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lunes, 10 de marzo de 2008

La Redada

La Redada/Otto Oscar Mlanese

motoconchos "Parado en una esquina,
cuando llegó la guardia,
y a mi me preguntó:
enseñeme su cédula,
con sello de este año,
que usted no la selló.
No ves que estoy enfermo,
que tengo erisipela
y no puedo trabajar.
A mi no me venga con cuentos,
montese en el camión,
y vamonos pal Sisal".

*Canción popular azuana, su letra presumiblemente se atribuye a José "Cuevita", incapacitado mental que solía cantarla en las esquinas de Azua.

La Redada

Otto Oscar Milanese

Del Libro Inédito "Azua: Sisal Y Sangre".




Lo dijo en El Palmar de Azua:

-¡Todo hombre que no produzca para el jefe, es enemigo del jefe!


Dominico Ramírez alegraba la mano metida en el bolsillo de su viejo pantalón, con el tacto de los pocos cheles que le pagaron por desyerbar un patio. En Cristo Rey, la mujer aún no encendía el anafe; los hijos todavía, exhibiendo los ombligos brotados, no habían probado siquiera un mendrugo de pan de agua. El tacto de los cheles alegraba el alma de Dominico Ramírez cuando desembocó en la avenida Máximo Gómez.


Las implacables palabras vomitadas sobre la brisa del Palmar de Azua, brotaban de la misma boca que sonreía bajo el candente sol:

-¡Todo vago será recogido de las calles, de las esquinas...


Salió con el palillo entre los dientes, luego de almorzar, y antes de tirarse a la calle santiaguera, dijo que volvería. Más tarde su voz encontraría eco en los muros familiares del hogar, manchando los objetos con una penosa nostalgia empecinada en cobrar el olor, el sabor de todo lo último que dijo o realizó en la casa.


El capitán Edigen Nin, "El Veneno, escuchaba atentamente al coronel José María Alcantara. El Sisal aguardaba. Por Puerto Viejo desembarcaron todo lo que el coronel exigiera, para comenzar el trabajo de la fábrica que el mismo Trujillo inaugurara. Las carreteras habían sido tendidas, El Palmar, Barreras,Timbú; Poza de Yeya, Lalaja y El Kilómetro 15 estaban comunicados. Sólo faltaban los hombres, y el capitán Edigen Nin, "El Veneno", sabía donde y como buscarlos.


El camión frenó bruscamente frente a él, cuando se decidía a atravesar la avenida.

-¡Súbase!-Le ordenó la voz de guardia.


Dominico Ramírez pareció no entender. La boca del mauser empujándolo, mató la explicación que procuró dar; se subió al camión atiborrado de rostros como el suyo. Hombres que no entendían lo que habían cometido ni a donde les llevaban.


- Todo jugador será extirpado de las calles. El jugador es improductivo, es un enemigo del jefe, y debe ser barrido de las ciudades.


El calor del mediodía tropical parecía respetar el entorno del parque santiaguero, en donde estaba sentado con el palillo entre los dientes. El camión frenó frente a él: un portazo, retales de conversaciones asperas, y la voz mandando:

- ¡Móntese al camión!


-¿Para qué?- Quiso saber.


-¡Móntese al camión, coño, haga lo que se le dice!


- Antes,déjeme tomar la llave del auto.- Dijo, comenzando a caminar hacia el automovil estacionado. El golpe de culata lo detuvo bruscamente arrojándolo al suelo.


-Este tiene cara de hijo de papi y mami.-Dijo el guardia que le golpeara.-Pero desde hoy sabrá lo que es ser hombre.


- El mismo jefe lo ha dicho: "El que no está conmigo, está contra mi". Todo el que esté contra Trujillo es enemigo de la guardia.


Olfateando viento de lluvia en el Kilómetro 12 de Haina, el capitán Edigen Nin, "El Veneno", pisoteó el cabo del cigarrillo, viendo aparecer al decimo camión atestado de hombres.


- Un guardia,- dijo sonriendo el coronel José María Alcántara, y remarcando cada sílaba-, un verdadero guardia es aquel que es capaz de matar a un enemigo del jefe, y si preciso fuera beber su sangre, se la bebe.


Todo estaba listo para que los camiones reanudaran su ruta hacia el sur. El capitán Edigen Nin, "El Veneno", tenía un pie en la cabina del que marchaba al frente. Del tercer camuón se tiró un hombre vociferando.

-¡No tengo por qué estar aquí en contra de mi voluntad, yo ne he hecho nada!


El sol de Azua arrancaba gotas de sudor a la amplia frente del coronel.

- Un guardia no es un verdadero guardia hasta que no le arranca los cojones a un enemigo del jefe.


-Me largo para mi casa-, gritaba el hombre, realizando energicos movimientos con los brazos al caminar.- Yo no he cometido ningún delito. Me voy para mi casa.


El capitán Edigen Nin, "El Veneno", bajó completamente del camión, y le ordenó al guardia que tenía a su lado:

- ¡Tírale!


Un momento de duda y asombro abofeteó el rostro del militar. Miró la espalda del hombre que se alejaba vociferando, y luego la impasible cara del capitán.


-¡Tirale, pendejo! ¿Acaso no eres un verdadero guardia? ¿Tendré que quitarte el Mauser para tirarle yo?


- En esta tierra de Azua-, dijo el coronel José María Alcantara, y sus ojos parecieron dulcificarse observando la vasta extensión limpia de terreno, en donde antes gobernaban las bayahondas,- los vagos, los enemigos del jefe producirán. Vivirán para producir, y todo aquel que sea improductivo será arrancado como la bayahonda de estos campos.


Le tiró una sola vez, y la voz del capitán Edigen Nin, "El Veneno", sonó luego de la detonación, antes del aguacero:

- ¿Alguien más tiene ganas de irse para su casa?


El rugido de los motores en marcha coincidió con el inicio del aguacero. Diez camiones avanzaban, iniciando una época de sangre para El Sisal, tras ellos, la primera victima continuaba tirada boca arriba en el suelo.

El Día Del Ruido

El Día Del Ruido/Otto Oscar Milanese.


Parque 19 de Marzo 3
El Día Del Ruido
Otto Oscar Milanese
Del Libro Inédito "Azua: Sisal Y Sangre".

Saquemos las sillas, reclinemo’las contra er bohío, que se lo voa contá: Yo taba casi cruzando el arroyo, cuando lo vide to’. El motor der carro rugía y rugía, e’pantando a las ciguas que bebían en los charcos que el aguacero der día anterior dejó cerca der arroyo; pero las ruedas de alante taban bien enchivá, y patina que patina tirando lodo pa’ to’ la’o. Antonces, si señor, me arrecuerdo muy bien que er motor se apagó de gorpe, y ér salió der carro. Cuando lo vide, se me cayó er macuto que traía repleto de la yuca que había recogío en mi conuquito, y me puse to’ turulato, señor, entiendalo usté, cuando me diba a imaginá yo,que me tropezaría de frente con er Benefa’tor al cruzá el arroyo de Las Auyamas. Pero era ér, de eso no tuve dudas, porque taba cansa’o de ve’sus retratos en toa partes. Me arrecuerdo ha’ta de lo que pensé, cuando lo vide dí pa’l otro carro ‘onde taban varios guardias, "dende er día der ruido en El Rosario, la gente dice que por fín el progreso ha llega’o a La Plena de Azua, y parece que e’ verdá, porque ha’ta er mesmoTrujillo ha venío". Y no pude pensá má’. La vo’ de ér no me dejó pensá má’. Esa vo’ que tanto había e’cuchao de lejito’ en la radio der pueblo de Azua, agora se la e’taba llevando la brisa que soplaba por to’ el arroyo, y lo e’cuché clarito: !"Coño"!,usté perdone la palabra, pero eso fue lo que dijo el mesmo generalísimo, señor,¡"Quiero vé un puente sobre e’te mardito arroyo en sei’ días"! Y yo, vea usté, me sonreí, y pensé, "La gente de La Plena,e’ gente que sabe, e’ verdá que er progreso ‘ta llegando, ya vamo’ a tené puente". Pero no bien acabo yo de pensá eso, allí, como clava’o a la orrilla der arroyo, oigo que uno de esos oficiales que taban en el otro carro le re’ponde que sei’ días no e’ na’,antonces, señor, por si to’avía arguna duda tuviera de que se trataba de ér, er Benefa’tor le dijo ¡"He dicho en seí días, carajo, y en sei’ días se hará"! Corrí pa’’onde ellos, porque el oficial que se quejó der poco tiempo, me taba llamando pa’ que fuera a arrempujá er carro enchivao. Arrempuja y arrempuja, señor, y las ruedas patinando en er lodo, saliendo poco a poco. Los vide dirse rumbo a Puerto Viejo, y pensé, echándome er macuto al hombro "Cuando le diga a Tinol que ayudé a desenchivá er carro de Trujillo, no me lo va crée; pero güeno, e’ta mujé nunca ha creío en na’. Dende er día der ruido en El Rosario e´la unica que no quiere crée que er progreso ha llegaó, que por fin la Virgencita de Artagracia se ha acordao de e´ta tierra".


