara vez conseguía sosegarla su breve intervalo de sueño, siempre interrumpido por pasos presurosos en las escaleras, o por insistentes golpes a nuestra puerta. De esas llamadas a deshoras vivíamos, de ellas dependía nuestro negocio; pero también adquirieron un angustioso significado de punzantes sobresaltos, preludiando tensos períodos de terror en la mirada de ella.


-¡Ahí están ya!-Gritaba enloquecida.- ¡Los muy bastardos, finalmente dieron con mi paradero!


La distensión entre Tony y yo era previsible. Explotó una noche, luego de que tras interminables intentos por calmarla, pudimos, mitad a razonamientos, mitad a la fuerza, acostarla. Afuera llovía y el viento aullaba intermitentemente. No esperabamos muchos clientes con semejante nochecita; pero alguien llegó. Los golpes a la puerta me amordazaron, cuando pensaba decirle a Tony que se fuera a la cama. Tony respiró profundo; ella estaría despierta, reincorporándose a medias, escuchando con demencial atención;su miedo estaría creciendo como dos puntitos dilatados y clavados en la hostil oscuridad.


¡Ella! ¡Su voz! Y por encima de sus hombros escualidos, de su aspecto desaliñado, tres, cinco, siete inmundos peldaños,de los quince que bajó un día maldiciendo y acusándome de extorsionar a los nenes. ¡Había vuelto!


-Anoche vinieron los del precinto 77.-En sus ojos no quedaba un rastrojo de su habitual pavor. Una brusca colera chispeante, una acusación implacable lo desplazaba.-¿Supongo que ahora es cuando vienes a enterarte?


-¿Y qué?-Aún sin desearlo me salía agria la voz.-¡No le encontraron nada, como siempre!

-¡Como siempre no te encontraron a ti!- Ripostó acremente.-¿Qué hacías mientras ellos se exponían vendiendo tu maldita mercancía?


¡Ellos, Carola, ellos, como si no lo supiera! Y cuando me lo dijo, aceptarlo con el mismo descaro que procuraba ignorar el riesgo al que los exponía. Ellos estaban ahí, Carola, quizás sólo por media noche o un día completo. Corrían, subían, bajaban las escaleras, y me gritaban daddy desde la calle. Costeaba sus cervezas, sus cigarrillos, y les proporcionaba la cura a diario; a veces reía con ellos, otras los maldecía ayudándolos a subir las escaleras cuando se embalaban por completo. Siempre estaban, Carola, hasta un día, una noche que la gente comienza a darle por preguntar por ellos,y a mi por responder que los mandé para la isla por un tiempo. Y el negocio sin ellos marchando lo mismo, clientes que suben, clientes que bajan; despojos humanos que resbalaban pegados a los muros de los apartamentos o amodorrados y babeantes en los peldaños. El olor a orín, la lata de cerveza que cae al piso, la voz en inglés que va del murmullo al grito; la voz en español de un inquilino quejándose de que no le dejan dormir. Gente que sube y baja y mil veces el super repara la puerta de entrada del building, y otras tantas las cerraduras son forzadas; el negocio marchaba sin ellos, Carola; pero un día sus cabezas rapadas traspasan el umbral, un día oliendo a largo encierro vuelvo a tenerlos de frente, y me llaman daddy. Otra vez se lanzan a los amaneceres del hall, uno vigila la calle desde la puerta, y el otro atiende y comparte con los clientes, y yo de vuelta a olvidarme de las voces, del clandestino ajetreo de allá abajo, sin sobresaltarme siquiera cuando sonaban las sirenas policiales, porque de todas formas, Carola, el negocio marcharía.


-¿Tirando de nuevo, eh?


-¡Sí! Nos pasamos unos meses en la isla.


Lanoche que los eché, durmieron en el rellano de la escalera del tercer piso. Apañaron un provisional lecho con raídas frisas. Desde el apartamento escuchaba esporádicamente la tos seca de Tony. Semanas más tarde,trató de convencer a Tony de que los había echado inducido por ti; pero tú apareciste mucho después que ellos se instalaron en un cuartucho de Smith St., mucho después de que todo sucediera.

-¡Pareces vivir ese momento indefinidamente!


