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lunes, 10 de marzo de 2008

El Anuncio

El Anuncio/Otto Oscar Milanese

Del Libro Inédito "Sobre Sueños Y Escrúpulos".



El correo le traería de una manera inesperada la solución al dilema que durante tres días venía preocupando a Eugenio. Y ni siquiera lo pensó al recoger del buzón el paquete de sobres. Lo usual: recibos. Montones de recibos de las inevitables deudas mensuales, ninguna carta personal. Nadie le escribía ni él escribía a nadie; pero al ver entre los sobres blancos y amarillos el pequeño catálogo de una tienda por departamentos, el Corazon le latió igual que si recibiera correspondencia de una persona querida.

Ahora tenía en las manos la respuesta que durante tres noches buscaba en vano. Porque allí, pensó Eugenio, en alguna de las páginas de la revista, existiría algo apropiado para regalarle a Amanda. Se extrañó de repente, de que a pesar de trabajar al lado de una persona durante más de 20 años, de tratarla en un lunes a viernes rutinariamente sofocante y tenso, se acabaran desconociendo los pequeños gustos, los detalles insígnificantes de ese ser que presumiblemente, y de acuerdo al calificativo que se le otorga, debería ser un compañero. Y las últimas tres noches habían servido para conocer que desconocía por completo a esa mujer que por más de dos décadas llegaba siempre a las 8:00 A.M. con el primer buenos días que oía la oficina. Y que él, detrás de sus gafas, y ella, detras de su escritorio, no eran más que dos extraños obligados a convivir horas de mutuo agotamiento laboral. Y si acaso alguna vez, ¿Pasarás las vacaciones fuera de la ciudad?, él preguntando. Y si acaso alguna vez, ¿Nunca le ha escrito, nunca le ha llamado su familia? Ella indagando, sin que ninguno de los dos se preocupara en realidad por la respuesta del otro, ensimismados cada cual en sus respectivas tareas.

Subió los peldaños de la escalera de prisa, casi tropezando y hojeando a medias el catálogo. Antes de llegar al segundo piso fue que abruptamente se detuvo, y casi se le cae de las manos la revista al ver la foto de una mano mostrando un anillo. Y recordó. De repente recordó Eugenio el sueño de la noche anterior: La mano, siempre la mano en el sueño, como asiendolo, como llevándole de un instante a otro, gobernando cada hipnico segundo. ¿Y no era esa misma mano que en la página 13 del catálogo mostraba una sortija, la que durante toda la noche estuvo en su sueño, como una premonición, como un aviso? Sí, definitivamente sí, era esa mano delicada y femenina la que durante todo el sueño le mortificó hasta el extremo de que en ciertos momentos ya no supo si soñaba o el intenso sopor de una noche de agosto newyorquina lo empujaba a devanear.

Introduciendo la llave en la cerradura de la puerta del apartamento, ya no tuvo dudas. La mano del sueño, la mano del catálogo le estaban diciendo que el regalo para Amanda sería una sortija. ¿Pero cómo regalarle un anillo a una mujer por la que jamás se ha sentido nada? ¿Y cómo lo interpretaría ella? Ya poco le importaba, había encontrado la solución para tres días de interrogaciones, y al fin y al cabo, un regalo, sea lo que sea, es un regalo. Decidido tomó una ducha, y mentalmente se preparó para salir al sofocante calor del verano de New York y realizar la transferencia de tres trenes para llegar a Manhattan, a la tienda que había enviado el catálogo, y salió. Salió como siempre, y como siempre caminó las mismas calles que le llevaban a la entrada del subway, con sus pensamientos llenos de manos ensortijadas que no le dejaron ver aquella roja mano de los semaforos de New York que le estaba ordenando detenerse, y no se detuvo…

El Borracho

El Borracho/Otto Oscar Milanese

Del Libro Inédito Sobre Sueños Y Escrúpulos





Trabajando seis días a la semana en un restaurante del Village, East New York, Juan Fulgencio, luego de ocho o nueve interminables horas de trabajo, durante las cuales, muchas veces no probaba bocado alguno, regresaba a su hogar cansado, borracho y hambriento. Tenía por costumbre, cuando bajaba a la estación de tren "Second Avenue" en Manhattan, comprar cuatro bolsitas de Cheese Curls, en el pequeño Kiosco ubicado antes de bajar las escaleras que conducen al andén. Y con esas cuatro bolsitas, que apenas le costaban un dollar, Juan Fulgencio mitigaba su hambre, mientras aguardaba la llegada del tren F. En muchas ocasiones, Juan Fulgencio tenía dinero para entrar a cualquier restaurante y comer; pero él, más acostumbrado a entrar a las licorerías o a las bodegas, en busca de cerveza, no era hombre que comiera en restaurantes, y se jactaba de decirlo, sobre todo, porque precisamente trabajaba en un restaurante, se vanagloriaba de decirlo y se callaba las razones. Su mujer lo entendía, y siempre, al llegar a la casa, Juan Fulgencio encontraba la comida servida, y eso le bastaba para olvidar las anteriores horas de fatigas y de hambre.


La noche de un jueves, como siempre hambriento y como siempre cansado y borracho con mil pensamientos de ebrio entreverados en su mente, Juan Fulgencio llegó al kiosco. Y como siempre tomó las acostumbradas cuatro bolsitas de Cheese Curls. A la hora de pagarle al hombre de La India que atendía el kiosco, Juan Fulgencio desembocó en la realidad de que sólo poseía setenta y cinco centavos en sus bolsillos. El indiano que lo vio dubitar rebuscándose los bolsillos, y que lo conocía, pués cada noche le compraba lo mismo, cuando Juan Fulgencio intentó devolver una de las bolsitas, cada una tenía el precio de veinte y cinco centavos, lo detuvo con gestos energicos: "Llevate las cuatro, no devuelvas ninguna, mañana me pagas", le dijo en mal inglés.


Lo que es inevitable, ese mañana siempre llega, pero llegó con la cara propicia que presenta para quien nunca lo espera, y Juan Fulgencio, a la hora de comprar las acostumbradas cuatro bolsitas de Cheese Curls, ya era viernes y acababa de devengar su salario, había olvidado que debía 25 centavos. El dependiente se lo recordó con la misma energia y el mismo mal inglés con que en la noche anterior le había sugerido que se llevara las cuatro bolsitas; pero no le reclamó 25 centavos, sino que le dijo "Usted me debe un dollar".. Juan Fulgencio trató de recordar, mientras el hombre insistía que le debía un dollar. Juan Fulgencio, realmente no recordaba cuanto le debía al hombre, a pesar de que si sabía que le debía, por lo que optó en pagarle lo que este reclamaba.


En la noche del sábado, Juan Fulgencio, borracho, agarrándose del borde del mostrador para no caerse, pagó las cuatro bolsitas de Cheese Curls con un billete de cinco dollares. El hombre tardó en darle la devuelta, y finalmente le anunció que no tenía cambio y que le devolvería al día siguiente. Con dos o tres pesos aún en los bolsillos, y con ansias de llegar a su casa, Juan Fulgencio aceptó.


El domingo por la noche, cuando compró las cuatro bolsitas de Cheese Curls y pagó con un dollar, el dependiente se quedó callado; pero Juan Fulgencio le recordó que le debia dinero de la noche anterior. ¡"Oh, sí, sí, como no, usted tiene razón"!, dijo el dependiente y le devuelve apresuradamente tres dolares con veinte y cinco centavos, entoces, Juan Fulgencio recordó de súbito en medio de su habitual borrachera, que él, la primera vez había quedado debiendo veinte y cinco centavos, pero le cobraron setenta y cinco, y que la devuelta justa, pués había pagado con un billete de cinco en la noche anterior, era de cuatro dolares, pero le devolvían tres dolares con veinte cinco centavos. "Un hombre nunca debería tener un precio", dijo mirando al dependiente y dejando unas monedas sobre el mostrador, "pero al parecer este es el suyo", y se alejó escaleras abajo para tomar el tren, mientras el hombre miraba los setenta y cinco centavos sobre el mostrador.



Da Fuga Dos Vagalumes

Da Fuga Dos Vagalumes/Otto Oscar Milanese

Del Libro Inédito "Sobre Sueños Y Escrúpulos".

Con la voz de Martinho da Vila de fondo, puedo relatarte mejor la historia. De ella casi nunca supe nada; lo que todos los vecinos sabíamos, era mujer de Adoniran da Silva, un tipo con suerte, cuyos antepasados nordestinos llegaron a São Paulo con la emigración de los años 50s. Cada vez que escucho esa samba, su recuerdo crece, "Inés saiu dizendo que ia/comprar pavio pro lampiao"... Salir cada mañana la vi yo durante los últimos catorce años. Para todo el mundo una sonrisa, y andando siempre con prisa, aun cuando llevara de la mano a los dos niños que dejaba en la escuela. Otras veces, entre las diez y las once de la mañana la veía sacar del maletero del coche las bolsas de alimentos que traía del supermercado. A la vecina un saludo rápido, un comentario sobre el clima, y no mas. Su paso apresurado atravesaba en breves segundos el jardincillo frontal de la casa, siempre bien cuidado, siempre limpio, y Aparecida da Silva se perdía tras la puerta de la mansión con su sempiterna sonrisa, y su vestuario impecablemente pulcro. ¿Como seria la vida de Aparecida tras esos muros? Eso no lo sé. Nunca lo supo nadie. Todo el mundo colegía que en toda la barriada no existía una persona mas estable que ella. Residía en la mejor casa de la manzana; sólo salía a la calle por necesidad, pero en cada salida exhibía atuendos caros y a la moda. Aparecida parecía tener motivos para que la sonrisa jamás se le fuera de los labios, y saludara a todo el mundo con una jovialidad contagiosa. Su marido Adoniran era el primero en salir de la casona todos los días de lunes a viernes. Alto, delgado, y de semblante grave, durante mas de una década lo vi sacar cada mañana el Wolksuawgen rojo para dirigirse a la Região Central de São Paulo, endonde laboraba.


"Pode me esperar, Mané/que eu já volto já"... Si le contara a mis amigas como cuesta volver a esta casa cada vez que salgo, no me creerían. Me mirarían con la extrañeza de quien piensa haber descubierto que su mejor amiga comienza a enloquecer. Porque no ha quedado una sola de mis viejas amigas del colegio que no haya envidiado mi suerte en un elogio. ¿"Que se debe hacer para atrapar a un hombre como ese"?, mas de una me lo ha dicho envolviendo la frase en una sonrisa. Me zahieren esas miradas de aprobación lanzadas a mis vestidos, ¡"Se nota que te va bien, Aparecida"!


En las ocasiones que los vi salir juntos, igual. Ella siempre sonreída; él, a pesar del semblante hosco, con una expresión inocultable de orgullo varonil por acompañarse de tan atractiva hembra.En pocas ocasiones salían juntos, y mas raro era aún que recibieran visitas. Tenían pocos amigos, o al señor Adoniran no le agradaba ser visitado. "Acendí o fogão/botei agua pra esquentar/e fui pro portão so pra ver Inés chegar"... Exceptuando las matinales salidas de ella para llevar los niños a la escuela, o para comprar en el supermercado, la señora Aparecida da Silva jamás salía sola. Siempre del brazo de su marido en las raras oportunidades que recorrían la barriada a pie, o llevando su apacible sonrisa, como resignada a exhibirla, en el asiento contiguo del conductor, detrás de los vidrios subidos de la portezuela del coche. Miles de noches la vi así desde esta esquina, al salir de la casa o al llegar a ella. Maquinalmente levantaba el brazo para saludar. Aun sin desear hacerlo, era inevitable saludar, aquella tenue sonrisa de mujer realizada invitaba al saludo.


"Anoiteceu e ela nao voltou"... ¡No volver! Cerrar esta puerta un día tras de mi, para no volver jamás, y dejar entre estas cuatro paredes los ecos de las promesas de él, "No volverá a ocurrir, Aparecida", y el abrazo que no deseo, "no probaré jamás otra gota de alcohol", y el beso que no respondo. "fui pra rua feito louco/pra saber o que aconteceu"... Me extrañará. Cuando falte el vagalume que alumbre en el frasco de cristal, me extrañará; pero mientras tanto muero entro estos muros, como pierde luz el vagalume prisionero entre cristales.


A las tres de la tarde llegaba el infaltable ramillete de margaritas. El señor Adoniran nunca dejó de enviarselas. Ella apenas entornaba la puerta para firmar el recibo; se perdía nuevamente entre las paredes de la casona, el tiempo justo para colocar las margaritas en un jarrón con agua, y salir sonrisa al viento, para buscar a los niños en la escuela. "Procurei no hospital"... Me buscarías en todas partes, Adoniran, y que alivio no verte llegarde lunes a viernes a las cinco de la tarde, pasar el índice sobre los muebles buscando el mas parvo indicio de polvo, y recriminar "No piensas en mi, Aparecida, no es verdad que pienses en mi, a este sofá no se le ha pasado un triste paño en semanas". ¿De qué vale el gesto de tus margaritas diarias, Adoniran, si tus palabras dejan mustio mi espiritu;pero me vas extrañar. "procurei na central/ e no xadrez/andei a cidade inteira"...