Tinol taba pará a la puerta der bohío, y dende que me vió le gritó a nue’tra hija "Artagracia, ve colando er café que ahí llega tu pay", antes de que yo dentrara pa’l rancho me lo dijo: "Usté no va crée lo que ha pasa’o e’ta tarde, Gerineldo". Er sor ya era de las cuatro, pero yo lo sentía como una brasa en mi e’palda, "Güeno, mujé", le dije dentrando pa’l bohío y dejando el macuto en un rincón de la sala, "¿ y que e’ lo que ha pasa’o"? Artagracia trajinaba en la cocina, y el olor der café me llegó primero que las palabras de mi mujé. "Aquí e‘taban to’ esos jombres embulla’os con la jugá ‘e gallos", me dijo Tinol, "armaban má’ bulla que er diablo, cuando detrá der círculo que habían forma’o se paró un carro; pero que carro que tenía brillo, Gerineldo, a pesar de ese porvazo que levantaba er viento, ese carro taba bien brillante". Se apareció Artagracia con una taza y un platico, "Sión pay", me dijo la muchacha, "aquí tiene usté su cafecito". Yo le eché la bendición a mi hija, y cuando la vide senta’se en una silla de güano e’peré a que su maye siguiera contándome. "Los jombres na’ ma’ gritaban que voa cinco al cenizo, y que voa to’ lo que tengo al cola blanca, y no se dieron cuenta que der carro salía ese jombre,y que diba derechito pa‘‘onde ellos. Los jombres e‘taban como enloquecíos sartando y gritando bajo e’te solaso de La Plena, ha’ta que uno de ellos le echó el ojo al jombre que ya e‘taba a do’ pasos der gentío, y gritó: ¡ "Coño, nos jodimos to’, Trujillo ha venío y no le hicimos caso"! Y se armó tamaña juidera, Gerineldo, pisotearon to’ a los gallos que quedaron medio muertos encima der polvo. Trujillo se reía mirando a los jombres corré, y a los gallos pisotea’os e’tremeciéndose, y ma´se rió, cuando los jombres que no tuvieron tiempo de salí juyendo, van y se le plantan al frente, y con er mie’o trepao en la vo’ le hacen un mar saludo militar y le dicen: "Perdone usté que no lo haigamos vi’to, jefe". Antonces, Gerineldo, er Benefa’tor se metió las manos en los bolsillos, y sacando un bollo de papeletas, comenzó a reparti’la diciendo: "Ya no pierdan má’ er tiempo jugando a los gallos, y ponganse a trabajá to’, que a mi no me gu’tan los vagos". Y los jombres como pa’ quedá bien, "que mire usté, jefe, lo que pasa e’ que aquí en Azua na’ ma’ hay sor y polvo", y Trujillo oyéndolos, medio serio, medio sonreío, como si e’tuviera creyendo to’ lo que le decían. "Aquí no hay na’ de trabajo, jefe, dijo otro del grupo, nojotros to’ tamos cansa’o de bu’cá trabajo, y no aparece na’, y pa’ cormo, ni siquiera agua tenemos pa’ regá nue’tros conuquitos. ¿Verdá, muchachos"? Casi to’ er mundo dijo que sí al mesmo tiempo; pero cuando se quedaron calla’o, la vo’ der Benefa’tor cortó como un colín: "Pue’ pronto van a tené mucho trabajo en la provincia de Azua, y al que se la quiera seguí dando de vago le va a pesá".


Vea usté, señor, me arrecuerdo como si lo e’tuviera dijiendo agora mesmo, que le dije a Tinol "An pue’, mujé, y por qué diba a pensá usté que no le creería, si yo mesmo ha tenío que arrempujá er carro der Benefa’tor pa’ desenchivalo allá en el arroyo de Las Auyamas". Y vea usté como son las mujeres, yo creyendo que no me diba a crée cuando se lo contara; pero me creyó, ¿"Cuantas papeletas te dió Trujillo"? Me lo tiró así de gorpe, y yo dijiéndole que no me había da’o na’, y ella con vo’ de burla "Tú ta oyendo eso, Artagracia, er Benefa’tor reparte papeletas entre unos vagos que juegan a los gallos, y al que ayuda a desenchivá su carro no le da na’". Y yo dijiéndole que Trujillo e‘taba muy encojonao, que quería un puente hecho sobre Las Auyamas en tre’ días; pero ella ni me miraba, le hablaba a nue’tra hija en el mesmo tono: ¡"Tú ta viendo como son los jombres mi'jita! Ya e’te se ha inventa’o un puente, con tar de apuñalearse los cuartos que le dió Trujillo".



El día der ruido, yo no taba en El Rosario, señor, así que to’ lo que pue’o deci’le e' lo que me han conta’o Artagracia y Tinol. Artagracia me dijo que su may taba sacando agua con un jarro de la tinaja, cuando e’cuchó el rumor que ya crecía por los la’os de La Cienaga. "Yo taba asu’tá, pay", me contó esa mesma noche Artagracia, "y ma’ mie’o sentí cuando vide que a mi may se le re’bala er jarro de la mano, y se tira de rodillas sobre er lodazar que el agua derramá formó en er piso de tierra. Mi may se daba gorpes con er puño cerra’o, y e’cupiendo su pecho gritaba: ¡"La virgen de Artagracia nos proteja, mija, porque se ta acabando er mundo"! Antoces yo corrí a la puerta, y comencé a temblá, mi pay, porque to’ era porvo y ruido, y no se veía na’.To’ los jombres juian pa’l monte, gritando lo mesmo que decía mi may, ahí arrodillá sobre er lodazar, ¡"Se acaba er mundo"! Y de verdá parecía que se acababa, mi pay, porque encima de mi cabeza sentía los aleteos de las bandá de ciguas, de rolones, de chichigüaos y tiitos que salían der monte; y er ruido má’ y má’ cerca, mi pay, y er porvo haciéndome tosé y tosé, mientras los jombres se metían pa’l’ monte, y der monte salían puercos cimarrones, iguanas y chivos que corrían despavoríos. Antonces, mi pay, cuando er ruido taba má’ cerca, y ya no se podía ni re’pira por to’ er porvo, se me ocurre di pa’ ‘onde mi may y deci’le: "Maye, levantese, que yo creo que er mundo no se pue acaba con porvo y ruido, porque porvo y ruido no matan a naide". Y mi may dejó de gorpearse er pecho, y comenzó a rei’se, primero se reía bien bajito, y di’pue, acabó riyéndose a carcajá entre tos y lágrimas, "Tíenes razón, Artagracia, me dijo, porvo y ruido no matan a naide". Ayudé a levantá a mi may der lodazar, y limpiándose las rodillas, caminó conmigo ha’ta la puerta. Todavía los jombres corrían y voceaban; pero er ruido se ‘taba apagando ya, y un rato di’pue se fue aplacando er porvo, y antonces pudimos verlos, mi pay. Taban to’ alinea’os en la carretera que va pa’ Puerto Viejo, y me arrecuerdo que er purpero don Tilín, salió de su negocio dijiéndo que en to’a su vida nunca había vi’to tantas máquinas juntas, "parece que er progreso ‘ta llegando a El Rosario", gritaba don Tilín, y má’ tarde me dijo que contó 30 bulldozers, 15 gredas, 8 tráctores y 6 palas mecanicas. "E’to e’ vaina der mesmo Trujillo", le dijo mi may a don Tilín. En la carretera un jombre se movía de una máquina a otra, gritaba y ponía a to’ los choferes de do’ en do’, y luego lo vide vení pa’ ‘onde nojotros. Antonces, ya to’ los jombres comenzaban a vorvé der monte, y to’ er porvo se había aposa’o sobre las ramas de las matas de cambrón, en los troncos de las bayahondas y en los techos de yagüas de los bohíos. En la carretera, los jombres que habían vení’o con las máquinas e’cupian echando pe’tes contra el sor y dándole manotazos al sudor que nacía en sus frentes. El jombre llegó a ‘onde nojotros, y luego de saludá nos dijo casi a’peramente: "Yo voa a repartí a to’ etos jombres en los ranchos de ustedes. Se van a quedá na’ ma’ que do’ días, y er Generalísimo quiere que los traten bien. ¿ Si alguien no ‘ta de acuerdo que lo diga agora mesmo? " Pero naide dijo na’, y cuando el jombre se marchó hacia los demás bohíos, dijiendo lo mesmo en to’as partes, mi maye le dijo a don Tilín er purpero, ¡ "Carajo, e’te progreso comienza con mar sabor compay"!