-Es él que me ha vivido reiteradamente, a modo de augurio, de presente, de miedo... Siempre es algo. Algo que ya estuvo, y que progresivamente adquiere forma de que está por ocurrir.


-¿No te das cuenta, cariño? ¡Eres tú quien sólo vive para recordarlo! Las memorias son como un sucio, como una mancha sobre lo que realmente transcurre.

Lo que realmente transcurre,Carola, como estos eternos minutos llamando a tu puerta, sin que gruña como siempre ahí detrás ese inservible amasijo de pelos blancos; sin que acabes de abrirme la puerta que mis memorias ya han traspasado. Lo que realmente transcurre, como la vez que pasó, que estaría pasando, y yo allá arriba, vestido y atravesado febrilmente sobre la cama. "Si hubieras vuelto la mirada, las escaleras estarían desiertas como ahora". Pero no es cierto, Carola, están cuajadas de sucesos anteriores; de entidades siniestras, insidiosas, burlonas. Y no abres, maldita sea, no abres. Ahora comprendo el terror conformista de mis ex vecinos, extrañamente los apaciguaba el saberse tras cerrojos. El proscripto ajetreo del hall, era para ellos vida exterior, como la vida de las calles. Ahora entiendo que era perfectamente admisible que un día llegaran a acostumbrarse y que miraran esa vida del hall, como algo que ocurre en otro mundo,no en el de ellos. He dejado de pulsar el timbre. Ahora el silencio es penetrante y denso. Insoportable. Todo el hall parece transitar hacia una claridad de indetenible aurora, como cuando sucedió... Y yo vestido y atravesado sobre la... Y sombras, dos, tres, quizás cuatro sombras de un turbio azul sobre el amanecer, tirándolos contra la pared desconchada. Todo muy en susurros, como si realmente no pasara, o estuviera destinado a ocurrir después. Registrándoles los costados, las manos expertas arriba, abajo... A pasar ahora, cuando he decidido buscar el alivio de la calle y bajando las escaleras siento abrirse la puerta. ¿"Reanudamos el negocio, daddy"? Preguntan Tony y Adrián, palidos y sonreídos tras el complacido rostro de Carola.


Tiempo De Soledad Ajena

Tiempo De Soledad Ajena/Otto Oscar Milanese

Tiempo De Soledad Ajena
Otto Oscar Milanese
Del Libro Inédito "Un Momento En La Pared".

Innúmeras ocasiones la has mirado con el bolso negro resbalándole por un costado, en el momento de discar el número telefónico, o ya abismada en el fondo de la conversación. Risa espóradica, gestos explicitos; tiempo de amor previsible en el rostro de multitud de ella. Te la tropiezas a la vuelta de la esquina, o la encuentras en la calzada, vacíamente vigilada por tuso ojos arrimados a la ventanilla de un autobús. Surge. Alienta. Es. Chispazo obligado de enneblinada existencia análoga a la tuya... Si vez alguna te mira, estruja mansamente en tu cara el rastrojo de conmiseración con la que se siente incomodamente observada. Husmea tus soterradas menudencias íntimas. Intuye depresivas horas de laxo cuerpo contra la colcha; de ganas concluidas, hasta contagiarte la creencia de que vives huyendo en el diario semblante angustioso de ella. ¿Huir de qué? ¿De quién? ¡De momentos sucios de ella! Huir de la voz amable, del consejo que intenta persuadirte a probar alimentos, o a que un día de estos abandones la cama y el sopor para ducharte. Tú, huyendo en ella, o de ella; o buscándola en la voz que te persigue a través del teléfono.


Apago la bombilla dejándome caer sobre la rutina de la noche. Solo y horizontalmente vestido con la nuca sobre los callos... Lo correcto es decir o pensar: con la nuca sobre las entreveradas palmas de las manos; pero mis manos poseen callosidades, exactamente bajo el nacimiento de los dedos. El recuerdo de Bárbara me enrostra "No pierdes oportunidad para manifestar el agrado que te provoca el descuido de tus manos". Media eternidad atrás me avergonzaba la blanda visión de ellas. Ahora han crecido asperamente a la estatura de manos obreras. ¡No me alegran! Su pesada rígidez las convierten en los miembros que más siento de mi cuerpo. Son un infierno, erigiéndose en biografías de todo lo palpable. No lo entendería Bárbara, si estuviese de costado al otro extremo de la cama, escuchándome perorar luego del amor, próxima a los primeros bostezos del sueño. Es ingrato existir recordándose a sí mismo. Peor todavía, es agobiante poseer en sí, un transmisor de reminescencias, independiente del pensamiento. Porque ahora y otras veces, Bárbara,inutilmente mis manos peinan las arrugas de las mantas, impelidas por las huellas de tu cuerpo tibio.


