Mostrando entradas con la etiqueta Cuento: Tres Gotas De Misericordia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento: Tres Gotas De Misericordia. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de marzo de 2008

...Y Aún Era Febrero/Otto Oscar Milanese

...Y Aún Era Febrero/Otto Oscar Milanese


Azua de Compostela, 1984./ ...Y Aún Era Febrero/Otto Oscar Milanese/De Tres Gotas de Misericordia.

A Gloria I. Milanese,
y su temor a febrero.


¿Ahora te quedas pensativa, Amarilis? Anda, toma mi vaso y bebe un poquito; la cerveza se calienta y ya se nos hizo tarde. Siempre, amor,_es lo fatal de todo este juego-,se nos hace tarde para algo. No hay nada mas aburrido como un movimiento de cabeza hacia el reloj, eternamente igual; metódico, Amarilis, pragmático. Pero nunca cansa o no tenemos tiempo para saberlo. Miras el reloj: ¿Impaciente, sorprendida o desesperada? No, cariño, no advertimos lo maquinal del gesto, su tedio implícito, y sin embargo, ahí está: reposando en nuestras vidas, emergiendo a cualquier hora... Mejor pago la cuenta y nos vamos.


Cuando la tarde nos dolía con esa muerte enrojecida de nostalgia, pudimos ser felices y no quisimos, él llegó siluetado en las paredes, gobernado y azotado por la brisa del mar Caribe, y vino febrero, Amarilis, y sentí un afanoso deseo de contártelo y tú reías. Así se nos fue la tarde, perdimos el calor de las manos enlazadas y olvidamos los proyectos. Reías. Una sonrisa primero, tierna y débilmente florecida de sarcasmos explayábase por tus labios hasta no poder mas: enmascarabas la boquita con las manos y estallaba la sardónica carcajada.


Reías de mis cosas, como sueles decir. Quería explicártelo, pero no eran mis cosas; pero tú reías cada vez más fuerte. No, no te excuses, ni siquiera me sentí mal, esa risa tuya sólo propulsó el deseo que tenía de relatártelo, de aguarnos la tarde con esa amargura febreril.


_No seas tan incrédula, Amarilis_. Te decía.


Tu manecita temblaba de risa en mi hombro, tu cuerpo se inclinaba hacia adelante; unas lágrimas se avecinaban a tus ojos.


_¿Pero que tiene febrero..?_Te interrumpías, intentabas la sonrisa que abandonabas por la mitad._¿Qué tiene febrero de malo?


Y ahí mi desespero por decírtelo; ahí su escandalizante indumentaria amarilla flotando hacia febrero. Ahí mismo debí tomar tus manos, acariciarlas, apretarlas, y echarnos a caminar silenciosamente. Pero ya ves, aún estamos aquí, frente a doce botellas vacías y un cenicero encrespado de colillas. Te dije, entonces, "mira, allí podré contártelo todo, aquel restaurante luce solitario, acogedor".


Todavía, sentándonos y pidiéndole al mozo una Presidente, media cajilla de Nacional mentolado, y fósforos, te decía "no seas incrédula, Amarilis. Si él estuviera con nosotros lo contaría mejor. Pero no está, vino y se fue nebulosamente como una lágrima huracanada barrida por febrero del rostro de la vida". Tus ojos brillaban, pero ya tu boca no reía, y yo respondiéndote: "Claro, sí. Era azuano como yo". Tus ojos relampagueaban, sugería tu vocecita; especulabas, y yo: "¡Ah, oh!, ¿qué por eso éramos supersticiosos?" Pero si era algo más que supersticiones, cariño, era toda una adversativa realidad once-mestral que se le derrumbaba en febrero, Amarilis. Algo molesto, insidioso, ¿sabes?, desvanecido en marzo ya sin cara ni cuerpo; pero no se iba, ¡que se iba a ir, Amarilis! Latente persistía y gravitaba sobre él, hasta que el año doblaba la esquina, cariño, y asomándose enero la medrosidad difusamente recrudecida mostraba sus rasgos retorcidos, llegaba febrero y: ¡Pum!, ahí la tienes, afloraba la ineludible fatalidad que caía sobre él en forma de calentura, úlcera, enteritis o dispepsia.


Ya no volviste a interrumpirme. Te acodaste en la mesa, colocaste la barbilla en el centro de las manos enlazadas; tu rostro propagaba un súbito interés. El mozo llegó, dejó los cigarrillos y los fósforos sobre la mesa; destapó la botella y nos sirvió, cuando volví a hablar mis ojos se perdían en la espumosa corona de los vasos.


Había que verlo, Amarilis, alizarse los bigotes incipientes, nervioso, afligido. Empujaba la voz con una tristeza sin refugios y rayaba en la docilidad, como niño asustadizo, cuando desconsolado lo enclaustraba su febrero-fobia.


Bebimos un sorbito. ¡Qué agradable y fría nos pareció la Presidente! Retomaste la posición primaria, aguardabas pacientemente mi relato; morosamente abrí el paquete de cigarrillos; rasgué el cerillo, chupé y con la primera bocanada mis frases esparcieron los recuerdos, porque así como el humo son, Amarilis las nostalgias.


Recordándolo rechoncho y amanerado, me pregunto: "¿por qué tuvo que ocurrirle a él?", y no intento o me intimida responderme, Amarilis. Muy humanamente próximo aún está él velado negligentemente por la bruma de los años. Él y su antipatía febreril chapotean entre grises charcos dispersos por mi memoria. No intento responderme, Amarilis: dejo su voz resonar en mis oídos, que me arroje fragmentos de nuestras conversaciones.


_Si pudiera sacarlo del calendario_. Me parece verlo entornar los ojos y decir suspirando_. O irme a otra parte del mundo.


Y mi voz tan convencida como la suya:_En todo lugar habrá febreros para ti.


Cierto, cariño. Febrero le dejaba una fractura o visitaba al dentista o lo mordía el perro del vecino. Los 31 de enero previsoramente recluíase en su habitación. La enfermedad era febrero y no existía un modo de evadirlo. Muchas veces, miraándole metido bajo las mantas con aquella tímida mirada de sus ojos legañosos, me dije "coño, estoy ante el hombre más pusilánime de la tierra". Lo veía calado por un continuo estremecimiento, esperando lo peor a cada instante. "Lee, oye música", le decía arrellanado en un sillón frente a su cama, "haz algo, mi pana, aún no te enfermas y ya lo pareces".


_Ya sé_, decía cambiandode posición_, piensas que todo esto no es más que una psicosis.


Lo creía, Amarilis, lo creía. Pensaba que todas las calamidades acarreadas por febrero se las atraía de tanto pensar negativamente en ese mes.


_Tu miedo lo hace todo_. Le dije una vez.


Y él:_Qué va, pana, qué va_; atiplaba la voz_ a los cinco años de edad: fractura de una clavílcula, ¿ves? Al año siguiente, pulmonía; y entonces ignoraba el nombre del segundo mes.

Me espiaba de soslayo, se comía las uñas; murmuraba entre dientes: "Además, ya has oído esa historia de la vieja. Coño, mi pana, hasta naciendo me ha desgraciado febrero".


Entonces debí parar, Amarilis. La noche era joven aún. Tuvimos tiempo para llamar al mozo, pagar la cuenta y largarnos a cualquier otro sitio. Bebí otro vaso de cerveza, se agotaba; pedí que sirvieran otra y que retiraran tu vaso. ¡Tú siempre igual, Amarilis; soportas el primer vasito y no más! Hundí la colilla en el cenicero color ámbar, miré tu hermoso rostro y proseguí...


La doña, su madre, acostumbraba lamentarse de haber perdido una casa por culpa de una caída. Repetidamente me contaba que en 1944 el generalísimo Trujillo conmemorando el centenario de la independencia, regalaría una casa a todos los padres de niños nacidos el 27 de febrero. A la doña se le veía contentísima, Amarilis, el doctor le aseguraba: "la criatura nacerá el día 27 ó 28". Ella aseguraba que pariría el 27 de febrero, que ganaría la casa; pero el 26, bajando una calzada la criatura se le movío en el vientre, la asustó y la hizo rodar por el suelo provocándole un parto apresurado.


_Se perdió la casa, pana_. Me contaba él con una irónica risita_. Se perdió por cuestión de horas, ya ves, nací dando tremenda metida de pata, ¿no?


La proximidad del benjamín de los meses, convertía en propaganda de temores al enrielado rostro de su madre. Creo que ella lo jodió, Amarilis. Inculcó en él, aún más, el terror hacia esos 28 días; declinaba enero y ya la doña pensaba alterar las costumbres de la casa. Andaba inventándose remedios caseros contra posibles enfermedades que él contraería. Durante esas semanas la sirvienta trabajaba más que en el resto del año; la hacían baldear el piso dos y tres veces, mandaban barrer el polvo de todos los rincones_aun cuando no hubiera_, esterilizaban los cubiertos, colocaban doble cobertor en su cama y compraban cadena nueva para el perro, no vaya a ser que se pusiera rabioso y fuera a morderlo a él, Amarilis, sólo a él. "Hijo", me saludaba ella cuando preguntaba por él, "hay que precaver. Nadie sabe de dónde le llegará la mala en este febrero".


Te digo que ella lo enfermaba; lo metía refunfuñando en la cama. "No seas terco", le decía, "lo mejor que te pudiera pasar es quedarte un mes en el lecho sin enfermarte". Y comenzaban los mimos y esas atenciones propias para bebés; iba a, y venía mil veces de la cocina, ahora con la sopa de vegetales, luego con la limonada o el morir soñando. Nada de refrescos embotellados, ¡¿para él?!, en febrero no, y nada preparado por la sirvienta, ¡¿para él?!, ¡qué va, Amarilis, en febrero no! "Ya ves, pana", una mortuoria resignación andaba por su voz, "la vieja me trata como si estuviera destinado a la silla eléctrica".


Recuerdo que un año, desafiando las rechiflas de su madre, pasó febrero más en la calle que en casa. A la doña casi le da un síncope "si vas a la playa te ahogarás; te traeran con un hueso roto de la cancha. ¿No te das cuenta, hijo, estamos en febrero". Le gritaba. Pero él nada de caso, Amarilis, y hasta lucía jovial; era otro hombre, exultado corría, saltaba, decía: "Puede ser como crees, brother", su voz toda alegría, "sólo una psicosis".


Febrero abandonó el almanaque y él no había mudado una uña. Corriendo fui a verlo emocionadísimo, pensando que ya no había por qué preocuparse. ¿Y qué crees, Amarilis? Lo encontré con una cara de funeral nocturno, tendido boca arriba en el sofá.


-¿Qué pasa hermano, y esa cara? Febrero se fue sin contratiempo, ¿no?


Y él con un "¡no!" rotundo que me dejó helado. Entonces enmarañadamente lo vi en una calle solitaria; era su tez bermeja, su temerosa sonrisa, Amarilis, y su paso precipitado hacia el destino.


"Me enamoré", comenzó a balbucir, y yo hallé el motivo de su alegría pasada, "era tan bonita, pana", claro, pensaba yo, por ella había salido en, y desafiado a febrero, "tan bonita que cualquiera podía enamorarse... Y me le declaré".


_Bueno... ¿Y qué?


_¿...Y qué?_Su voz dolorosamente sorprendida. ¿No te das cuenta? Tenía que darme el no_. Su voz rumbo a la ironía._¡Claro, pana, me le declaré en febrero!