Manque lo había ordena’o er mesmo Trujillo, arresultaba duro tené que acomodá en tu bohío a un desconocí’o. Entiéndame usté, señor, y ma’ pa’ uno con mujé y con hija; pero er Generalísimo lo mandaba, y naide prote’tó. El jombre que durmió en mi rancho, era un tipo muy tranquilo y poco jablador. La primera noche se tiró a dormí en un rincón de la sala, dijiendo que no deseaba causá muchas molestías. Cuando le dije que la gente andaba murmurando que Trujillo deseaba echá er mar ma’ pa’ adentro, porque pensaba construí una casa de veraneo en El Palmar, me molestó la sonrisa con la que me miró. "Toa esa maquinaria e’ pa’ tumbá e’tos montes", me dijo sin dejá esa sonrisa socarrona. Mi mujé Tinol que lo ecuchó, se llevó las manos a la cabeza, ¡"Ay, Gran Poder de Dio"!, gritó Tinol ¿"pero que vamo’ a comé si nos tumban er monte"? El jombre ya no sonreía, señor, y se le notaba las pocas ganas de jablá que tenía, antonces, como si no lo dijiera pa’ nojotros, se tiró en el rincón, arreco’tó la e’palda contra el horcón y murmuró: "Aquí van a tené trabajo, mucho trabajo, to’a La Plena se va a llená de movimiento".


Y to’ er movimiento comenzó do’ dia’ ma’ tarde, cuando aún Tinol no había ajuntao las piedras der fogón pa’ colá café bajo la enramá der patio, ni er sor azuano quemaba los agrietados caminos. To’ era ruido de gredas y de buldozzers, señor, y los gritos de mi mujé me tiraron der catre, "Gerineldo, Artagracia, juigan", voceaba Tinol, pará a la puerta der bohío, "vengan a vé, e’ verdá que nos tumban er monte". Con er mar sabor der sueño en la boca, y amarrándome los pantalones, llegué a ‘onde taba pará mi mujé, y vide to’ er porvo que alevantaban los gredas, las matas cayéndose, ¿" E’to e’ er progreso"? Preguntó Tinol, tosiendo y lanzando un salivazo en la tierra. Arriba, er sor no salía to’avía y bandadas de judios y de rolones volaban bajo er azul sin manchas de nubes de e’te cielo.


Yo lo vide llegá to’ asustao a ‘onde la purpería de don Tilín, y pedí un fra’co de romo. Yo taba por dirme ya pa’l bohío; pero al ve’lo me quedé para’o a un lado de la puerta de la purpería, porque dende lejo’ se notaba que ese jombre no era de por e’tos la’os, señor, y e‘taba segurito que esa cara no la vide entre los choferes de los gredas y las palas mecanicas. Er de’tapó la botella y pegándose al pico se echó un trago largo. Er purpero don Tilín lo miraba dende atra’ der mostrador, sin decí na’; antonces lo oí decí que era ingeniero con’tru'tor, y vorvió a echarse otro trago, má’ largo que el anterior, a pico de botella, y yo pensando "E’te se caé aquí mesmo", y le dijo que se llamaba Anibal, y don Tilín dijiéndole que mucho gu’to, y er ingenierito se limpiaba er bigote con una mano, y vorvía a embica’se a la botella, cuando lo e’cuché hablá de nuevo, ya su vo’ era de borracho ¡"E‘toy perdí’o,compay"!, nunca orvido esa vo’, señor, nunca en mi vida he vuelto a e’cuchá una vo’ má’ dese’perá que esa. "Tengo que con’truí un puente sobre ese mardito arroyo, en sei’ día’ na’ ma’". Me arrecordé antonces de lo que había dicho er Benefa’tor cuando se le enchivó er carro. ¿"Sobre cuar arroyo",Preguntó er purpero don Tilín, y el jombre comenzó a rei’se de repente. Su risa le etremecía to’ er cuerpo, y yo no se lo voa negá, señor, sentí mie’o, porque esa risa no era güena, no que va, y también don Tilín se había da’o cuenta, y miraba extraña’o al jombre, que dejó de rei’se y otra ve’ se llevó er pote de romo a la boca. "En seí’ día’ na’ ma’, señor purpero, en seí día’ hay que tendé un puente sobre Las Auyamas". Vide a don Tilín acoda’se sobre er mo’trador, ¡"pero eso e’ imposible, señor ingeniero"! Y el jombre que vuerve a rei’se, señor, y que vuerve a dase otro trago, ¿"Imposible"?, casi gritó er ingeniero, saliendo de la purpería, y pasándome por el la’o con su tufo a romo, con su risa a mie’o, ¿"Imposible"?, ya diba por la calle jablando solo y riyéndose, "¡Yo sé que toy perdío"Dijo, caminando con la botella en la mano.


Yo mesmo trabajé pa’ la con’trucción de ese puente, señor. Trajieron capataces, trajieron vorteos que diban a bu’ca arena a la playa día y noche, y trajieron a to’ esa ruma de jombres que vagaban p’uer campo sin empleo; trajieron ademá una planta ele’trica, y aquello fue trabajá y trabajá a to’as horas. El ingenierito diba de un la’o pa’ otro sin dejá de dá jordenes, sin dejá de echa’se su traguito a píco ’e botella; pero er puente no avanzaba. Sólo habíamos podí’o tendé un pequeño tramo que se apartaba de la orilla del arroyo, y ya teníamos do’ día sudando como animales. Vide al ingenierito ma’ nervioso con cada hora que trancurría; le pue’o jurá, señor, que nunca ma’ he vuelto a ve’ a otro jombre que mirara tanto el reloj; nunca ma’ he vuelto a ve a otro jombre que aguantara tanto romo, y manque siempre diba de aquí pa’ allá de mar humor, sabíamo’ en el trance que ese probe infelí taba metío, y mucho’ de nojotros, los que trabajabamos el turno de día, decidimos quedanos a trabajá por la noche. To’ er mundo cansa’o, llevando carretillas de arena, y el ingenierito chupa y chupa romo, y to’ er mundo suda’o ligando cemento; pero er puente no avanzaba ni por er día ni por la noche, y to’ el mundo tirando cemento y poniendo varillas a la lu’ de la planta ele’trica. A ratos, el viento traía un retazo de la mangulina de por los la’os de Guayacanal, "Yo soy batonero, ombe/ de aquella enramá, ombe/ y el que no me paga, ombe/ no me baila má", y ese mesmo viento nos secaba er sudor de la e’parda, señor, y to’ er mundo paleando cemento, "Madora, Madora, ombe", er viento arreciaba con fuerza remeneando las ramas de las matas der monte, y traía con má claridá la mangulina, "Madora cheché, ombe/ pégame un traguito, ombe/ de caramaché". Er ingenierito miraba con tri’teza que er puente no se había de’pegao mucho de la orilla, y e’cupia con rabia entre las piedras del arroyo,y ante’ de que el romo se le acabara, mandaba a un jombre a El Rosario pa’ que le tocara la puerta al purpero don Tilín a cuarquier hora de la madrugá y le mandara otro pote de romo.


Cuando er Benefa’tor vorvió to´er mundo ya taba derrenga’o de tanto palea cemento; y sin embargo, con tan sólo mirá ese carro negro y sabé que quien llegaba era el mesmo generalísimo, to los jombres comenzamos a trabajá con ma ardor. De reojo vide como el ingeniero se enderezaba, y pa mi que el jumo se le había pasao de gorpe; antonces, le pue’o jurá por la mesma virgen de Artagracia, que la puerta de uno de los carros se abrió violentamente, como si le hubieran dado una patá, y manque no queríamos, por la presencia de Trujillo, dejá de laborá, to er mundo se detuvo de gorpe, a mi se me cayó la pala cargá de cemento, y como si tuviera bien prendío de triculí, me quedé mirando ar capitán que caminaba hacia er probe ingeniero. Lo vide abrí la boca, pero no llegó a decí na, la punta de la bota der capitán se le metió con violencia en un costa’o, y er probe jombre boqueó bu’cando aire, antonces, er capitancito ese le metió con rabia er puño en la boca, tirándolo entre el porvo y las piedras. Do’ capitanes má’ salieron der carro, y arra’traron al infelí que diba echando sangre por la boca. Yo no taba aún repue’to del su’to, cuando por segunda vez en mi vida vide al Benefa’tor; salió del otro carro y diba jablando lo ma quita’o de bulla con un jombre que luego arresultó ser el nuevo ingeniero. Agora, a pesar de to lo que acababa de pasá, Trujillo no me parecía encojona’o, ma bien se le notaba un rostro medio alegre, medio endurecí’o, y le echaba un brazo al jombro ar nuevo ingeniero. "Mire usté que vaina ma tri’te le pasa a los que no obedecen mis jordenes", oí que Trujillo le dijo al jombre, y vide como la punta de la bota der Benefa’tor revorcaba en el polvo los dientes que er puñetazo der capitán le había arranca’o al ingeniero. "Hoy e’ jueve" vorví a e’cuchá la vo’ der jefe, "y er lune yo quiero pasá ese puente pa di a Puerto Viejo". Lo vide dá media vuelta y caminá hacia el carro sin mirá a naide. Cuando ya er porvazo que los carros dejaron al arrancá se había aplacao, el nuevo ingeniero to’avía miraba los dientes en el suelo.