Lo relatan sus ojos de animal acorralado. Procuras olvidarla tan pronto se desvanece en tus pupilas su presencia de abulia cotidiana. Cuentas cada dolor que los distancia indocilmente de vuestra realidad común. Horas corrientes y amorfas tras el humo del último cigarrillo apagándose en el cenicero de una cafetería. Implicitamente convienes en culpar a la ciudad y su desencanto de nocturnidad apática. Al semanal trajín que finaliza con la cerveza en manos del cansancio. Recuentas memorias deslucidas, dejadamente observadas desde una ilusión alcohólica. ¡Un engaño! Lo sabes, y ella lo entiende de ese único modo: ¡Un simulacro! Un adocenado y diario fiasco de vosotros. Una pesima imitación de vida que irracionalmente muerde la conciencia, cuando se filtra por los ojos al vacío de las calles. ¡Ah, las calles! Calladas vidas paralelas que aguardan una significación endosada por vuestros pasos. Las calles suelen pisar las ambigüedades de vuestras nostalgias inesperadas: manos huerfanas de manos para desandar el desamor. Entonces, la adivinas, al doblar reticentemente el periódico y depósitarlo sobre la mesa; entonces, te ciegas y la ciegas de tanta vida deambulando, captada en fracciones amargas para vuestros ojos; y dices, creyendo que ella lo dijo o lo pensó "Mientras más crece la ciudad, más aumenta mi vacío. Me siento más solo. Más inutilmente solo".


Boca arriba, de cara al pensamiento, porque la ubicación entrada en penumbras de mi cuerpo, es propicia para pensar o divagar. Así no más, de cara al techo, con los gastados sneakers azules sobresaliendo por el extremode la cama. No pienso nada, o pienso que se piensa en nada cuando se procura no pensar. Probablemente pienso en Bárbara, de una forma tan cerrada y absoluta que no deja un resquicio en donde advertirme. Ni siquiera a sobresaltos la imagino o la espero. Porque ya he desistido de aguardarla. Unicamente me limito sobreseidamente a capturar despojos iridiscentes de un pasado mutuo. ¡A eso llamo memoria! Una llaga de coincidentes vivencias reimaginadas que la olfatean horadando las penumbras; descalza y metida en rosado negligé. Todo continúa igual. Todo es aburridamente quieto. Su cuerpo no se escurrirá entre las mantas con vaho refrescante de piel recién lavada. En un entrante del aposento diviso las sombratiles líneas del escritorio, de la silla giratoria, del pequeño archivo amarillo. No sé si prosigo de cara a las brumas del cielo raso, o sentado frente al escritorio, frente a un puñado de minutos consumidos, inclinado sobre la indolente realidad de un papel.


Ella lo entiende de ese único modo: un chasco alucinante arrojándola a un rincón de sí misma... Son evidentes para ti los vestigios de su enconada pretensión de reencontrarle sabor a lo perdido. Está retratado en su media sonrisa forzada; en sus movimientos sofisticados; lo implica la casualidad aparente de apersonarse a los lugares que frecuentas, aun la dubitación en creerla momentaneamente distinta; pese a que sus ojos relampaguean fracasos tuyos; circunstancias inequivocamente tuyas, para desposeidamente abandonaros sin remisión a un último intento de reinicio.


