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martes, 4 de marzo de 2008

Prólogo A "Cuéntame Un Merengue"/"Historias Sugeridas Del Merengue"/Otto Oscar Milanese

Prólogo A "Cuéntame Un Merengue"/"Historias Sugeridas Del Merengue"/Otto Oscar Milanese.



Concluíamos el cuento "El gallero", constituyéndose en la sexta historia para el libro de cuentos "Azua: Sisal y Sangre", cuando la casualidad nos empujó a reparar en la similaridad temática entre el cuento que escribíamos, y el merengue de Juan Pimentel que lleva el mismo nombre... "El gallero" es el único cuento que no fue escrito exclusivamente para "´Cuentame Un Merengue; Historias Sugeridas del Merengue", sino que propició la idea de intentar una cuentística basada en las piezas mas representativas del folklore dominicano. Por este motivo es que la ubicación geográfica del cuento, (Los Jovillos, Azua ), no coincide con la señalada en el merengue, (Manoguayabo, seccion del Distrito Nacional).


Acometer seriamente "Cuéntame Un Merengue, nos ha dejado, como dominicano, un buen sabor, porque no hemos pretendido demostrar absolutamente nada; pero si, sugerir un poquito más de atención cuando se argumente destructivamente que el merengue no dice nada. La contagiosa alegría bailable del merengue, es el mejor de los atributos que pudiera ostentar nuestro rítmo nacional; pero además, el merengue siempre ha sido una vía de expresión del pueblo dominicano. Ningún otro medio ha sido más usado que el merengue, para expresar la picardía, el humor de lo auténticamente dominicano; la jocosidad con que el pueblo dominicano enfrenta sus vicisitudes diarias. El merengue es comadre y mercado; esquina y relajo; huele a campo, algarabía de gallera; pero sobre todo, el merengue alcanza estatura de alma nacional porque nada nos identifica mejor ante nosotros mismos o ante otros pueblos. La palabra merengue, al mencionarse , obliga a que surja el gentilicio dominicano, es entonces, parte muy importante de nuestra identidad, y a quienes siempre se han complacido en propagar que el merengue es un rítmo pobre de letras, que no dice nada , les aseveramos que el merengue más que decir, es capaz de proponer, de sugerir, como toda buena literatura. Y así, entregamos con humildad a nuestro pueblo , la idea de esta cuentística que no tiene otro propósito, que no sea el de rendir un sincero homenaje a nuestros compositores, quienes sin mucha bulla, muy opacados siempre por los cantantes y las orquestas, han contribuído enormemente a fomentar y difundir nuestra música folklórica.


Sólo me queda añadir que estos cuentos son fruto de una interpretación libre, completamente personal y subjetiva, de las letras de los merengues en los que están inspirados, y no pretenden plasmar objetivamente la intención específica de sus autores al escribirlos.

Otto Oscar Milanese.

Brooklyn, New York,

agosto 30/1998


Visa Para Un Sueño/Otto Oscar Milanese

Visa Para Un Sueño/Otto Oscar Milanese



"Eran las nueve de la mañana,
Santo Domingo, ocho de enero,
con la paciencia que se acaba,
pues ya no hay visa para un sueño"

Juan Luis Guerra.

Cuentame un merengue.
Historias sugeridas del merengue.

"Visa para un sueño". ( Homenaje a Juán Luís Guerra ).
Otto Oscar Milanese.






Echó una ojeada al reloj pulsera, y pensó que no era la primera vez que sentía una inquietud idéntica, sentado en el asiento trasero de un minibus estacionado frente al parque central de Azua de Compostela. Procuró calmarse, pensando que llegaría a tiempo a Santo Domingo de Guzmán. A tiempo de perderse en la infinita fila bajo el sol, con el cartapacio húmedo por el sudor de sus manos. Continuaba inquieto. El minibus continuaba estacionado en la todavía oscura calle céntrica de Azua. Comenzaban a entrar los pasajeros. Todos conocidos, todos con el mismo saludo, y todos empeñados en acomodarse en cualquier asiento, con sus rostros de sueños interrumpidos. No, no debía inquietarse, todo se reproducía como aquella primera vez. Observó nuevamente el reloj, y recordó que sólo veinte minutos antes, levantaba la herrumbrosa aldaba de la puerta del rancho... Lo mismo, recordó con amargura, que hiciera en aquella lejana vez, cuando también apretaba el cartapacio contra uno de sus costados, y también, estando ya en la fría madrugada de la calzada,observaba a doña "Mingo", vieja, flaca, como una sombra diluyéndose en el vano de la puerta.

- Ojalá y te visen -. Dijo doña Mingo aquella vez, y el trabajo, las vicisitudes saltaban en su apática voz -. ¡Sólo Dios sabe lo que sufriré cuando no pueda verte!

Descansó la cabeza contra el cristal de la ventanilla; el motor del minibus empezó a rugir. "Si no me dan la visa ahora, me iré a Puerto Rico", pensó, y se deprimió súbitamente, cuando el demacrado rostro de doña Mingo parece mirarle desde cada calzada que va quedando atrás, desde cada esquina azuana que le escupe un recuerdo. "Sólo Dios sabe lo que sufriré"!.. Pensó que había dicho ella, con ese frío de aldaba que empuñaba metiéndosele a él en el alma, buscándole la vida en donde la vida es la mala sombra opaca de una memoria.. Y atrás se quedan las calles por donde ella le llevaba de la mano hacia la escuela, atrás se quedan las calles que caminó la angustia de ella, con la bandeja de dulces que vendía en las pulperías para que él no pasara hambre, para que no conociera esas noches de insomnios que se meten por las roturas de los mosquiteros, y se van tornando mas largas y oscuras, ¿"Mañana que comeremos"?, le amanecía la pregunta a ella, bajo el roto verde del mosquitero, sobre la dura almohada. Miró las últimas casas del pueblo de Azua, y pensó que era un extraño pueblo de noches claras y de calurosos días que lamían soporiferamentela historia de un pasado que había quedado preso en páginas de libros, en monumentos de marmol, y después, esa miserable cara de pueblo dominicano, con su parquecito y su iglesia, y sus oficinas de correos, todo eso que ahora el minibus dejaba atrás, como lo dejó aquella vez...

Aquella vez regresó con la desesperada certeza de resígnarse a esperar una citación que jamás llegó. Entonces la vida todavía era distinta, porque don Tavito aún no estaba en silla de ruedas, y conseguía unos pesitos vendiendo quinielas todos los días en la calzada de la Colecturía de Rentas Internas, frente al mercado público. El minibus salía de la prolongada recta frente a las costas azuanas, playa Caracoles y Tortuguero pasaron frente a su mirada. El tórrido sol sureño bañaba sus luces en un Caribe mar con lejanías blancas y azules. Llegaría a tiempo, con los formularios, con la apresurada fotografía que se había hecho tomar frente a las oficinas del Registro Civil. El minibus entraba a lo que antiguamente había sido la curva de "El Número", miró la vieja y sinuosa carretera, como un cádaver desmembrado al lado de la autopista; la montaña había sido dinamitada, y ahora el minibus volaba sobre la carretera que abría el vientre rocoso, pensó que definitivamente llegaría a tiempo. A tiempo de quemar con sol el hambre que doña Mingo le mitigara, con un tazón de chocolate y un pan de agua. ¡"Pobre mamá"!, pensó, "la vida se le repitió cocinando debajo de la enramada del patio". Rumbo a Santo Domingo de Guzmán, el pretendía huir de esa repetición. Los formularios, la fotografía apresurada y borrosa, y el mismo viaje a la capital dominicana, emitían un calorcito aesperanzas; constituían lo opuesto a vivir remedando la existencia como doña Mingo, o peor todavía, a vivir arrastrando el burro de quinielas por las calles de Azua, como don Tavito. "Eso es de orden"!, pensó, ¡"si no me visan, me largo como sea pa Puerto Rico"! El minibus rodaba por las primeras calles de Baní. Nueva ojeada al reloj, y nueva reconfirmación de que llegaría a tiempo, de que estaría en Santo Domingo de Guzmán, antes de que el consulado estadounidénse abriera las puertas.

La fila no avanza. Conversaciones delante y detrás de él. El hambre sube a la mirada, y a veces todo es un engaño tambaleante de paredes, de carreteras y autos, de caras que se mueven. Cuando el hambre sube a los ojos, el mundo se emborracha, nada es seguro. Conversaciones al lado y detrás de el. ¡Y la fila no avanza! El trópico es una incomodidad vizcosa entre piel y camisa. Conversaciones a sus costados, y conversaciones delante de él. El sol matinal de Santo Domingo de Guzmán quema el hambre, los sueños, las esperanzas. Risas y conversaciones. La fila no avanza. Maldiciones y voces. Y la fila, estátitica y larga bajo el sol, a la vera del hambre agazapada en los estomagos dominicanos.

- ¡ No te van a visar!- Dijo don Tavito-. Los americanos no le dan visa a to el que va a pedila; además, tú no eres riquito. ¡ Nosotros no tenemos na, y esos americanos saben ma que el diablo, muchacho, piden que uno tenga sus chelitos en el banco!

Él, sentado en una vieja mecedora de palos en la pequeña salita, sintió que el hambre era un dolor de visceras lavadas por el agua de azucar, engañadas por el endurecido pan de agua.

- ¡Lo intentaré, viejo! ¡ Tengo que intentarlo, porque es el unico chance que tenemos de cambiar!

Azua de Compostela, vieja y polvorienta como un latido de historias bajo la crueldad solar del sur dominicano. Azua, orgullosa y miserable como un corazón de cotidianidades absurdas que se cuecen bajo el sol, en los caminos bordeados por güazabaras, y en los pedregales. ¡Sólo le quedaba Azua yla espera! El cartero pasa de largo pedaleando lentamente la vieja bicicleta. ¡Azua y la desesperación! Doña Mingo sopla las brasas del fogón con un silencio que se hermana al martirio. ¡Un mes, y nada! El cartero siempre silba y pedalea. Siempre sigue de largo, y él se queda con la aldaba de la puerta en las manos, mirando el polvo gris que ha cubierto el negro del asfalto. Azua y la espera que se mete en el calor y en la rutina. ¡Dos meses, y nada! Su destino es tomar el burro de quinielas y vender suerte por las agrietadas calles azuanas, voceando la miseria en cada cifra. ¡Tres meses, y no llega la cita!

- Bueno, muchacho - lo mortifica la voz de don Tavito -, no sé que esperas, si yo te lo dije.

En el patio, sudada, doña Mingo existe pegada al anafe. Sólo sabe existir de esa manera. Junta trozos de carbones, coloca astillas de cuaba, y sopla y sopla hasta que el patio todo huela a locrio; o sopla, a veces, y revira los moros. Sólo aprendío a vivir de esa manera y bajo la enramada, y al lado del anafe. Por las noches, cuando los mosquitos burlan el podrido verde del mosquitero, doña Mingo ni los siente, la picadura de la mortificación es peor que los mosquitos. ¿"Qué comeremos mañana"?, piensa, y no duerme ni siente los mosquitos. ¿"Qué comeremos mañana"?, y a ratos como que el sueño la atrapa, pero hasta soñando pela rulos, y sopla y sopla las brasas que echan llamaradas, y rompe huevos que arroja al aceite hirviendo, y sopla y sopla y su frente suda, mientras revolotean y zumban los mosquitos...