No, Amarilis, no estaba loco. Ojalá y todo hubiese sido una locura; una aprensiva manía provocada por el más pequeño de los meses. Ese mes fue desgastándolo en medio de una lucidez mortificante. Muchas veces me pregunto: ¿Qué clase de tranquilidad pudo haber tenido? Y lo imagino trémulamente escurrido en el lecho, inquietamente desvelado, tratando de adivinar la próxima adversidad traída por un febrero. Entonces comprendo su odio al segundo mes, comprendo que jamás he conocido un odio más positivamente motivado que el suyo. Yo también acabaré por odiarlo y odiarme por vivir esos 28 días cada año...


En ese momento debí levantarme, Amarilis, debimos irnos; ya no más vasitos de Presidente, no más cigarrillos-comenzaba a hablar como él-, debimos irnos. Pero ahí, en el efervescente burbujear de la cerveza, ya estaban sus ojos marrones, asomaba el pelo crespo rojizo, la nariz aquilina y todos sus febreros dibujados por la espumita serpentina y morosa que bajaba languideciendo por el interior del vaso.
Aquella fue, continúa siendo, la noche más vivida de mi existencia. La lluvia se había ido con el crepúsculo grisáceo; pero persistía obstinadamente un lentísimo lloviznar que nunca amainó. Lo encontré en El Conde, mirando las vidrieras. Me le acerqué, le toqué un hombro y saludé:


_¡Hola hermano, me da gusto verte!


Y él:_¡Mira, pana, mira!_Se palpó todo el cuerpo_. No hay rasguños, estamos a 29, febrero se va.


Me contagió su alegría, imaginate, Amarilis, su rostro denunciaba tantas ganas de vivir.


_¡Hombre!_Le dije_. Te creía atrincherado en tu alcoba llenando crucigramas, leyendo, oyendo música...


_Eso se acabó, pana. ¡Ya nunca más!_Su voz era complacencia_.¡Mírame hombre, he salido ileso! De no ser porque el año es bisiesto ya febrero estaría fuera.


Compartí su euforia; caminamos un largo rato por el malecón, haciendo planes, recordando viejos compañeros de secundaria. Apenas me dejaba hablar; canturreaba "Llueve sobre mojado" de Camilo Sesto; callaba, sonreía aparentando guardar un gran secreto y soltaba un: "No le temo a febrero, pana. ¡Ya nunca más!" Y yo: "¿Ya no la recuerdas?", sin saber que decirle, contagiado de su alegría. "Me alegro, brother, me alegro". "¿Para qué recordarla?", reía, daba palmaditas en mi hombro. "Hay muchas mujeres, pana, pero eso si"... Se ponía serio, alzaba el índice. "Jamás me le declaro a unamujer en febrero".


De regreso a su casa cenamos en un restaurante chino de la avenida Independencia. Su cara satisfecha manifestaba una tácita creencia de que la cadena de contrariedades febreriles estaba rota para siempre. Entonces, repentinamente mi boca vomitó un presentimiento: "Oye, viejo, todavía estamos en febrero, ¿verdad..? Él terminaba de cenar y frotaba por sus labios una servilleta color rosa. "Nada temas", dijo mirando su reloj, "faltan pocos minutos para la media noche. Febrero agoniza. Ese movimiento insignificante de su cabeza doblándose, Amarilis, de su mirada buscando el reloj, lo he recordado toda mi vida. Todo hombre, toda mujer que ligeramente levanta su brazo y mira su muñeca, me lo trae, Amarilis, tan alborozadamente despreocupado como en aquella noche. Recoge tu bolso, el camarero ya viene, pagaremos y nos marcharemos. Lamento, cariño, echarte a perder de este modo la velada; pero no puedo salirme de su tiempo, de sus malditos febreros renovados una y otra vez sobre mi borrachera; nuevamente recordaré todo lo que te he contado, todo lo dicho mientras esperamos al mozo. ¡Cuánto tarda ese hombre!, venía para acá y se detuvo en aquella mesa. Ya viene, no desesperes, ya nos vamos... Hice señas al camarero, bebí por última vez apurando nervioso hasta la última gota, sabía que era tarde, había hablado mucho de él; encendí un Nacional y te dije:


El silencio se apelmazó tanto, Amarilis, que era casi palpable entre nosostros. Cuando el mozo retiraba los platillos, ordené traer cerveza; pero él se negó a hacerme compañía pretextando que la mamá debía estar hecha toda nervios aguardándolo. Nos levantamos y él me decía con expresión agitada "en otra oportunidad, pana, me la debes"; cruzamos el espacioso comedor, la cafetería donde un adormilado rostro oriental nos persiguió, hasta que finalmente nos encontramos con un ramalazo de brisa húmeda, que aspiramos brevemente en la calzada, frente a la poco transitada avenida. Allí me dijo "se muere febrero, pana".


Pasamos la avenida, semirrodeamos la plaza Independencia, Paco’s Cafetería se nos presentó atiborrada de clientes, jirones de voces ebrias acompañaron nuestros pasos. Marchaba callado, pero contento; inclinaba el rostro, miraba el reloj "ya casi se va, pana", me dijo llegando a la bocacalle, y saltó eufórico y fue a cruzar corriendo la avenida Bolivar, sin advertir el volkswagen que vertiginosamente viraba desde la Palo Hincado, sin oir mi aterrado grito de "¡Cuidado!", y ..., lo demás, Amarilis, flota neblinosamente en mi memoria: el golpe brusco y seco, el chirrido de los frenos; el cuerpo en el aire..., la aparatosa caída y los circunstantes aprosimándose apresurados.


Corrí hasta él y me quedé como clavado, Amarilis, oyendo venir de muy lejos "que la culpa fue suya, que las luces eran verdes". Las palabras me llegaban retorcidas, lentas, a través del espanto de una absurda pesadilla; pero yo estaba ahí, Amarilis, en el erizado centro de una realidad punzante, estaba ahí sin poder desviar la mirada de su reloj inservible por el impacto del golpe. Fui arrodillándome despacio, como penetrando a las últimas profundidades del estupor; las manecillas se habían detenido en la exacta hora del accidente y marcaban las 11: 59 P.M., sí, Amarilis..., aún era febrero.

Al Inicio De Los Buenos Tiempos/Otto Oscar Milanese

Al Inicio De Los Buenos Tiempos/Otto Oscar Milanese



Azua de Compostela. 1985.

Para Anarella Y Alberto Milanese

Al Inicio De Los Buenos Tiempos/De Tres Gotas De Misericordia/Otto Oscar Milanese





A mi no me lo vas a negar, Rodrigo. ¡ Ah no, a mi no, viejo! Mira, se te notaba desde la noche anterior: Parecías distinto, difinitivamente al revés de como eres. La destemplada voz mandando "¡ Pongan a sonar algo mejor!, ¿ o en el mundo sólo canta Julio Iglesias?" Y tu sonrisa, Rodrigo, lo menos conocido de ti, la señoreó tu boca toda la noche como escudo amortiguador de pretéritas flaquezas. Renacías, Rodrigo, y tu verbo andaba ágil entre la mescolanza de acentos de los parroquianos. ¿A quién engañas, viejo?, si no cabías en ti, si casi no eras tú_ no digas "Fueron los tragos", mayores las hemos corrido y jamás te dio por ponerte así._ ¿¡ Mira que atreverte a cachear el trasero a las camareras!? ¡ Tú, el retraído del grupo! ¡ Tú, el de cara decididamente vergonzosa!, acostumbrado a escurrirte por solitarios callejones apestosos. A mi no, era notorio, empezabas a vivir.

A pesar del regusto corrosivo que te golpeaba la boca y la salivación espesa y cítrica de la resaca, encaraste al nuevo día con una sonrisa satisfecha. En la cama quedaron el sudor y el vago recuerdo de la parranda, arropados por la calidez decrecida de 28 años plagados de baches, intentos, reinicios y frustratorias conclusiones. Sobrante quedaba mi enhorabuena. Siempre hallas un burdo desperdicio implícito en las alegrías traspasadas a la voz; no las saboreas dejándolas escapar en el acento precipitado del alborozo. "Es un crimen", me has dicho tantas veces, "matas el gozo lento y retardado, ¿ te das cuenta? Preferible una dicha serena, exenta de estallidos, de promesas ambiguas y desordenadas en el tiempo, ¿ comprendes?, tu voz las modula sólo porque te sientes felíz_ no porque sea tiempo justo para hablarlas_ y eres capaz de confiar a cualquiera tus secretos". Claro, comprendo, viejo, la alegría simplificada en la manos con la jarra a medio alzar o en tus ojos achicándose enrojecidamente; en los manotazos esporádicos por la ensortijada pelambrera o, en el cruzamiento de nuestras miradas cómplices en el exterminio del mas leve asomo de frases. Gozarlo así, viejo, disfrutar por unos segundos la orfandad de añoranzas o proyectos, vivir como si todo fuese nuevo, como si sólo pudiéramos existir por un segundo y luego ya no somos los mismos pensamientos y las mismas emociones. ¡Ay, Rodrigo!, nos renovamos como agua de arroyo, pasamos siempre, nos ven siempre; pero dejamos de ser los mismos hombres cada vez que nos tiramos de la cama. Ahora todo sale a pedir de boca; me alegro, viejo, ahora todo es cuestión de olvidar miserias, engavetar inalcanzables y sepultar malos tiempos. Cuestión de vivir y existir perfectamente distribuidos en separaciones de momentos: cada amor o fracaso, fortuna o desventura, ¡ay, Rodrigo!, nos esculpe los sentidos de esperas, y resignados o no, prestos a vivir lo que vendrá, vamos siendo para todo lo ya vivido un seco y deslucido punto y aparte.

La calle te recibió con la deplorable cara de semi-lodazal y semi-asfalto que presenta al día siguiente de las lluvias. Otras veces te deprimías de golpe, como si acabara de aturdirte el mal aliento de la hermosa mujer con la que venías soñando toda la semana. El pastoso olor del lodo amoldaba el fruncimiento de las cejas, no tardaba la irónica suspicacia vomitada por tus labios: "Sólo para elecciones se preocuparán del arreglo de las calles". Pero esta vez no, Rodrigo, todo lucía distinto, la fangosa callejuela, la descolorida ringlera de caserones desportillados y el torpe caminar de gallinas mojadas a mitad de calle. Esta vez no, Rodrigo, no hubo espacio en ti donde acotejar un retazo de abrupto decaimiento. Acaso, viejo, ¿ un furtivo vistazo al reloj pulsera?, y comprobar que andabas holgado de tiempo, de vida, y que tu cara aguardaba un aluvión de satisfacciones próximas.

Tus labios dieron lugar a una sonrisa: en dos horas estarías en Santo Domingo. Santo Domingo, siempre gris-salobre al primer golpe de vista. El primo Andrés, tan cinsiderado y obsequioso, te llevaría por La Duarte a escoger el traje que lucirías en tu recibimiento de abogado. De regreso al apartamentito de la barriada del jobo, la tía Mirna tendría la mesa dispuesta. El tiempo parecería estancado desde la última tarde que estuviste entre los muros azules; la austera sala-comedor rezumando pulcritud, la réplica del "Cristo de San Juan de la Cruz", entre los sillones presos de un mullido silencio en aparente espera de sus dueños, la mesita cristalina soportando la fauna del Africa trabajada en ceramica y dos ceniceros donde nunca van a dar las colillas de cigarros precedidas de las frecuentes sacudidas cenicientas. El almuerzo discurriría pasivamente alegre: los "mamá, por favor...", del primo Andrés, y las agudas amonestaciones de la tía, "Flor se ha reventado para hacerte un hombre, muchacho_ es lo que siempre dice la tía, ¿verdad?_ no vayas a casártele en tu primer mes de trabajo".