Sólo una vez, doblando esa esquina en el auto cuando regresaba con los niños de la escuela, me percaté del verdadero sígnificado de su sonrisa. Yo mismo me extrañé de pensar, "Debe irse, tiene que abandonar esa casa". Nunca medité mucho sobre ese pensamiento. Pronto lo deseché, ¿y por qué habría de irse ella? Siempre jovial, siempre elegante. Si la hubieras visto, sus amigas andaban envidiando sus frecuentes recortes de pelo. A mi me lucía como modelo sacada de esas revistas que leen mucho las mujeres. ¿Por qué habría de abandonar ella esa casa? Con un marido como el señor Adoniran, atento, cariñoso, y hasta donde pude observar, desde acá mismo,desde este humilde puesto de periódicos,siempre dispuesto a complacer el mas insígnificante de sus caprichos.


"e não encontrei Inés"...Pero siempre me encuentras, y como el vagalume, Adoniran, se me extingue la luz entre estas paredes.Siempre me encuentras arreglada y con la mesa apañada, luego de haber traído a los niños de la escuela. "voltei pra casa triste demais/o que Inés me fez não se faz"... Siempre me encuentras, Adoniran, medrosamente adivinando con que clase de humor habrás de traspasar ese umbral; quizás, como ayer, con el buenas tardes en la boca, y el abrazo cariñoso que merecuerda al hombre del noviazgo. Tal vez con el ceño fruncido, y el vozarron que hace temblar atus hijos, mientras destapas el frasco de whisky.


La noche que vi los dos coches policiales estacionados frente a la casa de los da Silva, supe que ella debió haberse ido. No pensé en los niños, no pensé en él. La sonrisa de Aparecida se desfiguraba en mi pensamiento dando paso a oscuras premoniciones. "pois nao chão bem perto do fogão"...El señor Adoniran conversaba con los agentes alrededor de los autos. Los niños estaban ahí, al lado del padre, como siluetas irreales debajo de los haces de la luz policial. Lo sabía, faltaba ella. Lo sabía, y quise alegrarme porque había encontrado coraje para huir.


"encontrei um papel escrito assim"...No me iré. Nunca me iré. Que pensaran ellas, mis amigas, la familia de él, mi familia. "Que mal agradecida", eso pensaran, "abandonar a tan buen hombre; dejar así, sabrá Dios por qué, a sus dos hijos". No, nunca me iré, como el vagalume perderé mi luz entre estas paredes, Adoniran, y tu repetirás una y otra vez el no vuelvo a tomar mas, y las vasijas contra el suelo, Adoniran, rabiosamente contra el suelo todo lo que se interponga frente a tus horas de mal humor.


"pode apagar o fogo, Mané"... Tres días buscándola por todo São Paulo. El señor Adoniran telefoneó al Estado de Mato Grosso do Sul en donde residían los familiares de ella; pero no estaba. El vagalume había escapado. "que eu não volto mais"...Una por una, desde aquí mismo, vi desfilar a sus amigas con expresiones de asombro por la desaparición de Aparecida. ¡"Increible, esa mujer es loca, si lo tenía todo"!, exclamaban saliendo de la casona. "PODE APAGAR O FOGO, MANE"... Fueron a dar con ella en la iglesia de una favela de Rio. Temblaba debajo de una imagen de la Virgen María, "QUE EU NO VOLTO MAIS, NÃO", la encontraron con la misma expresión vacía, ausente, que le vi cuando el señor Adoniran la trajo de vuelta a la casona, "pode apagar o fogo, Mané/que eu não volto mais".

Adios A Los Espejos

Adios A Los Espejos/Otto Oscar Milanese

Del Libro Inédito "Sobre Sueños Y Escrúpulos".


Al eterno temor
de Francisco José Capano.





A mitad de camino, adentrado en plena tormenta, lo pensé: "¡Debo ser el imbécil más grande del mundo!" Lo fuera o no, inexcusablemente acudía a la residencia de mi ex mujer, acuciado por un par de histéricas llamadas telefónicas. No deseaba reconocer que me corroía la premura. Superfluamente tergiversaba mi ofuscamiento, deseando no llegar; pero entonces: ¿Por qué accedí en complacer su insólito llamado? ¿Por qué me encontraba allí, casi varado, al filo de intempestiva noche agorera? Renegando por la exigua visibilidad que permitía el limpia vidrios, tras los intermitentes serpenteos luminicos de los relámpagos; no comprendía aún como pude asentir a sus ruegos. Los niños vacacionaban en casa de de la abuela, y Lida aseveraba que se encontraban perfectamente. Concernía el apuro exclusivamente a ella. Debí colgar el teléfono y tomar la ducha que pensaba. ¡Sentirlo, Lida! Nada más sentirlo, porque un divorcio es extensivo a los problemas de los ex conyuges. Las dificultades retornan a no compartirse, a su índole privativa. ¡Lida entendería! Además, sobradamente merecido lo tendría, desde que nos distanciamos se refocila en denostar y desearme cuantas mezquinas ocurrrencias vulgares, es capaz de imaginar una mujer despechada.


Fueron tres desconcertantes semanas horrorosas, Frank. Lo que devino es imperdonable. Ya no podía apurar más suplicio. Así me quedé heridamente cuerda, porque de tanto sufrir, alcancé una hueca insensibilidad cruel que todavía arremete sañudamente contra la displicencia que estigmatiza mis momentos. Esas tres depresivas semanas, excoriadas por el desamor, son indisculpables, Frank. Me las debes, como se debe una muerte alevosamentefraguada... ¡A lo peor, de golpe me he quedado loca! Dolidamente mansa, descuidando atender a los niños. Con los sentidos estrictamente alerta a los peldaños, en donde no volvieron a crujir tus presurosas pisadas, o para el teléfono ominosamente mudo. Nunca imaginéque fueras a marcharte de esa silenciosa manera exasperante: a la mañana, un adios de beso tenue en los labios, luego de abandonar el baño con tu habitual jovialidad... ¡Ah, Frank, y ya lo tramabas; implacablemente lúcido y frío! ¿Cómo perdonarte? ¡En montones de noches arrebujadas glacialmente entre tu cuerpo y el mío, lo urdías!


Primariamente me resistí a creer que no vendrías. Me abandoné a esperarte cada noche con un sabor desesperado entre dientes. Mi existencia se aferró de manera enfermiza al teléfono. Nunca paladearás la desquiciante zozobra contínua de aguardar minuto a minuto, el timbrazo que preludie a una voz que se desea escuchar; ni el vuelco súbito de amor sentido a vértigo en el pecho, cuando por fin suena el timbre, y una se paraliza estupefacta; hasta que, precipitadamente medrosa se descuelga el auricular, para recaer a la desasón de oir otra voz. Solía abreviar las conversaciones, y volverme a la amplia soledad de ausencia que abonaste a la casa. Entonces, aún te amaba sin rencor, y encontraba gusto ordenando tus pertenencias, y apañando la mesa, como si hubieses salido en la mañana, diciéndome: "Retorno a las 7:30 P.M." Como si en todas esas noches durmieras abrazado a los rincones de mi cuerpo. Es que a veces, Frank, es imprescindible engañarnos misericordiosamente, y digerir poco a poco una desolada realidad inesperada, creando mil subterfugios retardatorios; mil absurdos sedantes contra ese desgarramiento de vivencias que se desploman rostro abajo, cautivas en dos lágrimas. Y es por eso que aún me lacera tanta desilusión inventándose inasequibles asideros. ¡Aún duele, Frank! Tantos días desantendíendo las cotidianas labores de ama de casa; sobreseidamente tirar a la cama con mi cuerpo, el inventario de todos mis reveses resumidos en tu abandono. ¡Duele! Porque contigo me fui, y me quedó el rastrojo de toda una vida resabiando oscuramente por todos los entrantes. Consumí mi ardor aguardándote inutilmente a la entrada de extensos días desvaídos, en los cuales descuidé mi persona, y respondía a los niños aquiescentemente, para que me dejaran a solas. ¡Los niños, Frank! Cuando ya no pude inventarme más engaños, procuré pensar que llamarías por ellos; que hablaríamos reposadamente, intentandodiscernir y subsanar nuestros disentimientos; que de vuelta a la vida, tomo una larga ducha y me visto para ti y para el abrazo que me traes al franquearte la puerta. ¡Pero no retorné a la vida! Sólo pude regresar a la realidad de frente al espejo, deseando romperlo, y con él destruir la imágen que me provoca una acuosa risa prolongada; que me impulsa a huir por la casa, arrojando todo lo que se interponga a mi paso; hasta que encogidamente desaliñada, deje brotar tantas lágrimas, y comprenda por qué te marchaste, por qué no volverás.


En noches anteriores, Lida llamaba a deshoras para desahogar su aversión a la vejez. sus chillídos pausados, el hipo de su llanto, lograban despabilarme. Supongo que se complacía en llamarme. Así las cosas, opté por apagar el teléfono cada noche a la hora de meterme a la cama. La solución no me satisfizo. Sirvió para acrecentar las inconcretas perturbaciones que me segaban el sueño. Por las mañanas me mortificaba la idea de saberla incomunicada, si acontecía una imprevista calamidad que afectara a los niños. No restaban opciones. Procedí a dejar encendido el teléfono, resignado a esperar que timbrara matando bruscamente mis ronquidos.


Lo que me decidió a visitarla en aquella desastrosa noche, fue el sobrio tono sombrío de su voz. Oyéndola decir que urgía de alguien que la ayudara a pasar la noche, y que no me rogaría, que esa vez acuidiría a su orgullo para no humillarse más ante mi. Intuí que urdía un farragoso dislate. ¡Y fui! Es la unica explicación que logro darme, porque no la amo ni la amaba en el instante, en que imbécilmente olvidé la hora y cuarto de camino que nos distanciaban; y la endiablada nochecita, amenazando seriamente por convertirse en tormenta, para encender el coche e ir hacia ella, hacia su mortificada soledad con acre inicio de insoportable declinación; hacia su juego... ¡No, no la amaba! Quizás aletargadamente en alguna oscura sensación de insidioso remordimiento, me había despertado por entero a la conmiseración. ¡Y acudí! Pensándola al borde de una crisis neurótica, luego de probarse mil vestidos con historias de ocasiones, y confirmarque ya no le quedan; que no sólo a envejecido cruelmente su sonrisa en torno a las mejillas, sino, que también arriba a una deslavazada obesidad vergonzosa... Reimagino a la antigua Lida arrogante, y auto desapruebo haber dejado en tantas noches, el auricular y su voz estridente sobre el velador, para darme media vuelta en la cama, media vuelta en el sueño. Por eso, bajo lluvia y noche de intrincados pensamientos, marcho rumbo a su casa. Por una inconfesable debilidad masculina que me arrastra al vacío... A ella... Siempre voy camino a su inaceptable repudio de mujer resistida a envejecer.


Resurgir inesperadamente a la vida, Frank, porque las manos han tropezado con un vestido que recuerda ocasiones... Porque la rabia rompe reminescencias juveniles, y porque nadie puede erigirse en alguien, deprovisto de recuerdosl. Restan los finales recursos denodados; la estoica entrega a ferreos regimenes dietéticos, y el sudor de días entre fajas y ejercicios. Pero no es lo más implacable, Frank, esa aguijonante conciencia de andar camino a la carne flaccida, y aceptarse la novedad de un fatigado cuerpo viejo, provocador de mil avinagrados rictus entre arrugas, al definirlo en los espejos. ¡Ya ves, Frank, te digo que no es lo peor! ¡El auto-rechazo es lo que duele, Frank! Ese dolorcito secreto, íntimo... Y una se lo queda entre silencios llagados de anteriores vivencias; no así, esa soledad que insuflaste a mis días; esa infernal certidumbre de haber representado un objeto que se aparta, luego de usarse. ¡No puedo condonarte esa deuda, Frank!No puedo evitar creer que deliberadamente elegiste esa época de mi vida para abándonarme... ¡Y hoy me abandono, Frank, a la realidad que nos he planeado!


Acudirás, Frank. Sientes pena por mi... En cambio, no puedo tenerte lástima ni acepto la tuya. Detesto tus irrísorios esfuerzos por no traslucir tus sentimientos; por no delatarme un ápice de la conmiseración que provoco en ti. Eres tan irremediablemente mal actor, que no logras evitarme el embarazoso segundo de atrapar compasiones en tu mirada. Sé que no sientes lástima por la imbécil mujer enamorada, que súbitamente se ve de frente a su abandono. ¡No, Frank! No vendrás compadeciéndote de un frágmento de mivida al que temes entrar. Porque también tú has resbalado a la abisal desgana de horas, desgarrado por el monomaníaco temor a envejecer. ¡Vendrás únicamente por eso! Conozco el angustiante placer morboso que te impele a reconocerte calladamente en mi. Es el horro, Frank, la arraigada fobia a considerarnos con unos años de más, afeándonos el aspecto. La inusual preocupación comienza a los treinta. ¡No un año antes ni uno posterior! La idea cobra un punzante sígnificado de valor estacionario; una acaba viviendo por, y para ella... ¡No es tan despiadada la vejez, Frank! ¡Lo cruel es el proceso de envejecer! Es lo inaceptable: esa lenta rendición de una vida resistiéndose vanamente a una biológica metamorfosis. Esa diaria claudicación de condiciones y voluntades entregadas al recuerdo. Quien ha envejecido acepta y convive con su condición. Quien envejece, repudia el cambio autorechazándose. ¡Se debería envejecer de golpe, Frank! Que exonerado fuese el martirio de manifestarse una nueva arruga entre días. ¡De golpe, y ya! No más alejamientos de sueños, por la preocupación de un par de libras extras, o por la disminuida firmeza petrea de los senos. No más medirse y medirse vestidos entre jadeos y chillídos desaprobatorios, y observarse, entre iracundas lágrimas, de frente, de lado y las nalgas por el espejo. ¡Envejecer y se acabó! Pero existen tantos días para cargarlos sobre una vejez que aún no es definitiva; sobre una abulia cotidiana que encausa su odio a la desesperación. ¡Tantos días, Frank! ¡Y tú sobre ellos, como una deuda por cobrar!