- ¡Mañana mismo me voy! - Anunció una noche, desatando una nube de penas en el arrugado rostro de doña Mingo.

- ¡Déjate de vainas, muchacho, y no insistas mas!- Dijo don Tavito-. Total que aquí etamos vivos, y eso es suficiente.

¡No fue suficiente y se fue! Doña Mingo volvió a despedirlo desde el vano de la puerta, presentía que él no regresaría, y el presentimiento le rodó húmedo y tibio por entre los surcos de la cara. Una semana mas tarde, las temblorosas manos de doña Mingo rasgaban dos sobres. La primera carta era una citación del consulado estadounidénse, pero él no estaba; la segunda, daba parte de que el cuerpo de él había sido rescatado de las aguas del Canal de La Mona.

Siña Juanica/Otto Oscar Milanese

Siña Juanica/Otto Oscar Milanese


"¡Ay, siña Juanica!,
¡de por Dios, siña Juanica!,
se me muere el niño
y no tengo medecinas,
traigo la cotorra
y toditas las gallinas,
por cuatro clavao,
yo se las doy, siña Juanica.
¡Ay, siña Juanica!,
¡de por Dios, Siña Juanica!,
se me muere el niño
y no tengo una botica,
cogí el gallo bolo,
y la puerca bolanchina,
por cuatro clavao,
yo se las doy, siña Juanica".

Félix López.


Cuentame un Merengue.
"Historias sugeridas del merengue".


Siña Juanica. ( Homenaje a Félix López ).
Otto Oscar Milanese.


Moría el sol a espaldas del hombre que montado en el burro, avanzaba lentamente por el paseo de la carretera. "Má de veinte años por e’te mesmo camino", pensó el hombre, sintiéndo que el amarillo sudado de su raída camisa comenzaba a despegarsele de la piel. La brisa que provenía del cercano monte se mantenía suave, constante. A la vera del hombre pasó un jeep atestado de campesinos que volvían del pueblo; el hombre montado en el burro, más que retraído en si mismo, parecía cansado, los ojos a punto de reventar bajo los parpados abotargados; a cada dos o tres pisadas del burro, daba cabezasos, espantando el letargo. El campo estaba próximo a aparecer detrás de un recodo del camino. "No quiero llega", pensó el hombre, lanzando un escupitajo hacia la negra cinta de la carretera, "cuando diba a pensá yo, que llegaría el día en que no diba queré llegá a mi rancho". Los últimos reflejos de luces del día se iban, aparecían los primeros bohíos del campo... "To’ se nos jueron muriendo uno a uno", la brisa trajó el aroma del café recién colado entre la tarde y la noche; con ademanes lentos y mecánicos comenzó a enlíarse un pachuché, "el tifo, el colerín, la disentería... ¡ To’ se nos jueron muriendo uno tras otro, y yo digo que nos lo mató la miseria"! Algunas sombras se cruzaban en el camino del hombre. "Pero güeno", procuraba darse animo, "Manolín no tiene po’que morí. Anita y yo no lo dejaremos morí. ¡Dios todo poderoso no lo dejará morí, ya lo creo, ombe, Dios meterá su mano"! La noche caía sobre el campo, en los bohíos, las mujeres se aprestaban a encender los velones, las lámparas de gas. El animo del hombre pasaba constantemente de la esperanza a la desolación, "Veinte años pa viví yendo y viniéndo del conuco, y na", pensó cuando vio aparecer ante él la silueta de su viejo rancho inclinado. Las viejas tablas necesitaban una mano de cal, y las yaguas del techo secamente gritaban que las cambiaran. "Ahí aguantamos to’ el mal tiempo", pensó, mirando ansiosamente los contornos del derruído bohío. "¡Alabao sea Dios, to’ ‘ta bien, naide dentra pal bohío, naide sale, eso quiere decí que to’ ‘ta bien, ombe"! Llegó por la parte trasera del bohío, con el macuto al hombro, luchaba por quitarle los serones al burro. "To’ ta bien, po’que Anita no e’tá llorando. ¡Alabá sea la virgencita de Altagracia, Manolín ‘ta vivo, ombe"! Delgada, con un pañuelo floreado atado a la cabeza, como una sombra, apareció Anita sin causar ruidos, casi sin vida, sus ojos, como los de su marido, anunciaban trasnoches.

_ ¿Cómo sigue Manolín? _ Preguntó ansiosamente Eustaquio, advirtiendo la presencia de su mujer.

La mujer realizaba un esfuerzo para hablar. No deseaba que el marido le notara la voz acongojada._ ¡Sin medecina no se pu’e saná, Eustaquio!

Dejó caer pesadamente los serones al suelo, provocando los ladridos de un raquitico perro que había salido del bohío siguiendo a la mujer.

_ ¡Ah, caray, antonces e’ta mal el muchacho! Eso e’ loque usté quiere deci’me, no?

La mujer gimió, luchaba por no entregarse al llanto, como si evitándolo consiguiera una esperanza, la palpara, la convirtiera en realidad.

_ Dendeque usté tuvo que dirse pal conuco, la tosferina ha empeora’o. La calentura no le baja._. Acabó por echarse a llorar la mujer.

_ ¡E’ta güeno ‘e lloriqueo , mujé, que también usté se me va a enfermá!

Anita se limpiaba las lágrimas con la escualida mano rugosa, áspera, acostumbrada a los quehaceres del bohío y del campo.-. An pue’, yo ya e’toy bien aco’tumbrá a llorá, Eustaquio. He teni’o que llorá a to’ nuestros hijos.

_ A Manolín no, mujé. ¡haremo‘ lo que haiga que hacé, pero Manolín no se nos muere! Voa tené que dirme agora mesmo pal pueblo con mi muchacho _. Dijo, entrando al bohío.

La mujer lo vio tirar los serones y el macuto en un rincón del terroso piso de la salita. Lucía cansado, la cara reseca, como la tierra de su conuco, comenzaba a poblarse de grietas. "¡Ha envejecío muy pronto", pensó Anita, mirándolo, "el sufrimiento lo ha encanecío!"

_ ¿Pa’ que va di usté pal pueblo sin un clavao, Eustaquio? Agora lo importante e’ conseguí los cuartos pa’ la medecina del muchacho.

_ Antonces _ dijo Eustaquio, deteniéndose antes de entrar al aposento donde reposaba el niño enfermo -, antonces, será mejor que no pierda ma’ tiempo, y vaya agora mesmo a ‘onde siña Juanica.

Todo el campo se había adentrado en una espesa y absoluta oscuridad, cuando Eustaquio golpeaba a la puerta de siña Juanica. Adentro se escucharon pasos y rastrojos de imprecaciones. Entreabriendo una hoja de la puerta de madera, asomó la cara siña Juanica; la débil luz de la vela que sostenía en una mano, le daba un aspecto amarillento a su rostro de ojillos vivaces.

_ ¡Pero güeno, vale Eustaquio, que hace usté tumbándome la puerta del bohío a estas horas!

_ Vea usté, siña Juanica, no e’ mi intención mole’tá; pero Manolín e’tá muy mal. Anita cree que no amanece.

_ ¡Ay, virgen de Altagracia! _ dijo siña Juanica, persignándose con la mano libre _¿Pero que pue’o hacé yo, vale Eustaquio? ¿Ya lo llevó usté a ‘onde la curandera?

_ ¡Anjá!, yo ya la vide, siña Juanica, pero de na’ ha valío! Medecina e’ lo que necesita mi muchacho pa cura’se, y yo no tengo un clavao. He traío to’ lo que tengo conmigo, a ve’ si usté pu’e da’me manque sea lo suficiente pa’ compra medecina.

Anita, flaca, sudorosa, sentada a pretil de cama, velaba el inquieto sueño del niño. Eustaquio se había marchado. Lo había sentido trajinando en el patio, cogiendo a los animales dormidos, sólo la puerca opuso resistencia escandalizando brevemente. El tiempo pasaba, el niño tosía cada vez más, mientras la endeble mujer se inclinaba sobre el catre apañado con una rotosa manta confeccionada con distintos sobrantes. Oyó los pasos cuando el amanecer del campo estaba próximo. La puerta del bohío se abría, Eustaquio llegaba. Los pasos sonaban más fuertes, ahí estaba ya, viejo, callado, su encorvada sombra se proyectaba contra las ruinosas paredes del bohío. Ahí estaba Eustaquio, Anita lomiraba a través del llanto que se avecinaba en sus ojos; ahí estaba Eustaquio sin las gallinas que se había llevado al salir, sin la cotorra; sombrío, mas viejo que nunca, ahí estaba mirando a su hijo consumido por las fiebres, ahí estaba sin la puerca, sin su gallo.

_ ¡Coge al muchacho y arrópalo bien, mujé, que nos vamos a di los tres pal pueblo agora mesmo!

_ No Eustaquio, usté no ha pega’o un ojo en to’a la noche. Mejor quedese, que yo sola pue’o llevá al niño a ‘onde el do’tor.

Eustaquio miró el enflaquecido cuerpo de su hijo, la piel pegada a los huesos. Pensó que pronto tendrían medicinas para el niño, y sonrió al responder:

_ Creo que usté no ha entendío, mujé. Tenemos que dirnos los tres agora mesmo, po’que e’te bohío ya no e’ de nojotros; pero tenemo’ cuartos pa’ la medecina de Manolín.


Señor Pulpero/Otto Oscar Milanese

Señor Pulpero/Otto Oscar Milanese


"Señor pulpero,
venga acá, señor pulpero,
vine a comprar,
pero con poco dinero.
Dígame usted
si le queda algo barato,
pues no sé que
voy a darle a mis muchachos,
como yo sé
que a usted no le gusta el fiao,
aquí traje to’ lo que yo me he gana’o,
con ese peso
que me gané faja’o
a ver si alcanza
pa’ hacer un asopao"."

Raffi Rosa.

Cuentame un merengue.
"Historias sugeridas del merengue"



Señor pulpero. ( Homenaje a Raffi Rosa ).
Otto Oscar Milanese.



Remigio propinó el último sonoro martillazo sobre el mostrador de zinc. Másticó unas frases ininteligibles, y secó el sudor de su frente con el envés de las manos, mientras observaba el cartelillo que acababa de clavar.

_ ¡Hoy no fío, mañana sí!_ Leyó con satisfacción el pulpero Remigio_ . To ta claro_, dijo, espantando las moscas que se posaban sobre el cartelillo_, si señor, to ta bien clarito pa’ que se acabe ese relajo del fiao!

Miró los semi vacíos tramos, y pensó que su mujer Maruca acertaba, proponiéndole terminar con la venta a crédito. O dejaba de despachar mercancías fíadas, o quebraba, eso parecían gritar los tramos vacíos a medias, y esa libreta atiborrada de cuentas con los nombres de los deudores, y lo peor, el bajo caudal en la caja registradora.