La Artimaña

La Artimaña/Otto Oscar Milanese

La Artimaña/Otto Oscar Milanese/Del Libro Inédito "Azua: Sisal Y Sangre".

A mi no me gutò ni un chin ese jombre, dende que Gerineldo me contara lo que le hizo al probe de Delanoy en el arroyo Las Auyamas. Y agora, con su risita cínica y su cara de borracho, cuando menos lo eperabanos, er muy degraciao se nos aparecía dizque detrá de Artagracia, una muchachita que aún no pasa de lo trece año’. La primera ve que lo vide frente a mi bohío, ya yo sabía por boca e Gerineldo que le gutaba presumí de cortá como yilé. Ya sabía yo de esa runión que tuvo con lo jombres a orillas de Las Auyamas, en donde er dijo "Dende que yo supe que er jefe me envíaba pa etas tierras, me prometí acabá con toa la vagancia en La Plena de Azua". Y dijo, eso me contó mi propio marío Gerineldo, que dende ese día to lo jombres taban obligao a trabajá pal Benefator. No me gutó. No me gutó como ese jombre miraba a mi hija Artagracia, y ahí mesmo me arrecordé del probe Delanoy, dijiéndole que hata de barde taban dipueto a trabajá pal Benefator; pero que ni manque sea un día lo dejaran dedicase a su conuquito’. No me gutaba na como er coronelcito ese miraba a mi probe muchacha, y me arrecuerdo ahí mesmo de la pena, de la rabia conque mi marío me contó lo de la galleta que le dió al probe Delanoy, y to er mundo sorprendío y callao, porque Delanoy ya taba en er suelo, porque ete mesmo jombre que agora mira a mi hija, como si se la quisiera comé con los ojos, le pateaba er costao, y preguntaba ¿"Arguien má quiere opiná, arguien má quiere sugerí"? Y to’ er mundo callao, como se calla agora mi marío y aguanta la rabia entre lo diente, porque er coronelcito manosea lo seno de Artagracia, y no me oye dijiendo que la deje en pa, que sólo e una niña.


La ocuridá de El Rosario obligó a prendé la jumeadora, y yo con la úrtimas palabra der coronelcito en mi mente, "Yo voa a regresá porque eta mujé me guta". Gerineldo no probó la cena de yuca con revoltillo. Lo vide trite sentado en una silla de güano a la entrada der bohío. Tiraba er jumo der pachuché a la ocuridá, y la triteza no sé a ónde. "Vengase a cená, Gerineldo, que na malo no ocurrirá", le dije. Lo vide mordé la punta der pachuché y ecupir con rabia, "Lo pior nos ta pasando ya", me dijo, "er coroner la Yilé e pior que er mesmo diablo, mujé". Me apersiné y le dije a mi marío que no llamara así a ese jombre, que si lo ecuchaba le pesaría; pero Gerineldo taba bien encojonao. Gerineldo me asutó con er odio de su vo’ "Tipos como er Coroner La Yilé son pior que vibora’, Tinol". No soplaba brisa, er seco calor de Azua mantenía abierta la puerta de lo rancho’. "Yo", le dije a mi marío ante de dentrar pal bohío, "no voa a dejá que ese jombre vuerva a ponerle la mano encima a Artagracia."


"Hiede a letrina", me dijo Gerineldo, cuando vorvió der conuco. Y yo me sonreí. To´er santo día me lo había pasa’o de la letrina ar bohío llevando ecrementos pal cuarto de Artagracia. Mi hija dijiéndome que si taba loca, "Yo sé bien lo que hago, muchacha", digole yo, "uté hagame caso y vaya a lo rancho de lo vecinos a recogé to’ los trapo’ que puean prestale". Pero ella me mira como si de verdá creyera que toy loca, y yo inforforá le ordeno "ande, muchacha, ande y haga lo que le digo, y no orvide que si tiene que oriná, orine en la vacinilla y no arroje los meaos".


To’a esa tarde la pasó en Pueblo Viejo, pegao a un pote de triculí y bailando con un cuero. Lo supe porque lo que celebraba er coroner La Yilé, se supo en toa La Plena. En la mañana de ese día er probe de Mello taba encamao por una calentura, y cuando vió al flaco coroner, con la descará sonrisa bajo el fino bigotito, no supo si temblaba de mieo o por la fiebre. La Yilé jaló una silla e palo y sentándose frente a la cama der Mello lo agarró por las muñecas, "E malo que un jombre no eté trabajando a etas horas de la mañana", le dijo. Y er Mello tragó en seco, "Tengo fiebre", le dijo. Er coroner La Yilé lo sortó, "E’te e un buen día pa cortá a un jaragán. No me gutan lo’ jaraganes, y uté lo sabe. Si tiene fiebre, yo se la voa cortá con sesenta patá". Toa esa tarde con la cara enrojecía por er triculí, y contándo como arrastró ar Mello a la calle, yla cuero riendo por encima der merengue de la vellonera, "Yo me voy pa’ Barahona/ a comé mi platanito", como le contó, ni una má ni una meno, las sesenta’ patá que pusieron ar Mello a vomitá sangre, "y también voy pa’ Azua/ a comé carne de chivo".


Gerineldo tiró er macuto en un rincón de la sala y salió amardiciendo. ¿"Mujé, pero que e lo que ha hecho uté con er bohío?" Ya etaba por ocurecé cuando le repondí: "Uté déjeme hacé a mi, y si viene La Yilé, haga lo que haga, y vea lo que vea, uté no haga na’, Gerineldo. Déjemelo to a mi, que una mujé también sabe como defendé su bohío". Vide a Gerineldo desenganchá er colín der clavo en la pered de tablas, y er corazón se me agolpó en la boca. "La Yilé tá ajumao en un bar de Pueblo Viejo, mujé", me dijo sin mirame, "ahorita mesmo se le mete en la mente a ese degraciao venir a manosearnos a la muchacha, y no se lo voa a permití má".


Se me quiso caé er mundo cuando lo vide salí der carro verde, atusándose er bigotito, y ecupiendo a un lao de la carretera. La noche taba clara, arriba, un río de etrellas se empecinaban en alumbrá la degracia que se le echaba encima a mi bohío, a mi familia. Contuve a Gerineldo, agárrándolo por un brazo, "Uté tese quieto, que yo le he dicho que na´malo pasará". La Yilé había regao por lo lao de Pueblo Viejo, que mi hija sería suya cotara lo que cotara, y agora frente a nojotros su vo cortó er silencio de la clara noche der Rosario, ¿"Onde Tá la muchacha"?, dijo, y yo apreté má er brazo de mi marío, ¿"Onde diablo han metío a la muchacha"? Vorvió a gritá parao frente a nojotros. To lo vecino ecuchaban su vo de borracho, pero naide salía der bohío. Antonce er coroner La Yilé me arrempujó contra la tabla der rancho y dentró ar bohío gritando como un loco; Gerineldo quiso dentrá, y yo lo agarré. Taba en er comedor, tiró ar piso de tierra la tinaja de barro, y pateó una silla con rabia, antes de dentrar al aposentro. Pasó un minuto largo, quizá do o tre má. Sentía gana de llorá pegá a la tabla de mi bohío; pero no sortaba er brazo de Gerineldo, antonce oí lo paso der coroner La Yilé que salía egarreando y ecupiendo con aco, ¿"A qué diablo’ güele ete mardito rancho"?, dijo con er cuerpo etremecío de nauseas. Sólo cuando vide que tra su amardiciones se montaba ar carro verde, dando un portazo y arrancando rumbo a Lo’ Jovillo, dentre ar bohío, fui ar rincón ‘onde tenía tapa a mi hija con lo montone de trapo que lo vecino nos pretaron, y quitándole blusas viejas y decolorías farda de encima, le dije "Sarga, Artagracia, que hay que limpiá to eta mierda, porque ya er diablo se juyó, no aguantó su propio bajo".

¡A mi no me engaña el diablo, Compay!


A Mi No Me Engaña El Diablo, Compay/Otto Oscar Milanese/Del Libro Inédito "Azua: Sisal Y Sangre".


La brisa marina del Palmar de Azua arrastró las palabras del capitán Edigen Nin, "El Veneno":


- Coronel, llegó la patana con los hombres.