Metido de lleno en la desagradable nocturnidad huracanada. Rumbo a Lida y sus repentinos accesos de iras que la ahogan en reiteradas maldiciones. Es sencillamente inadmisible concluir en que no hubo amor, ni pizca de amor en el afónico tono de su voz. No advertí siquiera despecho, o un lancinante residuo de amargura insepulta. ¡Sólo rencor! Un afilado rencor continuo que reptó de sílaba a sílaba; de odío escondido a odio pronunciado. Y escupe y escupe ingratas vivencias descoloridas; ama rememorar cada instante adverso; quizás, con el inexplicable propósito inocuo de apuñalarse las ganas con ellos, de suicidar cada momento, enterrando la imagen de la Lida fresca y bañada de vida. No hubo amor ni despecho ni dolor, cuando aceptó definitivamente mi distanciamiento. Unicamente un chispazo de incredulidad vacua; un ramalazo de inconcreta angustia. ¡El odio! El creciente odio hacia todo lo que fue, poseyó o quiso. Las detestó, no por constituirse en intransformables, sino por haber andado la vida dentro de un reloj, y arrojarse ajadamente contra ella misma al doblar la esquina. Esas cosas que también van buscando la vejez con uno, y continúan perteneciéndonos, ya sin gusto al paladar, esmorecidas por nocturnas ventoleras que las llevan a contra alma, a contra vida. ¡Es así su odio! Su intransigente resentimiento que le saca irisados destellos de juventud.


¡Estaba a un paso de estas ineludibles arrugas! A un paso de esta desmazalada incertidumbre que se instala entre pensamientos y cobertores en cada insomnio. ¡A un paso! Y acabaste por echarme en el brumoso fondo árido de la depresión, Frank. Pero, un día, se emerge de golpe. Una olvida olvidarse de sí misma, y brota a las horas; aferrada a cada instante con una revitalizada noción de la existencia. Entonces, es cuando más lacera procurarse motivos para vivir. Intuirse como una palpitante llaga sobre el arrítmico corazón de los días. Alguna vez, Frank, el tiempo hiede a desencanto en los sentidos. Una intenta buscarse en lo que ha sido o ha representado ser, sin lograr, más que un vago sabor a farsa. ¡A fiasco, Frank! Ahí es donde duele la vida: en su consuetudinaria bofetada de vacío y desengaño. De ahí, es de donde una se levanta o lo intenta o lo sueña. Levantarse a percibir cada frustración o sueño que nos plasma sobre el papel en blanco de la existencia. De ahí una surge, dolidamente consciente, con su fardo de memorias y circunstancias; con su inventario de emociones desplegadas sobre el tiempo. De ahí una surge, con la tácita tendencia de transformar cada día en rutina, que todo encaje en el esquema de vida que se ha delineado. Y ya no podemos trascender nuestros propios hábitos, Frank. Es más comodo reincidir en las costumbres.


¡Ahora desearía pensar que no medité! Que un golpe de lluvia y viento me arrastró como un autómata al coche, pretendiendo rezagar el miedo. El miedo encontrado a ras de tempraneras mañanas, en la dubitación al disponerme a revisar los diarios. Porque puede ocurrir, Lida, lo extraño es que no haya sucedido, que bajo un titular de negras letras, tu sonrisa de retrato viejo desborde el cauce de mi temor. ¡No lo pensé! Marché a encontrarme con tus ojos para suicidar mi pánico. ¡Mirarte! Reirme silenciosamente de mi absurda pusilanimidad, y volverme a casa con el sedante de tu reciente presencia. ¡Ah, volverme a casa, al sueño, a través de lluvia y noche! Dormir lenamente ajeno a tu borracha voz de baja mar milenaria. Dormir casi ebrio de lluvia soñando en las ventanas. Obligarme a creer que aprendes a soportarte, Lida. Que acabas venciéndote a la inalterable razón impiadosa de los años. Y ya no sientes las últimas bocanadas del aliento que te impulsó a luchar en la derrota. Ya no más rebelarse a una vida atiborrada de momentos, que muestra la resaca de oleajes turbios en torno a tus sienes. No más modificar sonrisas en acentuamiento y duración; persiguiendo no despertar en ellas, oscuros surcos que abochornan el semblante. Me obligo a creer que ya no sueñas con estiramientos de músculos faciales, que repentinamente entiendes que todo artilugio queda sobrante... Y tiras contra tu acuosa cara espejeada, cremas y lociones; y lanzas años y años, llorando de rabia, trémula de impotencia. Mordiéndote los labios, clavándote salvajemente las uñas, y prorrumpiéndo en un desahogado llanto de rendición ineluctablemente total.


Lo peor es que ando en alguna parte de la noche. En alguna llovizna de agua, mis cavilaciones han quedado encerradas, imaginando a Lida tensamente pasearse fumando por la casa, aguardando el timbrazo a la puerta. Lo peor es que la encontraré miserablemente encogida, abrazada a un viejo osito de peluche, y no responderá a mis palabras. Meciendo mecanicamente la parte superior de su cuerpo, con la opaca mirada fija en un vacío de años; en un siniestro cráter de emociones irrecuperables... Hasta que inicie unos semi-gruñidos imperceptibles, y acabe gimiendo convulsivamente, a la vez que me dispara las reconvénciones que ha pensado decirme desde hará dos semanas.


Nunca logra convencerme la idea de que Lida ha enloquecido. De que su histérica monomanía medrosa hacia la vejez, adquiere irrebatibles visos de locura. Suelo desechar tales cavilaciones, avisorando en ella a una mujer despechada... Es más comodoimaginarla de ese modo. ¡Qué importa que no sea la realidad! O cuando menos, su única realidad. En nuestros años de convivencia proyectó la imagen de una mujer equilibrada, segura de sí; de sereno caracter firme, aún en las escasas dísputas conyugales que sostuvimos. Y de repente se derrumba. Es otra Lida, la que refunfuña agriamente a todas horas, motivada casi siempre, por minucias. Otra Lida, amante de ofensas y denuestos. Viviendo a la puerta de una inquina cotidiana que la moldea insufrible a sí misma.


Lo imperdonable, Frank, es que jamás me ofrecieras un dísgusto; que me convirtieras tan imbecilmente segura de ti, para reservarme el desengaño al borde del ocaso de nuestras existencias. Cuando menos lo podía creer, Frank. Cuando menos posibilidades de asimilarlo me confería la vida. ¡Y no lo creo ni lo asimilo ni lo acepto, Frank! El golpe ha sido demasiado atróz y tardío..., demasiado latente por años su urdimiento. ¡Y nunca sospecharlo, Frank! Viví arrimada todos esos años a tu oculto desencanto, sin preverlo, para encontrarme súbitamente con la mueca de tu olvido.


¡He debido vivir ignorando a Lida! ¡Ignorarla lo más posible! De vez en cuando una llamada preguntando por los niños. ¡No más! Quizás una intrascendental plática a la hora de recoger a los chicos para pasear. Evitar interferencias de cualquier índole en mi vida, y darselo a entender desde la primera angustiante llamada que realizara.


¡Me orillas a ejecutarlo, Frank! Tú y tu desconsiderado silencio estéril de años. Aguardando jovial, calculando el momento, mientras representabas el papel de comprensivo esposo amante. ¡Me obligas, Frank! Ya ves, como estas fruslerias repensadas en un mal momento de iras renovadas, acaban por aglutinarse en torno a tu realidad... Me deja atónita la certeza de que son algo más que las incoherentes puerilidades de mis desvelos. Son la mezquina sombra de la venganza que ha dormitado en cada letargo de vida resabiada, en cada segundo de amor desengañado... Te escucho llamarme, Frank, desde el umbral de la puerta entornada. Oigo tus pasos aproximándose a tu realidad de mujer encontrada inerte sobre viscosos charquitos de sangre. ¡Veo tus ojos devorados a medias por el pavor y la sorpresa! Sé que tardarás una eternidad en sacudirte el estupor, y comprender por qué la policía acudió tan silenciosamente rápida para transportarte a la realidad que te traspasa mi última voluntad: ¡Veinte años, Frank!

Cambio De Género

Cambio De Género/Otto Oscar Milanese

Del Libro Inédito "Sobre Sueños Y Escrúpulos".


"Y al reposar sonó con recio golpe,
solemne, en el silencio
un golpe de atáud en tierra, es algo
perfectamente serio".
Antonio Machado.


Ramirez debía morir. Esta concluyente perspectiva trastornaba lo planeado entre ambos. No disponía de más salidas. Su proyectada muerte era una necesidad. La novela que escribía sobre su miserable vida de gigolo quedaría inconclusa. Ramirez estaba irremisiblemente condenado, y debía morir antes de que tuviera tiempo para relatarle los pormenores que precisaba su historia para alacanzar el final. Morirse no es tan pesimo paso, cuando es otro quien lo ha dado. Qué Ramirez tuviera que irse ahora, tenía visos de calamidad. Con él se iría al diablo todo lo que tácitamente habían acordado entre ambos. Tantas platicas de cafés ahora adquirían una connotación de inutilidad que le exasperaba. Pero no podía elegir. Y aún con la opción de elegir, hubiese sacrificado a Ramirez, sintiendo con ello, todo lo que siente al mirar el montón de papeles en donde su vida, la de Ramirez, se llevó tantas horas de él entre el haz de luz mortecina de la lámparita y el ascendente humo de un cigarrillo mal apagado en el cenicero.


No podía desligar a Ramirez de la temática. Por esto le odiaba. Porque no podía eliminarlo. En series televisadas suele ocurrir que un determinado actor se predispone con los directores o productores. Se le sugiere al guionista introducir en el libreto un inesperado accidente, y se prescinde del pugnaz actor por el resto de la serie. Pero no se trataba del guión de un drama para la TV. Era su novela. ¡La de él y la de Ramirez! Y si Ramirez desaparecía, con él se esfumaban las vivencias, los momentos que aún Ramirez no había tenido tiempo de contarle en las somnolientas horas grises de la cafetería en que solían reunirse. Sólo preservando a Ramirez, desgarbado y petulante, con sus desvaídos blue jeans, y lanzando sonoros escupitajos en la calzada del parque, o en el tugurio de las putas, a las afueras de la ciudad, podría asegurar el desarrollo de su novela. Improbable. Porque apenas ya lo intuía vivo. Hasta cuando Ramirez le hablaba, su acento lugubre le recordaba la caída de un ataud en tierra de cementerio.


¡Ahora lo sabía! ¡Jamás escribiría la novela! ¡La de Ramirez no! Ahora lo sabía, y ya Virginia habia llegado aterrorizada a la casa. Sus pasos inseguros y premurosos ascendieron la escalera hacia el segundo piso. Sin oir que él la llamaba. Sin desear oir que él repetía su nombre y subía de dos en dos los peldaños, tras de ella. No pudo evitar que Virginia echara cerrojos por dentro. Ella olvidó enclaustrar los sollozos que él le oía desde el corredor en brumas. Un cuarto de hora y mil pretextos después, Virginia le abrió la puerta. En vano se esforzaba en sonreir la mujer. La mezcla de miedo y furia que había estado estrujando contra las sabanas, se pintaba claramente en su semblante. No dijo nada. No preguntó nada. Removió con ternura insospechada la madeja de pelo rubio que el sudor pegaba a la frente de ella, y vió la inflamación, el círculo violaceo debajo del parpado derecho. Ahí comenzó a quedarse inconclusa la novela.


Navarro lo miró por encima de los platos con sobrantes de la cena; por encima de las conversaciones de los demás comensales, y le dijo "Estás equivocado, viejo. Virginia me dejó hace un siglo, ¿cómo es posible que no lo supieras?" Mira a Navarro distante, como si realmente, él, estuviera en otro lugar. La tarde se muere a pedazos y a desganas. "Todo muere", piensa, y ante sus ojos, hasta el emporcado trozo de calle que puede observar por encima de las mesas y de los hombros, parece morir tras los cristales, metiéndose cada vez más en una oscuridad compacta y cerrada. Navarro le ha dicho que ya no está de novio con Virginia, y se lo cree. Le basta mirarlo para creerle. Tan petimetre, tan hesitante, y tan que sabe él... ¡Claro, Virginia tenía que dejarlo! Pero ahora la voz de Navarro era un zumbido, molesto, pernicioso. Ahora la voz de Navarro estaba identificándose conel rencor que él mismo sentía, con el rencor que lo había llevado a buscarle en aquel restaurante. Con la voz de Navarro parece que ambos observan a Virginia. Las lágrimas de Virginia, la hematoma bajo el parpado. Sobre todo, con la voz de Navarro parecen apuñalar al dueño del nombre, que esa misma voz está a punto de hacer surgir, con acento de estilete. ¡Y la tierra cae secamente y a montones sobre una tapa de madera!