Milcíades madrugó con su miseria a cuestas, disponiéndose a desyerbar el patio de la familia García. Abandonó la ruinosa casa de madera. Sus hijos dormían aún, y el sueño anestesiaba la desesperación del hambre, el desconsuelo de los gritos que durante todo el día anterior martirizaron al padre.

_ Hoy traeré de comer_, murmuró Milcíades, y la brisa tempranera le abofeteó debilmente.

A las diez de la mañana, la camisa empapada se adhería al flaco cuerpo en movimiento de Milcíades. Arrancaba de cuajo la hierba mala, abría claros con el machete entre los abrojos. Sudoroso y sediento, no se permitía un segundo de reposo. Pensaba en su bohío y en sus hijos. Jacinto, el primogenito, procuraría calmar a sus hermanos, "Taita traerá comida", pensaba Milcíades, en las palabras que usaría Jacinto para apaciguar el llanto de sus hermanos,mientras levantaba el machete, corría el sudor, bajaba el machete, y el patio de la familia García iba quedando claro paulatinamente. Quedaba limpio a trechos. Milcíades sentía acuciantes ganas de acabar, de correr a la pulperia de Remigio, y comprar los ingredientes del asopao. Casi con rabia rastrillaba la tierra, llevándose cascajos, piedras, hojas podridas, ramas resecas y lombrices.

En la pulpería, Remigio deseaba mostrar el cartelillo a sus clientes. Reclinó una silla de güano contra un horcón, y abanicándose el torso desnudo con un cartón que no ahuyentaba el calor, se sentó a esperar al primer cliente. Pero nadie entraba. Calculaba que al cobrar las viejas deudas, y no fiar un centavo más, podría surtir la pulpería nuevamente. Sudoroso y cabizbajo entró Milcíades. "Este será el primero del barrio que lo sabrá", pensó el pulpero al verlo llegar.

_ Buenas tardes, Remigio_, saludó Milcíades_, ¡e’tá haciendo un calor del diablo, eh!

_ Buenas tardes, Milcíades_, dijo el pulpero, sin abandonar la silla_, es casi seguro que ahorita mismo cae un buen aguacero. ¿ Te pue’o serví en algo?

_ ¡sí!_, dijo Milcíades_, dame to’lo que se necesite pa’ un asopao_. Comenzó a tamborilear un merengue sobre el mostrador de zinc.

_ Bueno_, dijo el pulpero, sin dejar lapostura indolente en la silla reclinada_ Si traes cuartos, entonces te despacho.

_ ¡Jesús_, exclamó_, pero que te pasa hoy, hombre! Tengo a mis probes muchachos muerto’ ‘e la jambre, y sólo tengo unos chelitos que me pagaron los García. Na’ ma’ me alcanza pa’ comprá un par de cosas, el resto anotamelo en la libreta.

Un segundo de silencio, tenso, cortante. Los dedos de Milcíades reposaban mansamente sobre el mostrador. El ruido de las dos patas de la silla al caer sobre el piso, sonó seco y duro.

_ Bueno_, dijo Remigio, levantándose y extendiéndo los brazos, desperezándose_, te voa a despachá na’ ma’ hasta ‘onde te alcancen los cheles que traes.

Milcíades recomenzó el tamborileo, nervioso, de prisa_. ¿Anda la porra, Remigio, se pué sabé que diantre te pasa hoy? E’ verdad que te debo; pero siempre te abono lo que pue’o.

_ ¿Qué quieres?_ Preguntó secamente el pulpero.

_ Ya te lo dije. Quiero cociná un asopao, así que dame arroz, aceite y arenque.

_ ¿Tienes con que pagá to’ eso que pides?

_ Bueno, pue’ yo creo que sí_. Dijo Milcíades, dudando_ ¡Conchole, como e’ la vida, compay, me fajo to’ el día pa’ llevarle algo de comer a mis muchachos, y ni siquiera pue’o comprá na’!

Remigio, con el rostro contraído y sudoroso se colocó frente a Milcíades. El mostrador de zinc separaba a ambos hombres._ ¿Sabes leer?_ Preguntó el pulpero.

_ Deletreo algo, manque sea_. Respondió Milcíades.

El pulpero Remigio comenzó a sonreir levemente_. ¡Entonces, lee aquí!_ Dijo el pulpero, golpeando el letrerillo con los dedos.

Deletreaba lentamente, un murmullo que parecía rezo, la cara se le ensombrecía a Milcíades. Levantó el rostro suplicante hacia el pulpero_. Tú no puedes hacerme una vaina así, Remigio. Mis muchachos e’tán medio muerto’ ‘e jambre.

Remigio comenzó a dar paseos cortos detrás del mostrador._ Tú no entiendes, Milcíades, yo no te hago na’, si continúo con esta embromienda del fiao me va a llevar el diablo. ¿Entiendes? ¡Te voa despachá lo que pue’as pagá!

_ Pero si con estos mugrosos pesitos que traigo no me dá ni pa’ engañá la barriga del má' chiquito de mis hijos, Remigio. Mira, compay, dame media libra de arroz, y el resto apuntamelo en la libreta, que tú sabes que yo pago, manque a veces me tarde; pero bueno, Remigio, tú sabes que yo pago seguro.

_ ¡Eres terco, Milcíades, no entiendes que esa vaina de la apuntadera se acabó ya, o se me va la pulpería al carajo!

A las dos menos cuarto de la tarde, con el ulular de la sirena del cuerpo de bomberos, el pulpero Remigio, semi amodorrado por el calor, se desperezaba terminando su cotidiana siesta. Soñó que la calle se estremecía de ruidos, de gritos. Confusas voces y alocadas carreras pasaron por su sueño intranquilizándolo. Sentado a pretil de cama, y restregándose los ojos con los nudillos de los dedos, continuó escuchando voces y carreras al otro lado de la pared. ¡"Ah carajo", pensó el pulpero Remigio, "entonces no estaba soñando"! La voz de Maruca lo sobresaltó:

_ ¡Ay, Dios mío, van a matar a ese infelíz!
Remigio saltó, se enfundó apresuradamente el pantalón, y caminó hacia la sala, sin camisa, y subiéndose la cremallera del pantalón.

_ ¿Qué es lo que está pasando ahí afuera, mujer? ¿ A quién matan?

Maruca asía la aldaba de la hoja de puerta pintada de azul y blanco_. A ese infelíz de Milcíades, Remigio__ , respondió la mujer, sin dejar de mirar a la calle_, parece que lo cogieron robando en el colmado de los chinos, y ahí se lo está llevando a golpes la polícia.

Remigio se detuvo como electrizado a mitad de la sala. Se quedó mirando la espalda de la mujer que sostenía la hoja de puerta entornada_. Ya es hora de abrir la pulpería_. Murmuró sombríamente.

Sin camisa aún, y con el rostro enrojecido de mal sueño, Remigio abría las puertas de la pulpería. Todavía se escuchaban en la calle los comentarios de la gente del barrrio.

_ ¿Ya se enteró usted de lo que ha pasa’o, don Remigio?_ Preguntó una vecina acercándose al pulpero.

_ ¡An pué’_, respondió el pulpero con voz temblorosa de ira_,con tanta gente vaga, to’ el pueblo tiene que saberlo ya!

_ No se pué cree’ en naide, don Remigio_.Dijo la mujer, ignorando la mordacidad del pulpero_. Tan decentico que parecía ese tal Milcíades, y ya ve usted...

Remigio caminó hacia el mostrador de zinc, sin prestarle caso a la mujer que proseguía murmurando desde la calzada.

_ ¡No se pué cree’ en naide!_ Repitió el pulpero, y arrancó con rabia el cartel.

Caña Brava/Otto Oscar Milanese

Caña Brava/Otto Oscar Milanese


"Se acabó la caña,
se acabó el moler,
allá en Monte LLano’
se quemó un batey.
Voy a montar un molino
en la carretera,
pa’ moler mi caña
de veinte manera".

Ñico Lora/ Toño Abreu.

Cuentame un merengue.
Historias sugeridas del merengue.
Otto Oscar Milanese.

Merengue: Caña brava. (Homenaje a Ñico Lora, y Toño Abreu).