Imagino tu je, je, gutural y embarzoso. Ya sé, lo pensaste, Rodrigo, ¡condenado seas, hombre! ¿Qué gusto hallas negándolo? Lo pensaste, ¿al abrir la puerta dándote de golpe con la enlodada mañana?, quizás, ¿ abordando el microbús para Santo Domingo? En fin, bueno, lo pensaste, como si no supieras pensar de otro modo o como si ella sólo fuera capaz de pensarse así: transparente y predecible como ojos de marido receloso. "Pobre tía Mirna", pensarías._ Siempre estás pensando: pobre mamá, pobre Andrés._ "acostumbrada a repetirte de palabras, aceptando sin aburrimiento las respuestas de siempre.

Si ya todo cambia, Rodrigo. Entonces nada de amargarse la vida buceando en la rutina de la tía. Allá ella y su tiempo azul de apartamento chico. Las mismas preguntas. Las respuestas de ayer. Como si se corriera riesgo de transformar el aire de la sala, empleando nuevas frases, nuevos temas, traer briznas del mundo extraño existente detrás de la puerta. Al presionar el timbre, antes de presentarse la tía con mandil y manos grasosas, te asaltaba la impresión de que al frotar los zapatos en la alfombra era preciso dejar allí todo lo traído de la calle. Las preguntas de siempre. Las respuestas que desde hará veinte años pertenecen a hoy.

Abordaste el microbús, ¿ semi vacío o lleno? ¿ Fuiste a reclinarte en el último asiento, como prefieres, o ya no había cabida en él y refunfuñando entre dientes te conformaste con uno de los del centro? ¡ Ay, Rodrigo! ¿ Importa eso ahora? Esas minucias que van haciéndose nuestras, o convirtiéndose en nosotros; ¿ Importa, Rodrigo? Precisamente cuando la vida está hecha camino al borde de tus pies y estás cambiándote los calzados. Todo es distinto. No son las preguntas y respuestas resabidas de la tía. Todo tiene olor a pasto joven mojado de lluvia, a sorpresiva cara de novia de otros tiempos, hallada al perdernos por la esquina, abordar colectivos o en la cocina de la casa de un viejo compañero. No es el azul limpio y constante del apartamento de la tía. Todo estaba puesto en el inicio de otra vida, otra suerte, otro tiempo.

El microbús en marcha, tu rostro pegado al cristal de la ventanilla. La corriste, y vino un frío puño de viento a oprimirse contra tu naríz. Una sucesión de cambios, un contagio de variaciones, de la noche a la mañana pasabas a ser otro. Ya no te identificabas con las sudorosas y miserables anatomías, surgiendo y desapareciendo a lo largo del paseo de la autopista. Ya no la sensación de otras veces, de creerte, sentirte al margen del camino, ni tu cara corriendo hacia atrás, insertada en un minúsculo rincón de la exhausta vegetación sureña. Era como dices, como siempre dices, Rodrigo: una súbita tristeza, un rápido malestar hinchado y explotado al momento de emerger; ahí un rancho pobre, impreciso y tambaleante, aquí una cara del camino; al fondo, ahí, apresado en el rectangular silencio de vidrio, está el veloz paisaje por el espejo retrovisor, otro rancho de pobre, otra cara circunstancial, otro paisaje en raudo nacimiento, en rauda explosión, Rodrigo, Rodrigo,
¡ay, es como dices! Así es la vida, pero no mas pensarlo, no mas joderte las alegrías de vivir. Desviaste la mirada del camino, y andando pensamientos ahí viene "La Kika", Rodrigo, la tipa esa del Cuarto de Naturales, esa que te trae babeando desde hace tiempo: es como una puerta que aguarda ser abierta por tus manos. "La Kika" ya aprendió a reir para ti.

Ni que lo niegues, ni que quieras negarlo, anoche me acordaba, viejo, "La Kika" y todos tus años de secundaria tras los pliegues del azul escolar de sus faldas. Sus desplantes, Rodrigo, sus devaneos. Loquitote traía por la secundaria, loquito te llevaba por pasillos y salones de clases de la Universidad. "La Kika", esa perrita de miradas cálidas y oblicuas, y sus negativas, ¡vaya ¿qué se pensaba! Bo Derek, quizás? Yo nada le veía, no le veo. Tú sí, Rodrigo, ¡ay, como te excitaban sus sonrisas de ramera mudada!

Todo es una conjugación de parabienes. Ya ves, la miseria se aleja, eres todo un abogado, se aproxima "La Kika", exactamente ahora sucumbe ante los vehementes asedios tuyos. Quizás cansada de tenerte olisqueando su rastro. Hastiada de esos acorralamientos en pasillos universitarios, en escaleras vacías o en paradas de colectivos. Tal vez, mujer al fin, harta ya de negarse a tus requerimientos, Rodrigo, ¿ quién sabrá? Habría que tener corazón de mujer para saberlo de golpe; para sospechar la futileza que la arroja en tus brazos, después de tantos buenos motivos rechazados para quererte.

"La Kika! se te rinde incondicional, plenamente. Todo sale diferente, Rodrigo, positivo, comienzas a quitar telarañas de las frustraciones. Rasgas la oscura rutina de las horas, y ves que mas allá_¡ cuánto tiempo ansiándolo!_ existe una sonrisa reservada para ti. Comienza la vida, Rodrigo; cuestión de saberla apurar, degustarla lentamente, de que en el paladar quede sedimentado sólo el más exquisito de los sabores.

Descansará la madre, Rodrigo, si es que los viejos pobres saben amoldarse a una vida sin ajetreos. Ya es costumbre quitar o poner, llevar o traer, andar por la casa rumiando la suerte; ya es costumbre el diario agotamiento, las quejas, los olvidos y el recalentar almuerzos. La madre es otra versión de la tía, encasillada en su mundo de oficios y de mártir. Pero piensas cambiarlo todo, "La Kika" te acepta, la tía Mirna y el primo Andrés, siempre tan gentiles y dispuestos, te ayudarán a montar una oficina de abogado, sueñas: el modesto decorado, el escritorio caoba, las sillas repintadas, la máquina de escribir de segunda mano, y tu primer cliente. Y luego lo que siempre pensabas al verla sudando en la cocina o penosamente, multiplicándose por la casa o al oírla por las noches en su habitación lamentarse exhausta, le pondrías, como pensaste, sirvienta.

Anoche te veías tan raro, ¡ ay, Rodrigo!, tú, el tímido, tú el de escasa sonrisa, estabas tan distinto, y ya sé, no lo niegues, millares de pensamientos iban y venían, "La Kika! imaginada a los seis meses de preñez, la tía Mirna y el primo Andrés, las mismas preguntas, su ayuda, las mismas respuestas, sus atenciones; lamadre con sirvienta, no la
puedes imaginar ordenando, ella no es de esas gentes, hace o deshace sin mandar ni ser mandada. No la imaginas sentada frente al televisor mientras otra cocina, friega y baldea el piso... Estabas distinto, sí, hablabas pensando en otras cosas, pensabas como sólo tú sabes pensar, adelantándo a la vida, viéndote en el día de mañana, "La Kika", la madre, la tía, el primo y yo viviendo en el mañana para ti. Me engañaste, ¡ay, Rodrigo!, yo creyéndote feliz por el nuevo giro de tu vida, oyéndote hablar, descubriendo tu perfecta sonrisa de hombre renovado y asombrándome de tus palmaditas a las camareras, y tú viviendo al otro día, tú pensando en la calle enlodada, en las dos horas de viaje, mientras hablabas y reías, pensabas lo que pensarías y harías al día siguiente sentado en el incómodo asiento del microbús... La vegetación, las casas, los rostros del camino huyendo en retroceso, como tus penurias de universitario y tus andadas tras "La Kika".

Te empeñaste en pagar la cuenta y pagaste. ¿Por qué no? Ya todo cambiaba para ti. Y me dijiste adiós, sin que estuvieras ahí, de pie, en el centro del bar tendiéndome la mano. Pensabas que mañana, en las proximidades de Santo Domingo, el asistente del conductor estaría sacudiéndote y tú no despertarías.


Altares Y Abismos/Otto Oscar Milanese

Altares Y Abismos/Otto Oscar Milanese


Altares Y Abismos/Otto Oscar Milanese/ De Tres Gotas De Misericordia.

New York, 1986.

Lo introdujo Gonzáles a mi despacho una mañana de éstas. Anteriormente me hubo conversado largo de él. Probablemente en el curso de nuestros habituales juegos al poker cada sábado se tomaba la oportunidad mientras yo entremezclaba distraídamente las cartas, como si barajara cien mil deslucidos momentos de mi vida.


"El hombre promete". Me dijo, tras una prolongada pausa letárgica, en la cual sólo mis manos fueron lo único vivo en los dos; barajando negligentes, buscando entresacar otros instantes de sábado tedioso, con las jetas ceñudas detrás de los naipes. Normalmente nos miramos reteniendo un bostezo. Y él no quiero preguntar por Carla o por Vivianne, ni yo deseo contestar. Es ineludible para ambos. Constituye nuestro tema de platicar, no importa que por mero formulismo se lo escuchara indagar de lunes a viernes en la oficina... Es imperioso que lo pregunte y que yo le responda, para continuar sintiéndonos ser nosotros. "¿Y..?" Interrogué débilmente ansioso. "Anda sin trabajo". Me dijo, siempre en el mismo tono mesurado. "No posee el papel. ¿Entiendes, Kike?" "De aquí para allá"... Musité nostálgicamente, y acabo de vivir las reconvenciones de Carla. "No eres soltero", grita y se altera el movimiento de sus senos bajo el transparente azul desteñido de la bata. "Vivianne no tiene leche, mientras tú sueñas subsistir de tus lunáticos párrafos". "Eso, Kike, ¡de aquí para allá! ¡Y escribe lindo, lindo, pero no tiene el papel!"


Tan pronto lo he visto le conocí en la mirada el ridículo convencimiento tenaz de poder echarse al mundo en el equipaje, escribiendo. Alguna vez padecí esa ilusoria enfermedad. Gonzáles no lo ignora. Sabe también que me resigno a inevitables lapsos de abandono, con la mirada extraviada en el papelerío y las carpetas amontonadas sobre el escritorio. Por eso insiste en llamarme "Kike", rara vez cuando se apersona a mi despacho se refiere al barrio; ¿no me lo recuerda con sólo nombrarme por mi antiguo apodo? Le sucede igual y se resiste. Le ocurre y lucha. Su comedida voz, no obstante, suena imposibilitada de olvidar esa acre sensación de envejecer con el sabor de las entrañas en la boca... Y es eso. Debe ser sólo lo añorado arcanamente por ambos: Inquietos aleteos de juventud. No el hedor de miserables callejuelas que circundan al mercado, por las cuales crecimos descalzos y a pecho desnudo. ¿O no? También es posible extrañar esos días de pobreza con una dosis de dolor y placer masoquista. Y por eso vienes silbando penalidades del pasado musical, a decirme "Kike", cuando ya ni Carla recuerda el mote, y tu sonrisa de muchacho desemboca hoy en una naciente arruga cercana a tus sienes. Y te miro sin apuros de chaleco y corbata y ahogado en el aroma del Brut de Fabergé. Y te veo tristísimo y encorajinado como una novia plantada a un paso de los cincuenta. Pero silbas, silbas y me llamas "Kike", ya no tiene, y lo sabes, gusto escucharlo. Tal vez si estuviésemos en una de las esquinas del barrio, no aquí. Jamás aquí.