Somnolientamente reposo vestido, boca arriba, y no asillado, mirando idiotamente el papel que ha encarcelado tantas horas, o tanta noción de no tiempo. Preso entre líneas azules a contra blanco; tanto ir de manos al diccionario, y tantos pensamientos entreverados entre un punto y otro; desechados o hibridamente escritos. ¡Ah, si se tratara de conversar con Bárbara, en lugar de reñir con las palabras destinadas para una desconocida! Muerdo la impotencia de estrujar una y otra vez papeles y arrojarlos a la basura. "Apreciada amiga"... ¡No! Rayo, tacho, arranco el papel de la libreta. Me luce un inicio ruinmente flojo, y además, creo quele causaría la impresión de ser un refinado cuarentón amariconado. Busco,procuro una frase más resuelta. A ver: "Querida amiga"... Tampoco. No es adecuada. Intentar conocerla no sígnifica que la quiera ya. Es un fastidio escribirle a una mujer desconocida, hasta las formulas de saludos se erizan contra uno. ¡Ya sé! Optaré por una interjección "¡Hola!" Anularé el sustantivo "amiga". "¡Hola!" Y procedo a presentarme. Dar mi nombre y rasgos físicos, o referirle dos o tres vivencias intrascendentales o ambas cosas a la vez. "¡Hola!" Y soy fulano. "¡Hola!" Y soy otro muerto de soledad acumulada. ¡Sí, claro, eso es! "¡Hola!" Y soy publicista, divorciado. ¡Ah, si se tratara de hablar con Bárbara! Pero aún medito la escueta carta para alguien que me ayude a no pensar en Bárbara. A no pensar que en tantas noches de cavilaciones de cara a las brumas, minimamente me costaría un ínfimo esfuerzo revirarme en la cama; reverter mis pensamientos y transformar su decurso, recobrando la conciencia de mi duro cuerpo esmorecido sobre mantas revueltas. Auto retomarme sin urgir de otra persona, y arrancarme a Bárbara a uñaradas. ¡Pero nada se revira! Eso que soy o he sido, existe entre papeles, succionando el pasado para degustarlo como presente, encarcelado timidamente en un sobre con destinatario sacado de un periódico.


Excesivas horas revistándo fanaticamente el fracaso, para asomarse a la depresión, y cancelar las citas, ausentarse de los lugares frecuentados por el exiguo círculo de caras conocidas. Dejar que el teléfono timbre y timbre, absorta y abandonada en el lecho, con la radio sintonizada, disparando inocuos comerciales; noticias que no le importan; las mismas canciones de siempre que ya apenas escucha. Lo sabes, esos estúpidos momentos, el acuciante deseo de levantarse y ejecutar hábitos rutinarios: prepararse un café bien cargado, y tomarselo frente a la ventana de la cocina, luego de haber retardado indefinidamente los lentos masajes y los baños aromáticos. ¡No se levantará! No posée más nada que hacer, o le huyen las ganas tan pronto las siente. Existe sospesando cada alarido de enclaustramiento auto impuesto. ¡Tú lo sabes! Luego le has mirado el perfil de la sonrisa que se une al auricular, o la has presentido heridamente mortificada por las incurias de horas para nada, para nadie. Porque ineludible es el golpe de lucidez que la dejará atónita frente a un espejo: "¡Esa soy yo!" Cerulea palidez anémica. "¡Morirme así, acabarme así por ese!" Abotargados ojos de trasnoches. "¡Yo, Dios mío, yo!" Y volará a lavarse,y a vaciar desordenadamente los gaveteros en la cama en la alfombra. A probarse vestidos que le sientan extremadamente holgados. Regresará inutilmente a estar para quienes ya están para otros. Procurará, tú lo sabes, rehacer, reorganizar su vida, hasta que entienda que los días y las vivencias no pueden arreglarse como si se tratara de ordenar un fichero, un tarjetero telefónico. Hasta que abandonadamente sola, comprenda que nadie recuerda discar su número, ni recibe invitaciones, ni postales navideñas.


¡No amo a Bárbara! ¿O es otra clase de amor? Ese que es más molestía que afecto, que cariño. Más costumbre que deseo. Se lo he contado a ella por cartas. Ha respondido diciendo que entiende, que ha vivido circunstancias semejantes, que incluso nos parecemos. Ella no le amó a él, terminó por acostumbrarse a pensar, a creer que le amaba. No me aproximo a una ilusión, todo es propicio para la comprensión al principio entre un hombre y una mujer. Mientras ignoren sus respectivos vicios y pequeños defectos que resultaran insoportables para el otro, todo se inclina a la comprensión; es como idolatrar a una imagen que va desmoronándose paulatinamente con el discurrir de la convivencia. No me aproximo a una ilusión. Carteandonos me habla de frustraciones idénticas a las mías. Cuenta deseos que he vivido; minutos míos de frente al sueño que me arropa. No me ilusiono, aunque casi la amo por compartir y soportar una soledad ajena. Casi la amo por detestarla, por parecerse tanto a Bárbara... ¡Y no me ilusiono! Desanimado tomo el baño, me visto sin prisas; maquinalmente destapo el frasco de la colonia, y peinándome he pensado no asistir a la cita; pero ajusto el nudo de la corbata casi debajo de esa sonrisa que me tira el espejo; esa sonrisa suave, distendida, que brota en mi boca como si fuera el ritual de ahorcar tanta monotonía de vida célibe.