Consuelo divisó al hombre bajo el aguacero avanzando por la trocha, con el torso desnudo. El burro con los serones cargados de caña lo seguía mansamente.
- Güena taide, mujei_, saludó Diomedes, deteniéndose ante la desconchada puerta del bohío -, e’te temporai no tiene cara de que va acabai agora.
- ¡Anjá!- Exclamó la mujer -. Ansina mesmo parece; pero véngase pa’ acá adentro, que lo e’toy viendo to’ empapa’o y va cogé usté gripe.
Agora mesmo voa dí, mujei- dijo encaminándose con el burro a la parte trasera del bohío-. Na má déjeme desemparejai al burro y daile de comei.
Desde adentro salía a rafagas el aroma del café recién colado. Consuelo, con un descascarado jarro de asa, sacaba agua de una tinaja de barro colocada sobre una desmantelada mesita en un rincón de la terrosa sala del bohío. El hombre entró chorreando agua.
- ¡Virgen de Aitagracia - murmuró la mujer -, usté me va a enlodai to’ ei piso!- Tomó una silla de güano, y la reclinó contrala pared de tablas para sentarse en ella. Sin prestar atención, Diomedes entró al aposento, y regresó frotándose el cabello empapado con una descolorida toalla.
- ¡Jesú santísimo! - Exclamó Consuelo, mirando hacia la puerta abierta -.Usté no se ha fija’o como se ha pue’to ahí afuera, parece boca ‘e lobo. Mejoi será que le eche la aidaba a la pueita y que prendamos la jumeadora.
Encendió la mecha de la lámpara, y corrió a cerrar la puerta. Diomedes continuaba secándose el pelo, cuando su mujer le ofreció la humeante taza de café.
Tomó el platillo con la taza de café, y dijo:_ ¡Cónchole, Consuelo, yo creo que vamos de mai en peoi, po’que to’ ei mundo ta dijiendo que lo’ patrones quie’n quitai ei batey!
- ¡No ombe, Diomedes, ello’ no pue’n haceino’ una vaina así!
Vertió una porción del café en el platillo, y aguardó a que se enfriara-. Pero güeno, mujei, usté no ve que lo’ patrones pue’n hacei lo que quieran, que pa’ eso son lo’ jefe y tienen cuaito-. Sopló la aromática negrura del líquido antes de ingerirlo.
- ¿Pero cómo nos jaremos nojotros? Pa’ ‘onde vamo’ a dí nojotros, Diomedes?
Se abocó a la taza y sorbió con un chasquido el resto de café-. Nojotros, mujei, no vamos a dí pa’ parte. Po’que a e’te que usté ve aquí no lo saca naide de estas tierras.
Tras las últimas palabras del hombre, un golpe seco sonó en la puerta. Marido y mujer se miraron durante unos segundos.
- Eso tiene que habei si’o la lluvia -. Dijo la mujer, llenándose de un pavor inesperado. - No Consuelo, yo creo que tan llamando a la pueita.
Una, dos, tres veces más, el golpe se repitió idéntico. Consuelo, con el rostro acalorado por las llamas del fogón que había prendido en un rincón, comenzó a temblar._ No abra usté sin preguntai quien e’.
Diomedes se arrimó a la puerta: - ¿Quién e’?
- ¡Soy yo, Cayetano!_ Respondieron al otro lado de la puerta.
- ¡Virgen de Aitagracia, si e’ gente de lo’ patrones! - Dijo Diomedes,abriendo la puerta.
El furor del salvaje aguacero tropical, inundó los sentidos de Diomedes cuando abrió la puerta. La silueta de Cayetano estaba metida bajo la lluvia, en la oscuridad, detrás de ella, el cañaveral apenas se vislumbraba en la húmeda nocturnidad.
- Vengo de paite de los patrone’, Diomedes. Deben abandonai e’tas tierras antes de un mes -. Dijo Cayetano, la débil luz de la lámpara revelaba la serpenteante cicatríz ,desde el nacimiento del cuero cabelludo hasta el labio superior, que afeaba el rostro del hombre.
Diomedes se apoyaba en el marco de la puerta, y se rascaba detrás de la oreja. - ¿¡Ah caray, Cayetano, y po’que voa tenei yo que dirme de la tierra que me vio nacei, ombe?!
- Güeno, señoi, si usté no quiere dirse, eso e’ asunto suyo. Yo he cumpli’o con daile el reca’o que me encargó el patrón -. Dijo Cayetano, y se perdió bajo la lluvia, en la oscuridad.
Consuelo, pensativa, comenzó a soplar con un cartón las brasas del fogón. Diomedes tomó una vara de caña de un rincón y se plantó bajo el dintel de la puerta, frente a la lluvia, frente a la oscuridad, frente al cañaveral, y comenzó a pelar la caña con un cuchillo de monte. Durante varios segundos se escuchó la oscura caída del aguacero sobre la noche; el crepitar de las llamas del fogón, en donde la mujer salcochaba los rulos en una ennegrecida cacerola, y el seco golpe del cuchillo de monte cayendo con rabia sobre la nudosa corteza de la caña.
- ¡Mejoi nos laigamos - lloriqueó la mujer, dejando de soplar las brasas -, pa’ evitai de’gracias!
- Yo ya dije que no pienso dí pa’ ningún la’o -. Exclamó Diomedes, y mordió la caña.
Domingo a la mañana. Persistía la lluvia. Las trochas del cañaveral, completamente enlodadas estaban intransitables. Las viejas tablas húmedas desprendían un vaho de miseria, de sueños almacenados y podridos entre hileras de endijas que agredían callladamente al bohío. Diomedes, desdeñando los ruegos de Consuelo para que se quedara, marchó bajo la lluvia, tapándose la cabeza con un cartón, hacia la pulpería de don Tilín en Monte Llano.
- To’ei mundo va tenei que dirse -. Dijo Cayetano, en el momento en que Diomedes se detenía a la puerta de la pulpería, desenlodando la gastada zuela de sus zapatos con un palo. Tres hombres escuchaban a Cayetano, sentados sobre cajas de refrescos. Al lado de los hombres, en el piso de cemento, un frasco de ron Brugal a medio consumir.
- Güenos días, señoren -.Saludó Diomedes entrando a la pulpería.
- Muy güenos días, Diomedes -.Se apresuró a responder el pulpero detrás del mostrador de zinc-. ¿En qué pue’o servi’le?
Cayetano bebió de golpe la ración que contenía su vaso, avinagró la cara. La cicatríz de su rostro pareció cobrar vida como una siniestra serpiente. Con ademanes ebrios, tomó la botella de Brugal y comenzó a escancear ron en los vasos que le tendían sus compañeros.
- Y eso e’ to’, señores, los patrone’ piensan que la molienda ‘e caña ya no e’ un buen negocio.
- Deme media cajetilla de Montecarlo, y un mabí seybano -. Pidió Diomedes, apartando con una mano montoncitos de azúcar encima del mostrador.
- ¿ Pero, y que va a pasai con esa probe gente que to’a su vida la ha pasa’o en esos barracones, Cayetano? - Preguntó uno de los bebedores.
- ¡Concho, ta bien malo ei tiempo! - Exclamó don Tilín, dejando los cigarrillos y el mabí seybano sobre el mostrador, procurando distraer a Diomedes.
- Eso e’ problema de esa gente - dijo Cayetano con voz estropajosa -. Los patrone’ na’ ma’ quieren vei su tierra vacía pa’ vendeila.
- Esa tierra e’ de to’ nojotros - terció repentinamente Diomedes, luego de encender un Montecarlo y expeler la primera fumarada -. ¡Esa tierra e’ de to’ los que hemos naci’o en ella y la hemos trabaja’o, señoi!
El pulpero don Tilín se aclaró la garganta; los compañeros de Cayetano apuraron el trago de golpe.
- ¿Pero güeno, vale, y a usté quien le ha da’o vela en e’te entierro?
Diomedes estaba de pie, de espaldas al mostrador y con los codos encima de este -. An pue‘, señoi, yo si que pue’o hablai, po’que mi bohío ta en ei batey y po’que to’a mi vida no he hecho ma’ que sudai trabajando esa tierra.
El pulpero levantó una portezuela, y pasó desde atrás del mostrador hasta donde discutían los clientes -Ya ta güeno, señoren - terció don Tilín -, pa’ mi que e’tos no son temas pa’ tratailos acompañao con un frasco ‘e romo.
- Pue’, lo que e’ yo, no e’toy prendío na’ -. Protestó Cayetano-. ¡Yo sé muy bien lo que digo, carajo! Yo no e’toy ajuma’o, y to’ e’tos mugrosos van a tenei que dirse antes de un mes.
- ¡An pue’-, levantó la voz Diomedes -, yo no pienso dirme pa’ ningún la’o, señoi!
- ¡Pue’ antonces, vamo’ a sacailo a la fueiza, coño! - Gritó Cayetano, blandiendo amenazadoramente la botella de Brugal.
Diomedes asió por el gollete la botella de mabí que aún no había destapado -. Lo que e’ a mi naide me saca dei batei, manque tenga que molei la caña en la mesma carretera.
El pulpero se interpuso entre los dos hombres -. ¡Señoren caimense, que la violencia no arresueive na’!
- Mejoi será que se apaite usté don Tilin -. Dijo Cayetano, forcejeando con el pulpero, sus compañeros intentaban sujetarlo.
Se ciñó el cinturón con la vaina del machete. Abrió el ventanón que daba al patio, y olió el golpe de brisa arrojado por el cañaveral. El amanecer se poblaba de cantos de gallos. Un sol abrazador lamía los charcos dejados por la lluvia. El día estaba hecho de pastos húmedos y calor.
- Ei temporai ya teiminó -. Dijo.
Detrás de él, sentada a pretil de la cama colombina, Consuelo dijo:- ¡Ta güeno ya!- Su voz nacía preocupada -. Lo que le ocurrió a usté con ese tai Cayetano, e’ un aviso pa’ que nos vayamos.
- Mujei, yo voa seguí moliendo caña como si na’ Cayetano siempre ha si’o un hombre tranquilo. Pa’ mi que lo que taba era bien prendío -. Dijo Diomedes, abrochándose la raída camisa que tomó del espaldar de una silla.
- E’tuviera ajuma’o o no, la ve’da e’, que si don Tilín y los hombres que bebían con Cayetano no se meten, hoy e’tariamos lamentando una de’gracia en Monte Llano. Poi eso e’ quete digo que nos laiguemos de,aquí, ¡pa’ evitai Diomedes, pa’ evitai!
- ¡Pero güeno, mujei, e’ que usté se ha vueito loca!_ Dijo el hombre disponiéndose a salir -. ¿Qué e’ lo que tengo que evitai, dígame? ¡Yo e’toy viviendo tranquilo en mi tierra, trabajándola sin embromai a naide!
El carretón tirado por dos viejos bueyes lucía a medio llenar de varas de caña. El hombre a lomos de una yegua se aproximó a Diomedes.
- Muy güenos días, Alcaide - saludó Diomedes, quitándose el gastado sombrero de pana -. ¡Caramba, e’to si que e’ raro, veilo a usté por e’tos rumbos!
- Güenos días, Diomedes -. Devolvió el saludo el Alcalde de Monte Llano -. He veni’o ha tratá con usté una cue’tión que no me gu’ta na‘.
- ¡Ah,caray! - Exclamó Diomedes, secándose el sudor de la frente con una mano, y encasquetándose otra vez el viejo sombrero de pana -. ¡Ah, caray, Alcaide, yo como que me güelo lo que pue’a sei!
- ¡Antoce, no voa peidei má’ tiempo! ¡Tiene que dirse, Diomedes! Agarre su mula y su mujei, y váyase pa’ otro la’o.
Diomedes observó la carretera. Más que una ruta de hombres, parecía el cadáver de una culebra. ¡Nadie iba, nadie venia! Prefirió apartar la mirada del asfalto, buscando señales de aguaceros; pero sólo encontró un pedazo de cielo claro en donde un sol de trópico llegaba a su cénit.
- Alcaide - comenzó a decir con desgana - , agora usté también me viene con la mesma cantaleta.
- Vengo a deci’te má’, Diomedes. Créame que no me agrada, po’que le aprecio. ¡Los Diloné, los Aco’ta y los Martínez, cogieron sus cositas y se laigán ya! El batey ta desola’o, y usté no se da cuenta. Los aimacenes ya no tan abieitos. ¡Pero güeno, Diomedes, e’ que usté no quiere daise cuenta, agora se acabó ei molei, compay!
- Pue’a sei que usté tenga razón, Alcaide, yo no digo que no; pero e’ta e’ mi tierra, y de eso usté si que no quiere daise cuenta, Alcaide, manque usté mesmo me vió nacei aquí; manque usté mesmo me vió crecei poi to’as e’tas trochas, y como yo, usté sabe que bajo e’ta tierra e’tan toititos mis mueitos, ¡y no pienso dirme, Alcaide!
A lomos de la yegua, el Alcalde chupaba con avidez, procurando encender su cachimbo. Logró encenderlo
justamente cuando Diomedes acababa de hablar.
- Compay Diomedes no sea usté teico-, echó las palabras con humo del cachimbo por un extremo de los labios -, si no se laiga por las güenas, le van a echai la guaidia, y eso e’ lo que yo quiero evitai.
Consuelo rondaba todos los días por los barracones, y por los bohíos diseminados alrededor del batey, enterándose de las familias que a diario se marchaban.
- Ayer se jueron los Suárez y los Díaz -. Dijo, estregando la ropa con labola de jabón de cuaba, encima de la batea, al percatarse de que Diomedes salía al patio -. Hoy se van los Peña, los Espinoza y los Rodríguez. ¡Pronto na’ ma’ vamo’ a quedai nojotros en el batey!
-¡Yo voa mori’me moliendo caña, mujei! - Dijo Diomedes, con el torso desnudo. Tomó la descolorida camisa que se oreaba en la empalizada.
- An pue’, si e’ así, laiguémono’antonce pa’ ‘onde haiga caña - Enjabonaba la ropa -. Nos podemos di pa’ San Pedro ‘e Macorís, o pa’ La Romana, si usté quiere.
- ¡Anjá! - Exclamó Diomedes -, también podemos dirnos pa’ San Cristobal o pa’ Barahona; pero yo quiero quedaime ‘onde he naci’o
- ¡Ay, virgen de Aitagracia!- Gritó la mujer de repente, levantándose a prisa y derribando la batea.
- ¿Qué pasa, mujei?- Preguntó Diomedes, alarmado.
- ¡Virgen de Aitagracia!_ Repitió la mujer -. Vea usté mesmo el humo, el re’plandor...
Diomedes miró en la dirección que la mujer señalaba -. ¡Coño, si tan quemando ei cañaverai! - Gritó, echando a correr.
- ¿Pero pa’ ‘onde va usté?_ Gritó Consuelo, asustada -. No sea usté loco. Diomedes. Diomedes venga pa’ acá. ¡Ay, Dio’ mío proteja a ese imprudente! - Clamaba la mujer con ambas manos sobre la cabeza.
Sin escuchar las voces de su mujer, corría desesperado en dirección al incendio que avanzaba voraz, empujado por la brisa. "El fuego ta llegando al molino", pensaba Diomedes, oyendo su respiración agitada por la carrera, "agora si que to’ ha teimina’o, manque quizá se pue’a saivá cuaiquieicosa to’avía"!
En la carretera, afligida, aterrada, instintivamente huyendo en dirección al pueblo, Consuelo miraba angustiosamente el fuego que devoraba el cañaveral. El calor de las llamas le alteraba el rostro, la respiración. Diomedes se había perdido entre las trochas flanqueadas por ígneos matorrales. Tropezó y cayó de rodillas en la carretera, lacerándose las rodillas. No prestó atención al dolor a carne viva latiendo en sus piernas, escuchaba un galope, conversaciones, risas, y de pronto los vió: venían con las teas encendidas aún.
- Ahí tá la mujei de ese loco que no quiso dirse -. Dijo una voz desconocida para Consuelo. Pasaron frente a ella, y reconoció a Cayetano, la repulsiva cicatríz del rostro lo volvía inconfundible -. Agora que muela la caña aquí en la carretera -dijo Cayetano entre risas -. ¡Eso si que tá güeno, ombe, po’que la carretera no e’ de naide!