¡Restaba acordarlo, y lo acordaron! A lo peor, ahora, en algún momento del humo del cigarrillo que trepa por el haz de luz de la lámparita, dudó que Navarro tuviera agallas para efectuarlo. Él. Siempre tan formal y reservado, y tan dubitativo, y tan que sabe él. Siempre a la hora exacta para recoger a Virginia y llevarla al teatro. Lo dudó. Pero por vez primera, Navarro le había parecido un hombre cuando le dijo "Ocurrirá como lo hemos planeado. ¡Eso casi puedes escribirlo!" Y eso hacía precisamente. Lo escribía en la fecha y a la hora convenida, transformando y reduciendo la novela de Ramirez a un breve cuento.

El Tren Local

El Tren Local/Otto Oscar Milanese

Del Libro Inédito "Sobre Sueños y Escrúpulos".

Edith jamás entendió por qué, si mi destino era Bay Ridge Avenue, tomaba el primer tren R o N que arribara entre las 5: 15 y las 5: 30 P.M. a la estación de Pacific Street. En más de una ocasión sentí deseos de explicarselo; pero motivos para resoluciones tan extremas, no son fáciles de exponer. Ni siquiera a la trigueña Edith,quien denodadamente,y exhibiendo en derroche su sonrisa de hoyuelos en las mejillas, procuraba comprenderme en todo, incluso, hasta en eso de no abordar el tren B, que me llevaría directamente hasta la 36 Street, en donde realizaría la transferencia al tren R para llegar a Bay Ridge Avenue. Prefería, en pleno rush hour, los trenes locales R o N, llegaran o no, antes que el tren B a Pacific Street. Edith sonreía displicentemente, reservándose amablemente su criterio. Al principio debió catalogarme como el imbécil mas paciente de todo Brooklyn. Estupidamente, desdeñando abordar el tren B, debía efectuar las cuatro paradas de rigor para los trenes locales, entre Pacific Street y la 36 Street, con el adicional inconveniente, de que cuando el tren N se adelantaba en llegar al R, por necesidad debía realizar el trasbordo del N al R, porque el tren N, a partir de la 59 Street, una estación anterior a la de mi destino, se desvía hacia Coney island. El desfavorable criterio de Edith, varió radicalmente, cuando me oía indagar si el tren N corría localmente o no. En ocasiones, durante el rush hour, el tren N realizaba el mismo itinerario del tren expreso B,desde Pacific Street hasta la 36 Street, sin detenerse en Union Street, 9 Street, Prospect Avenue, y la 25 Street.


Cuando el tren N fungía como expreso, no lo abordaba. Edith, como mujer al fin, pensó en otra mujer. En alguien que presumiblemente me aguardaba en alguna de las cuatro estaciones ubicadas entre Pacific Street y la 36 Street. De manera tan simple dejé de ser para ella el estúpido mas pacienzudo de Brooklyn, para convertirme en el mas ruin de los impostores. Escasearon las sonrisitas de hoyuelos, vivía el eterno desencanto femenino: Su hombre, era otro hombre idéntico a los demás. En la oficina, apenas cruzabamos algunas frases: ¡yo era tan cínico como los otros! Crecieron sus mutismos, a la hora de aguardar los trenes en el andén de Pacific Street: ¡era tan mezquino y embustero como todos! Dejó de telefonearme con la frecuencia de antes: ¡yo era tan descarado! ¡Hacerlo así, tan evidente! Dejar pasar el tren conveniente, para irme con la otra... Pero Edith ignoraba que el asunto no se trataba de faldas, ni de conveniencias; que si alguien se perjudicaba, por la aparente decisión estúpida de preferir el tren local, al expreso, con su implícita demora en llegar a mi hogar, no era precisamente yo.


Siempre lo alcanzaba a divisar en el andén de la 36 Street, esperando el tren B, para tomarlo hasta Bay Parkway. Me molestaba verlo allí,porque se la tenía jurada a Kevin,y ya, un par de años resultaban excesivos elaborando, deshaciendo y rearmando planes. La idea esencial era inamovible: Tendría que ser en el subway, y desde Pacific Street, precisar - en esa época, como Kevin tomaba el tren B en la 36 Street, yo abordaba ese mismo tren en Pacific Street - el vagón que tomaría Kevin. ¡Todo parecía perfecto! Kevin abandonaba su lugar de trabajo a las 5: 00 P.M., y de 5: 15 a 5: 30 P.M. aguardaba el primer tren B que arribara. Justamente yo llegaba a Pacific Street, luego de concluir mi faena laboral, a las 5: 15 P. M.,a tiempo para tomar el tren que Kevin abordaría cinco estaciones atrás. El problema, la única contrariedad consistía en la estación 36 Street. Demasiado inadecuada para el ágil desarrollo de lo tramado. Uno de los escollos más desalentadores lo constituía el trayecto que había que recorrer hasta la calle.Tendría que subir escaleras, atravesar el amplio recinto en donde se ubican las casetas de expender tokens, y nueva vez subir escaleras para salir a la calle. Además, en la 36 Street es un albur precisar el vagón que eligiría Kevin, porque las casetas de vender tokens no están situadas en el andén,sino en un nivel superior a este, y porque, pese a su carácter pusilánime, Kevin, quien en otra estación no osaría moverse del área de seguridad, en la 36 Street se movía libremente, sintiéndose protegido por encontrar personas a lo largo de la plataforma. De no ser por estos inconvenientes, todo hubiese resultado sencillo, idóneo. Él entrando al mismo vagón, del cual yo salía para tomar el tren R hasta Bay Ridge Avenue.


¡Él entrando y yo saliendo, y acabarlo todo ahí! No mas postergarlo, o pensar en nuevas ideas. No mas aferrarme a la manija y escrutar por el cristal de la puerta, para verlo insígnificante y hueco entre la muchedumbre del andén, y ahí mismo acordarme de Arnold. Arnold boca abajo y con los brazos extendidos, arañando el asfalto con una rabia que ya no advierte.


Los planes estuvieron al borde de un irremisible abandono. Preferible olvidar a Arnold. Al pobre Arnold tirado contra la niebla y la llovizna de una noche. La vida me ofrecía unos días para Edith, y no tenía derecho a matarlos por el impulsivo juramento que me arrancaron unos momentos de impotencia, entre haces de luces y sirenas policiales. Mirando a Arnold sobre el asfalto, estolidamente boca abajo, y perdiendo unos instantes de paquete de cigarrillos compartidos, de camaradería nocturna y callejera. Me rebelaba a pensar de esa manera; pero también se lo advertí, se dejó envolver por el negocio. Actuaba arriesgadamente, sin molestarse en tomar precauciones. Entreveía un funesto desenlace y se lo anuncié. ¡Pobre Arnold! Él, con su sonrisa de chiclets masticados, no lo creyó. ¿Qué me iba a créer? Ni yo mismo pensé en el grupo de curiosos que se aglomeraba, ni en las sirenas, ni en la noche lloviendo gotas de cielo sobre su espalda. Presentía que acabaría encerrado una temporada; pero ahí, y así tirado como un perro a la orilla del desagüe, y tan lejano de las voces de los policías que ordenaban circular a la gente. ¡Así nunca, y menos boca abajo! ¡ Pobre Arnold, con su ignominioso agujero sobre el pulmón derecho! Boqueando boca abajo, aspirando el polvo de un millón de días de calles. ¡ Así no! Pateandosin conciencia el asfalto. ¡Pobre arnold! Noticia de tres líneas en los partes policiales de cualquier matutino, y luego un sucio de vida que se ha roto; una mancha de conciencia sobre días anónimos y anteriores. ¡Y luego nada! La oscura nada densa de esa noche de neblinas y de lluvia sobre la herida de bordes chamusqueados en la espalda. ¡Pobre Arnold!


Kevin realizó un cambio en su vida. El que necesitaban mis elocubraciones para llevarlas a la práctica. Me enteré que cambió de trabajo,y que la nueva estación para tomar el tren, de retorno a su apartamento, era Prospect Avenue. Estaba forzado a tomar el tren N o R y pasarse al tren B en la 36 Street.Comencé, pese al circunspecto rostro de incredulidad de la trigueña Edith, a tomar el tren local. Mis informes no andaban errados. En Prospect Avenue, Kevin aguardaba el tren dentro del área de protección. En Pacific Street, como en la 36 Street, la caseta de vender tokens queda en un nivel superior a las vías; pero no resultó difícil determinar, que si me situaba a esperar el tren entre los dos teléfonos públicos, poseía buenas posibilidades de abordar el vagón que tomaba Kevin,que usualmente era el que se detenía frente a los pasimetros de entrada al andén. Algunas tardes entraba a un vagón anterior o posterior del que se detenía frente a los pasimetros. Esta insígnificante desubicación la corregía, oriéntandome cuando el tren se detenía en Union Street, luego, con el tren en marcha, me pasaba de un vagón a otro.


Invariablemente fui encontrándome con Kevin en Prospect Avenue. Ganas no me faltaron de concluir el asunto cuanto antes, porque al verlo, la inmerecida muerte de Arnold me crecía boca abajo. Conteníanme los minúsculos detalles que faltaban ajustar, para dar le a mis planes su matíz de perfección. Cerciorado estuve de que Kevin siempre entraba al vagón por las puertas centrales de este. Esta eventualidad sígnificaba una ventaja adicional, pues esas puertas quedaban mas cercanas a la salidad del andén. Convencido estuve de que, cuando a la vera de él habían personas díspuestas a entrar al tren por la misma puerta, él, amablemente, optaba por entrar de último. Entonces, a la hora del día elegido, no debía precipitarme en abandonar el tren. Simularía que no me bajaría en esa estación hasta verlo entrar. ¡Él entrando y yo saliéndo! ¡Ah, tanto imaginarlo, tanto pensarlo para quedar en paz con Arnold! Porque lo que mas me duele, es saber del bochornoso modo que se lo cargaron. Si se hubiese quedado con las manos tibias de pistola ilegal, en un enfrentamiento con la policía; sabiendo que la muerte pisaba el cuerpo mojado de la nocturnidad con estámpidos y olor a polvora... Y nada. Sentirse como un hombre de cara a un peligro en oleajes de momentos que hieren el paladar. ¡Pero así! Sin saberlo, es como si nunca abandonara a la noche y a la lluvia,con su espalda perforada; como si nunca los paramédicos lo viraran contra ese pertináz orín de cielo, que le limpió de polvo el rostro contraído. ¡Demasiado hombre, para que Kevin lo intentara de frente! ¡Demasiado hombre, para que se lo cargaran de esa mala manera! Y es lo que mas me molesta. Un dolorcito de cara contra el asfalto; una molestia de acabar así. La vida se fuga en un paso, se marcha en una respiración, y ni siquiera entenderlo, ni saber por qué se va cayendo; porque de golpe ha cesado la noche de ruidos de automoviles, y de luces callejeras semi-disipando nieblas, para irrumpir en una nocturnidad de avenida que se viene contra la cara, contra el estupor, contra la nada.


Pude, ante su cuerpo caliente, delatar a Kevin: ¡"Lo mató él, oficial! El bastardo de Kevin Moore se lo cargó a traición"! Pero prefiero y degusto este momento de tren local que abandona Union Street. Este momento de planes anteriormente pospuestos. Este momento tan de Arnold y... Atrás va quedando la estación 9 Street, Prospect Avenue es la próxima. Tan de Arnold, porque es lo que él hubiese hecho. Cara a cara en un segundo de Arnold. ¡Él entrando y yo saliéndo! Así de fácil, y tan sobrecargado de cólera el momento! Tan lleno de Arnold, para que lo vea el hijo de... Para que se lo lleve cansado de lluvia y de noche boca abajo en la vidriosa mirada. Él entra y yo salgo. Ambos con Arnold vivo en el mango del puñal que los usuarios del tren aún ignoran en el pecho de él; ¡vivo, el pobre Arnold, tan vivo en el segundo en que el frío de Fourth Avenue me azota la cara, y ya con la deuda cobrada, realizo señales a un taxi!


¡Julián Retorna!

¡Julián Retorna!/Otto Oscar Milanese

Del Libro Inédito "Sobre Sueños Y Escrúpulos".

Veinte años fascinado por su desaparición subrepticia. Rastreando el más parvo indicio de su paradero, pese a no desear encontrarlo... Veinte años sin respuestas para su voluntario aislamiento, para mi estúpido temor agazapado bajo las sombras de las reminescencias. ¡Demasiado! Veinte años soportándome veleidoso y cobarde; temblando de amor que resucita en las ganas y el miedo de encontrarmela al virar una esquina. ¡Y nunca nada! Siempre como si no hubiera pasado, o sucediera sólo en un sueño del cual se posée una vaguísima certidumbre. Los veinte años han transcurrido de alguna manera, y ahora retorna como una realidad subyacente, que emerge arañando la cruel noción de tanto imbécil tiempo atado a su memoria.