cierra los ojos brevemente para abrirlos sonriendo, nerviosa, intranquila. Piensa que le ha dicho "Siempre catalogué de inseguras a las personas que necesitaban anunciarse para conseguir amigos". Echa una ojeada al reloj pulsera, y con gesto bañado de feminidad se palpa el peinado con una mano. "¿Imbéciles o maniaticos?" Acerca con cuidado la taza de café humeante a sus labios. Observa atentamente el trecho de calle que le permite ver la puerta de la desolada cafetería. "Tímidos monigotes, incapaces de aproximarse a una persona sin dubitar". ¿Y a ella, podría tomarsele por tímida? ¡No! Pero está ahí sentada aguardándote, fumando y fumando, y pensando que pudo motivarla a pagar en los clasificados un aviso personal, solicitando amistad. Pudo ser el aislamiento, el hastío y la fatiga de llenar una casa de recuerdos, o sólo, que en el fondo sígnificaba una aventura, algo diferente. Lo cierto es que te espera, y piensa en el paquete de cartas tuyas que lee y relee antes de apagar la lámpara del velador. Te aguarda ansiosamente como una adolescente enamorada; sin imaginarte capaz de responder a anuncios semejantes, hasta verte en el úmbral de la puerta con la sorpresa de tu mirada tropezando con ella, con Bárbara.


Una Sombra Quemada En La Pared

Una Sombra Quemada En La Pared/Otto Oscar Milanese

Una Sombra Quemada En La Pared.
Otto Oscar Milanese
Del Libro Inédito "Un Momento En La Pared".

Conoció su sombra a la hora decima de una mañana tropical. El sol azuano era un golpe de luz y calor sobre la sala de su hogar, recortando la sombra contra uno de los enjalbegados muros. Una sombra oscura y menuda, levantándo apenas su parte superior sobre el ángulo del horcón y el piso de cemento en un entrante de la estancia. Probó a moverse, y con ojos desorbitados siguió el silencioso movimiento de su sombra en la pared, justamente cuando a través de la puerta entornada, divisó la procesión de rostros circunspectos marchando en medio de la calle polvorienta. Los hombres caminaban lentamente, como si temieran avanzar. Los que marchaban delante cargaban el objeto largo y negro hasta entonces innominado para él; pero conocía su utilidad. En otra mañana de trópico nublado, otros hombres de caras tan serias como estos, se llevaron a la abuela en un objeto similar, y la abuela jamás volvió. Pensó que la abuela no regresó porque su sombra creció demasiado, y estremeciéndose, buscó en la pared su propia sombra, negra, menudita y apretada contra el horcón. "No la dejaré crecer", pensó, y le nació un medroso respeto por la sombra que ahora se mantenía inmovil, vigilante.


Intuyó que el momento último de su existencia latía amenazador en esa sombra que debía acompañarle siempre. La miraba evolucionar constantemente con su final implícito aguardando el ineluctable momento de saltar; porque él sabía que ese instante llegaría, como le llegó a la abuela. Odió la sombra. Desde el día en que la abuela perdiera su sombra, creía conocerla a plenitud; la existencia de la abuela había sido acorralada entre dos momentos, consumuda y perfecta. Y ahora presentía que el crecimiento de su sombra lo acosaba irremisiblemente, empujándolo hacia el instante que nunca lograría sobrepasar, porque como la abuela, quedaría atrapado entre dos momentos, todo lo que viviera en el transcurso del crecimiento de esa sombra que parece vigilarle desde la pared.