Los Algodones/Otto Oscar Milanese

Los Algodones/Otto Oscar Milanese


"Muchacha bonita
de los Algodones,
no te vayas ahora
que esto se compone,
hice un juramento,
voy a quedar mal,
por mujer no lloro,
pero, por ti voy a llorar".

Merengue: "Los Algodones".
Del folklore dominicano.

Cuentame un merengue.
"Historias sugeridas del merengue".
Otto Oscar Milanese.


El mundo, entonces, se reducía a trotar por las callejas de Los Algodones con un ligero vestido azul celeste y los pies descalzos. Correr y reir por entre la ringlera de ranchos, y oler el monte como olfateando amor primero de carnes tersas, que se entrega, apartado de los senderos por donde el tiempo es un eterno transitar de campesinos sobre sus burros, campesinos hoscos y somnolientos detrás del cachimbo semiapagado que tira manotazos de humo gris contra la soledad del monte. Amor de mujer que todavía no sabe que es mujer hermosa y codiciada por los varones del lugar, cada vez que la ven reir corriendo. Mujer que tiembla secretamente cuando se piensa ilusionada, y desafíando el criterio de las mujeres mas viejas, quienes, arrínconadas en esa ajada tristeza rutinaria de lavar ropas en el rio, y comentar lo poquito comentable del pequeño paraje, le han aconsejado a la muchacha "Tú ten mucho cuidado con Omar, po’que ese hombre e’ bien mujeriego". Los consejos de las grises comadres sin juventud, quedan revoloteando con el agua entre las piedras del rio, y se van, se van rio abajo, como se van y se disuelven las lavazas que sueltan las prendas que enjuagan; y allá va María sin prejuicios... Allá corre Maria descalza, mientras los hombres enronquecen apostando a sus gallos de peleas, mientras las mujeres disponen los peñones del fogón, allá va María con un ligerito vestido que la brisa montuna pega al juvenil cuerpo; allá va María, enamorada y alegre a encontrarse con Omar, lejos de los gritos de los jugadores, del olor a cuaba humeante que impregna el campo, mientras las mujeres soplan y soplan los fogones. "No sé po’qué vengo, si todo el mundo me dice que e’ malo", escuchan la voz de María los escaramujos asombrados al borde del camino, el agua que se desliza con un canto entre rocas. María mete la cara en el pecho varonil, sus manos recorren los vellos que sobresalen por la entreabierta camisa del hombre, "Eresun lobo", dijo muy quedo María, estremeciéndose bajo el tacto de las masculinas manos que se posan en sus caderas. Retira la barbilla del pecho del hombre, y con el deseo húmedo de sus labios entreabiertos, busca la boca que la besa.


Cada vez que Omar sale a caballo de Los Algodones, va en busca de una mujer. Pasa la noche con una mujer en otro paraje del Cibao, eso le han comentado las comadres a María, mientras lavan y disfrutan esos ojos tristísimos que a la muchacha se le ponen, cuando exclama ¡"eso e’ puro chisme! Cuando Omar sale de Los Aigodones, e’ pa’ atendei los negocios de su taita". Las mujeres de senos flaccidos se inclinan sobre el murmullo de las aguas del rio; rien y lavan, rien y lanzan escupitajos sobre el débil oleaje, "No seas mensa, a tu Omai no hay escoba con faldas que se le ponga en frente". Y María se lo recrimina a Omar, cada vez que tiene oportunidad de verlo, de sentirlo en la mansa tarde campesina. "Pero si yo na’ ma’ pienso en usté", responde él, y María quiere creerlo; pero el lejano rumor del rio bailotea en la brisa, trae las frases de las lavanderas, "Usté no e’tá siendo franco conmigo", pretende escabullirse del abrazo, rechazarlo, ¿"po’qué no me dice de una ve’ to’a la verdá? Usté ha teni’o sus amoríos por ahí"... El hombre lucha por callarla a besos y encuentra el largo y suave cuello de la mujer que se debate inquieta entre sus brazos. Él conoce la tenáz lucha que ha sostenido para convencerla, para lograr sentir su petreo cuerpo contra el suyo, contra la tarde que se llena de jadeos, mientras los caminos se llenan de remotos rebuznos, de agudos balídos. Ella nunca ha cedido, nunca ha permitido una caricia mas audáz que un furtivo beso, interrumpido siempre para preguntar ¿"Antonces e’ verdá que usté tiene muchos líos por ahí, como to’ el mundo anda diciendo"? La cálida respiración femenina peina la cara de Omar. "Güeno, sí ombe mujei, pa’ que negailo, yo ha teni’o mi enre’o por ahí". María forcejea, respira profundamente y su mirada cobra mas intensidad, él la retiene a la fuerza, ¡"Pero güeno, mujei, que le pasa agora, si to’ eso fue enantes, cuando to’avía usté era una muchachita"! Eltenso cuerpo de mujer comienza a relajarse entre los brazos del hombre. Omar la besa con pasión, el campo, el rio, las lavanderas parecen abandonar el mundo por un instante, hasta que María apoyando sus manos contra el pecho del hombre, lo empuja y se separa de el bruscamente, "E’tá güeno ya", dice la mujer con voz cercana a la ira, "conmigo no va conseguí usté lo que ha teni’o con las otras.

Omar no llora por ninguna mujer, van comentando las mujeres camino del rio, con el cubo atestado de ropas sobre los hombros. Omar lo que busca es tirarlas encima de las hojas, y perderlas en el monte, en cualquier soledad de ramajes sollozantes ante los continuos embates de la brisa. María camina erguida con su cubo de ropas sobre el hombro, y otro cubo atiborrado de tristezas, en el firme busto femenino que sube con ansiedad, que baja con angustia, porque Omar no llora por ninguna mujer, ni recuerda a nadie, eso dicen ellas caminando hacia el rio. "Perdón por siempre, lobo", murmura María.


Antes de que la noche arropara a Los Algodones, faltaba María. María que no llegó al rio con su cubo de ropas. María que no volvió al rancho a juntar las brasas del fogón. Faltaba María, descalza y alegre sobre el mustio atardecer del campo dominicano. Se oyeron las voces primero, y no hubo respuesta. A la hora de subirse a dormir en las ramas las gallinas cacarearon por el alboroto, y nada. Balaron los chivos, y el gallo cantó hiriendo la oscuridad que se avecinaba. ¡Nada! Faltaba María. Con el anochecer encima de ellos,los hombres prendieron jachos para salir a buscarla por los montes. Omar montó a caballo y salió por todos los caminos llamándola. Respondió el monte y la brisa, el monte y el olor a noche. Se aventuró hasta la carretera, vociferando el nombre de mujer. ¡Nada! Sólo el monte y el canto de grillos entre hierbas. Sentía una extraña sensación entre pecho y garganta, a la que no deseaba resistirse. Escuchó voces lejanas, por allá por el pedregoso senderillo que bajaba al rio. Voces y carreras. La opresión continuaba entre pecho y garganta, se desmontó del caballo y se sentó en una peña a la orilla del camino. En dirección al rio se elevaban las voces, los gritos, los ladridos... Inclinó lacabeza sobre el pecho y la brisa de Los Algodones combatió la humedad de sus ojos.



La Yola/Otto Oscar Milanese

La Yola/Otto Oscar Milanese



"Te montan en una yola,
para cambiar tu destino,
y después sin darte cuenta,
vas muriendo en el camino".

Jaime Shanlatte/ Sonny Ovalle.


Cuentame un Merengue.
"Historias sugeridas del merengue".





La Yola. ( Homenaje a Jaime Shanlatte/Sonny Ovalle ).
Otto Oscar Milanese.




El mar nos ha zarandeado de acá para allá. Es una vaina no temerle a la mar, porque pienso que el miedo, por lo menos me impediría pensar. Estoy harto de pensar y repensar un oleaje de dislates, que a lo peor, se me escapan febrilmente por la hinchada boca pastosa y acre. En ocasiones he oído que me mandan a callar, sobre todo, esos dos que durante toda la travesía no han cesado de refunfuñar entre ellos con marcado acento cibaeño. "Ei diablo, primo, pero vea si ‘ta loco ei sureño ese", oigo que dicen, "na’ ma’ sabe hablai de la mujei". No les hago caso. Poseo toda la mar por delante para pensar. Si alguna utilidad tiene pensar en estos momentos, es la de olvidarme de la sed de labios agrietados, y de este reseco amargor de entrañas lavadas con sorbos de agua marina. Toda la caribe mar por delante, y puedo olvidarme del tufillo que despedimos los quince expedicionarios, tumbados casi uno encima del otro. La pequeña embarcación sube con las olas, y desciende vertiginosamente a un fugaz vacío. Gritos.Arcadas. Vomitos. Y las imprecaciones de los cibaeños. Nadie ha osado meter las manos al mar para traerse a los excoriados labios unas gotas de humedad marina. ¡Nadie!, luego de que en la tarde de ayer - estoy dubitando, si realmente ocurrió a la tarde, o mas temprano, a la mañana de ayer -, la mujer de Santa Cruz del Seibo, estiró medio cuerpo por encima del borde de la embarcación para vomitar. ¡No vomitó! Todos lo vimos, y gritamos. hasta yo sentí y grité mi espanto. Digo hasta yo, porque siempre ando inmerso en mis meditaciones; pero de golpe dejé de pensar, cuando vi la aleta de tiburón tan próxima al rostro de la Seibana. Tácitamente, desde entonces, quedó establecido, que debíamos vomitarnos dentro de la yola. No me importó. No me importa. Ni siquiera creo que estoy entumecido y tirado a un costado de una yola, en algún rincón del mar. Unicamente pienso en Gabriela.