¡Es su voz! Su voz con veinte años de silencios reprochables a ras de lengua. No saluda ni indaga por mi salud. Habla como si acabaramos de despedirnos, y me telefoneara para recordarme cualquier frivolidad olvidada en nuestra plática anterior. ¡"Julián retorna"! Me dice en grave tono confidencial, como si la existencia fuese estacionaria, y aún persistieramos en réeditar la apasionada costumbre peligrosa de citarnos furtivamente en cafés semi desiertos de arrabales. Entonces, llenaba los minutos crepúsculares con las híbridas virtudes o los últimos pueriles defectillos que descubría en Julián. Sus grandes ojos me convencían de que no le amaba, aún sin lograr romper el sortilegio de la personalidad de él. "Por algo la tía le quiere tanto", comentaba pensativa, con la barbilla entre las palmas de las manos."La tía siempre fue una mujer incapaz de mostrar afecto por nadie,y sin embargo le quiere a él. Sólo con él la hemos visto ablandarse. Sólo cuando le habla a él, puedo sentir a la tía como lo que es:una mujer;con esa absurda idolatría, me enseña mucho de mi o de cualquier otra mujer: la tía también puede amar a quien no debe".


Casi de rigor constituíase que reapareciera hablándome de él. Es tan imposible imaginarla existiendo sin la sombra de las vivencias de él en los labios. Es Daniela, su monomanía, su voz. Existe parasitariamente adherida a los instantes de Julián. Sin él,queda reducida a un despatarrado monigote sin cuerda. Es explicable su ausencia no estando Julián. Impedida de golpe a vivir su confuso amor matizado de autoculpabilidad. "En el fondo siento un profundo asco removiéndome toda", decía, con la mano sosteniendo el cigarrillo fuera de la cama. Debería estar amándole a él, en lugar de escarbarme tanta basura en el alma. Sé que a la tía le ocurre otro tanto, cuando se te queda mirando oblicuamente, creo que en esos instantes se pregunta por qué no te prefiere a ti; al dócil sobrino que se desvive por brindarle satisfacciones. ¡Te odia, entiendes! Te detesta aún más por no poder amarte, algo parecido me ocurre con Julián.


Siento deseos de reir, rememorando tanta medrosa sumisión. Me punzan las arcadas y la risa no aflora, como si estuviera amarrada a los remotos instantes de ellos. Poseo unicamente un recuerdo de risa insonora, ebria; un rastrojo de anteriores carcajadas que conseguían crisparlos. En el fondo era yo quien les estorbaba, no mi desenfadada risa. ¡Yo! Por no andar metido en el temeroso respeto que todos mostraban delante de la vieja. No me importaba, y menos aún, que la vieja se empecinara en manifestarse condescendiente conmigo, luego de llegar produciendo un deliberado estruendo con los rugidos de la moto; atravesar el living con pisadas recias y las botas sucias de fango, y apersonarme silbando en el comedor, en el momento justo en que Ricardo disponía las viandas.La vieja, entonces,solía interrogarme entre afectadas sonrisas, por el motivo de mi retraso. Sudando aún y sin lavarme las manos, tomaba asiento para cenar. A mi izquierda, Daniela simulaba poco interés en el breve dialogo. Sergio, en cambio, exteriorizaba el desagrado que le producía no escuchar a la vieja mandándome al lavabo. ¿"Cuando empezarás a prácticar buenos hábitos"? Los pensamientos de Sergio llevaban a la boca de la vieja esas palabras. Todavía conservo el buen sabor del fastidio que le provocaba mi presencia. Tácitamente, la vieja y yo habíamos convenido exasperarlos. Un mudo pacto condicionado por las circunstancias, porque la realidad no intuída por ellos era el desprecio que la vieja me profesaba. Nuestra extraña complicidad se cimentó bajo el turbio resabio de una soterrada animadversión recíproca. Cada cual se pagaba un tributo de iras reprimidas a cambio de tanta teatralidad, de tanto mutuo afecto fingido. La vieja siempre aceptó pagar el precio de domeñar su repulsión al acariciar mis sucias manos; de soportar el aguijonante roce de mi barba al besar sus mejillas. Mientras ellos rabiaran en silencio, lo aceptó. "Después de la cena, querido, deseo escuchar tu opinión sobre el paro de labores que afecta a nuestra fábrica". Sergio no podía impedir morderse los labios. Morbosamente, la vieja disfrutaba el efecto de sus palabras, mientras Daniela, refugiada en su falsa intuspección, se aclaraba la garganta con una repentina tosecilla. Daniela era quien me permitía soportar la asqueante duplicidad de la vieja. Mientras fuera capaz de jugar con las réglas impuestas por la vieja, tendría acceso a la casa,a Daniela.Mientras la vieja continuara pasando por alto en mi, las manías y defectos que no soportaba en ellos, Daniela me tendría por el pariente predilecto de la arpía. Cuando la vieja me invitaba a encerrarme con ella en la biblióteca; en el living, con los brazos entreverados a la espalda, Sergio caminaba impacientemente de un lugar a otro. "Tranquilizate", sonaba extrañamente firme la voz de Daniela, abandonando ocasionalmente la revista de modas femeninas, para calmar a Sergio. La mirada de Sergio recorría la mortificante distancia que existía entre el sofá en donde se reclinaba Daniela y la puerta cerrada de la biblióteca. No imaginaban que al cerrarse esa puerta tras de mi, sólo pasaba a ser para la vieja el hijo bastardo de su hermano, a quien, unicamente a solas los dos, se dignaba ordenarle despectivamente que le leyera los diarios.


Me obligaron de un modo tan sútil, que aún no acierto a comprender el nebuloso trasfondo de sus juegos. A ratos,unicamentelogro confundirme más. Supongo que también el desconcierto formaba parte del engranaje de sus confabulaciones. La verdad es que parece inverosímil aceptarlos siniestramente aliados, tras un excelente montaje de discrepancias y recelos mutuos. ¡Inverosímil! Sin embargo, todo en la casa despedía un inextinguible hedor a farsa, de la que ni siquiera escapaba la sempiterna circunspección del rostro de Ricardo. Ellos, ellos sobre todo, esforzándose en su papel de antagonistas irreconcilíables. De todos modos, no existe para mi alivio implicito en la idea de presentarmelos planeando conjuntamente los minutos a transcurrir en la casa, las soliviantadas disputas, las miradas oblicuas cargadas de odio. Preparar día a día el momento. Cada gesto, cada frase de ellos jamás recaían en lo superfluo; confluían hacia la finalidad trazada de antemano. Todo lo tramaron ambos. ¡Ambos! Y yo en la elástica esfera de su odio, de sus ambiciones. ¡No, pese a desear que fuera cierto! ¡No! Realmente se aborrecían, yo misma capté las lancinantes miradas de su recíproca abominación. ¡Oh, Dios! ¿Es que procuro pensar que no lo tramé sola, que no lo hice sola? ¡Oh, Dios! ¿Cómo imaginarlos amistados tras la sombra de tanta inquina? Veinte años de noches repensando lo que ya no puede reverterse, han debido volverme loca.


Sergio no respondió al enterarle del regreso de Julián. Seguramente habrá respingado en el asiento que solía ocupar la tía. Apartaría con rápido ademán el auricular de su barbilla, lo observaría dubitando si realmente escuchaba mi voz. Al momento de colgar, se habría convencido de que era yo, de que la vuelta de Julián era inevitable. "Julián retorna", necesito silabear esas palabras en alta voz y convencerme... ¿Convencerme de qué? ¡De nada! Nueva vez avisto un enrevesamiento en todas direcciones. ¡Dios, es cierto que Julián retorna! ¿Entonces, no pudo confabularse con Sergio? Es tan caotico todo, o sólo es mi mente que maquina confusamente las cosas, y baraja caprichosamente los recuerdos. Obviamente nunca se entendieron, ni siquiera existió entre ellos la probabilidad de amistarse. ¿Qué ganaba Julián con ello? Volver como regresa, andrajoso y viejo, vencido por el largo confinamiento que lo entrega al bordede una frustrante inutilidad. Encambio Sergio, ha paladeado todos estos años de burgués acomodado. Como ha debido reirse a carcajadas de la monotona memoria de la tía. ¡"Si me vieras"! Se habrá reclinado mil veces con gesto satisfecho en el sillón, lanzando despectivamente el humo del tabaco contra el retrato de la tía.¡"Si pudieras verme,vieja estúpida,sentado en tu sillón, ordenando estructurando, haciendo lo que me venga en ganas"!Sergio ha sido el cerebro.El único favorecido.
¡"Julián retorna"!, dicho de un modo planeadamentedespacio. Como si con esas palabras se cerrara un inmenso paréntesis que ha engullido veinte años. ¡"Julián retorna"!, y ella brotando al presente desde las sórdidas barríadas en las que asiló su confuso pavor de mujer arrepentida. En muchas ocasiones he intentado imaginarla existiendo en el decurso de estas décadas de tenso armisticio. Me la he figurado en roles tan excéntricos, como extremos: a veces como pordiosera o beoda desharrapada gastando media vida en cualquier esquina de suburbio; otras, de recatada señora a la salida de misa los domingos. Ni una cosa ni la otra. Daniela aún es la misma, sus frases me lo dejaron suponer de un modo irrebatible. ¡"Julián retorna"! Como si a mi se me olvidaran los veinte años, o no viviera con el sueño supeditado al nombre de Julián y al sobresalto. Retorna. La frase me lanza contra el brillo inquisitivo de los ojos de Daniela. "Algún día regresará", murmuró ella, sobandose la loción en el rostro, "será en vano todo, regresará tarde o temprano". Los tirantes de la bata rodaron un poco más de la mitad de los brazos. ¡"Entonces, lo mato"! Dije sin convicción, mirando la tersa espalda invitadora.


En absoluto he deseado confesarmelo, a ratos me encantaba la vieja. A ratos casi llego a quererla, y la muy astuta se lo olfateaba. En esas ocasiones no podía definir si refinaba sus artilugios, halagada por mi visible complacencia, o simplemente por el placer de verlos sufrir a ellos. Esto último es lo cierto. Le agradaba tan poco o menos que Daniela y Sergio. Contaba solamente a mi favor, que delante de ellos la vieja simulaba un afecto alimentado por el desagrado que a ellos provocaba. Me sobresaltaba deducir que acabarían conociendo el juego, y decidirían participar usando las mismas cartas: ignorando o fingiendo no importarle el cariño que la vieja fingía prodigarme. Sería, entonces, el más indicado para caer de patitas en la calle. ¡"Cuervos"!, tantas veces lo leí en su rostro, cuando hablaba sonriendo, "vienen a esperar mi muerte, disputándose, con sutilidad, y en mi presencia, mi agrado, pensando en testamentos".


¡Yo sola! Todos estos años procurando negarmelo.¡Sola, sin la ayuda de ellos! ¿Pero, acaso sus actitudes no me impelían a efectuarlo! Esa amordazada animadversión de ambos contra la tía. Los celos que se profesaban; el cruel resentimiento recíproco que los enfrentaba, y yo girando en torno a ellos. Zarandeada por la turbulencia de sus maquinaciones. ¡Ah, no, no! Sólo yo fui capaz de maquinar, y de tal modo, que me dejaba utilizar por ambos cuando se avenía a mis proyectos. ¡Sólo yo! ¿O ellos también? ¡Claro, ellos también! No los supongo tan imbéciles. Debieron tramar lo suyo, y actuar. Esas pegajosas noches mías de vueltas y revueltas en la cama, ellos la poseyeron. Soñaron, como yo, al borde del desvelo... Elaboraron sus planes, calibraron fríamente sus recursos, sus posibilidades. Ellos, como yo, programaron de antemano sus acciones y los gestos más superficiales. Aislados en nuestras habitaciones eramos nosotros sin afectaciones. Allí el telón había caído, y cada quien rumiaba su clase de odio contra la tía. ¡Sí, claro que sí, ellos también! Indubitablemente, ellos como yo, debieron revestirse con su hipocresía en cada amanecer. Soportarla a ella para lograr ser soportado ante los impasibles ojos de la tía. ¡Sí, los dos, tan descaradamente hipócritas como yo! Siempre actuando..; pero es lo que no quiero reconocer. Incapaces e irresolutos a la hora de ejecutar la escena culminante.


¡"Lo mato"! Conjeturo que el sabor de mis palabras se le ha sedimentado acremente en el alma, durante estos veinte años. Se habrá reído, quedándose con el auricular entre las manos, luego de que yo colgara abruptamente. Se habrá reído con sus viejas frases de dos décadas ¿"Eres bastante hombre para matarle"? Su cuerpo se había liberado por completo de la bata, y reposaba a mi vera de cara al cielo raso.


Molesta el embozado tono cáustico de su voz !"Julián retorna"!, y con él, el brumoso recuerdo de ella con su cuerpo semi metido en humaredas de cigarrillos; en estremecimientos de iras sin desahogos. ¡"Quieres que lo elimine! ¿De veras, lo quieres"? Mis manos planeaban sobre su vientre dejando un tenue rastro de caricias. "Motivos te sobran, Sergio. ¡Imagina que él descubriera que nos vemos"! Suben sin prisa bordeando los senos. "Sabes que no lo haría por esa razón, que tú posees otras causas para desear que lo elimine. Tal vez le has propuesto a él que haga otro tanto conmigo". Las manos se detienen crispadas, casi rozando los endurecidos pezones, se retiran. ¡"Eres como él! Ustedes son los que viven pensando en el testamento de la tía. ¡Te detesto tanto como a él! Él se ha creído que me alucina la idea de que la tía lo prefiera; y tú piensas que acudo a ti, persiguiendo allanar obstaculos para heredar a la tía. ¡Cerdos"!