El coronel José María Alcantara salió del barracón. Apoyándose en la balaustrada lanzó un escupitajo a la tierra hoyada de cangrejeras. Tras el salivazo, una amplia sonrisa pretendió humanizar los desmesurados rasgos de su cara amarillenta.


- Ordene que les den el rancho, capitán Edigen, luego de alojarlos-. Las palabras extrañamente melosas, demasiado afables en la voz de un militar, fluian suavemente sin interrumpirle la sonrisa.


Acuciados por seis guardias que mandaba el capitán Edigen Nin, "El Veneno", los hombres comenzaron a descender de la patana. Latigazos de sol desataban la humedad de piel que ya traían consigo por el amontonamiento de unos contra otros. Bajaban con los huesos pulverizados por el incesante traqueteo del vehículo pesado sobre trechos de carreteras mal pavimentadas. Gruñían y se quejaban al unisono.


- ¡Callense!- Ladró el capitán Edigen Nin, "El Veneno"-. ¿Acaso créen que han llegado de compras a un mercado?


La orden no le agradó a Benigno Frometa, "E´ta ma’ que claro que e’tamos preciosos", pensó, "to’ e’tos jombres, al igual que yo no han cometío na’; pero ya e’ clarito que e’tamos preciosos to’".


A Benigno Frometa, desde el momento en que dos guardias le solicitaron ayuda para empujar un camión varado, nada comenzó a gustarle. No le causó buena impresión la actitud de los guardias ni le agradó la petición, sin embargo respondió: "Como no, pa’ eso e’tamos nojotros, pa’ serví a la guaidia del generai Trujillo. Acompañando a los guardias se adentró por calles y callejones de la ciudad de Moca, pero el camión no aparecía. Bajo su pecho la aprensión golpeaba como tambora forrada de corazón. "’Onde e’tará ese maidito camión" se decía a si mismo Benigno Frometa. Mentalmente escupía un rosario de imprecaciones contra la hora en que se le ocurrió salir a dar una vuelta, para desperezar los musculos, luego del almuerzo, y agilizar la digestión. Ahora la vuelta se le convertía en una dilatada ronda en compañia de dos guardias hoscos, silenciosos, que le estaban arrastrando por las periferias de Moca. No se atrevía a preguntar por el camión. Tampoco cometía el desliz de aventurarse a protestar. Optaba por callar, como hombre que había crecido con el temor y el respeto hacia los militares resumidos en aquella popular respuesta, bruscamente dada a un ciudadano por el guardia analfabeto que leía un periódico puesto al revés: ¡"Cállese y déjese de vainas, coño, que la guaidia de Trujillo lée como quiera"! Los guardias le dijeron que al doblar la esquina encontrarían el camión, y al viraje de la bocacalle, Benigno Frometa se tropezó con otra circunstancia que ahondó su dísgusto. El camión no era un camión, sino una patana de las que frecuentemente usaban los centrales azucareros. Una patana que comenzaba a atiborrarse de hombres comidos por laincertidumbre. Un débil murmullo de voces que mezclaban el miedo y la desesperación golpeó sus oídos. Haciendo acopio del exiguo valor que sentía bañar su indignación quiso protestar; pero una voz le ordenó tajantemente:


- ¡Montese y mantengase calla’o!


El capitán Edigen Nin, "El Veneno", le dió fuego al cigarrillo y lo mantuvo apretado entre sus dientes coloreados por la nicotina. Los guardias empujaban a punta de fúsil a los recién llegados hacia una alambrada de púas. Del grupo salió una voz energica, demandante.


- Quiero hablar con el coronel-. Gritó un hombre alto, obeso, con un pequeño bigote encanecido. Llevaba una camisa a cuadros que parecía reventar poco antes de perderse bajo unos pantalonesde corduroy sostenidos por una correa de cuero gastado.


El capitán Edigen Nin, "El Veneno", separó los delgados labios, y apretando aún mas entre los dientes la punta del cigarrillo, gritó:


-¡ Sargento Basora, traigame a ese sujeto!- Una lágrima sacada por el humo resbalaba de los endurecidos ojos del capitán "El Veneno".


El movimiento de la hilera de hombres que resignadamente avanzaban hacia la alambrada se detuvo. Respirar era un escozor, un resuello. La tierra emanaba un vaho que aletargaba los sentidos. El sargento Basora arrimó a empujones al hombre hasta donde el capitán Edigen Nin, "El Veneno", fumaba.


- ¿ Con quien dice usted que desea hablar?- La pregunta se arrastró con el bailoteo del cigarrillo que no se despegó de los labios.


- Con el Coronel-. Respondió el hombre con entereza.


Por primera vez, el capitán Edigen Nin, "El Veneno", apresó el cigarrillo entre sus dedos índice y mayor. Antes de retirar el cigarrillo de sus labios, chupó con fruición.

- Lo que tenga que contarle al coronel, conversemelo a mi-. Dijo, y arrojó la colilla contra el pecho del hombre, lanzándole luego la fumarada en el rostro.


- Esto es un atropello-. Se ahogó el hombre en su propia voz, en su propia rabia.


- Claro, como no-. Se burló el capitán Edigen Nin, "El Veneno"-. ¿Y eso es lo que quiere decirle al coronel? ¿Que esto es un atropello?


- Eso y mas-, gritó el hombre-, le diré que no puedo estar preso, si no he...


Las garzas que a lo lejos hurgaban en los raquiticos lomos de las vacas, remontaron el vuelo, asustadas por la detonación. El capitán Edigen Nin, "El Veneno", se guardó la pistola reglamentaria.


- Resultó que este sujeto decía verdad, mirenlo bien-, dijo con deliberada lentitud, metiendo la puntera de su bota derecha debajo de un costado del cádaver-, ya no puede estar preso. ¿Alguien mas piensa que no puede estar preso?


Le respondió elmovimiento de la fila con un arrastrar de pasos sobre los cuajarones resecos de una tierra calcinada. En la distancia, las garzas reanudaban su cacería de garrapatas sobre los escualidos lomos de las reses.


Trajano Minyety enfrentaba la realidad de mala gana: "La Cuca" se moría. Su débil respiración asmática era el único signo de vida, entre las mantas de coloridos retazos que la abrigaban. No alentaba ni para desear sentarse en una silla de güano, mientras Marinancia, entre solicita y abrumada, luchaba por meterle en la boca tres o cuatro cucharadas del caldo de pollo que acababa derramándose, emporcando el raído camisón de la enferma. Se retorcía las manos desesperadamente en el patio, debajo del limonero. Trajano Minyety pensaba que se le terminaban las razones para decirle a Marinancia "Ya usté verá, mujé, como un día de e’tos "La Cuca" vuerve a sé la mesma de enantes". Pero Marinancia, sosteniéndole el esmirríado cuerpo por debajo de las axilas, continuaba llevándola cinco o seis veces desde el aposento de tablas hasta la letrina. "Si ombe mujé, un día de e´tos "La Cuca" se levanta y coge la batea pa’ dirse con usté a lavá ropa’ en el arroyo". Pero Marinancia salía de noche y de día, con la escupidera en las manos, y el corazón aguándosele en los ojos para arrojar los vomitos de "La Cuca" en la letrina. "Pa’ mi que va de mar en pior Trajano, y ya no quiera usté darme e’peranzas, que la muchacha va de mar en pior, y ha’ta la color ha perdío ya".


"La Cuca" no abría los ojos, y había dejado de llamar con una voz quedita, quejumbrosa a Marinancia. El ensalmo contra el mal de ojo no le aplacó el frío sudor que una y otra vez Marinancia le secaba de la frente con una deshilachada toalla. La infusión que mandó hervir la curandera de Domingo Frío no atajó los vomitos, ni puso fin a las carreritas a la letrina. Postrada en las brumas del aposento, "La Cuca" se iba volviendo translucida. Tendidas en un cordel de un extremo a otro de la pared enjalbegada, sus remendadas mudas aguardaban. En un entrante, la imágen de la Virgen de la Altagracia veía consumirse sobre si misma una vela y encenderse otra. Pero "La Cuca" no se levantaba. Su piel se recogía, se adhería a los huesos. A Marinancia la vencía la humedad de su rostro hundido sobre los vaciados senos, hasta que la tos carrasposa de la enferma la sobresaltaba.