Ir y volver del rio. Siempre la vi ir y volver del rio con el cántaro sobre la cabeza. ¡y yo soñando con Puerto Rico! Ella, entre muchachos descalzos y andrajosos, y entre la tarde y mis ojos; con el vientre queriendo reventar las descoloridas margaritas estampadas en su raído vestido. la veía, o la miraba sin verla, porque el compadre Gervasio habíame despertado todas las ganas hacia Puerto Rico. Gabriela entre el fogón y el olor a café recien colado; entre las voces niñas que juegan, y corren entre los matorrales, alejándose ahora, ya regresando. ¡Y yo soñando con Puerto Rico! "No más miseria, compadre", me aseguró el compadre Gervasio. El trago de ron Brugal, el merengue de Johnny Ventura, o el haz de la empobrecida luz de la lámpara de kerosene, me invitaban a asentir. Ya no veía a Gabriella entre la vida y los días, llevándome una mano sobre su vientre y diciéndome, "dicen que esta barriga es de varón". "No es de varón, ni de hembra", pensaba yo, y mis ojos centelleaban, soñando con Puerto Rico. "De miseria, mujer", le dije, "esa barriga es de miseria".

Lo que digo es que es malo no temerle a la mar. Estoy todo emporcado de reseco vomito ajeno, desde el susto que se llevara la seybana. Mar. Vomito. Susto. No, no le temo al repentino y brusco oleaje que eleva la yola y la arroja a ese vacío tan abisal, como las cataratas que retumban en mi estomago. No le temo a esos merodeadores sanguinarios de agua salada, ni siquiera temo pensar que jamás llegaremos a Puerto Rico. Estoy convencido de que nunca llegaremos a Puerto Rico. Unicamente hemos dado vueltas entre oleajes y tiburones; entre imprecaciones y vomitos.Hemos girado y girado entre las quemaduras solares y las bajas temperaturas nocturnas.

Ahora pienso en Gabriela... Unicamente en Gabriela, y en su barriga a punto de desinflarse. ¡Al diablo con puerto Rico! La Radio Televisión Dominicana anunció que los médicos abandonaban los hospitales. Eso lo escuché. Claro, lo escuché muy bien. Ella también me lo dijo. No es que deliro, o prefiera delirar para no temerle a la mar, a la jodida mar con su silencio de tiburones debajo de la yola. Ella me lo dijo sombríamente, y me abofeteó su acento de reproche, "Si los médicos deciden irse a la huelga, tendré problemas para el parto. Deberías irte después que yo pariera". No le presté atención. Continué introduciendo la ropa en el bulto. "Me voy por ti, mujer, por el niño que viene. Todo nos saldrá bien". ¡Pero nada ha salido bien! Invertí los pequeños ahorros que logramos con la cosecha del café, para meterme en esta yola a dar vueltas y giros sobre las olas, mientras la Gabriela pare en alguna dirección del mundo que ya no atino a precisar. ¡Jamás llegaremos a ningún lado, jamás! Estamos bajo el vomito nuestro, y al lado de las incesantes maldiciones intraducibles de los cibaeños; mejor realizo lo que en este preciso instante hago: intentar virar la yola... Y definitivamente no llegamos a Puerto Rico, no pienso mas en Gabriela, ni existe temor a la mar, ni a esas aletas que se aproximan en circulos.

La Muerte De Martín/Otto Oscar Milanese

La Muerte De Martín/Otto Oscar Milanese


"Se murió Martín
en la carretera,
le prendieron cuaba,
porque no había velas".

Héctor J. Díaz.


Cuentame un merengue.
"Historias sugeridas del merengue".


La muerte de Martín. ( A la memoria de Héctor J. Díaz).
Otto Oscar Milanese.




- Voa aparejá el burro, mujé -. Dijo el hombre, con una voz que deseaba sonar firme y segura.


La mujer se echó aire con un mugroso pedazo de cartón, miró el cielo sin nubes, y no dijo nada. Martín Jiménez, pálido, tembloroso, encontraba súbitamente difícil la tarea de aparejar su esquelética montura. La mujer se percató de la torpe maniobra de su marido; pero continuó callada. Volvió a levantar la mirada hacia el cielo, y pensó: "Ni él ni el burro van a dí muy lejos; pero naide se lo pué decí, porque se da una inforforá der diablo".

En dos ocasiones los aparejos se le escaparon de las trémulas manos. Sudaba, veía el rancho estirarse y girar. Reprimiendo una maldición, para que Filomena no se diera cuenta del trance, Martín Jiménez se agachó a recoger los aparejos, y el mundo dió vueltas... Él, Martín Jiménez, lo estaba sintiendo.

- Adentro nos queda un pedazo ‘e pan, voa hacé una agüita de azúcar pa’ que se lo coma usté antes de dirse.


- No ombe, como va se’, mujé. Guarde ese pedazo ‘e pan pa’ usté, que naide sabe to’ er tiempo que va tené que e’pera’me -. Había logrado aparejar el burro,y procuraba montarlo de un salto. La mujer, el rancho, el límpido cielo azul, y la rala vegetación sureña daban vueltas frente a Martín.


- ¡Quédese Martín, carajo, e’ que no e’tá viendo que usté e’tá quebrantao!


Las frases de Filomena llegaban desde muy lejos, fraccionadas. "El agua de azúcar", pensó Martín Jiménez, "la mardita agua de azúcar me ha debilitao to’".


- ¡No, mujé, tengo que dirme par pueblo ‘e Azua, o nos morimos ‘e jambre ya mesmo!


- Quédese Martín, quizá pa mañana mesmo Dios nos manda un aguacerito y er conuco vuerve a reverdecé; pero quédese, ombe, que de lejitos se ve que usté no e’tá na’ bien.


Martín deseó sonreir, y alcanzó a plasmar un gesto entre la mueca y la sonrisa-. No ombe, Filomena, déjese usté de vainas, que voa e’tá yo dizque enfermo. Di’pué dirá usté mesma si fue güeno o no que yo me juera par pueblo ‘e Azua, cuando me vea vorvé con el burro carga’o de alimentos-. Arreó al burro, y se puso en camino sin despedirse, sin voltearse a mirar. Filomena, de pie, a la puerta del bohío, miraba como se alejaban hombre y bestia.


- ¡La virgen de Artagracia me lo’ proteja a lo’ do’_, dijo Filomena, santiguándose_, manque pa’ mi no llegan a bajá la loma, no llegan a la carretera!


A la altura del primer recodo de la ladera, el burro se echó bruscamente a tierra, lanzando a Martín Jiménez por encima de la cabeza. El sol no había escalado a su cenit, pero quemaba. Martín Jiménez quedó inconsciente, despatarrado sobre el pedrerío y los guijaros. El burro, echado, vigilaba la inconciencia del hombre. Una lagartija atornasolada se soleaba sobre un peñasco. Sintió los parpados pesados, arenosos y ardientes. Procuró moverlos, sin comprender todavía lo sucedido, "’Onde diablo e’taré que no arrecuerdo na" pensó, y abríó los ojos, entonces vió al burro echado tercamente en el sendero, y recordó:


- ¡Anjá! - exclamó, con la saliva ensangrentada y espesa -. Güena me la hecho e’te tunante; ¡agora mesmo verá quien e’ Martín Jiménez, carajo!


Intentó moverse, y el dolor estremeció todo su cuerpo. Instintivamente se palpó la pierna derecha. "Debe e’tá rota", pensó, y se arrastró hacia la peña, espantando la lagartija. Débil, mareado por el hambre y sintiendo el escozor de la carne lacerada en varios puntos de su cuerpo, Martín Jiménez luchó denodadamente por ponerse de pie, apoyándose con ambas manos en la peña. Reprimió un grito de dolor, la pierna lo martirizaba; pero consiguió la verticalidad de su cuerpo. Poco a poco logró mover la pierna, sosteniéndola con ambas manos a la altura de la rodilla. El árido paisaje giró, como si Martín Jiménez lo mirara desde una borrachera. El burro, el pulcro cielo azuano, el guazabaral, todo danzaba de izquierda a derecha y súbitamente se desplomaba. "Una vara", pensó Martín Jiménez, escudriñando el desolado paraje, "una vara o una rama‘e mango o de quenepa, carajo, pa’ que e’te mardito animalejo sepa lo que e’ güeno". El sabor del hambre, el sabor de las entrañas vacías estalló amargamente en la boca de Martín Jiménez. "Lo voa dejá dí", pensó, mirando al burro, "totar, que el probe ‘ta pior que yo, porque ni agua de azúcar ha probao en semanas, además, lo ma’ importante agora e’ llegá a la carretera manque sea gateando".


Caminó, se arrastró penosamente, sin saber siquiera si avanzaba en dirección a la carretera. "Si bajo hasta la carretera, un jeep me pu’e recogé", pensaba, dejando pedazos de la podrida camisa entre las piedras y colgando en las guazabaras. ¡"Tengo que arcanzá la carretera! ¡Tengo que arcanza’la por Filomena, no la pue’o dejá morí ‘e jambre allá arriba"! Caía, trabajasomante se levantaba Martín Jiménez. El dolor de la pierna ya no le molestaba, ni siquiera la sentía por el entumecimiento. El infierno era la boca. La boca y la sed. La boca y el sabor a tripas. La boca y la saliva espesa, reseca, casi sólida. Se arrastraba,andaba cojeando pequeños trechos, sobre cascajos puntiagudos y bajo el sol. ¡El duro sol azuano! "Tengo que bajá, carajo", casi corría, con toda la manigua azuana para él. Con todo el sol para su ardiente cabeza, para su sed que le impedía escupir. Caía y rodaba loma abajo, y el sol siempre arriba. Los pies manaban sangre, pero continuaban devorando tierra reseca, ramas deshojadas, hoyos de arañas.Corría fuera de sí, con toda la manigua para él, hasta que oyó o creyó oir el ronquido de un motor. Bruscamente se detuvo y se echó a reir como un muchachito. Se olvidó de la pastosidad de su boca; ignoró el dolor de su carne lacerada, y se echó a reir como un poseso. ¡ "Un carro, eso e’ un carro o un jeep"!, pensó, embriagándose con la proximidad de la carretera. ¡"Si, señor, ese ruido e’ de un carro, y yo voa llegá, carajo, manque sólo sea pa’ sarvá a la probe Filomena"! Volvía a caer Martín Jiménez, y rodaba hecho un ovillo, saliendo, quedando boca arriba con todo el sol azuano para él, sobre la calcinada carretera.