La vieja tenía días en los cuales se le notaba inusualmente jovial. Al principio logró engañarnos a todos. No nos lució extraordinario que raramente tuviera su día agradable, y flexibilizara el agrio carácter uniforme que se empecinaba en mantener. En esas ocasiones, la vieja se permitía brindar una efimera sonrisa a Daniela y a Sergio, lo que acrecentaba el trato adulador que mis primosmostraban con ella. Luego aprendí que en días parecidos, la vieja se tornaba más peligrosa. Taímadamente elocubraba una de sus treta, su insana alegría era un rastro del irrefutable anunciamiento de estas. Sergio mal soportaba las repentinas ocurrencias de la vieja. Yo no podía menos, que refocilarme, viendo su rictus de amargura, la irrefrenable cólera que descubría en sus ojos chispeantes. ¿"Cómo no lo intuye? Cómo puede ser tan idiota para no percatarse de que todo es un simple juego"? La vieja, disfrutando mezquinamente el obvio desagrado de Sergio, empezó a mostrarse más afable y obsequiosa conmigo. Tanto Sergio, como Daniela, interpretaban mis sonrisas como la satisfacción que sentía por el trato que me deparaba la vieja. La verdad era que sólo sonreía por disfrutar el visible malestar que causaba en ellos la aparente predilección de que la vieja me hacía objeto. Me hice complice por seguir y callar lo que trasuntaba la vieja, a la vez que conscientemente aumentaba la animosidad de Sergio contra mi. Ya no sabía ni podía odiarme más, la noche en que la vieja anunció solemnemente que me nombraría administrador de la fábrica.

¡Unicamente yo! No Sergio ni Julián. Ellos..., torpes monigotes, sólo sabían odiar sin trascender su odio. Detestar de una manera pasiva, y casi hermanada al masoquismo. Detestar por sufrir. La tía debió comprenderlo, y revivir en ellos la irresolución de nuestros padres. Triunfó aquella vez, demasiado ducha en artificios exhasperantes, y triunfó. Se quedó sola dirigiendo la fábrica, hasta que surgimos nosotros, dispuestos a reanudar la enconada lucha, con la abisal desventaja de que sólo representabamos un desabrido papel de herederos directos. Nos manipuló, tal como lo hiciera con sus hermanos menores. La odiamos. Una inquina congénita. Un ardor proveniente de remotos rencores, desde viejas dísputas y frustraciones. La tía no se inmutaba. No fingía su inalterabilidad. Conocía desde antes, que nuestro resquemor no pasaba de constituírse en una inofensiva inconformidad ancestral. ¡Dios, pero se equivocó! ¿Cómo pudo equivocarse conmigo?


¡Se equivocó, y lo hice! ¿Estaría tan ida que lo realicé? ¿Y sola, yo sola? Sola, con mi amargura, con mis incóncebibles indecisiones que llegaban al extremo de dubitar si mis sentimientos pertenecía a Julián o a Sergio. No los amé realmente. ¡No, no los amé! A veces es fácil creer que sí; pero unicamente me sentí atraída por la silente repulsión que sentían por la tía. Cada uno la detestaba a su manera, y cada uno me enredó en la intensidad de ese odio; pero no, no hubo amor. El dual desengaño devino, cuando advertí que toda la adversión de ambos era hueca. Comencé a despreciarlos, porque reicidían en la debilidad inocua de nuestros padres. Quizás, entonces, fue cuando me propuse ejecutarlo yo. Elaboré mis planes. ¡Dios mío,pero cómo pude! ¡Cómo he podido atravesar por estos veinte años saltando de una pesadilla a otra! Ricardo, el impasible y circunspecto Ricardo, es quien acude a mis sueños con la confirmación: ¡"Usted, señorita", los sueños le proporcionan una implacable voz de sobresaltos, "usted lo realizó y está pagando otro"!


¡"Julián retorna"! No más palabras estériles. Un silencio de veinte años es certeramente suficiente para liquídarlas; para abrir puertas al pensamiento, al miedo. Porque habrá conjeturado que he vivido estos años arrimado a un enfermizo temor acrecentado por los días. Es probable que la regocije la idea de imaginarme atado al terror pusilánime que me causa el regreso de Julián;es probable que esa idea la rejuvenezca. Un rejuvenecimiento de facciones inflexibles, implacables, y por eso su voz se mancha de una insana alegría: ¡"Julián retorna"! Cada día que maldije porque pasaba, habrá sido una sonrisa suya. Una inhumana sonrisa que arrastra conmigo el hedor de sus anteriores urdimientos. ¡Ah, obviamente sabe, que más que nunca existen motivos para desear una ausencia definitiva de Julián! Sabe que ahora, ni siquiera tendría que molestarme en hacerlo yo. Y punto final a veinte años de sustos anticipados. Punto y acabamos con dos décadas de interrogarme sobre lo que haría, cuando Julián reapareciera con su tufo de veinte años momificado entre sus huesos. Porque siempre supe que Julián volvería, eso es irreversible, ella misma lo dijo, y yo lo he sufrido día a día, sin permitirme disfrutar la posición, la fortuna que tanto ambicioné. ¡"Julián vuelve"!,y ella calla con un silencio más siniestro y contundente que sus frases. "Ahora lo harás; ahora tendrás que hacerlo", habrá pensado, "Antes no. Antes poco te importó que le entregara a él el cuerpo que de amor vivió en tus noches". Lo habrá pensado, y degusta el desenlace con un rancio sabor de años urdiendo la revancha. ¡"Lo harás, porque él regresa con el odio suficiente para matarte"!


Esa noche ocurrió. La noche que la vieja comentó que me nombraría administrador de la fábrica. Puedo inferir que Sergio agotó su paciencia,y la noche fue propicia. Impensadamente, la vieja facilitó la ejecución de los planes de Sergio,retirándose inusualmente temprano a sus habitaciones. Aguardaba los convenidos toques a mi puerta.Daniela no faltaría, no debía faltar esa noche. Sergio ya actuaba en esos instantes,o quizás discutía con Daniela los últimos pormenores. ¡Y yo esperándola! Es innegable que Daniela se alió con Sergio. Sólo ella pudo suministrarle los gemelos que la vieja empuñaba rígidamente. ¡Veinte años, Sergio, veinte años muy estupidamente planificados! Unicamente el obeso capitán idiota de la polícia, no pudo entrever que todo estaba díspuesto de antemano. Un burdo montaje de película barata: las cortinas desgarradas, el velador removido, un libro que presumiblemente leía la vieja, tirado en la alfombra entre los restos de un jarrón hecho añícos.Sobre la cama de cobertores revueltos,la vieja.La vieja atravesada en la cama con la cabeza casi rozando la alfombra. Los ojos abiertos al silencio, a la oscuridad. ¡Y yo creyendo que Daniela tocaría a mi puerta. Quizás Ricardo,a esa hora les murmuraba,"No se dejen quitar lo de ustedes,él es sólo un advenedizo,el hijo del hermanastro de la señora". Un cigarrillo más. Daniela no llegaba. Nunca llegó. Su voz histérica bajaba las escaleras y me sobresaltó. Estaba consumado.


Que cada quien piense lo que le de la gana sobre el otro, me tiene sin cuidado, porque todo esto cuadraba en los planes de la señora. Fomentar entre los tres un recíproco recelo creciente. Inyectar entre ellos mismos el odio que trajeron al llegar. Que se ahogaran en la misma predisposición que traían contra la señora, por juzgar que ella despojó a sus padres, los de ellos, de los bienes que les pertenecían. Como aves de rapiña llegaron para reclamar silenciosamente lo que creían que les pertenecía por derecho. Llegaron uno tras del otro, casi eligiendo el momento, con sus simuladas sonrisas y el besito de afectación a las mejillas de la señora. En el momento adecuado aparecían, "Soy el hijo de"..., y la señora sintiendo que la vida se va en el dolor que disimula, y ellos fingiendo no enterarse, fingiendo no darse cuenta que el cáncer la consume. Confiaba plenamente en la señora. Sabía que, como en aquella ocasión, no perdería la lucha, y no perdió. Los confundió, y todo ha ocurrido como lo planeó, ningún detalle he visto incumplido. Sergio logró sus deseos de administrar la fábrica; pero fue quien cargó con la peor parte. Daniela acabó enloqueciendo por los remordimientos, creyendo que ella fue quien mató a la señora, mientras Julián pagaba por el asesinato; pero Sergio envejeció de golpe, temiendo el día en que Julián saliera en libertad. Hoy lo supe, en los ojos del señor he visto un terror de veinte años, cuando le extendí el auricular diciéndole "Para usted, señor", y una voz acostumbrada a las divagaciones desde hará veinte años, gritó desde el otro lado del hilo telefónico ¡"Julián retorna"!, para que se cumpliera todo lo ideado por mi señora.



La Gorra

La Gorra/Otto Oscar Milanese

Del Libro Inédito "Sobre Sueños Y Escrúpulos".


A Ruth A. Behal.

Cuando abordó el trén F, en dirección a Coney Island, en la estación Jay Street de Brooklyn, Camilo Duval era un hombre felíz. Seís estaciones mas allá, en un viejo edificio de apartamentos de Park Slope, le aguardaba Janely, oliendo la primavera en un marzo de retirada, y propinando escobazos de un extremo a otro del apartamento. El mediodía era claro y fresco, Camilo Duval, entrando al vagón,pensaba que su hija Lonely aún no habría llegado de la escuela, cuando él arribara a su hogar, y el olor de la carne guisándose le distendiera las aletas nasales. Era un hombre felíz hasta que vio la gorra. Estaba tirada como al descuido , frente a la última puerta del vagón, y su primer impulso al verla, fue de agacharse y recogerla; pero las miradas de los pasajeros lo obligaron a desistir. "Total, que esta gente ni siquiera me ha mirado", pensó, sentándose en un asiento, de frente a la gorra. Sólo ha sido la presencia de estas personas,la que me ha impresionado para que no coja la gorra". Reflexionó Camilo Duval, y sus pensamientos volaron al pequeño closet a un lado de la pared del pasillo que daba a la puerta de entrada de su hogar. "Debo pararme y tomar esa gorra". En el closet, en una repisa estaban las gorras, pulcras, impecables. Le gustaba mirarlas y recordar el día en que las obtuvo, donde y cuando las compró, o la ocasión en la que se la regalaron. Ahora el tren marchaba a buen rítmo entre Jay y Bergen Street, y el pensaba que al llegar a Bergen, alguien entraría y tomaría la gorra. "Mejor",se dijo en un murmullo, sin despegar la mirada de la gorra tirada en el piso del vagón. "Mejor así, y se acabará mi preocupación. ¡Total, que mirándola bien, es una gorra de poco valor". Sin Embargo, Camilo Duval no despegaba los ojos, como hipnotizado, de la gorra. El tren entraba a Bergen Street, y sintió una inquietud extraña. Era zozobra. En el fondo no deseaba que nadie se llevara la gorra, pero tampoco se atrevía a realizar un esfuerzo, desenténderse de los demás pasajeros,y tener el animo suficiente de pararse y recoger la gorra. Concentró su atención en el andén, por el cristal de la puerta notó que a esa hora,pleno mediodía, pocos pasajeros aguardaban en Bergen. Se regocijó,calculando que las probabilidades de que nadie recogiera la gorra, crecían. "Quizás nadie entra a este vagón en Bergen", pensó, al tiempo que el corazón se le agitaba, porque un señor que leía ensimismado un ejemplar del New York Times, al levantarse y detenerse frente a la puerta, cuando aún el tren no se detenía, había quedado con la puntera de un zapato frente a la gorra. La sangre se le heló. "Si quiero esa gorra", se dijo a si mismo, "tengo que pararme ahora, y recogerla de delante de los pies de ese hombre". El pasajero continuaba leyendo de frente a la puerta, esperando que el tren se detuviera para salir. Para salir, y a lo peor arrastrar la gorra con uno de sus zapatos, fuera del tren. Camilo Duval contuvo la respiración. El tren se detuvo, y cuando las puertas se abrieron, el hombre se tiró hacia la plataforma; uno de sus zapatos pasó levemente por encima de la gorra, casi rozándola. Camilo Duval dejó salir el suspiro. Nadie entró al vagón. Las puertas se cerraron, y la gorra continuaba en el piso.