En el patio, taciturno, Trajano Minyety no sabía que hacer con la dureza labriega de sus manos. Las sepultaba en los bolsillos sin fondos de sus empolvados pantalones, apretaba con ellaslas ramas bajas de la mata de guanabana, o terminaba destrozando con los dientes sus uñas renegridas. "Compay", le gritó una vecina del otro lado de la empalizada, espantando a los lagartos, que corrieron palo arriba, palo abajo, "Compay, no pierda usté la fe. En er ventorrillo de don Tranquilino, e’taban dijiendo anoche que había llegao un do’tor dende er pueblo de Baní". ¡"Conchole, comay", dijo Trajano Minyety, animándose de pronto, "y ‘onde pue’ yo ver a ese do’tor"! Se aproximó al cercado, pegando casi la cara contra los mohosos palos. "E’taban dijiendo que e’ un nieto der viejo Goyo, compay. Así que no pierda usté ma’ tiempo y arrimese a su bohío".


La carretera frente a él. Larga y sinuosamente negra. Apenas transitaban automoviles. Su ansiedad se acrecentaba. La carretera. Silenciosa y espejeada por charquitos de agua de las últimas lluvias. Oteaba en dirección a la capital. Pasaban raudos dos, tres coches camino a Azua o mas allá. Y él cada vez mas inquieto. Cada vez mas aguijonado por la premura de encontrar quien lo llevara a San José de Ocoa, para enrumbarse desde allí por entre riscos y lomas hasta el rincondito Domingo Frío. Paseitos cortos, nerviosos. Iba. Venía. El frasco y la caja de médicinas en las manos sudadas. La carretera siempre a sus costados, vomitando camiones carboneros que se perdían de su mirada rumbo a la capital.


En Domingo Frío, Marinancia estaría velando la mejoría de "La Cuca", pensaba él, y paseaba su zozobra por todo el cruce de Ocoa. Señales a los carros que vienen; señales a los carros que van. Ninguno se detiene. Ninguno dobla hacia San José de Ocoa. Las horas discurren. El paquete de médicinas arde entre sus manos, y "La Cuca" allá tirada entre los retazos de la miserable manta que arropa su quebranto. "La Cuca" abriendo los ojos, porque el doctor la había visitado con Trajano, y con Trajano delante, ese hombrecito que en un principio a él le pareció demasiado joven y esmirriado, como para ser un doctor, le tomó el pulso a "La Cuca", y hablando una jerga que no era la jerga de la curandera de Domingo Frío, dijo lo que él pensaba que padecía "La Cuca", que a lo mejor resultaba lo mismo que decía la curandera; pero que Trajano no podía asegurarlo, porque el doctor nombraba con nombres extraños y pintorescos a las enfermedades y sus remedios. Lo importante era que "La Cuca" abría de nuevo los ojazos y reconocía poco a poco las derruidas tablas del aposento, porque entre Marinancia y el doctor la hicieron tragar, luego de sudar intentándolo con el vaso de agua que se derrama, con las pildoritas que se traban entre dientes; pero al fin la hicieron tragar. El doctor, entonces, rebuscando en el negro vacío de su maletín de cuero extrajo una bolsita transparente de la que pendía una manga, y mientras Marinancia se arrodilla frente a la imágen de La Virgen de La Altagracia, implorando que "La Cuca" no devuelva lo que se ha tragado, el doctor pasa por el caballete del bohío un trozo de cuerda, amarra sus extremos al culo de la funda transparente, y en la punta de la manga inserta una aguja que clava en las venas de "La Cuca" para fijarla luego con esparadrapo. Ahora en el Cruce de Ocoa, casi sonríe pensando que la vida baja gota a gota al cuerpo endeble de "La Cuca". Casi sonríe pensando en la desesperación y los temores de Marinancia, cuando el médico, siempre hablando en su jerga dijo que Trajano tendría que ir a Baní a buscar mas penicilina y suero para la enferma. ¡"Ay gran poder de Dio’"!, exclamó Marinancia llevándose las manos a la cabeza, "pero como va a bajá mi probe marío con e’tos aguaceros". Pero bajó. Abandonando a la mula antes de recorrer la mitad del enfangado camino, para que no se quebrara una pata. Resbalando, aferrándose a matojos y yerbajos. Bajó. Hundiéndose en lodazales y cayendo en charcos.


Se plantó a mitad de la carretera y agitó sus brazos con desesperación. La calma se le metió en la sangre cuando escuchó el chirrido de los frenos de la patana cargada de hombres.


- Por Diosito, necesito un arrenpujoncito ha’ta San José de Ocoa-, dijo atropelladamente-, e’ una emergencia, llevo la medecina pa’ mi hija enferma.


- Déjeme ver ese paquete-. Dijo el guardia que se había desmontado de la cabina de la patana.


- Son la médecina de la probe"Cuca"-. Dijo Trajano Minyety, extendiéndoselas.


- Montese atrás, y acomodose entre esos hombres-. Ordenó el guardia-. Yo llevaré la médicina de su muchacha. Ahí delante iran más seguras.


- Dio’ se lo pague-. DijoTrajano Minyety, encaramándose a la patana, y sintiéndose aliviado. Su alivio duró apenas unos segundos, los que tardó en ver que la patana en vez de virar rumbo a San José de Ocoa, continuaba hacia Azua.


- ¡Oiga, paré!- Gritó sofocándose, Trajano Minyety-. Paré que yo me apeo.


El motor de la patana rugía. La curva de El Número comenzó a vislumbrarse. Desde la cabina lanzaron un objeto, y la brisa arrastró ruidos de carcajadas. La médicina de "La Cuca" fue a caer al pedregoso fondo de una cañada reseca.
Las primeras lenguas solares, que incendiaban el cielo por el oriente, acentúaron la sonrisa afable que el coronel dejó vagar por sus labios cuando se enfrentó a los prisioneros que le aguardaban formados militarmente.


- Para quienes aún lo ignoran-, dijo el coronel José María Alcantara sin dejar de sonreir., están ustedes en el Sisal de Azua.


De entre las columnas de hombres de caras sin lavar, abotargadas de mal dormir, y con ropas polvorientas por la pernoctación a campo raso, surgió un murmullo. Trajano Minyety golpeó con el codo un costado de Benigno Frometa, y le murmuró:


- Anoche ya se lo decía yo, señor, pa’ mi que e’te coronelcito e’ güena gente. Na’ ma’ fijese usté en esa sonrisa. Le apue’to que si le cuento lo de "La Cuca", e’te jombre me deja dir.


- Pue’ lo que e’ a mi-, dijo Benigno Frometa, sin dejar de mirar al coronel José María Alcantara-, no me engaña ei diablo compay.


Un ramalazo de brisa ardiente levantó la polvareda. Toses y estornudos agitaron la formación. La silueta de los barracones tomó un matíz difuso. El aplacamiento del polvo permitió observar la huida de una iguana preñada por entre matojos y pedregales. La meliflua sonrisa del coronel permanecía inalterable.


- Ustedes están aquí por la ley contra la vagancia que ha promulgado el gobierno del Generalísimo Trujillo. El Benefactor detesta el ocio, ¿Verdad, capitán?- Dijo, ladeando el rostro para mirar al capitán Edigen Nin, "El Veneno", situado a un par de pasos detrás y a su izquierda. Sólo el capitán "El Veneno" advirtió que el jovial rostro del coronel adquiría una sanguinaria expresión al mirarlo. La cara se le contrajo graniticamente; pero al volver la mirada hacia los prisioneros exhibía su sonrisa de siempre.


cacto A Trajano Minyety lo torturaban repentinos impulsos de levantar la mano, de dar un paso al frente y mostrarle las cayosidades de sus manos al coronel. Decirle que la vejez le asaltó el cuerpo luchando para que la tierra de su conuquito, allá en Domingo Frío, pariera. La imágen de "La Cuca" postrada aún en su lecho de mantas de retazos por falta de médicinas, le humedeció los ojos. El coronel entendería si le contaba lo de la "La Cuca". Se decidía a hablar, cuando la afectada voz del coronel lo paralizó.


- Quien se la quiera seguir dando de vago aquí, será castigado-. Dijo, y comenzó a pasearse sin prisa frente a las columnas de caras circunspectas-. A la Patria hay que engrandecerla con el trabajo. Todos ustedes deberían sentirse orgullosos de laborar para el Benefactor, de servirle al país. A las cinco de la mañana estarán todos de pie y listos para recoger sisal. La faena concluirá al oscurecer.


El resuello de mas de tres centenares de respiraciones acalló el rumor de ramas que el viento arrancaba a las palmeras al borde de la manigua.


- La Patria necesita hombres fuertes y sanos-. La voz se suavizaba notoriamente cada vez mas. La sonrisa alcanzaba el climax de la benevolencia-. Los que padezcan una enfermedad que les impida rendir en el trabajo que den dos pasos al frente, para enviarlos a enfermería o retornarlos a sus hogares si es necesario.

Azuanamente el incendio que asolaba el intenso azul del cielo, pareció verterse sobre la tierra. El picoteo de fuego ardía en la piel orlada de sudores. Los hombres se miraron oblicuamente. El estupor les hacía olvidar el calor. El coronel José María Alcantara continuaba sonreído. Transparentes gotitas de humor acuoso circundaban la afable contracción de sus labios. Un hombre con acento cibaeñodió dos pasos al frente, y adujo problemas renales. Siguió un capitaleño, gritando padecimientos reumáticos.