Mirándole regresé a un mundo de callejones y fatigas. Se abrieron nueva vez las mil puertas atravesadas con un fardo de cuentos y poemas inéditos, y varios recortes periodísticos en un manoseado cartapacio. Gonzáles debió atenderle, no rehusar revivirse zarandeado por marejadas de juventud estéril. Pensaría que se parece más a mi_es cierto, viví la vida que este chico empieza_, y que eso influiría para intentar ayudarlo. "Escribe bonito", dijo Gonzáles, "anda con un montón de buenas críticas publicadas por los diarios". ¡Ah, sí, sí! Recuérdame tanto tiempo quemado entre cigarrillos, y proyectos. Pienso que tiene esposa, y hubo luna de miel resacada de amor y de vino. Paseos prolongados por la costa de alguna playita solitaria. Planes... "¡Pobre Carla!" "¡Pobre chico!" Algún día será capaz de sentarse tras un escritorio como éste, fumarátabaco importado, y exhibirá las flacas piernas velludas a la orilla de la piscina de algún club elitista. La mujer premiosamente transformará los reproches cada vez más triviales, más inconvincentes o acabará amoldándose a un rutinario silencio indolente. "!Pobre Carla! ¡Sí,sí, pobre Carla!" Toda una existencia de proyectos compartidos nos corroe la vejez a la que nos adentramos somnolientos y esmorecidos por el frío de las costumbres. Tardíamente lo hemos descubierto: La vida no es un plan, no es un proyecto; sino una perpetua cotidianidad de coincidencias coherentes por si solas. Vivimos previniendo, anticipando un futuro que se asoma con sus inesperados sucesos. No existe un sólo instante anodino ni circunstancias aisladas, por superfluas que luzcan. La vida es un enlace de sinrazones con valor de realidad. Un segundo equivocadamente vivido modifica cien mil instantes venideros. Pienso que he debido vivir innúmeras equivocaciones para reencontrarme mirando la tímida cara del chico, y titubear. Es innegable que el chico vale como escritor; pero no posee el papel. Si lo empleo, los sindicatos hablarán, meterán sus obreras narices constipadas. Negarle el trabajo es retroceder veinte años y autopegarme los repetidos puntapiés que recibiera en el culo.


¿Cuántos años tarda envejecer? Carla me lo espeta cada mañana en el desayuno, y nos reímos. ¡Ah, sí, nos reímos! No de sus frases, no de mi rostro entibiado por el vapor del cremoso chocolate recién servido por ella con parsimoniosos movimientos. Nos reímos de la extraña dureza bajita de nuestra risa; de los cuchillos cortantes que pasamos por nuestras gargantas. Y callamos. Callar es un inteligente motivo imprescindible para sobrellevarnos. Tornamos a un brusco silencio de matrimonio estable. Sin confesarlo, el absoluto convencimiento de pensar en lo mismo transforma el aire en una pastosa infelicidad alucinante. Luego me lo confirmará enunciando un breve comentario exento de convicción. Siempre ocurre. "Gonzáles telefoneó para decir que el dolor hace inaplazable su ida al dentista".


La he observado apresuradamente de soslayo, casi temeroso de que elija el mismo momento para escrutarme. Adivino que pronunciará mis pensamientos, o fracciones de ellos. "¿Te molesta lo del chico?", dice, y me arropan sus oblicuas ojeadas, mientrasalisa el mantel con manos acostumbradas. "No pensaba en eso", digo, y me oigo hueco y cínicamente descarado. A ella no puedo mentirle. "Meirritó saber que Gonzáles no podrá jugar hoy". Mis manos vacilan mojando el pan; repentinamente tengo deseos de reír, de reír hasta producirle a ella carcajadas acuosas. Reírnos de nosotros, de la transparencia reflujada por la interacción al convivir 25 años. "No es una tragedia". Suena su voz confusa, baja. No sé si referíase a Gonzáles o a lo del chico. De todos modos Gonzáles quien me lo presentó, le guardo un resentimiento desatinado, una colérica inquina fraguándose a la sombra de todo lo que provenga de él. "No, Carla, no es una tragedia. Pensaba llamarlo y excusarme. Me siento deprimido". Mentira. Carla lo sabe. Pudo leerlo en las agitadas pausas asmáticas de mi voz, lo lee en este silencio mío de manos intranquilas. ¡Dios, si por un sólo día dejáramos de ser tan recíprocamente previsibles! "Exacto, no es una tragedia". Su voz suena infinitamente amarga. Vislumbra que el dolorcito moral que se me revuelca a diario entre cobertores no es Gonzáles. Él sólo me ha sobornado las memorias, y ya se lo olvidaré acudiendo a nuestra cita sabatina. Reanudando con mi presencia el débil reflejo apático que nos crece como hierba mala a orillas de los sueños. Palabra que le perdonaré, y nueva vez a jugar, y el sábado en ancas de humo y frases esporádicas, yéndose y yéndose. "¿Y la familia, Kike?", pregunta él. Y ya ni siquiera jugamos por jugar; sólo por estar ahí, como en la vida. Siempre uno delante o detrás o a la vera. "Carla ocupadísima por la boda de Vivianne, viejo. Todo en la casa confluye en el matrimonio: invitaciones para la boda, vestuarios para la boda; cuando llueve: ojalá y el tiempo sea benigno para la boda. Y habla el día entero, es lo peor, maravillas del tipejo ese que Vivianne nos regala de yerno". El sábado, ahí también, pasándonos entre barajas entremezcladas, abúlico y pérfido. No es Gonzáles. Un segundo antes trasuntaba mil excusas para faltar a nuestro juego al poker. Ahora me molesta que un simple dolor de muelas lo impida. No sé donde estar los sábados; se supone que barajando torpemente y hablando sandeces, mientras escanciamos sorbitos de wisky, y un cigarrillo humea desde un cenicero. No habrá juego. No sé donde estar, como anteriormente, como ese chico ahora. ¿Dónde está? Ahí, también ahí. Próximo a los reproches incluidos en su contrato matrimonial, o a los aullidos de leche, de criatura mojada en una desvencijada cuna. Ahí, lancinantemente ahí. Con una mujercita tallada a oficios y miserias. Y las disputas, y los lloriqueos y los agravios: la calle. Las vueltas y revueltas, y los pensamientos andando. Andándonos con pies llagados, lastrados de excoriaciones ganadas del insomnio. Y la sensación. Ya lo sé. Como si dentro de uno existieran mil calles apestosas y nevadas de frustraciones para caminarlas divagando, olfateando el esqueleto de años y circunstancias idas o rotas de tiempo, de memorias, de nuevos y constantes intentos de emersión hacia el devenir de otras horas. Y el regreso. La circunspección femenina sobre almohadas y sábanas de retazos. O el inaudible perdón en brazos de una caricia desidiosa. "¿Tú crees que ese señor podría emplearte?" Manos resucitando el calambre de la piel, el amor acunado en otros minutos y otras habitaciones. "Podría ser". Nuevo día viejo de sol tras ventanales, el café, los metafóricos buenos días, y el infaltable consejo "Rasurate, debes lucir presentable. La primera impresión es decisiva".


"¿Alguna vez lo has deseado?" Me gusta pensar que me lo preguntó en la oficina. Yo levantaba indiferentemente la mirada del desordenado escritorio, acomodándome los anteojos con movimientos lentos y pesados. En la oficina, adaptados ambos al seco olor escolimoso de la tinta fresca y el papel apilado. Allí pienso, quiero pensar que ocurrió, porque allí nada rememora al barrio. Pero lo dijo a la salida del trabajo, en un segundo crepuscular de calles mojadas. Yo estaba en el coche, con el motor en marcha. Él hablaba a voces_como cuando jugábamos a las escondidas en la plaza del barrio_, encorvado levemente. "No, Gonzáles, nunca". ¿Nunca? Como si la tarde no existiera, ni la lluvia ni el viento volándole el bordillo de la capa, y revolviendo mil papeles sucios. ¿Nunca? Como si el hedor a excrementos mojados no estuviérase percibiendo; el olor, maldito olor de palmas rellovidas y goteantessobre el tufo miserable de fogones y piso de tierra repisada. ¿Nunca,Gonzáles? Y Gonzáles me fusila turbiamente con una ráfaga de mirada abrasadora, que se consume, quese extingue. "A mi, sí", dice, sacudiéndose a manotazos de la frente, lloviznas de lluvias y sudores. "¿De veras, Kike, jamás?" Y respondo "Jamás". Olvidando que a la vuelta de la esquina, detrás de la avenida, comienzan las grietas en el asfalto; los tugurios de putas, y las ringleras de milagrosas casitas en pie. Y los recuerdos. Allí tan próximo a uno: el reuma de la vieja, y su fe quinielera. Su apego inútil a la pobreza. Tanto ha sido infeliz que ya es su razón y valor de vida. "Si me sacas de estas miserables paredes me muero, hijo. Es muy tarde para intentar aprender a vivir de otro modo". ¿Nunca? El chico tampoco. Probablemente de allí emergió como un Cristo anónimo, con sus papeles bajo el brazo, aguardando las cien mil humanas maneras con las cuales el prójimo ateo o creyente crucifica a diario.


"¿Y qué sabes hacer?" Le pregunto, reclinándome calmosamente en la butaca, entreverando las manos sobre el vientre. ¿Y qué sabes hacere? Mi boca paladea el ruin sabor de respuestas a interrogantes similares. El recuerdo de miradas acobardándose inexplicablemente; escondiéndose en los tropiezos con pisapapeles extraños y pintorescos, grapadoras y matasellos. Huyendo de la cómoda mirada indagatoria que minuciosamente estudia desde detrás del escritorio. "Escribir, señor". ¿Lo dijo él, yo, o ambos a la vez en disimiles tiempos simultáneos?.. "Escribir", y Carla sueña cuentos premiados, novelas éxitos de librerías, y artículos y entrevistas. Carla rejuvenece en su palabra_en la palabra del chico_entrecortada y carrasposa, porque inoportunamente cien nudos de temores convergen en la reseca garganta. Cuando es tan esencial hablar claro. Piensa el chico estrujándose las manos. Hablar preciso y con personalidad. ¡Dios, como si no lo hubiese vivido! Suda y empequeñece delante del señor de traje y corbata tras el escritorio. Empequeñece a velocidad, como se achica de lejanía un avión en lo alto. Y Carla sueña girando entre espirales de humo. Un cigarrillo consumido. Un sueño sumado a la cuenta del porvenir. Entonces resultaba fácil que sus manosfueran amantes, teniendo de sueños la razón, la realidad. Como la mujer del chico que se atolondra frente a mi. "Además de escribir, ¿qué sabes hacer?" La mujer del chico, ¡ah!, a lo peor otra Carla seductora cubriendo de lánguidos bostezos delicados la mullida superficie de la cama. Mientras el chico fuma a su lado, y lee párrafos de su última historia. Sorbitos de cuba libre, ella sueña y elogia, otro párrafo y otro pucho al cenicero y otro párrafo; sorbitos cada vez más fuertes de cuba libre... Sin saber cómo ni desde cuando el movimiento, y las palabritas apresuradas. Las manos tocadas de pezones, de muslos y jadeos, movimiento que sube, hombros amados de uñas, se contorsiona, baja, noción de cuerpos vibrátiles, girantes, sacudidos por mil intentos lujuriosos del sudor. Cenicero, vasos y papeles aguardan otras huellas de momentos, abandonados en la alfombra. "Nada, señor. Sólo escribir. Poseo experiencia como director de un boletín literario en provincias". Nada. Los sueños acabaron. ¿Antes o luego del matrimonio con Carla? No logro determinarlo. Acabaron los sueños, y con ellos el amor. Es tan cuesta arriba amar sin soñar un poquito.