La implacable sequía azuana tocaba a su fín. Arriba, en la loma, llovía torrencialmente. Cuatro hombres llamaron a la puerta del bohío de Filomena. Ella miraba por el ventanón abierto la salvaje caída del aguacero. Pensaba que Dios se acordaba de ellos. Los ríos, las cañadas, las regolas, bajarían con agua. Era una bendición del cielo para el conuco de Martín Jiménez, pensaba ella, cuando escuchó esos golpes bajo la lluvia, a la puerta de su bohío. Abrió la puerta y se quedó de frente a la lluvia, de frente al burro de Martín Jiménez y al conocido cuerpo de hombre que se mojaba atravezado sobre la bestia.


La noche sería larga y lluviosa en compañía del muerto. Filomena no lo creía, el estupor atenazaba su garganta y no la dejaba gritar. Se había derrumbado sobre una silla de güano, frente a la rústica caja en donde las vecinas habían metido el cuerpo de su marido , luego de lavarlo y vestirlo con el pantalón y la camisa con menos remiendos que pudieron encontrar colgando de un clavo en un rincón del aposento.


- Manque sea una velita hay que encende’le al difunto, comay -. Dijo una vecina a Filomena.


Afuera la lluvia continuaba. Intransitables, los caminos se habían convertido en lodazales resbaladizos. El aguacero arreciaba. Grandes charcos se formaban en las callejuelas. La noche se anticipaba precipitadamente.


- Pue’ aquí no tenemo na’, comay, por eso diva par pueblo mi probe mari’o, porque aquí no hay ni con que comé.


- ¡Ombe,comay, que no se pue dejá a un difunto sin sus luces!- Insistió la vecina.


-Pue antonces, voa encende’le una a’tilla ‘e cuaba - dijo Filomena, echándose a llorar de repente -, ¡totar, que to’ e’ lo mesmo pa’ un muerto!


La Miseria/Otto Oscar Milanese

La Miseria/Otto Oscar Milanese


"Ya mi ropita se acabó,
la miseria me agarró,
con dos hijos y mi mujei,
paso los días sin comei,
el conuco lo vendí,
con la pueica to peidí,
el zapato de charol,
eso fue lo que quedó".

Felix López.

Cuentame un merengue.
"Historias sugeridas del merengue.
La Miseria. ( Homenaje a Felix López).
Otto Oscar Milanese.


La Miseria.

Lo dijo colando café, y con un chorrito de voz demasiado triste_. ¿Pero güeno, Confesoi, usté ha pensa’o bien lo que quiere hacei? Po’que a decí ve’da aquí no tamos tan mai que se diga.

Moca se había metido muy adentro de la cibaeña tarde. Arriba, rodaban oscuros nubarrones con rumor de aguaceros.
_ Mira mujei_, dijo el hombre, parándose en el vano de la puerta de la cocina_. Aquí tamos siempre en lo mesmo, rociando ei piso ‘e tierra, pa’ que ei poivo no nos mate.


La cocina, rústica construcción de tablas carcomidas y sin pintar, quedaba separada del resto de la casa, que también había sido construida de madera y repintada por un rojo que ya el tiempo humillaba. Entre la casa y la cocina, semi hundidos en el terroso patio, variosladrillos, salvaban a los moradores de la casa de pisar el fango en tiempo de temporal. Mas allá de la cocina se levantaban dos matas de coco, alrededor de estas, sobre todo en días soleados, corrían enormes ranas lucias, que a veces se aventuraban a traspasar los desportillados muros de la pequeña letrina al fondo del patio.


Romilia aspiraba con fuerza. En el ambiente cargado de electricidad, aguacero y café se confundían en una extraña mezcla agradable. Volvió a aspirar el aroma de aguacero y café, escuchando el inicio del canto de la lluvia cayendo sobre el techo de zinc.


_ ¡ Anjá!_ Exclamó la mujer, vertiendo el aromático líquido en el colador_, lo que usté dice tá bien; pero arrecueídese de que e’te bohío, manque se e’té cayendo e’ de nojotros, y que los muchachos, manque sea rulos, comen.


Confesor tomó el platillo con la diminuta taza que la mujer le tendía. El café humeaba... El aguacero cobraba intensidad. Arriba, sobre el techo de zinc, la sinfonía llegaba a su momento culminante.


_ A usté, mujei, yo dende siempre he desea’o veila como una reina, y ya pu’e vei usté mesma, que pa podei compraile ese pai de zapatos que tanto le gu’tan, e’ mucho lo que hay que sudai.


_ ¡An pue, usté bien sabe que yo no me le quejo, ni le toy pidiendo na’!


Probó el café, y se quedó pensativo_. ¡Concho!_, exclamó de pronto_, ¡Si usté viera lo bien vesti’o que ha veni’o Tiburcio, yo mesmo lo vide ‘onde tío Felo. ¡carajo, si e’ como siempre te lo he dicho, mujei, to’ ei que se va progresa! Yo no sé a que usté le tiene mie’o, si aquí nojotros tamos en la mesma miseria de siempre.

Romilia dejó la taza de café sobre la renegrida superficie de la mesa, y se aprestó a remover las brasas del anafe, procurando que su marido no le viera los ojos acuosos.


_ Mire Confesoi, pa’ que usté sepa, lo de ese tai Tiburcio no e’ ma’ que aguaje. El mesmo tío suyo me lo dijo "Tiburcio ha veni’o muriéndose ‘e jambre; pero vesti’o de casimir, po’que to ei que viene de allá presume de que ta bien, manque se e’té tragando un cable".


_ Pue’ sea ve’da o no lo que dice uste, yo voa probai, mujei. Vamos a dirnos pa’ probai.


El trueno retumbaba lejano, rodaba por las lomas mocanas.
_ Adio, Confesoi_, sonó alarmada la voz de la mujer_, ¿y nue’tro bohío? ¿ Y ei conuco, lo va dejai usté desatendi’o?


El hombre bebió un sorbito de café, y dijo_ ¡Güeno, mujei, ya no se apure usté, que no faitará quien nos dé un pai de pesos por to’ eso!


Romilia se miró las punteras de los zapatos negros. El charol relucía bajo el sol tropical. Las calles dormian bajo el sopor del mediodía. La mujer andaba con la cara mal empolvada y el alma rociada de ansiedad. Pasó frente al billar, y escuchó la ebriedad de las masculinas voces de los jugadores. "Siempre lo mesmo", pensó, apresurando el paso. Sólo en el billar parecía haber vida en el pueblo; pero Romilia ya no escuchaba las disonantes voces, se perdía con su vestido de medio luto, doblando la esquina del colmado. Cabizbaja y apretando el portamonedas contra uno de sus senos.


_ Vengo a vei si usté pu’e convencei al loco de su sobrino, que ya ta dijiendo que va vendei to’, ha’ta la casita que le dejó su taita, pa’ laiganos dizque al extranjero. De pie, miraba al anciano que parecía mal soportar las aletargantes horas del mediodía tropical. La sala amplia, el piso de cemento, limpia y clara. Las paredes pintadas de azul. El mobiliario se reducía a dos viejas mecedoras de caoba, situadas una en frente de la otra, y entre ambas, arrimada a la pared y sin estorbar el paso, una mesita de madera, cubierta con un blanco mantelillo bordado. Sobre la mesita un antiguo radio transmisor; contra la pared opuesta se observaba un viejo sofá de palos que no hacía juego con el par de mecedoras; colgando de un clavo en la pared, el unico cuadro de la estancia, mostraba a una niña sentada, procurando sacarse una espina de los pies.


_ ¡Anda la porra, Romilia_, dijo el anciano, rascándose la nuca, con aire preocupado_, yo ya se lo tengo dicho a ese loco de tu mari’o; pero güeno, sientate mujei, que agora mesmo Tinol nos trae café.


Romilia se dejó caer en el sofa de palos, a sus costados quedaban las puertas, y por sus hojas entreabiertas se filtraba la claridad del sol. El calor era un líquido atormentador entre la mujer y su vestido de medio luto.


_ No se ha cansa’o de repetí que to’ ei que se va progresa... Que hay que vei como vino ese compay de usté, el tai Tiburcio ese, que jata ha llega’o hablando di’tinto y refina’o.


_ ¡Que no me jeringue ei, carajo! Si mi compay Tiburcio lo que vino fue gritando miseria, y pa rematai, Romilia, esa remúa con la que andaba,ni dei era.


Surgió Tinol con aroma de café dominicano. Tinol con la bandeja en las manos y la expresión tímida en el rostro, pidiendo permiso y ofreciendo la aromática bebida. Llevaba un vestido de una sola pieza, todo en ella anunciaba la adolescencia y el campo cibaeño.


_ ¡An pue’_, dijo Romilia, inclinando el busto hacia delante, y tomando la humeante taza de café_, si yo también se lo ha dicho bien clarito, y na’ de querei cree’me!


Felo se sentó en la mecedora. La taza de café en las manos. Tinol se retiró tan tímidamente como surgió.


_ Yo voa conveisai con ei, manque no le prometo na’, Romilia, po’que usté mesma sabe que cuando se le mete una vaina en la cabeza...


Romilia se levantó. Había consumido el café, y se disponía a retirarse. Tinol regresó como una sombra y tomó la taza vacía que le tendía la mujer.


_ Mucha’ gracia’ de to’a manera, Felo. Yo voa rezai pa’ que la virgen de Aitagracia me lo ilumine y pue’a usté convenceilo.
Confesor lo había decidido. Su tío Felo le ofreció buenos motivos para que no abandonara el país; pero él, pacientemente fue exponiendo sus razones, y Felo presintió el día en que, desde la puerta de su casa lo vería caminar por la polvorienta calle. Él, con paso firme, cargando la pequeña maleta, y ella detrás, con su vestido de medio luto y sus zapatos de charol, asiendo a los niños de las manos, y llorando un adios que va tirando con las manos a los vecinos; mirando por entre las lágrimas cada casa del barrio, como queriendo ubicarlas en el almapara posteriores recuerdos; adios, adios, y a su paso le duele cada puerta de cercado, cada voz de comadre que le desea buena suerte; adios, adios, casi gritado entre la vieja calle pueblerina y la placita en donde abordaría el minibus que los llevaría a la capital; adios a la pulpería, adios a don Feloque los miradesde las entornadas hojas de puerta de su bohío, con la aldaba empuñada, y la angustia como una opresión incierta entre alma y corazón, como si anticipara el momento en que Tinol le lee el papelito quele mandara su sobrino "No tenemos na’", "no tenemos na’, y pa’ sopoitai yo sólo la miseria, tá bien, ombe; pero no aguaito vei a Romilia y a los muchachos pasando jambre. Usté taba en lo cierto, manque agora e’ taide ya. Yo he peidio to’, tío, y lo peoi e’ que Romilia habla sola con esos maiditos zapatos ‘e charoi que duran ma’ que la mesma miseria"!

La Batuta/Otto Oscar Milanese

La Batuta/Otto Oscar Milanese


"Cuando la gente de Azua
vio a Casimiro caer,
le llevaron la noticia
al general Luis Pelletier,
y al recibir la noticia,
el general contesto,
salvese todo el que pueda
porque ya Horacio cayo.
Se va Horacio, se va,
se va el general Luis,
ya tiene la batuta,
Alejandrito Gil".