- Yo no tengo na’-. Le dijo Trajano Minyety a Benigno Frometa, viendo como seguían saliendo hombres que gritaban sus enfermedades reales o supuestas-. E’toy sano, gracia’ a Dio’ y a la virgen; pero debo dirme por "La Cuca", señor, y e’ta e’ mi oportunidá.


- Quedese usté, ombe, compay. No vaya a cometei una baibaridá que le e’toy dijiendo bien clarito que no se fie usté dei diablo.


- Pue’ lo que e’ yo, me enfermo agora mesmo-, respondió Trajano Minyety, escuchando otra voz cibaeña que anunciaba trastornos cardíacos.


- No vaya a dir usté compay. Hagame caso. Yo si que e’toy enfeimo de ve’dá, pero no voa decí na’. Llevese de lo que le digo, que culebra vieja no cae en lazo, compay.


El grupo de hombres que se declaraban inhabilitados engrosaba. Trajano Minyety recordó a "La Cuca". Pensó en lo que estaría imaginando Marinancia cuando otro día transcurría sin verle aparecer. Precipitadamente dió los dos pasos al frente y anunció:

- Sufro der e’togamo, coroner.

Ochenta hombres hambrientos bajo la resolana; pero con la certidumbre de retornar a sus casas, aguardaban frente al barracón donde el coronel José María Alcantara había instalado sus oficinas. A las once de la mañana hierve el sol en Azua. A las once de la mañana los cuajarones de tierra reverberan. Los sombrajos de los cambrones y de las bayahondas parecen oasis impotentes contra las soporiferas rachas de una brisa que se torna en infernal aliento solar. A las once de la mañana cesó el murmullo de ochenta resecas gargantas que procuraban infundirse animo. El coronel José María Alcantara, al igual que cuando les diera la bienvenida, apoyaba el peso de su recia anatomía sobre la rustica balaustrada. La sempiterna sonrisa jovial parecíainmune a las inclemencias del clima desertico.


- El capitán Edigen Nin, al mando de seis guardias, los conducirá a la enfermería-. Dijo el coronel con voz melosa-. Antes, quiero que terminen una fosa en el camino a Guayacanal. No la pudimos acabar porque la pala mecanica se averió.


Antes de recorrer un tercio de la extensa hilera de matitas de sisal que debía recoger, Benigno Frometa sentía sus manos más vivas que nunca. Y el sol arriba. El sol cayendo como gotitas de plomo fundido sobre sus espaldas. Las manos enrojecidas y excoriadas por invisibles tajos que las dentadas hojas del sisal abrían. De soslayo miraba a la derecha y a la izquierda el fatigoso desplazamiento de hombres que como él, se doblaban para arrancar la matita a las entrañas de la calcinada tierra. Sobreponiéndose a las punzaditas que escocían en sus manos; relegando al olvido la pastosidad de su gaznate reseco, y mal soportando las tenazas de fuego que por encima de la empapada camisa le quemaban la piel de hombros y espaldas, Benigno Frometa, con inusitado esfuerzo arrancaba matitas, avanzando casi doblado hacia la tierra.


El capitán Edigen Nin, "El Veneno", despues de dejar a los enfermos frente al barracón del coronel, transportó al resto de los hombres a las plantaciones de sisal. Ordenó que cada uno se situara al inicio de una hilera de plantas, y sacudiendo el fosforo con el que acababa de encender un cigarrillo, anunció:


- Cada hombre debe alcanzar el final de su hilera antes de que oscurezca-. Pausó para arrojar la fumarada, y para exhibir ostensiblemente una hacha que le tendió un subalterno-. Procuren no llegar de último, porque cada día se le cortará una mano al último que acabe.


A las once de la mañana todos avanzan parejos, creando un oleaje humano que se abate sobre los surcos sembrados, que se reincorpora y vuelve a abatirse. A las once de la mañana todos se observan de reojo, arrancan el sisal y adelantan en una afanosa competición cuyo premio es la preservación de las manos. Las manos que, a las once de la mañana, ya lucen inflamadas por la constante rozadura con los dientes de las hojas de sisal. Y el sol arriba como una dictadura de fuego. Nauseas y subitos mareos. Avanzan. Cortan sisal y adelantan. El hambre se desploma a cascadas por las visceras vacías. Arrancan matitas. Avanzan sin dejar de mirarse de reojo.


Divisaron a los ochenta hombres cuando pasaban por la empolvada carretera rumbo a Guayacanal. El capitán Edigen Nin, "El Veneno", marchaba señalando el camino, con un cigarrillo entre los dientes. Detrás los hombres como niños alborozados. Escucharon retales de loas al coronel. Bendiciones que la débil brisa caliente arrojaba fraccionadas contra sus oidos. Los hombres caminaban animándose entre si, y algunos, omitiendo la presencia del capitán, osaban escupir tímidasrisotadas. A los costados del compacto grupo, parejas de guardias con los fusiles sobados apremiaban a caminar. Cerraba la retaguardia otra pareja de uniformados con sus San Cristobal intimidantes. Los vieron pasar poco despues de las once de la mañana; pero ninguno descuidó doblar la adolorida espalda y arrancar sisal.

Benigno Frometa empezó a sufrir los efectos de su edad, cuando la ignea circunsferencia partió en dos mitades el intenso azul del cielo azuano. Transpiraba copiosamente, y de las zaheridas manos resbaló en un par de ocasiones el sisal que ya había desprendido,provocando que se retresara brevemente. Las rodillas flaqueaban lanzándolo hacia adelante. Mas arriba del coccix, lancinantes mordidas de dolor lo inducían a levantar el cuerpo, buscando un breve alivio, más de lo que debía permitirse para no demorar entre una recogida y otra. Alarmado se percató de que tanto a la derecha, como a la izquierda, muchos de sus compañeros lo dejaban rezagado, avanzando en sus respectivas hileras. Sintió temor de mirar atrás. Se empeñaba en recuperar el terreno perdido, cuando lo inmovilizó el eco de una descarga de fusilería. ¡"Carajo"! Exclamó, mirando en dirección a Guayacanal, "Yo se lo aiveití a ese probe infelí". Una nueva descarga le hizo respingar. Horrorizado, se puso en movimiento, maldiciendo su retraso, y pensando que su sed era lo mismo que tener un sol metido en la boca.


- ¡La mano abierta encima del tronco!- Gritó el capitán Edigen Nin, "El Veneno"-.¡Sargento Basora, amarrele el brazo!


- Esto huele mal, capitán Edigen. Parece que este hombre...


El capitán Edigen Nin, "El Veneno, echó la carcajada manchada de nicotina sobre las primeras sombras del crepúsculo. Se apresuró a imprimirle la última chupada al cigarrillo, y dijo:


- No se extrañe usted, sargento Basora. Todos estos enemigos del jefe son así. Todos privan en gallitos; pero se lo hacen encima cuando les echamos el guante. Acuerdese de la lloradera que le entró a esos al mediodía, cuando supieron que ese hoyo era para ellos. Benigno Frometa sintió la mordedura de la cuerda en su brazo. Miró por última vez su mano abierta sobre un tronco talado, y aunque el diablo nole engañara, deseó haberse ido junto con Trajano Minyety.

martes, 4 de marzo de 2008

Cabón/Otto Oscar Milanese

Cabón/Otto Oscar Milanese

Parque 19 de Marzo 4Cabón/Otto Oscar Milanese/Del Libro Inédito "Azua: Sisal Y Sangre".
A la memoria de Gloria Italia Milanese,
quien siempre me habló de estas cosas.



Atravesando el negro portón de hierro del cementerio la sonrisa del militar se le echó encima. Jacinto Cabón, alto y encorvado se estremeció bajo los últimos rayos de sol de la tarde. Frente a la esquina del Campo Santo, las luces de la barra se encedían. Hombres fumaban a la puerta, por encima de ellos la voz de Dioris Valladares empujaba rafagas de merengues desde la vellonera hacia la calle, "Vete lejos güaragüao/y no seas tan picotero/no te comas mi pollito/que ya está en el gallinero"...


_ ¿El enterrador Cabón?_ Preguntó sonriendo el coronel José María Alcantara_.¿Jacinto Cabón?


_ Yo mesmo señor, pa’ servirle a usté-. Dijo el enterrador atropelladamente, estrechando la manaza que afablemente le tendía el coronel. Cohíbido, comenzó a caminar hacia la esquina en compañía del militar que le echaba los brazos al hombro, como si él fuera un viejo conocido que acabara de encontrar inesperadamente el coronel.