El tren F comenzó a rodar rumbo a Carrol Street. La gorra seguía boca arriba. Camilo Duval observó que por su posición, era imposible ver el logo que tendría al frente. Comenzó a interesarse más por ella, cuando, reparó que la gorra era de un color mostaza muy parecido al ligero jacket de jeans que ese día llevaba. "Tengo que tomarla", se animó a si mismo,y comenzó a estudiar el número de pasajeros y la actitud de estos. Sólo eran siete, diseminados por todo el vagón, y parecían absortos, lejanos. Los más cercanos a la gorra eran, además de él, una señora,sentada en uno de los asientos que daba la espalda a la puerta,a la gorra, esta,ni siquiera tendría ocasión de ver, si es que se decidía recogerla,y una joven, sentada a dos asientos más allá de él; esta, si podría ver perfectamente toda la maniobra que realizara para tomarla. Los restantes cuatro pasajeros estaban muy distantes. El tren F ya entraba a Carrol Street, otra vez la sensación de perder algo que no era de él; pero que bastaba con realizar un pequeño esfuerzo para que le perteneciera ,lo abrumó. A través del cristal de la puerta, también se percató de que a esa hora, Carrol Street lucía bastante solitaria. Las posibilidades de que nadie entrara al vagón, tal y como aconteciera en Bergen Street aumentaban, pero la buena suerte se agotaba, porque las próximas estaciones, Smith Nine Street y Fourth Avenue,habitualmente lucían con un buen número de pasajeros esperando trenes,sobre todo,Fourth Avenue era clave, ya que allí, muchos usuarios del subway tomaban o abandonaban el tren, al realizar la transferencia desde los trenes M, N, y R. Tenía poco tiempo para decidirse, si realmente deseaba la gorra. Además, él se bajaba en la estación 15, y allí, el tren abría las puertas contrarias a donde estaba la gorra. No tenía la posibilidad de recogerla al bajarse del tren, fingiendo que se le había caído. ¡"Eso es"! Pensó Camilo Duval, ¡"Como no se me ocurrió antes! Debo bajarme aquí en Smith Nine Street, y al salir, hacer como que la gorra se me ha caído y tomarla". El asunto estaba resuelto, se salía tres estaciones antes de su destino, y recogía la gorra saliéndo del vagón. Continuó mirándola, cuando ya el tren se detenía, y se daba cuenta de que nadie iba a entrar ni a salir del vagón. Si decidía tomarla,debía levantarse ahora; pero continuaba sentado. "Es una gorra usada", pensó, "si me salgo, perderé diez o quince minutos esperando el próximo tren".


El tren dejaba atrás la estación de Smith Nine Street. Camilo Duval estaba consciente de que su última oportunidad, para simular que la gorra se le había caído, y tomarla rápidamente al salir del tren, era Fourth Avenue, ya que esta, era la última estación en donde el tren abría sus puertas del lado que estaba la gorra, antes de que él llegara a su destino.

Ahora,que el tren había salido al elevado,podía apreciar mejor el color de la gorra. Entre Smith Nine Street y Fourth Avenue, conjeturaba que la gorra se le había caído a alguien que andaba tan de prisa que no se percató de que se le caía, o no quiso tomarse la molestía de detenerse a recogerla. "Quizás", pensó, cuando los primeros vagones del tren F llegaban a Fourth Avenue, "alguien la arrojó por inservible. Ahora que lo pienso, no he podido verle la visera, debe estar rota". El tren se detenía en Fourth Avenue,abría sus puertas. De repente, un pasajero que entraba miró la gorra, y se detuvo, paecía que la iba a tomar. Camilo Duval se levantó apresuradamente, en el justo instante que el recién llegado decidía sentarse sin tomar la gorra. Los pasajeros denotaron extrañeza por los bruscos movimientos de Camilo Duval. Turbado, en un principio sin saber que hacer, reaccionó como quien está perdido, y le preguntó al pasajero que recién abordara el tren: ¿"La estación 15 no está muy lejos"? En ese momento maldijo la gorra que continuaba en el suelo. Estupidamente preguntaba por la estación que durante los
últimos diez años había sido su destino final. "No", le contestó el hombre, notando que Camilo Duval no despegaba los ojos de la gorra, "Sólo dos estaciones mas".


Dejando atrás a Fourth Avenue, comenzó a convencerse de que la gorra no valía la pena. "En el fondo",pensó Camilo Duval, "lo que busco es una excusa para quedar bien conmigo mismo". Recordó las innumerables gorras, de todos los colores y estilos que tenía en el closet, y sintió que se conformaba con la idea de dejar ahí tirada la gorra mostaza, que tarde o temprano alguien recogería. "Si Janely estuviera aquí", pensó, "ya habría tomado la gorra sin tantos miramientos". Convino calladamente en no contarle nada a Janely. Acabaría burlándose ella, ¿"Acaso dejarías de ser tú, si te inclinaras a recoger un objeto que está en el suelo"? Casi siente que lo muerde la mordacidad implacable de Janely. No. Mejor no se lo cuenta, y además, está completamente convencido de que la gorra es insígnificante. Posée montones de gorras como esas, en ese estilo... El tren F arrivaba a Seven Avenue.


Debía apearse en la próxima estación. Y la gorra continuaba milagrosamente en el mismo lugar. Parecía en buen estado, y su pulcritud era patente; pero nadie la había recogido. Sólo Camilo Duval, parecía atento a la gorra. La muchacha que estaba sentada dos asientos más allá, de vez en cuando le lanzaba despreocupadas miradas,y eso era todo. Sólo él se mantenía ofuscado. Decidió no mirarla más. Faltaban apenas un par de minutos para que el tren F alcanzara Prospect Park West, así que, agarrándose fuertemente de la manija,resolvió olvidarse de la gorra.Cuando se tiró al andén sintió que volvía a ser el mismo.Janely y el calor del apartamento le aguardaban a sólo cinco minutos de distancia. Despreocupadamente Silbó una canción en boga, cuando comenzó a ascender la escalera que lo llevaría a la calle. A su lado pasó rapidamente la muchacha que había sido su ocasional compañera de viaje,subía los peldaños de dos en dos, y llevaba entre sus manos la gorra mostaza. Camilo Duval se detuvo bruscamente, ¡"Qué estúpido fui"!, dijo, cuando le faltaban un par de escalones para alcanzar la calle, ¡"Debí haberla recogido"!.

Las Dos Caras De Loretta

Las Dos Caras De Loretta/Otto Oscar Milanese

Del Libro Inédito "Sobre Sueños Y Escrúpulos".


Brooklyn, New York, 1986.


Inocencia nada más aguarda pisar el reencontrado frescor de cada mañana para abalanzarse sobre el teléfono. De lunes a lunes transforma en guarida el mullido sofá del recibidor. Anocheciendo, la faena muestra la resaca de una iterativa batalla: Restos de hamburguesas, de pizzas, de lasagnas; tazones con el fondo manchado de café. Residuos de agotamientos cotidianos en la maquillada cara; fuerte olor penetrante de cenicero atiborrado de colillas.


_¡Sí, sí, querida, luce bellísima! ¡Ay, mi amor, si la vieras, Lucrecia, si la vieras! ¡Se ve tan atractiva que parece una modelo!


En el baño, rasurándose frente al espejo, Oscar murmura:
_Ha enloquecido de un día para otro. ¡Es tan imbécil que piensa que la otra cree todo lo que le refiere de Loretta!


_¡Sí, sí, está hecha toda una bendición a sus quince años!


Oirla es simple y cotidiano, como almorzar o ducharse. La emoción de la voz; el ritual de las reacciones. Ahora estará trepando una pierna sobre la otra, su tono de voz que se eleva y se emociona se lo afirma. Oirla es sencillo y rutinario como rasurarse a la salida del sol.


_¡Si la vieras, Lucrecia, si la vieras!


Las atropelladas frases ahogando el inicio de las siguientes, cada exclamación más enfatizada.


_¡Baja la voz, ensordecerás a esa pobre mujer!_ Pelea el grito contra los muros del baño.Contraído el rostro masculino; sostiene el rasurador en alto, piensa "Si esa mujer pudiera verla, nada más vería a una negligente hermosura".


Los días pesan, gravitan. No la mira y ve sus dilatados ojos de sorpresa, de un estupor ingenuo y ahuecado. Rapidamente sus frases disiparán el silencio que en vaharadas ha llegado desde el otro lado. Un "¿Aún estás ahí?", o un avergonzado "Oyeme" será la antesala de la consabida explicación.


_¿Oiste los gritos? Todo le molesta, mi vida. Creo que le irrita pensar que envejece.


Luego de tanto detenerse frente a luces rojas, y concluir cansinamente las tardes detrás de un miserable escritorio; luego de rescatar las últimas cartas de mamá del olvido, y de haber ordenado un recorte en la mensualidad que le envía por correos, sólo resta una pobre vida avinagrada. "Loretta enfermó, mamá, usted se imagina, todo acaba convirtiéndose en gastos"... Y la promesa, nunca falta la promesa, de que después le remitirá algo más. Sólo se le ocurre preguntar por el reuma, o se interesa por saber como soporta la ceguera el viejo Bobby, si necesita un poco mas de plata para que lo lleve al veterinario. Y mamá habla y habla y no deja hablar. A lo peor por eso apenas le pregunta por las mismas cosas. Mamá no le concede tiempo para que se le ocurran otras preguntas. Mamá habla y habla, y peor se pone cuando le da por revistar los últimos decesos acaecidos en el pueblo. "Sí, ya lo sabía, mamá, a Inocencia la encamó la noticia de la muerte de don Viriato"... Y luego el abismo, el vacío rutinario de alentar. Grises callejones sordidos, y un cansancio indomable aferrado al volante. Hora de recogerla frente al colegio, y de "¿Que tal, hoy?" A veces le responde con un desdeñoso "Así, así" o con un desabrido comentario: "Nos cambiaron a la profesora de Química, papi, y yo me alegro", comienza a animarse el fresco rostro con una impúdica sonrisa, "la verdad que me aburría más que esos prógramas que usted mira en la TV. Nos dijeron que se mudó para otra ciudad y le aceptaron la transferencia... ¡La verdad es que la suspendieron por maricona!" Frena justamente delante del semaforo, y la recriminación le sube acida a la boca "¡Loretta!"


Las manos cada vez más diestras anudando corbatas. Innumerables días de úlceras exigiendo la reglamentación de una dieta; y las escasas oportunidadesde abandonarse a las horas entre amigos,a las charlas de nostalgias que desamarran agridulces sonrisas; a los tragos, y a las sigilosas llegadas a deshoras...


Oscar moldea una mueca, piensa: "¡Cuando se va de la lengua es indetenible, insoportable!"


_Hablemos de Loretta._Vibra enfaticamente el acento de Inocencia. Te digo que observando las fotografías del último aniversario de mi sobrina Andrea, reparé una vez mas en esa exhuberante juventud de mi hija. ¡Resaltaba entre todas las del grupo! Ya te mostraré los retratos, tú misma apreciarás lo bella que luce. ¡Ah, no vayas a pensar que estoy mordida por el orgullo materno! ¡De veras, se ve lindísima!


_¡Un maniquie!_Murmura Oscar, embadurnándose con crema de afeitar la mejilla derecha._Un maniquie, doña Lucrecia, eso es lo que tenemos, bello y vacío._La mano arrastra el rasurador por debajo del maxilar. Ve caer la pelambrera en la que ya abunda el color blanco. Los ojos aún brillan recogiendo aletazos reminescentes, rehaciendo miserablemente pedazos de vida. "¿Para qué?" Se pregunta. ¿"Para qué martirizarse oyendo la aflautada voz de Inocencia pegada al auricular?"


_¿Qué si me siento orgullosa?_La voz atiplada._¡Pero claro que sí, mi amor! ¡Loretta es ejemplar! ¡Unicamente me brinda satisfacciones, querida, satisfacciones!


_¡Coooño!_El exabrupto le sube a la boca el sabor de su estomago. Detiene la navaja a mitad del maxilar, se frota la piel afeitada._ Dolores de cabeza, doña Lucrecia, jaquecas...


Las paredes se estremecen. Estás en casa musicalizando estruendosamente aburrimientos que te asaltan repentinamente. Llegan porque tienen que llegar... Porque se presentó una llovizna sin pre-avisos y sentiste un hueco desalentador en donde habías dispuesto alegremente los planes para el día. Y ya no sonó más el teléfono. Calló de golpe con la presencia de apáticas horas de lluvia. Blue jeans y blusa ligera anudada por encima del ombligo... Y un andar inmotivado por las habitaciones. Escasos recuerdos para ordenar. Cuando es tersa la piel a la vida no la convencen las memorias. Es un hoy continuo de segundos nuevos. Aún te gana la manía de recambiarte a diario el esmalte de las uñas; o retirar apresuradamente la pestilente evidencia de los cigarrillos consumidos nerviosamente, cuando lo sientes estacionar el automovil en el garage. "¿Es papi, mamá?" Tus manos vuelan, no aguardan respuestas, bajan el volume de la radio, limpian el sofá; rescatan medias, aspargatas y panties de la alfombra.


_¿Qué si me quiere?_Grita Inocencia._¡Ay, mi cielo, quererme es poco_,mueve la pierna encaramada, expele una fumarada ansiosa, y el énfasis tiembla en sus labios_, me adora, Lorertta me adora, y nos llevamos de maravilla!


_¡Coooño!_Grita más fuerte Oscar, llevándose una mano al mentón y retirándola manchada de sangre.


Inocencia respinga, ofrece una excusa apresurada, y tapa el auricular con la palma de la mano_.Moderate, cariño, moderate. ¿Qué pensará doña Lucrecia?_Respira profundamente, realiza un apesadumbrado movimiento de cabeza_.¿Lo escuchaste, verdad? Últimamente le fascina proferir palabrotas. Las influencias, querida, las influencias, desde que le ha dado por mirar la lucha libre su lenguaje es insoportable.


Por las mañanas, frente a los restos del desayuno, la espera impacientemente, mientras Inocencia retira los platos.


_Debe estar mirándose al espejo por enesima vez_, la voz irónica,_autoaprobando su encantadora apariencia.


Inocencia lo envuelve en el reproche de una mirada._Es la edad, cariño._Aclara, y opta por callarse; apura el último sorbo de café, mira de soslayo a su marido y apostrofa:_¡Deberías entenderlo!


_¿Entender qué?_Mira a su mujer restregarse con satisfacción el borde de una servilleta por los labios._Para asistir a clases no hay que vestirse como una vedette.