"Si tanto te preocupa, cágate en el sindicato, dándole el empleo al muchacho". Dijo Carla, recogiendo la mesa. "Nada podrán hacerte, el periódico es tuyo. Publicarán dos o tres soeces comentarios en los matutinos de la competencia. No mas". Carla es razonable. Ultimamente demasiado razonable. Y Gonzáles igual. En estos días me ha dicho remarcando intencionalmente las frases: "Estoy fatigado de releer tantos curriculum, para escoger al sustituto de Martínez en las páginas policiales". Pensaba en el chico. Lo sé. ¿O sólo yo pienso maniáticamente en él, y me habitué a la idea de que todo el mundo anda ocupado con el asunto? Es absurdo, carece de sentido. No obstante, Gonzáles, creo, piensa en el muchacho, tanto o más que yo. En el fondo y aún pese a las pocas y pequeñas coincidencias y varios enormes contrastes de caracteres, él es demasiado yo o lo inverso. Cada cual ve en el otro lo que desea ser. Es como si fuéramos la esencia de una fusión ya desligada, un yo desarrollado arbitrariamente fuera de nosotros. ¿Por qué no aceptarlo? No me soy imprescindible ni él lo es para si. Nos somos necesarios. Nos creamos la costumbre de jugar cada sábado para no perdernos de vista los fines de semana. En una de estas horas_en cualquiera de estas páginas_ lo pensé: "Ni siquiera jugamos". Barajo, y pregunta; parte a mitad las cartas, y respondo; callo, y fuma; me espía socarronamente, y bebo. Y el repartir de cartas como distribuyéndonos momentos, apreciadas vivencias estériles, disputadas a uñas de silencios y compañías. "Sugiero que no lo hagas". Me dice con frecuencia. "¿No te das cuenta del error?", le pregunto a menudo. Y el "sugiero, sugiero" me anda todo el día por el cerebro. Transformado en el instintivo fogonazo del eco de mil voces: es una advertencia, una contención_y sugiero, sugiero, naciendo de mi, de las paredes, del gris aburrido de horas_, un augurio. Y mi ¿no te das cuenta? ¿Se perderá en la vacuidad cotidiana como una palabra más? ¿Le sucede igual que a mi? Urgimos vigilarnos, tenernos presente; corregir, enderezar gustos y rumbos propios residentes en el otro. Es como si nos decidieramos vivir, por medio de un pactamiento ancestral, la porción de vida negada al otro. Tú te casas y vives mis obligaciones de padre y esposo; yo me ocupo de vivir tus horas de célibe. ¡Ah! Lo del chico me trae de divagación en divagación. Pienso demasiado y a una vez. Bombardeo pensamientos, tonterías, a lo peor, se disparan, pasean oscuramente el universo cerebral, se entreveran en torno a la humilde imagen híbrida del chico. Él es todo lo que yo fui. ¿Podría permitir la oportunidad de convertirle en lo que soy? Y que tenga a su Carla, olvidada ya de reprochar, vegetando en vaivenes monocordes de existencia acomodada. Y que posea a su Gonzáles. Gonzáles... ¡Dios! Lo pensado hará un momento es una barbaridad, una idiotez: ¿Gonzáles mi otro yo? Sin embargo, un arcano reducto incognoscible en mí, se niega a un absoluto rechazo. Algo procedente de días y costumbres, y que ha llegado a operar instintivamente como un sentido contrapuesto a los convencionales. No soy yo. Es algo en mí. Lo aprueba. Lo admite. ¡Gonzáles..! Sí, Gonzáles. Gonzáles realiza todo lo que yo desearía..., eso es lo peor. Son rutinas, hábitos, sentimientos, maneras de hacer vivir a los demás; y percibir vidas. Él puede enfilar su coche hacia el barrio; yo me adapto a mis mentiras "las ocupaciones, la familia, el tiempo"... Exacto: El tiempo. Ya no estás vigente en la barriada. Hemos variado múltiple y mutuamente. Mi presencia allí me arroja un regusto rancio, anacrónico. Sólosoy apenas un terroso puñado de memorias restregadas en la boca de la vieja, que fuma y lava. Un adiós de prematuros desdenes y oprobios; en la somnolienta mirada senil de la mujer que plancha andrajos y tose y escupe.

Gonzáles puede ir. Se pasea todas las estúpidas tardes de su vida por los torcidos callejones. Se sienta en la plaza ruinosa donde lustrábamos los zapatos de otros chicos. ¿Para qué? No existe sabor en hacerlo. Un alicaído regreso de comentarios: "A tu vieja la consume la coronaria. ¿De veras has intentado traértela contigo?" Insisto muy poco. Es más cómodo olvidar que insistir. Él y yo lo sabemos. La vida misma es una insistencia en ser; una insistencia en evolucionar quiérase o no. La vieja insiste en moverse lo menos posible. Lo he llamado orgullo. Maldito orgullo. Condenado orgullo menopáusico... Pero la entiendo. Uno deja de ser lo que ha sido constantemente. No por eso el presente podría lavarse de manchas pretéritas. Continúan ahí, curtiéndolo de añoranzas. Es lo que no desea la vieja. Abandonar su vida, su respiración, su costumbre a la miseria; por temor a recordarla. A Gonzáles y a mi nos sucede. Insistimos, basamos esfuerzos y esperanzas en la existencia para fugarnos del barrio. Años de anónimas guerras cotidianas, de esperas y desesperos. ¿Para qué? Para no admitir que aún somos una mísera dualidad de confusiones. Que hemos perdido ganando la realidad de nuestros sueños. Que ya no tenemos ambición, ni pizca de ambición. Algo ha ocurrido. Tuvo que pasarnos, o simplemente es que el encanto de las cosas radica en no poseerlas, en no hacerlas demasiado de uno. ¡Ay, Gonzáles!, la vieja lo ha sabido desde antes de nuestra marcha. Cocina y maldice el calor; soñando verme negado a poner los pies en esas calles sucias de nuestras voces. Revira el arroz, le tira una ojeada a las habichuelas, y te avista meditabundo en la plaza. Y lo sabe. Ella siempre supo que tú vas por el mismo motivo que yo evito ir. Procuras, retornando a los lugares, acallar las nostalgias. No son nostalgias, Gonzáles, ¡ay, no son nostalgias! Es otra vida, otro fiasco; otro desperdicio de conciencia. Una rabiosa y babeante disconformidad cósmica.


El chico es mi realidad de ayer. Una realidad inamovible en sus diversos matices: vivencia-agonía; pasado-desespero. A Gonzáles le divierte regalarme fracciones, reflejos iridiscentes de la rutina ya concluida y vuelta a comenzar. Acaba, empieza, acaba, empieza insoportablemente deshilvanando días y circunstancias. Por eso desentendidamente conserva el hábito de llamarme "Kike". Percibe que nos amarra al barrio, a las correrías entre putas, y a los mata-tiempos de esquinas; al acaba y empieza: Los pies calzándose la horma de la mañana. Horas por delante; montones de minutos para esconder o disfrazar monotonías. Y a la noche, arribar resignados al mismo cuartucho; al ceremonial desvestimiento culminante de todo un día. Una prenda desprendida. Una vivencia etiquetada con sus rasgos uniformes, embalada para la distancia del recuerdo; para posteriores resucitamientos infieles, cuando valga la pena revivirlas. Acaba y empieza. Y algo se marchita; algo irrecobrable, único, se queda en alguna parte de lo que fuimos. ¿Kike, dices, Gonzáles? Kike, el de la vieja que surce camisas relavadas y tose. ¿Kike? ¿Dónde quedó, dónde hemos quedado, Gonzáles? ¿En la costumbre de vivir? Acabaremos envidiando al chico. Él es nosotros vagamente, es lo que hemos sido alguna vez. Él es, está ahí, Gonzáles..., con sus papeles bajo el brazo angustiante del desempleo y las mil pueriles divergencias conyugales. Nosotros fuimos, ni siquiera nos pertenece por entero la realidad propia. Eso es morir parcialmente. El chico vive. Se percibe sobre la existencia. Nosotros detrás, a la zaga. No somos dueños de nada. El chico es amo total de sus frustraciones; casi las disfruta..., porque después de todo es su realidad y la roza, la olfatea dolorosamente cautivo, vivo en ella. En cambio, nosotros estamos muertos; porque nuestra realidad ha dejado de ser nuestra; como cuando tú vienes cariacontecido del barrio y me anuncias con solemnidad: "Falleció don Fello. Si no me dejo caer por allá, no me entero. La familia no podía costear el entierro, mucho menos podía pagar necrológicas". Esa bochornosa muerte de don Fello no es su realidad, es la nuestra que lo sabemos fenecido. Para nosotros don Fello cesó en ser parcialmente en los tiempos presente-futuro. Quedamos con la irrefutable verdad de su pasado, y allí no muere nunca. Su pasado es su realidad; la muerte es la parte de su vida que nos tocó vivir a nosotros. Siempre otros nos viven ese momento. El muerto está vacíamente ahí, sin más presentes, sin más mañanas. Ahí sin vivirse de ningún modo. Porque los momentos se agotaron, se a-g-o-t-a-r-o-n y no existen nuevas oportunidades.La única oportunidad cierta es vivir. Una oportunidad prolija e incongruente. Una laberíntica oportunidad de buscarnos inútilmente, de planear, elaborar el después, aferrados a la teología o a la metafísica. Pero en ningún modo la muerte es una promesa de posibilidades ultraterrenas; es superlativamente la perfección de lo último y de lo definitivo.


No es Gonzáles. Tampoco el chico. ¿De qué manera explicártelo, Carla? A veces uno amanece así. Fríamente enclaustrado en la desgana. La dejadez aumenta, evoluciona,todo lo sentido adentro son aullidos ferales de los despojos de otros días. Uno a veces amanece así, Carla. Deseando amanecer a mil millas de distancia. No. No vas a entenderme tú. Tú, Carla, con tus despertares fotocopiados de los anteriores; incambiables desde que nos mudáramos a este lujoso condominio. ¡Ah, Carla, Carla!, es que también acostumbro amanecer masticando la estrechez rabiosa de nuestros primeros años de maridaje. Y la casita escasamente amueblada, y tu obstinación en no engordar. Ahora ya ni te paras frente al espejo. Desmazaladamente has dejado de importarte como un cruel atributo a la vejez. No es cierto, no, no es cierto. Ocurrió que tan pronto fue factible prevenir el futuro de Vivianne, dejaste de existir para ti. Porque todo apareció ahí, cercanamente a tus manos, a tus caprichos. Antes eras tú; podías ser tú, baldeando pisos e imprecando por futilezas. Soñando con la publicación de mi libro. Irascible a veces, otras cariñosa, y soportando mis ironías por tu fobia a la obesidad. "Esto no es la vida", decías, "nosotros saldremos. Las cosas se arreglarán". Y se arreglaron, Carla, para bien o mal. Entonces tu realidad huyó de la inopia a refugiarse en Vivianne. Nada es motivo de vida, si no proviene de Vivianne. Vivianne, siempre ella. Antes, por decidir enviarla a estudiar al extranjero. "¡Dios mío, esa muchacha tan lejos y sola!" Aguardabas nerviosa al cartero a quien sabías puntual en algún momento ubicado entre la 1:00 y las 2:00 P.M. ¡Ah, siempre Vivianne, Carla! Su realidad ha succionado la tuya, ni siquiera lo sabes; ni siquiera te enteras de que eres una débil sombra deambulando por la casa, con el hedor cadavérico de las ilusiones y las luchas de otra época.