Emilio A. Morel.

Cuentame un merengue.
Historias sugeridas de merengue. (Homenaje a Emilio A. Morel).
Merengue La batuta.
Otto Oscar Milanese.




Debajo de las impasibles miradas de los retratos de los Padres de la Patria, el presidente Horacio Vázquez pela naranjas con movimientos parsimoniosos.


- ¡No se lo podía permitir! - murmura el presidente Vázquez, y pasa suavemente el envés de la mano por la cuidada barbita. Un engañoso aire de debilidad persigue al hombre que se opusiera ferreamente al dictador "Lilís", hasta que el histórico revolver de su primo, Ramón, "Món", Cáceres,espantó la tranquilidad de las cibaeñas calles mocanas, y la nube negra de Ulises Hereaux se deshizo definitivamente en aquel 26 de julio de 1899.


En la casa presidencial, entre un decreto y otro, el presidente Horacio Vázquez monda naranjas. La patria, cuando lo imaginaría Juan Pablo, el bueno de Duarte, la patria huele a zumo de chinas, ahí,bajo las mismas presidenciales narices de Horacio Vázquez. Con aire despreocupado observa las paredes de su despacho. Ahí está el olorcito, enredándosele a la barbita.


- No se lo podía permitir - repite con entonación decidida el presidente Horacio Vázquez. Rememora el vano intento del general Wenceslao Figuereo por permanecer en el poder -. Haberlo dejado ahí arriba, era tanto como continuar el lilisismo sin "Lilís"!


La violencia de las balas acaban con "El Pacificador Lilís" en Moca. La República entra súbitamente a un período tan inestable, como el que atravesara antes de que la mano dura de "Lilís" dirigiera la nación. Las instituciones democráticas, implantadas tras la independencia en 1844, apenas pueden sostenerse por si mismas, y acusan los efectos de las pugnas entre Francia, Inglaterra y Los Estados Unidos de Norte América, por ostentar el liderazgo sobre la política y la economía deominicana. En tales circunstancias, Horacio Vazquez y su primo, Ramón, "Món" Cáceres, toman la cibaeña ciudad de San Francisco de Macorís, y la revolución germina en toda la comarca.


¡Todo el Cibao pelea! ¡El general Wenceslao Figuereo se tambalea, pero no cederá facilmente! Grupos de exiliados antililisistas cruzan la frontera desde Haití, y se apoderan de la liniera ciudad de Dajabón. Wenceslao Figuereo está perdido, y lo sabe, pero, renuente a dimitir, llama ante su presencia a los generales Miguel Pichardo y Pedro Pepín.


- Allá en Dajabón - dijo el presidente Wenceslao Figuereo, despojándose de los espejuelos para limpiarlos -, están nuestros enemigos de siempre: Los generales Andrés Navarro, Higínio Arvelo, Pablo Reyes y Leoncio Roca, decididos a borrar para siempre la obra de "Lilís".


Militarmente cuadrados, escuchan al presidente. -¿ Cuales son sus ordenes, Excelencia? -Preguntó el general Miguel Pichardo.
_ Sofocar a toda costa el conato de rebeldía. Si logramos pacificar el Cibao, este gobierno se afianzará.


Pero no se pacifica el Cibao ni el gobierno de Wenceslao se afianza. Los esfuerzos de los generales Pedro Pepín y Miguel pichardo para sostener el gobierno, resultan inutiles. Todo es en vano, históricamente el lilisismo debe morir con "Lilís" en Moca, y a manos de Ramón, "Món" Caceres, quien entra a la historia por el estampido de una bala que quiebra la tranquilidad mocana, que conmociona al Cibao, que estremece a todo el país. Todo esta perdido! No habrá lilisismo sin "Lilis". La Vega y MonteCristi caen en manos revolucionarias. Santiago de los Caballeros, segunda capital del país, se rinde ante el empuje antililisista, y hasta allá llega Horacio Vázquez, y su inconfundible aroma a chinas, instala un gobierno provisional, reconociendo las bien puestas braguetas de Ramón, "Món"Cáceres, al designarlo como Ministro de Guerra.

La Guardia de Ramón, Mon, Cáceres.
A Juán Isidro Jiménes, un poderoso comerciante de la liniera ciudad de MonteCristi, lo encumbró Horacio Vázquez en la presidencia del país, convirtiéndolo en el primer ciudadano civil que durante mucho tiempo gobernara la nación; pero el mismo Horacio Vázquez, apoyado por Ramón, "Món",Cáceres, derroca al "Bolo" de Juán Isidro Jiménes. El mismo "Coludo" Vázquez atiborra de presos políticos las carceles del país; del país que baila y bebe en las galleras y va contoneándose por las calles en traseros mulatos, mientras Horacio Vázquez pela chinas y ordena, sin olvidar el campesino espiritu de esos gritos que demandan ¡"Abajo to' el que suba, coño"! Ese abajo to' el que suba lo comprende perfectamente Horacio Vázquez, en una época en la que abundan los generales, y se pelea por la patria bajo los cálidos efectos de abocarse a la mamajuana. Por eso no sorprende al caudillo "Coludo" que el general Andrés Navarro se levante en armas, allá en la fronteriza ciudad de MonteCristi. Monda chinas, Horacio, y piensa que el general Navarro se alocó.


- ¡Desafiar al Delegado de este gobierno en el Cibao, es vaina de loco!-. Habla consigo mismo el presidente Vázquez, paseándose de un lado a otro en su despacho.


¡"Definitivamente", piensa el presidente Vázquez, "el general Navarro está loco, ombe! Y "Moncito",sí, mi primo "Món" ha de meter en cintura a Navarro y a todo el que le siga allá en San Fernándo de MonteCristi". Había que dejar bien clarito que el gobierno del zumo de china y de la grisacea barbita de chivo, era un gobierno de respeto, además, hasta la misma virgencita de Altagracia, como que también tenía su olorcito a chinas, y estaba de parte del bando de "los coludos".


"Món", el compadre, "Moncito", el de pistolas y polainas destinadas para poéticas tramas de la patria,no puede contener la rebelión en la liniera ciudad de San Fernándo de MonteCristi, mientras Horacio "el Coludo" Vázquez con el estomago timbí, monda naranjas como si nada en la capital de la República. "Món" no ha perdido la guerra", piensa el presidente, conlos ojos acuosos por el zumo de la china.


- El gobierno es fuerte en el sur, con el general Luis Pelletier en Azua_, murmura Horacio Vázquez. Desde la pared le observan los inexpresivos ojos de los Padres de laPatria. Ojos de retratos que parecen mirar más allá del caudillo aficionado a las naranjas. Allá en monte adentro, donde llora la miseria en los bohíos campesinos, cuando a la vuelta del conuco los Dionisio, los Elpidio y los Milcíades tienden sus fatigadas anatomías en los rincones del hambre, y las Dolores encienden fogones; las Altagracia cortan cuaba o las Eduvige pelan platanos y rulos, y para el "Coludo" Vázquez na' es na',porque esa será siempre la más comoda filosofía presidencial. "Si me tumban", piensa Horacio Vázquez,"ahí está Puerto Rico a vuelo de pájaro". Y na' es na' si lo tumban, si "Món" no puede con esos locos que se han pronunciado en armas contra el gobierno, na' es na' porque él, el "Coludo" presidente Vázquez podría largarse tranquilamente del país. Que se queden los que montan mulos y van y vienen del conuco,que se queden las que cortan cuaba, las que encienden fogones, y soplan brasas con cartones mugrosos. Na' es na', y él, como cualquier otro presidente que le suceda, siempre podría marcharse ; pero para que preocuparse, si el este lo respalda, si por el sur está seguro con Luis Pelletier en Azua de Compostela, y sobre todo, su primo "Món", si "Moncito", arreglará todo ese traqueteo en el Cibao.

Mientras el presidente Horacio Vázquez piensa en Santo Domingo de Guzmán, que toda solución está en las manos de su primo "Món" Cáceres, en la sureña provincia de Azua de Compostela, imperterrito y luciendo una golilla roja, el general Luis Pelletier saca a la calzada una vieja mecedora de caoba y espanta el calor azuano con un abanico español. Allá en la vieja ciudad del Vía, los azuanos saben que la situación es critica, porque cuando el general Luis Pelletier se viste con golilla roja, es mejor caminar por la calzada de al frente. Las noticias que han tornado hosco el semblante del general Luis no son agradables para los simpatizantes del presidente Vázquez. "Món" Cáceres, con todo y su temarario valor, que resaltaran luego los poetas de la patria, no puede contener el histórico traqueteo cibaeño que se multiplica, y mientrasel presidente Horacio Vázquez monda chinas en su despacho, y el general Luis se abanica, casi rabiosamente en la soporifera tarde azuana, en la cibaeña ciudad de Salcedo se pelea, en San Francisco de Macorís, turbas enardecidas piden que se vayan "los coludos", y en Concepción de La Vega el pueblo se tira a la calle. El Cibao está en pie de guerra, el segundo gobierno de Horacio Vázquez está próximo a sucumbir; pero el caudillo "Coludo" viaja al cibaeño corazón de Santiago de los treinta Caballeros, y mientras el país arde, se empecina en buscar con "Món", el candidato "Coludo" para las elecciones próximas.


Alejandro Woss y Gil, el mismo general Woss y Gil a quien "El Pacificador" llevara a la presidencia en 1885, año en que el general Césareo Guillermo sitia a la histórica ciudad sureña de Azua de Compostela, y fue necesario que el mismo "Pacificador Lilís" en persona, al mando del ejército, fuera a desalojar al general Guillermo. Ahora, mientras los primos Vázquez y "Món" buscan candidatos "Coludos" allá en Santiago, el ex secretario de Cesáreo Guillermo irrumpe violentamente en la Fortaleza Ozama.


- ¡ Armas para los presos! -. Suena como trueno la demanda del general Alejandro Woss y Gil, dentro de los coloniales muros de la Fortaleza Ozama.

La noticia se dispara en tres direcciones, abarcando el territorio de la República. En Santiago, "Món" y Vázquez se enteran de que la artillería del Crucero Independencia abrió fuego contra los rebeldes que han tomado la Fortaleza Ozama. El general Woss y Gil libera a los presos comunes y los lanza a las calles. Los lanza a todo un mes de tiros en las esquinas capitaleñas, a todo un mes de gobierno de nadie. Tiembla el país. San Carlos es incendiado, arrasado. Se estremece la isla, enmudecen mercados y galleras, y en los campos callan carabinés y mangulinas. El hombre de confianza de "Món" Cáceres, Aquiles Alvarez cae peleando en la capital.Vázquez se sostiene a duras penas; pero el golpe de gracia para el gobierno del zumo de china, se lo propinan cuando anuncian la caída del Ministro de Interior y Policia, Casimiro Cordero. Entonces, como un agorero epitafio para el gobierno "Coludo", el general Luis Pelletier advierte en la sureña ciudad de Azua:


- ¡ Salvese quien pueda, ha caído Horacio!