Ahora, mientras se afeita, casi goza escuchándola y piensa: "¡Cuanto debe estar disfrutando Lucrecia al otro lado!"


_¡No, no, no, si ya te lo he dicho! Refunfuña por todo. Nada le agrada. No acepta que se está quedando viejo. Bueno, sí, detesto verlo envejecer de esa manera. Lo peor es que vive reconvíniendo constantemente a la pobre Loretta.


_¡Ah, querida,_sonríe Oscar,_quien te oye!


Repetidos enojos plasmados sobre la fresca sonrisa matinal, que rutinariamente Inocencia pesca en el rostro de su marido, y grita:_¡Apurate Loretitta, tu padre llegara retrasado a la oficina.


Procura sonreir y se paladea un rastrojo de alma en la boca. Un desengañado sabor a inutilidades, a estabilizada existencia de burgués atrapado por el flujo de los compromisos que le ofrece la cotidianidad. "Es irremediable la demora,piensa y enciende un cigarrillo abulicamente. Podría dejar que Loretta tomara el autobús; pero sus pensamientos no le dejarían en paz durante todo el día. Dejarla a la puerta del colegio se había convertido en un hábito; él prefería encasillarlo como un deber, un compromiso."La vida es eso", desata sus pensamientos con la primera bocanada de humo espeso, "una costumbre, un deber, un compromiso". No imagina un momento de existencia sin obligaciones. "El hombre respira y actúa porque lo mueve un objetivo, importante o fútil; ridículo o errado; pero urge de compromisos morales, de obligaciones sociales, para continuar luchando. Un hombre sin compromisos, es la más ínfima negación de si mismo".


_¡Sí,sí! Aprobó el curso con excelentes calificaciones. Echa cerrojos a la puerta de su habitación, y estudia hasta muy pasada la media noche. ¡Que felicidad, Lucrecia, que felicidad! Tener que reñirle porque estudia excesivamente!

_¡Que ganas de engañarte, vieja! Nuestra preciosidad no asistió a la clase de Biología en todo el semestre. Apenas sobrepasó la puntuación mínima para aprobar Literatura, y necesitó tomar éxamenes completivos de Química y de Geometría.


Se desembaraza de los cálidos brazos, y retuerce el cigarrillo en el cenicero. La mira fijamente y piensa "¿Hacia que se sentirá comprometida ella?" Continúa mirándola sin dejar traslucir lo que discurre por su mente. "Hacia nada". Se responde a si mismo. "Esta generación es enemiga de los compromisos, a no ser que estos acaben en la cama". Ella le repite con su vocesita empalagosa que ya pueden partir.


-¿Qué, qué has dicho?_Inquiere, y murmura uno de sus pensamientos, ella lo alcanza a oir fraccionadamente.


_Que podemos irnos, papi; ¿pero que estaba diciendo usted?


_No, nada_, y sonríe_, vamonos ya, yo no he dicho nada importante._ Y piensa que ella no lo entendería. No lo entendería y se alegraría. Sería dichosa por no comprenderlo, porque el concepto de felicidad de la época es simplificado por una bulliciosa juventud a la inapetencia, a la ignorancia. Cuanto menos se piense en temas escabrosos, más próximos a la felicidad se presienten. "Pensar es un verbo maldito para ellos", piensa Oscar, resignándose a encender el motor del coche, y recorrer el trayecto de la casa al colegio, como en miles de días que ahora se suman grotescamente y le parecen uno. Sabe de su-el de ella-silencio ligero, suave, como si no existiera, porque son demasiado perceptibles las palabras que pronunciará:


_Quiero ir al baile del sábado, papi.


Él se pregunta cuando no lo ha querido, y le responde:_No es bueno que asistas a todos los bailes.


Cae un molesto silencio que prepara la batalla que se avecina. Él ya conoce esos rejuegos, y le aburren._¡Vamos, papi, necesito dinero para el sábado!


_¡Novios! ¿Has dicho novios, Lucrecia? ¡Ay no, no mi vida!_Le infiere un decidido tono apasionado a la voz. Mueve la pierna encaramada con mayor celeridad._Te digo que sólo piensa en los estudios, ella misma me lo ha dicho: "Luego será tiempo de pensar en novios, mami". Bueno sí, eso sí, acepta dos o tres invitaciones de chicos que la invitan a cenar o a ir al cine, o a bailar... ¿Dígame usted, doña Lucrecia, a cual chica de su edad no le gusta bailar?


_¡Como se reirá doña Lucrecia de la ingenuidad de mi mujer._Murmura Oscar, levantando el mentón frente al espejo._Ella misma ha disfrutado informándome: "La hija de usted anda muy bien acompañada de un tipo que viene a recogerla a la vuelta de la esquina en un convertible azul".


Le dirá que no, y ella mostrará el pucherito de disgusto, el fruncido ceño denotando tenáz persisitencia._Pero papi, quiero ir.


Días para andar por la casa abulicamente circunspecta. A ratos, de modo brusco, un aluvión de conocidas promesas "Ordenaré mi habitación, papi... Estudiaré más...; pero por favor, papi... Mira que ya no volveré a otra fiesta durante meses. Papi, por favor...Soportar durante horas sus continuas transformaciones emocionales.Ese llanto que se le adivina en la gris desesperación de la mirada;ese odio latente en sus ojos que le rehuyen;ese tardío simulacro de afecto desbordante,mientras Inocencia le amonesta implacablemente "¿Te complace verla sufrir, verdad?"


_¡Lo adora, Lucrecia, ella lo adora! Él se encierra en si mismo, y no le otorga oportunidad para que ella le entregue su cariño.

_Desearía verme muerto, Lucrecia. ¡Muerto!_Casi grita Oscar, dejando de pasarse la navaja por la barbilla.


_¡Así mismo es! Para él ella es lo peor. Cada amigo es un novio... Sus amigos no valen nada para él.


Segundos. Minutos de pereza acumulada en el sofá. A veces la reticencia contestando las aseveraciones de él; la cursilería de ella, o los eternizados encierros en el baño, o en su aposento. Pensamientos fugaces, lampiñas caras adolescentes; retazos de conversaciones entreverándose, anudándose para luego ceder ante otros, restallantes, secos ya de pasado, de amor y de realidad. "Anoche a la salidad del cine no me lo guardé más, y se lo dije". Planes para veranear, o intimidades traicionadas por la ex mejor amiga. Momentos inviolables abofetean los ojos, arrancan latigazos de vida fosforecente. "Se lo dijiste por temor a que tu padre se enterara". Falsamente sumisa y voluble para obtener permisos, sino, optar por el teatro, por la mentira, y como último recurso por las subrepticias escapadas. "¡No seas pendeja, chica, sabes que siempre ando con quien se me antoja! Lo que pasa es que dejó de gustarme y se lo dije".


_¡Insoportable, Lucrecia, insoportable! Si no fuera por Loretta, ya le habría exigido el divorcio.


Ocasionalmente se lo descubre en los ojos abotargados, enrojecidos. Inocencia lo niega fervientemente "Siempre piensa lo peor de tu hija", le enrostra con acritud. "¿Y las largas permanencias en el baño?" Pregunta él. "Él dinero se le esfuma en nada", expone él. "Y esa inquietud, ese mal humor cuando no puede salir de casa", observa él."¡Y esas picaduras de hierbas en sus carteras, en sus bolsillos!" Exclama él. "¡Eres una porquería de padre!", solloza Inocencia.


El sábado es un día estúpido. Primera fecha de reposo, luego de la aburrida semana fatigosa de colegio. Cuando una se tira de la cama, ya tiene al sábado en su bochornosa mitad de horas caliginosas, densas, asfixiantes. Raramente consigo hacer lo que me propongo los sábados. Los viernes por la noche lo pienso. ¡Perfecto! Me sobra animo, disposición, ganas; pero al levantarme, arrastró conmigo la pereza que entibió mis mantas, y no existe mas animo que el de tomar soporiferamente el almuerzo en compañía de mis padres, ni mas disposición que la de asentir apaticamente a todo lo que propongan u ordenen; ni mas ganas que la de sentarme en un mecedor a escuchar música, y dejar discurrir entre bostezos el monotono resto del día. ¡No tiene modo, el sábado es un día estúpido! Algunos suelen mejorar, cuando papi decide salir, entonces, a pesar de las reconvenciones de mami, escucho la música en tono alto y fumo libremente, hasta sentir que papi estaciona el automovil en la cochera.


_Se desvive procurando ayudarme: "Mami, ya no afanes tanto", me dice, y me quita entre soreída y enfadada los oficios. Su recámara da gusto verla, Lucrecia, no recuerdo la vez que haya tenido que recordarle que la mantenga ordenada.


_¡Claro, vieja,_murmura Oscar en el baño_para qué molestarte en recordarselo, si sabes que no te prestaría atención!


Meses de espalda a la realidad. Evadiéndola como se eludiría el mal sabor a sobresaltos de una pesadilla, virando el cuerpo desmazaladamente en la cama... Meses a contra desencantos momentaneos que arriban inesperadamente. ¡No! ¡Mejor no pensarlo! Se aturde inmersa en sus obligaciones de ama de casa. ¡Mejor no imaginarlo! Ella le ha referido que no anda de novia con nadie. Lee revistas de modas femeninas con absoluta desgana. ¡Y le crée! ¡Claro que le otorga credibilidad a las convincentes frases de ella! Mira la TV tirada indolentemente en el sofá. ¡Es Oscar! ¡Eso es, es él! ¿Acaso no lo conoce muy bien? Él, tan aficionado a pensar lo que se le venga en ganas y creerlo y pretender que le crean. Claro que lo conoce muy bien, desde que eran novios ya daba por verosímil lo que solamente existía en sus pensamientos; y recuerda los celos, las dísputas, los períodos en que no se hablaban, hasta que el comprendía que todo sólo era imaginación. ¡Eso es, es él! Él, que ya le ha dicho: "No lo parirá aquí, tendrá que largarse con ese tipo del convertible azul".


_¿Eso te han contado?_Pierde subitamente el control, aprieta los dientes, habla con rostro enrojecido por la cólera._¡La envidia, Lucrecia, la envidia!


_¿Habrá perdido el juicio?_Se pregunta Oscar, dejando suspendida la navaja de afeitar, y sacudiendo la cabeza con pesadumbre.


Lo peor de los sábados es cuando a papi se le ocurre visitar el Centro Español. Siglos, sentada a la vera de vejetes que en vano rebuscan el recuerdo de una sonrisa, para esbozarla rememorando días que les conocieron las voces firmes y los rostros atezados. Papi se refocila observando el malestar que me causan esos monotonos instantes sociales. Rara vez la plática emigrará del pasado a centrarse en los nada emocionantes negocios en los que siempre andan sumergidos. El único respiro es la piscina, y lo aprovecho. Además, es una sádica manera de vengarme. Una asqueante y compasiva sensación hormiguea por toda mi piel, cuando me acompañan sus lujuriosas miradas escrutadoras hasta el borde de la piscina,"¡Cómo ha crecido Loretitta, Oscar!" Gozo el impotente sufrimiento que dejan entrever sus miradas. Los ayudo a desempolvar sueños, ilusiones incapaces de sostenerse ya por si mismas; ramalazos iracundos de vida que se enterró junto al momento que armonizó con ella.


_Es sincera. Es demasiado honesta. Me lo cuenta todo, soy su mejor amiga.


_Eres quien menos la conoce, Inocencia._Una delgada sonrisa triste aflora en los labios de Oscar._La última en conocer sus deslices, en aceptarlos.


No se veía más con el tipo del convertible azul. El teléfono de su alcoba sonaba a horas inusuales. Comenzó a abandonar horas de clases en el colegio. Inocencia objetaba que se quedaba en la cafetería con sus compañeras. A él no lo engañaba, o él no deseaba engañarse. Esa actitud acrecentaba los recelos. "¡Acabarás provocando que ella nos abandone!" Apuntaba Inocencia.


_¡No! ¡Podría jurarte que no! Su padre insinúa que la observa extraña, que los ojos le brillan demasiado; que anda en eso,él asegura que anda en eso; pero él siempre ha pensado lo peor de ella.


_¡Eres miope, vieja!_Exclama Oscar.


Andaba con una chica desaliñada y de aspecto hombruno. Se veían a cualquier hora. Abandonaba el colegio para vagar por los boulevares, para refugiarse en las clandestinas horas que pasaba en el mugroso apartamento de la chica. Soporiferos minutos vacuos que circundan un amor de manos imprecisas. Un cigarrillo tras otro a la vera del asfixiante tufillo de abandono. Dejadez desnuda que resbala a la nada. Apenas presienten la vida que se desliza por la calle, al otro lado de la ventana. Los sentidos se cierran a toda noción de existencia ajena a esa que se derrumba sobre ellas... Y un sorbo de cerveza, y vive la vida en un olfateo de rojizas aletas nasales hinchadas. Todo es laxitud. Laxitud progresiva que las rodea, que las abarca... Él despertó a la realidad en su despacho. "¡Su hija está con nosotros", le dijeron a través del teléfono, "intentó lanzarse de un octavo piso!"


_Aún duerme. No la molesto, la dejo disfrutar sus vacaciones. ¡Duerme como un angelito!


_¡Un angelito que anoche se pasó de la dosis y trató de suicidarse, vieja!_Murmuró Oscar, acabando de rasurarse.