En el despacho del señor Gonzáles, le dirías al chico, señalando estúpidamente con el índice en cualquier dirección, "hay montones de papeles encima y debajo de su curriculum. Montones de solicitantes con títulos y anteriores experiencias en el periodismo"... ¡Bah! Palabrerías innecesarias, es mejor decirle: lo siento, de veras, lo siento. Sabemos_cambiaría al plural para sentirme menos desoladamente culpable_que usted vale; pero su solicitud nos llegó tardíamente. ¿Se lo diría? ¿Soportaría su apagado "está bien, señor?", y la mirada en retroceso: de mi rostro al escritorio, del escritorio a la alfombra. "Gracias, señor", y las manos inquietas. Las primeras lloviznas de los poros; el malestar. Sentirse torpemente ahí. "Continuaré intentándolo, señor, buscando". Eso: que busque. La vida es una búsqueda. Yo ya no tengo donde buscar. No debo sentarlo aquí, regalarle mi realidad por futuro. Años de buen salario y vida vegetal. Escribe, redacta, y pasan meses. Se solidifican nuevos hábitos: burgueses, refinados, hipócritas. Y escribe y redacta y muérete. Muérete a diario entre papeles, sin tiempo para reaccionar; sólo cuando justamente en la boca pese y sobrenade el sabor a escombros de todo lo alcanzado. Lo emplearé, no obstante. tarde o temprano encontraría quien le ofrezca lo que desea. Es el fin de su ir y venir con experiencias mecanografiadas, por oficinas de gentes como yo. El fin de tantos sueños traspasados a una realidad estable e invariable. Ordenaré a Gonzáles que le diga al sindicato: "Escogimos al chico, pese a reconsiderar otros mil curriculum, impecablemente_casi todos_mecanografiados y corregidos por otras personas. Sí, sabemos que el título los respaldaba, pero profesionales como esos son los responsables de innúmeros dislates publicados en los órganos informativos. El chico escribe con propiedad y soltura y necesita el trabajo. Él se lo queda". Concluimos conuna vida de rodar con recortes periodísticos bajo elbrazo. Sabemos cuánto significan para él, porque como nosotros_Gonzáles y yo_viene de hogares donde el presupuesto es insuficiente para proveer papel sanitario, y él aún conserva esos recortes de periódicos.


Avenida Soledad Y Noche De Callejas/Otto Oscar Milanese

Avenida Soledad Y Noche De Callejas/Otto Oscar Milanese


Avenida Soledad Y Noche De Callejas/Otto Oscar Milanese/De Tres Gotas De Misericordia

New York, 1987.



- ¡ Eres un niño malo, malo! Cometes tus picardías casi sin proponértelo. No quieres causar daño. Pero sientes placer haciéndolo.

Mamá tenía razón. Siempre tuvo razón. Ya no nacemos personas como ella... Vivimos un tiempo en el que todos caminamos exentos de razones, de motivos. ¡ Pobre mamá! Existiendo para mortificarse aplastada por los disgustos. ¿ Para qué vives, vieja? Quizá para convertirte en un ácido susurro eruptado en mis recuerdos.

- Dios se apiade de ti, hijo.- Murmuras usualmente abatida, contrariada.- Me matas. Acabas con mi desmazalada salud, pero me recordarás mientras vivas.

Y te recuerdo, mamá, mientras vivo. Eso hago: Vivir. Para ser y sentirse alentado penosamente a diario, precisamos ubicarnos, mamá. En el frío y mugroso apartamento del Bronx que compartíamos, en el trabajo o en la cárcel. ¿ La cárcel? He ahí un lugar donde jamás habría querido pisar, y sin embargo sospecho ciertas atracciones esquivas e inconfesables a mi alma.

Estoy fumando en una esquina porque me sentí solo; porque no tengo a donde ir; porque también en las esquinas se vive, mamá. No me animaría a explicartelo. Tú no sabes oler mas existencia que la respirada en la cocina o la emanada de las obligaciones cotidianas. Estás donde se requiere. Fielmente ubicada a los deberes, donde tú eliges. A mi me sitúa el destino. ¿ Existe el destino? No lo sé. Prefiero decirte: me coloca la vida. Estoy aquí fumando porque no tengo otras ocupaciones. Exactamente, mamá, en esta esquina. ¿ Por qué en esta? Luego estaré preguntándomelo y preguntándomelo. ¿Por qué allí? Si sobraban millares de solitarias esquinas en New York. Estoy destinado a vivir recordándote:

- ¡ Ay, hijo, pareces atraído por los lugares donde no debes estar!

¡ Sí, mamá, mi presencia siempre ha sido inevitable. He tenido que detenerme aquí, dolerme aletargado de vivencias. Rememorar. Divagar, mirando los últimos esfuerzos claros de tarde nostálgica. Y verla venir a ella, por entre las corredizas nubes grisesdel cigarrillo. Andaba sola y taconeándose con estrepito, llevaba las manos ocupadas de paquetes. Así, vista de ojeada, te juro, mamá, no me interesó. Su baja complexión parecía salpicada de treinta vulgares años de mucama. Pensé: Obviamente el calor de agosto la retuvo en algún restaurante consumiendo una cerveza. Ahora en la calle, medio embalada, medio sorprendida por la soledad impuesta por el cierre de las tiendas, ensaya un ligero trote ridículo. No estuve interesado... ¡ En este momento sí, mamá! Ella me descubrió. Debió continuar su marcha con naturalidad, pasar frente a mis narices y esfumarse doblando la esquina o aguardar el walk ordenativo del semáforo. ¡ Pero no! Cuando te dije que me vio, respingó involuntariamente y se detuvo. Visiblemente indecisa, torpe, se lanzó a la calle buscando la otra calzada.

Tú me conoces, mamá, sabrás, me he sentido lastimado. Esas creen asesinos, estupradores, bestias, al primer hombre divisado en la soledad de una calle. No he querido seguirla. Luego tú gimotearás desaprobando mudamente con la cabeza. Te rasgarás el vestido escupiendo y golpeándote el pecho_ adivino verte hacerlo, mamá_ Pero debes creerme, originalmente no estuve animado a perseguirla, y ya persiguiéndola_Porque ahora voy tras ella, mamá_, arrojando ante mi y pisando la colilla del cigarrillo, sólo pensaba asustarla.

Al verme caminar hacia ella se ha devuelto. Es pusilánime. Estuvimos andando dos o tres bloques, separados a prudente distancia; sus sobresaltos me ponían raro, nervioso. Ahora inicia un trotecillo aún más ligero. De vez en cuando me avergüenzan sus furtivas miradas de soslayo. La excitación hinca sus dientes en todo mi cuerpo... No es por ella, no podría, no la creo capaz de excitar a nadie. Mi excitación proviene de su miedo, mamá. La horroriza la resonancia de mis pisadas por las desoladas arterias comerciales. Ha torcido a la derecha, antes de perderla de vista a punto estuvo de gritar cuando me oyó toser.

Correrás a prosternarte, a rogar misericordia. A no estar para nadie nuevo, mamá, recogiéndote en tus habitaciones con una terca irresignación de duelos recientes. Pensarás: "Por qué no detuviste tus pasos en la esquina? Pudiste serenarte mirándola irse mientras fumabas, hijo".

¡ Créemelo, mamá, eso hago! La miro irse. Luego camino sin torcer jamás una cuadra... Y ahí viene ella. ¡ Ya ves, mamá, es una imbécil! Le brindé oportunidad para distanciarse, caminar rectamente por la calle donde la dejé marchar, virar cinco o seis manzanas más allá. Hizo todo lo contrario. Debe vivir en la calle paralela a ésta_donde nos hemos visto_. Por eso nos hemos tropezado nuevamente, tiene que cruzarla por cualquier intersección para llegar a su casa.

Otra vez me ha visto y se ha puesto a correr. Oigo sus jadeos, porque también, mamá, voy corriendo. Soy más rápido que ella; además no la ayudan los zapatos de tacones. Aminoro la marcha, aún pienso ofrecerle una última ocasión para escapar. La estúpida, llegando a la bocacalle se desembarazó de los paquetes y eligió torcer a la izquierda. ¿ Ves, mamá? A la izquierda; ¡ precisamente por donde no existe salida!

Estoy doblando a la izquierda. Metiéndome en el callejón, comprometido a efectuar lo inevitable. Oscura, muy oscura la noche amansaba mis bufidos. Luego, mamá..., acostumbrado a la oscuridad no la he divisado por ningún lado. Debajo de las escaleras de incendio tropecé con unos de sus zapatos. Ascendí con la mirada lenta e incrédulamente hasta la única ventana abierta.

Me he sentido triste, mamá, y súbitamente agotado. Cuando desanduve mis pasos la vida escupíame retadoramente al rostro. Todavía lo repensé varias veces en el bar de Joe, mientras apuraba una cerveza. Me decidí. Todo el trayecto lo recorrí sin prisas, ella estaría acurrucada en cualquier rincón del apartamento imaginando que sus habitantes habíanse ido de week-end. Deliberadamente hice crujir los viejos peldaños de madera, extraje ruidosamente las llaves de mis bolsillos. Al otro lado de la puerta las penumbras adueñáronse de un rumuroso corazón de mujer.

Buenas Noches, Mamá/Otto Oscar Milanese

Buenas Noches, Mamá/Otto Oscar Milanese




Buenas Noches, Mamá/Otto Oscar Milanese/De Tres Gotas De Misericordia.

Apenas la intuiste rodó echa de amor acabado por las negruzcas laderas de la noche. ¡Ah, lo que pueden las mujeres, viejo! Mis recuerdos te divisan imbuido de aquel aire peculiar y anacrónico de perdonavidas, oleando en cada tenue fumarada pretéritos amaneceres, umbrales, calles y esquinas manchadas de vuestras presencias. Ah, mon pauvre amí! Bota ese nudito de lloros contenidos y vente a desentrañar el rancio legado de las alboradas. Las antiguas alboradas. ¿Recuerdas, mon vieu? El té de jengibre listo para colarse y las voces difónicas de tanto acompañar altisonados compases de guitarras.


No desearía verte convertida en lo presagiado por Nadine en los días anteriores tu risa donjuanesca, a tu esmerado vestir, a tu voz atenorada. Existes frente a mi del modo indeseado. Como lo que eres luego de haber sido tú. Mirarás nuevamente las emporcadas punteras de tus calzados, sondeando el abismal vacío de tu existencia. Turbadamente apurarás de golpe todo el cognac y musitarás "La vida es un fiasco".


¡Oh,Marcel, Marcel! ¿Para qué es útil mi voz, si no alcanza a estremecerte en el marasmo perpetuo de tus penas? Anda, la noche espera, late, ahí afuera, como una flor lloviznada de futuros, de voces, de sueños... ¿No la sientes entreabrir los acerados muslos de aventuras inesperadas? Sacúdete, hombre, ella se impacienta. Entendido. ¿Es ella la que aún muerde, muerde los ribetes de tus noches? ¿Y el canto de los grillos y la ilación de tantas angustias que no pueden ser la vida? ¡Ella, claro, ella! El chispazo feral de tus ojos de amor. La torrencial exaltación, las afirmaciones precoces, el enfatizado ardor "No toutes les femmes sont comme ci, come ca"! Irremediablemente no hubo celos, mon ami. ¿Cómo, cuándo, dónde pudiste sentirlos salpicarte de impacientes locuras? Si jamás viste la picardía tigresina al desnudar los dientes o la simulada mano al descuido retocándose el peinado ni la mirada fugitiva y pasionaria entre sedosas pestañas. Para nadie las hubo. Y aún te abrasa ese calor de proximidades calladas, de sonados besos al mentón, de bon soir mon amour.