Crecía con él. La sentía crecer con él. Ella alimentándose de sus respiraciones, ganando latidos de vida que fueron de él para dejar de pertenecerles al instante. Debajo del mosquitero pensó que cada respiración era irrecobrable, y ella no cesaba de crecer en la pared. se durmió con los dientes apretados, una fina babilla aparecía en la comisura de sus labios, y no supo si antes, o ya soñando imaginó la forma de liberarse de ella.


Despertó a un día nublado y con vientos de huracán. Los azuanos corrían de un lado para otro. Regresaban las mujeres del mercado público, los macutos repletos de viveres; las voces atemorizadas por la proximidad del ciclón. En la casa de al frente dos hombres se treparon al techo, desmantelaron la antena de la TV y comenzarón a clavar el viejo zinc, comentando las novedades de los últimos partes metereologicos. Él se aferraba a la oxidada aldaba que mantenía la puerta entornada, observando el polvoriento trecho de calle con la misma emoción con que observería, si pudiera, todo el mundo de un sólo vistazo. Nunca le permitían que se aventurara solo más lejos de la esquina; la frontera de su universo comenzaba en el poste de luz y concluía en la calzada de al frente. "No tienen sombra", pensó, mirando a los hombres gesticular, mientras clavaban. Tras de él, la radio echaba una voz monotona que por enesima vez alertaba sobre el peligro de huracán. El olor del aguacero mortificó sus aletas nasales. Abrió los ojos como si un acontecimiento inesperado le sorprendiera, "No tienen sombra porque está nublado", pensó, y otra vez lo sacudió el temor. "La sombra de cada uno está con ellos", murmuró desconsolado, "aunque no la vea está con ellos". Instintivamente se volvió buscando su sombra y no la encontró. Cuando miró de nuevo a los hombres que trabajaban sobre el techo de zinc, sus ojos estaban acuosos.A la vera, o dentro de él mismo, una intranquila sensación lancinante se revolcaba. Su propia sombra. Irremediablemente creciendo. Consumiendolo a él. Moldeándose y acabándolo en una constante eclosión de existencia. La radio a sus espaldas echaba un último llamado para que las pequeñas embarcaciones regresaran a los puertos.


A mitad del trayecto de la sala al comedor de su hogar le asaltó la primaria noción sobre su peor enemigo. De una de las habitaciones del largo y penumbroso pasillo que caminaba, salió la voz de su madre, "Apurate, tenemos que recoger la ropa que está tendida en el patio. Dicen que el ciclón pasa a las tres". Se detuvo, esperando la respuesta a la voz materna; pero no hubo contestación. Una muchacha flaca, de cabellos pajizos corrió al patio . "A las tres", repitió él , echándose a caminar de nuevo y sin encontrar sentido en la frase. Para él era una expresión más de las tantas que le escuchaba a la voz de madre, desde que se tiraba de la cama amodorrado aún por el sueño, y con el chillído materno conminándole a que se cepillara los dientes, hasta que esa misma voz se le perdía por las noches entre los crugidos de la vieja mecedora. Un balanceo y se iba del mundo, y la voz de madre pasando, mareandolo de una historia a otra; y otro balanceo lo alejaba más del mundo, de la voz, del miedo a mirar la sombra de ambos yendo y viniendo con el balanceo en el piso de la sala. La cegadora luz del relámpago le arrancó un grito. La muchacha de pelo pajizo entró corriendo a la casa, apretaba contra sus hombros un montón de ropas. "Está temblando", dijo la flaca muchacha al ver que llegaba la otra mujer. Él intentó decir que lo asustó su sombra, no el relámpago, pero la voz de la madre se lo impidió. "Será mejor que dejemos al niño en su habitación, no me gusta lo oscuro que se está poniendo todo".


Sobre el zinc de la casa sonaban los primeros goterones cuando la muchacha de pelo pajizo lo llevo al aposento. Lo dejó acostado y dijo que le traería sus viejos soldaditos. Al regresar, él continuaba echado sin desvestir sobre la cama. La muchacha de pelo pajizo dejó los soldaditos en un rincón, y luego fue a darle un beso en la frente. "No teman, gritaba la voz de madre desde el corredor, cuando la flaca muchacha abandonaba el cuarto, y él buscaba debajo de la almohada la caja de cerillos, "esta casa es solida y aguantará".