Si le hubieras conocido novios, creo, no te sentirías más fraudulento de lo que hoy eres: un absurdo creciente y devorador suplantando tu realidad. Muerde, muerde a puñaladas silenciosas, corrosivas, arteras. A veces ya no las sientes, y entonces, vertiginosamente suda tu piel el brusco vértigo irresistible que va ganándote, al comprender que ella es la mordida en esencia. Ancha y brumosa como cráter siniestro.


C’est la vie, Marcel, c’est la vie..! Ese matrimonio de cosas cotrapuestas e imposibles; el bazar de las costumbres y los desusos. Nunca el subrepticio abandono de un coche a dos manzanas del apartamento. Nunca domingo de teatros y restaurantes. Y nunca retornar demasiado anochecida a casa. Siempre frente a ti con el acre regusto de los últimos cigarrillos de la velada, la imperdonable postura recatada al sentarse y la vaga emoción de la lectura de turno, paseándole por el rostro. ¡Celos..! ¿De quién? Quizás de alguna cara de paso, visualizada en cualquier tren, donde redecubriste el tímido deseo aferrado a tus desvelos y desmejorías. Y comenzaste a perseguirla. Más bien, a perseguirte como sombra desmenbrada del cuerpo. Era la persecución del cansancio, del hastío recetado por la cotidianidad. ¿Recuerdas los hermosos ojos de aniquilantes rutinas, de híbrida existencia, refrescante y sangrada, camino a la confusión de los demás? Te aficionaste a seguirla a hurtadillas; tren a tren, estación a estación, hasta efectuar la transferencia que presumiblemente por azar te llevaba a su mismo vagón y a asirte a la misma manija. Ella nublada de lejanías la frente, y revista en mano, incansable, hombre, leyendo consejos culinarios o sugerencias de amantes fracasados para ilusas jovencitas. Y tú... Sólo un pasajero de su tren y su vida.


Te notas enfermo. A lo peor te ha dado por huirle al apetito con acelerada facilidad, parecida a la que te gobernó cuando descuidaste tu apariencia, cuando abandonaste la Sorbona y te mandaste a mudar sin avisarnos, sin dejar dirección. He querido verte para creerlo, mon ami. Pareces una pésima broma despreciable. Te veo roñoso, mon ami. Tu cuerpo grita duchas, rasuradas y mudas nuevas. Aún estamos a tiempo; afuera el verano de los indios nos florece diversiones, olvidos. Sacúdete, como cuando solías decir "Podemos alcanzar el tiempo". New York va filtrándose en la noche, vamos a sumergirnos, a relampaguearnos de sus palpitados destellos.


¡No vendrás, mon ami, no vendrás! Ni siquiera fuiste tú quien me recibió a la puerta. Quedaste rezagado en otros días. Mis rasgos te son indiferentes ahora, ¿mi rostro? ¿Es mi rostro lo que decididamente rechazas? Hoy lo ves más de hombre, el mentón más firme y seguro, la expresión más sosegada: ya no te resulta mi rostro el compañero de toda una era. No te trajo ráfagas de nuestras escapadas de las aulas o de las pláticas vespertinas por Les Champs Elissees. No llegué con rastrojos de mediodías, de cafés soñolientos donde la sombra de los minutos nos iba escupiendo monótonos y repetidos. Siempre idéntica tu defensa de las excentricidades de Dalí, iguales mis elogios a Picasso, o la admiración por Borges o Sábato, siempre lo mismo, Marcel.


El reloj se acercaba a las cinco de la tarde. Corrías sudoroso de destinos, temiendo extraviarte por los gritos estremecidos que amordazabas. Miedo a no ser tú. Pavor a no pisar las calles, sino el palpitar etéreo de otros pasos. "El tiempo", decías, "es una utopía. Nosotros somos los que nos movilizamos hacia las cinco, las seis... Venimos a hoy o vamos a mañana o retrocedemos hasta ayer". ¡Oh, Marcel, Marcel! Aún convencido del viaje de tu vida hacia los tiempos, de que eres el pasado en esencia, tú y tu vida metidos a tu antojo en el rostro de otros días. Pero has pasado y las horas continúan, continuarán sucediéndose. Empiezo a titubear, a conjeturar, Marcel, a preguntarme si siempre fuiste así. Y me duele a falsedad tu antigua imagen pulcra, parisiense, rebordada de constante jovialidad. Entonces, pasabas por las horas, una y otra vez en París, en New York, y te rompías abruptamente sobre la risa de tu máscara. ¿Te introducías por los gestos o por las frases? ¿Por acaecimientos rutinarios o por las reumáticas glacialidades de callejones enneblinados? Entrabas, Marcel, regresabas a sus horas de bonjour vertido sobre la cómoda. Era ineluctable. En el viraje de una esquina, en el sonido de la lluvia sobre tejados o en la similitud de otra cara de mujer abordabas el pasado.


Andabas en pos de su tiempo. Su futuro y presente se conjugaron en tu desalado presente. Toda su vida enmarcada en un segundo de la tuya, en el lapso de chupar un Chester Field, Marcel, en el momento de bajar el interruptor. Las manos niñas de su recuerdo asidas a tu antebrazo en cualquier instante de cruzar calzadas o su cuerpo moldeando una irreductible fragilidad femenil; los senos recién llenados o la voz amanecida distinta. Los ojos con nuevos rincones para albergar al pudor. O cerrando los ojos, Marcel, reteniendo retazos de vidas, como si los ojos fuesen las manos de la memoria. Cerrando los ojos, Marcel...

Nadine siempre lo presintió. Nada extraño, siempre hablabas de su olfato especial para rastrear todo lo inconfesable, lo engavetado para nosotros. ¿La recuerdas abandonando el intento de pasarse el lápiz labial frente al espejito del bolso? ¿O a mitad de la seriedad y de la broma registrar su voz en bemol? "Él se pone raro por segundos". Y yo no veía nada irregular en ti. Fuiste camarada ideal para los museos y teatros, para las tertulias inacabables de los domingos o para burlar los efectos del champagne, deambulando entre risas, pareceres y confidencias por los boulevares de Montmartre.

A media noche, el timbre del teléfono arrancándome del sueño. Aconteció mucho después de la madrugada cuando te confié "Nadine luce enamorada de ti"; mucho después de la breve pausa de francachelas y orgías, dictada por la tesis en preparación. Y luego, bastante tiempo luego de la sentencia de Nadine "Nos lo va perdiendo una mujer". Su voz llovió en mi oído una sucesión rauda de aseveraciones y preguntas venidas desde el otro extremo de París. Enloquecía imaginando tu cadáver a luz de luna sobre el Sena.


El siguiente día comenzó con sus toques presurosos a mi puerta. No tuviste ojos para ella, mon ami, te juro que aún ojerosa y desmaquillada se le veía encantadora. "En todo esto existe una mujer", espetó al encontrarse bruscamente conmigo. Y yo pensando "La ahorcan, la estrangulan los celos con meras suposiciones", y repitiendo lo dicho anoche por el hilo telefónico, "No va para mucho Nadine, conozco a Marcel". ¡Ay, Marcel, ya ves, decía conocerte! En verdad contigo sólo comencé a desconocer las sombras. Luego sobra un montón de gestos imprecisos; de disfraces familiares; de ecos acentuados con las apariencias de cada cual. "Yo lo conozco, andará de juerga y nada más... Ya verás cómo uno de estos días tendrá rasurado rostro de Marcel en la Sorbona; risa de Marcel por la Sainte Chapelle, ya has de verlo, Nadine". Mas no lo vio.


Madame Renan agitó velozmente sus dedos y contó los francos que le adeudabas de la renta, antes de confinarlos al fondo de su terroso mandil, tu silueta se le perdía entre el vocerío de la Rue du Colisée. Entonces comenzabas a ser tú. A vivir, a sentir lo que eres hoy. Nadine trajo cara de llanto desde tu apartamento. Madame Renan subió con ella a señalarle tus pertenencias a medio empacar y desordenadas sobre la alfombra y la cama. "No vendrá- su voz compungida, mortificada en aparentar serenidad-, se marchó abandonando sus cosas, como quien nada requiere".


Pero ya tú te habías ido, Marcel. Mucho antes de conocerte ya no estabas. Nunca miraste las terrosas aguas del Sena, "Él se pone raro por segundos", nunca por Le Quartier Latin o merodeando por Montparnasse. Nunca hubo tiempo en París. "Podemos alcanzar el tiempo", asirlo por las lenguas que nos lamieron o nos van a lamer las cicatrices de las vivencias... ¿Qué hora es? Quelle-heures est il? What time is it? Y ya te montas sobre los minutos elegidos... Las cinco, Marcel. En París hay niebla y una nostalgia callejera de can olfateando el retorno de su amo. Las cinco, y te metes a las rutinas de sus días newyorkinos, en la inasomable confusión de sus titubeos. Marchas hacia ella, enmarañado en la abisal desolación del azul monótono de sus pupilas. Alcanzas su abrigo, el bolso de piel, y va cayendo una hora, densa, compacta y entre murmullos; estática hasta cuando revives basurales, esquinas bochornosas de adictos. Sientes entre su abrigo y el bolso la caminata de una hora, letárgica, espumosa, resbaladiza. has caminado la noción de hacerte de segundos. Era incapaz de intuir que cuando mirabas a Nadine nublado de vacíos, medías el tiempo. Comparabas el momento de nuestras voces con el de su voz, y descubrías cinco, seis o siete horas separándonos de ti..., de ella.


Las cinco, Marcel, y ya estás en New York. Regresa la mordida, mon ami; como un beso helado a final de tus mejores sueños, al final de los silencios, frustraciones y de recónditas vergüenzas. Acudes a las mañanas de su pasado, de tu presente. La imaginas recién empleada en una factoría de New Jersey, desde entonces venía arrastrando esa pétrea cara cotidiana de soporte familiar. La mamá se regalaba un rostro alborozado, nunca se los confió ni fue preciso. Su expresión facial era una propaganda de orgullo tierno, acabado de florecer en las madrugadas, al tenderle el humeante tazón con café negro o el lunch o el beso a la ardorosa mejilla que manchaba el adios.


¿A qué has venido, Marcel? ¿A seguirla como antiguamente de la fábrica a la casa? De tren a tren, amparado en tu deplorable apariencia; mientras ellas donan sus ojos a las ansiedades cuando revisan el buzón esperando encontrar cartas de París. Es rush hour, Marcel. La vida solloza fastidios y ambiciones por los subterraneos, por las calles. Estas gentes-es lo triste- volverán a ser mañana lo que han sido hoy a las cinco de la tarde: obreros, oficinistas, operadores, retornando a la casa, como ella, Marcel, con treinta peldaños por delante y un sucio apartamento, testigo de sus "buenas noches, mamá", como eco de tus mismas palabras.

Correspondencia De Un Monomano/Otto Oscar Milanese

Correspondencia De Un Monomano/Otto Oscar Milanese


Correspondencia De Un Monomano/Otto Oscar Milanese/De Tres Gotas De Misericordia.

Beach Lake,
Lunes, 9 de mayo, 1983.

Querida mamá:

Olvida cualquier temor que haya podido producirte mi carta anterior. El tiempo es un excelente sedante: ha ido anestesiando maravillosamente las apremiantes nostalgias de las primeras semanas. No interpretes que he dejado de pensar en ustedes; más bien, mis sentidos, todo yo, han cedido a un lógico y normal aclimatamiento. ¡Sí, querida mamá, puedes dormir sin pizcas de sobresaltos..! He superado la negativa idea de abandonar los estudios.


¿Te he relatado alguna vez cómo es el pueblo? ¡No, creo que no! Sólo te conté lo aburrido y desértico de su rostro nocturno. No es cómo New York- no sé como se me ocurre compararlo -. Aun en pleno día es difícil tropezarse con peatones en las calles. La gente de acá parece promover una futura generación de inválidos, usan el coche para distancias extremadamente cortas. Imaginarás que me resulta chocante, acostumbrado como estaba al bullicioso verano de allá, a los exultados trasnoches en el zaguán de nuestro building. ¡Chocante y desalentador! Pero no temas, la amistad con Jeffrey, aunque no excluya enteramente mi apática disposición a lo que me circunda, lo vuelve tolerable.


Jeffrey es un gran chico. Él y Tracy, su novia, son oriundos de otra pequeña comunidad, enclavada un poco más al norte de aquí. Nos vimos en la cafetería de la universidad. Antes no había reparado en él ni él en mi. Me adelanta tres semestres de la misma carrera. Nos conocimoscuando me alcanzó en el vano de la puerta para entregarme la cartera que había olvidado sobre el asiento. Nos amistamos hablando, casi apasionadamente, de los Yankees,de Billy Martin y de Reggie Jackson. Me contaba que en 1978 vivió en el Bronx en casa de una hermana, y de la impertinente afonía pescada de tanto corear a gritos los HRs de Reggie frente a Los Dodgers. Su afición a la cacería es obstinada. Camina sordamente, como si estuviera apostándose tras un venado. ¡Un buen chico, mamá! Cuando nos sentimos inquietos y medidos por sus ojos penetrantes, bromeamos a expensas de su entusiasmo, y él se deja navegar en nuestra corriente, reviviendo viejas leyendas de cazadores.


Cuando podemos escaparnos - no te inquietes, rara vez tenemos oportunidad -, nos llegamos caminando a la discoteca, aproximadamente media milla. Jeffrey lo hace por mí. He creído notar que no se divierte; incluso cuando baila con Tracy o procura alborozarnos mofándose de los bermejos mostachos de su profesor de antropología. Él también, mamá, pese a su impetuosa juventud, lleva plasmado en el rostro una letárgica expresión ambigua. Todos acá la poseen. Es el ineludible sello endémico de la displicencia lugareña, de la trasuntada continuidad de los días delineados a bostezos y marasmos. Salvo las noches en la discoteca, en compañía de Jeffrey y Tracy, todo emerge como una lentísima repetición absurda de las originales impresiones y sucesos percibidos al llegar. ¿Llamarías sucesos a dejarse vivir, a declinar ante la irreversibilidad de los minutos, a cumplir fielmente el remedo de las vivencias de ayer? Cuando me quedo en mi recámara, recurrentemente mis pensamientos parten de unas frases oídas a Jeffrey:


_ Resultará penoso para ti que procedes de New York, oh, my god!, lo es para nosotros que venimos de pueblos igual que este, donde tradicionalmente no acontece nada sobresaliente.


Lo importante, mamá, es que perservere tenazmente y prosiga estudiando. Me alienta la imaginada felicidad que pondré en tu rostro cuando me reciba. Tengo inmensas ganas de verte. Cuídate. Besos de quien te adora, tu hijo,

Bobby Smith.

P.D.
Cariños a Pitty. Me quedo tranquilo sabiendo que la cuidas como yo lo haría.


Brooklyn, New York.
Jueves, 12 de mayo, 1983.

Amado Bobby:

Sólo sabes brindarme satisfacciones. Agradezco tu inquietud por no mortificarme. Estoy orgullosa de ti. Sabrás, es suficiente tenerte alejado de mi, para vivir preocupada. Tontos temores imprescindibles y naturales en una madre que, como yo, jamás vivió separada de ti.


Boby, hijo, ¿recuerdas tomar tus médicinas antes de dormir? Tus cartas no me lo dicen, y son necesarias a tu salud. Celebro que hayas encontrado amigos. Me abrumaba y vivía tu soledad de allá. Pitty también como que la vislumbraba y sufría un poquito. Sentía irrumpir en mi alma su melancólica ternura marrón de ojos velados. Luce saludable, no alegre, hijo. Desde tu partida pasa los días lánguidamente tirada en un rincón, esperando escuchar tu nombre para abanicar la cola.


Le confieres mucha importancia a la calma del pueblo. Mereces mi envidia, harta como estoy del tráfago de acá, del extraño museo de ruidos que es New York. Bobby querido, no ignoras el daño que te causa meditar constantemente las mismas cosas. Elude, cariño, las ideas estacionarias. Cuando te ocurra, prométeme que buscarás la compañía de ese chico, Jeffrey-un muchacho honrado, a juzgar por las circunstancias en que se conocieron -, o te absorberás estudiando. Besos y bendiciones, tu madre,

Danna Smith.


Beach Lake.
Lunes, 16 de mayo, 1983.


Querida mamá:

Encuentro excesivas tus mortificaciones atinentes a mis pensamientos. Es normal que tales cavilaciones se entreveren en mi mente. Lo mismo ocurre a Tracy y a Jeffrey, quien cada vez que tiene oportunidad de perderse entre los bosques, se va con su rifle, aduciendo sonriente:


_ Allá entre los susurros de la vegetación, y los esquivos animales, se ven cosas más interesantes que en este poblado de muertos.


¡Debe ser cierto, mamá! Algunas tardes, cuando voy al pueblo a caminar, no logro percibir vida al fondo de los meticulosamente cuidados jardines, tras las ventanas encristaladas. En la atmósfera merodea una vaga convicción de que todo aguarda para ser vivido: las calzadas solitarias, los bordeantes senderillos de los huertos hasta los vestíbulos, la grama recién podada. Existe un respirable abandono predispuesto, de objetos que esperan pisadas o manos conocidas. ¡Nunca me habituaré a semejante colectivo enclaustramiento, mamá! Le he dicho a ellos:


_ Si en New York el gangterismo y la drogadicción nos tornan recelosos y hostiles contra extraños, si nos empuja a vivir tras cerrojos; no concibo un encierro monjil en un pueblo donde todas las caras se conocen.


_ ¿Quién sabe?_ Dijo Tracy_. A lo mejor rezan a escondidas por el advenimiento de algo notable.


_ ¡ Quizás un asalto al Banco!_, intervino Jeffrey_, ¡o la violación de una adolescente! ¿Recuerdas, Tracy, cuando la mujer del veterinario se fue con el barbado tipo aquel del último año de arquitectura? Eso se constituyó aquí en el acontecimiento más sonado de la década, Bobby.

Martes, 17 de mayo,
a la noche.

Querida mamá, la carta se me quedaba inconclusa sobreel velador, durante la tarde de ayer y todo el día de hoy. Ahora retorno a contarte lo poco y bueno sucedido en dicho lapso. Ayer, como a eso de las 4:00 P.M., Jeffrey y Tracy vinieron a invitarme a jugar tenis. Los acompañé, preso de una desconcertante desgana. Me presentaron a una chica de Philadelphia, con un atractivo sobrepasando los triviales calificativos de seductora, encantadora, etc. Su nombre: Debbie Reynolds. El agrado resultó recíproco y de tal modo que, tácitamente decidimos no jugar, y platicamos sentados en el césped lindero, mientras Jeffrey y Tracy paseaban de voces y risas toda la cancha.


Hoy, en el transcurso de las horas de clases me sentí nervioso. Mamá, por favor, no vayas a preocuparte demasiado porque precisamente empleara la palabra "nervioso". No me sentí exactamente así; sino como cuando impróvidamente se camina por los boulevares, y nos muerden el corazón unos furiosos ladridos detrás de cualquier verja. Sería por la necesidad acuciante de ver a Debbie, de hablarle. Seguro, mamá, sería por eso. Jeffrey supo vermelo cuando nos reunimos en la cafetería, y se la pasó gastándome bromas. Tracy aconsejó burlonamente que fuera a la biblioteca, si tanto deseaba verla.


_ Tu chica se encierra tanto allí, que acabará encuadernada entre la estantería._ Río Tracy.


Luego continuaré hablándote de ella. Presiento que tú y Debbie simpatizarán. Los estudios marchan satisfactoriamente. Me apena la nostalgia de Pitty. Pronto, en junio, me verán. Abrazos y besos, te adoro, tu hijo,

Bobby Smith.



Beach Lake.
Jueves, 19 de mayo, 1983.

Mrs. Danna Smith.

Escasas novedades podría relatarle, sobre todo porque lo más trascendental se ha consumado, y a estas horas es improbable que no la hayan enterado los diarios matutinos.


Deploro profundamente mi carencia previsora; no deja de influir en mi ánimo un confuso sentimiento de culpa. - Quizás todos nosotros: Tracy, Jeffrey y yo, aportamos nuestras inconscientes cuotas de complicidad a lo acontecido -. Me autoculpo de trazar tardíamente estas líneas. Debí comunicarme con usted en horas posteriores al crepúsculo, cuando Bobby se me aproximó en la biblioteca, y charlamos extensamente entre susurros.


Se le veía sosteniendo una ojerosa batalla consigo mismo. A pesar de mi empeño en introducir nuevos tópicos en la conversación antes referida, él recaía en su tema predilecto: la existencial abulia del poblado. Confiábame haber soñado o presentido un día distinto a todos los conocidos por el pueblo.


A la siguiente mañana, durante una de mis horas libres, lo vi escalar al techo del edificio principal, me extrañó tanto que, por mucho tiempo, no supe qué pensar. Cuando finalmente lo interrogué, no menos extraña y evasiva fue su respuesta:


_ Quise mirar el aspecto de todo esto desde allá arriba_, me dijo.


Ese mismo día busqué la ocasión de referírselo a Jeffrey; pero resultó infructuoso. ¡Ciertamente eran inseparables! Desée advertir a Jeffrey que se cuidara de pronunciar en su presencia el más superficial comentario o chiste sobre el pueblo; porque todo lo relativo a éste, afectaba a Bobby. Tracy me contó luego: "En la última escapada a la discoteca, suscitóse un altercado entre Bobby y Jeffrey, porque al retornar, Bobby, ostensiblemente habló de poseer coca delante de dos estupefactas narices policiales". Tracy dice que, durante todo el camino de vuelta, la emprendió contra los agentes, presumiblemente desilusionado porque inexplicablemente no lo detuvieron. Ese mismo día, en la mañana, había provocado un incidente mayúsculo en el Alma Máter. ¿Pretendía una expulsión?, tal vez..; pero sólo obtuvo una enérgica reprimenda de parte del Rector, y la temporal privación de algunas facilidades ofrecidas por la universidad.


Juzgo indicado confirmarle lo publicado por los periódicos: Consiguió el rifle, un Winchester calibre 30-30, modelo 80, prestado por Jeffrey, a quien se lo solicitó la noche anterior, diciéndole que se iba de cacería. Jeffrey guardaba el arma en casa de un amigo suyo, en el pueblo. El resto todo el país lo conoce. Lamentablemente, hoy, el apacible poblado de Beach Lake, ocupa los primeros titulares en todos los estados.

Respetuosamente adherida a su dolor,

Debbie Reynolds.