Se detuvieron en la esquina con el crepúsculo azuano ya metido de lleno en las calles polvorientas, en las casas de maderas techadas de zinc. "Porque si tú te lo comes/yo te rompo el cogotico", las voces de los hombres cesaron en la barra, el jaleo merenguero decaía. Jacinto Cabón, miraba por encima de los anchos hombros del coronel el monumento de mármol y bronce en el centro del parque 19 de Marzo, y volvió a sentir la repentina sacudida de su delgado cuerpo. El coronel lo trataba con afabilidad, pero evitaba mirarlo a los ojos. La mirada del militar se perdía siguiendo la carretera que va hacia Barahona-San Juán de La Maguana.


_ Usted podría hacerme un gran favor_, dijo, azucarando la voz. En la otra calzada la vellonera de la barra enmudeció; los hombres espiaban disimuladamente la escena.


_ Como no, señor-. Respondió envarándose el enterrador Jacinto Cabón-. Ya le he dicho que e’tamo pa’ servirle a usté y al ejército.


Lo miró de frente. Sus ojos espejeaban la sonrisa que no abandonaba la boca._ No es gran cosa, amigo Cabón, sólo que quizás le molestemos durante algunas noches para que haga su trabajo.


Al verlo de pie bajo el umbral, flaco, negro y encorvado con dos fundas de papel en las manos, la mujer pensó: "Otra ve’ viene ajuma’o". Y él dijo: "¿’Onde e’tán los muchachos, mujé? Trajé lo’ ingredientes pa’l asopao de ‘onde la pulpería de Fafí". Sin dejar de sacar agua de la tinaja de barro, la mujer lo vió depósitar las fundas sobre la renegrida mesa sin mantel, pensó "La tanta bebentina y la miseria lo tienen acaba’o" y luego respondió: "Lo muchachos e’tán ahí afuera jugando Cabón. Haga usté que dentren porque el aguacero ya lo tenemos arriba". Las voces de él saltaron desde el marco de la puerta hacia la oscuridad de la calle, en donde rodaban alegres gritos infantiles. Ella se aprestó a poner el jarrón con el agua sobre la mesa, rasgó un fosforo y aproximó la llamita al pábilo de la lámpara, pensó "E’ta noche dormiran contentos. Voa encendé el anafe". A la puerta del bohío, descalzos y con los hinchados vientres al aire, dos niños se le echaban encima al enterrador Cabón. "’Sión Pay", gritaron, y tras sus voces se desataba el trueno. Papeles y hojas resecas se arrastraban por la calleja, empujadas por latigazos eléctricos de un viento cargado de lluvia.


El coronel José María Alcantara escupió las palabras contra el arrugado pañuelo con que tapaba boca y naríz-. En esta tierra ya no cabe un muerto más, capitán Edigen. Esos malditos perros ya no tienen ni que oler en donde van a excarvar, en cualquier palmo de tierra que meten sus patas, sacan restos de osamentas.


_ Hay que enterrar mas hondo, coronel_, dijo fríamente el capitán Edigen Nin, "El Veneno_. Ya le he dado ordenes al cabo Griseldo Pérez de que cave mas profundo.


Se detuvo a la puerta de la oficina. Contempló al capitán con detenimiento. Edigen Nin, "El Veneno", procuró disimular el leve temblor que estremecía su cuerpo_. A partir de hoy los muertos se llevaran a Azua por la noche, capitán, para evitar epidemias, para darle un descanso a esta tierra.


El capitán Edigen Nin, "El Veneno", intentó responder; pero el portazo dado por el coronel volvió a cerrarle la boca. Miró a todos los rincones, como buscando inexistentes testigos de la humillación. Acabó por encogerse de hombros, y dejándose caer en una silla de palos detrás de un escritorio de roble, sacó de entre las gavetas un frasco de triculí. "Igual da", pensó el capitán Edigen Nin, "El Veneno", destapándo la botella, "que los enterremos en Azua o que los sepultemos aquí en La Plena", se abocó el frasco desesperadamente. El triculí bajaba ruidosamente abrasándole la garganta, desparramándose por las comisuras de sus labios. "Un muerto es un muerto donde quiera que se le entierre", lanzó la risotada al final del pensamiento, limpiándose los labios con el reverso de las manos. Afuera llovía. Una lluvia mansa que alejaba momentaneamente la calor del valle azuano. El capitán Edigen Nin, "El Veneno", recordó a los cientos de andrajosos hombres hacinados tras las alambradas, y escupió con asco sobre las húmedas tablas del barracón. "Hasta el aguacero está contra esos pendejos", rió, después ahogó risa y pensamientos en otro trago de triculí.


_ Usté no me engaña, Cabón_, dijo la mujer, apoyando medio cuerpo sobre la cruz de cemento con inscripción gastada por el tiempo_, dende la noche del aguacero usté anda di’tinto, y ha’ta lo’ muchachos se lo han nota’o.


El sol bajaba como luminosa mano de calor. Sin camisa, hundido hasta la cintura en la fosa, Cabón arrojaba paletadas de tierra a los lados._ Déjese de vainas, mujé, que a mi no me pasa na’. To’ e’tá bien, y manque sea malo y chin loque apare’ca, ni a usté ni a lo’ muchachos le farta comí’a.


_ Y esos jombres, Cabón-, dijo la mujer con voz medrosa-,¿por qué vienen esos jombres a de’pertarlo a usté to’as las noches?


Lanzó la pala a un rincón del foso. Dejó resbalar el reverso de su huesuda mano por el serpenteante sudor de la frente._ Esos jombres, mujé-, dijo, levantando la vista para mirarla_, esos jombres ya me tienen jarto. ¿A qué crée usté que vienen, mujé? Vienen pa’ que yo haga lo único que he aprendí’o hacé en la vida; pero ya me tienen cansa’o. No me dejan dormí tranquilo.


_ ¡Ay, Gran Poder de Dio’!- Exclamó la mujer, reincorporándose y caminando hasta el borde del hoyo_. No vaya usté a cometé un di’parate, Cabón. Haga lo que esa gente le pida y quedese calla’o. ¡Hagalo por mi, Cabón, hagalo por sus hijos!


El capitán Edigen Nin, "El Veneno", estaba envenenado de miedo. Desde que por las noches amontonaran cádaveres para llevarlos a Azua, en la parte trasera de los empolvados camiones que transportaban el sisal recogido a la capital, el coronel José María Alcantara no se despegaba la sonrisa de los labios. Y el capitán Edigen Nin, "El Veneno", huia de esa sonrisa, como quien huye de la peste. Procuraba en los soleados días, mantenerse alejado del coronel José María Alcantara, inspeccionando a los hombres que se afanaban en recoger sisal. El miedo lo paralizó aquella mañana, cuando el sargento Manuel Basora llegó contándole que la noche anterior "el coronel había salido del barracón como a eso de las nueve de la noche", y él, "El Veneno", se lo imaginó sonreído bajo el río de estrellas, "y que sin saludar a nadie encendió el motor de "La Silenciosa", y entre la polvareda y los ladridos de los perros realengos pisó el acelerador rumbo a El Rosario", y él, "El Veneno", lo visualizó escupiendo con desprecio a través de la ventanilla cuando alcanzaba la altura del caserío. Lo Imaginó dejando atrás La Cienaga y Las Barías con los improperíos desbordándose por entre la apretujada sonrisa. "La Silenciosa" dejando polvo y miedo tras de si, pasando Ansonia y frenando aparatosamente en el Cruce de Los Jovillos. "Y que al entrar al bar todo el mundo dejó de bailar", eso le dijo el sargento Manuel Basora, y él, "El Veneno", como si lo viera erguido, imponente, enfundado en su uniforme de coronel; como si lo viera halar una silla, sacar la pistola de reglamento y dejarla sobre la mesa, antes de pedir una botella de Brugal. "Bueno, que no, que no todo el mundo dejó de bailar, que a su mesa no volvieron un muchacho de Ansonia, y un cuero que dicen que es de por los lados de San Juán de La Maguana. Que la vellonera tirando sobre la noche: "Eroina cuando viniste", y ellos bailando cuerpo contra cuerpo, "Eroina cuando te vas", y que el cuero con la cara rozaba la cara del hombre de Ansonia", y él, "El Veneno", a cada palabra del Sargento Manuel Basora, entrecerraba los ojos, y veía al coronel tamborileando sobre la mesa, sin despegar los ojos de las nalgas de la mujer. Echarse el primer trago de golpe, y perseguir con la sonrisa el contoneo de las nalgas de la mujer. "Y que Eroina yo vine anoche", sólo se oía la vellonera, "y me voy por la madrugá". Y que llegando hasta aquí el merengue, el coronel empuña la pistola y acaba el baile de la pareja con un tiro en la cabeza del hombre". Y él, "El Veneno", oye los gritos de los parroquianos, ve la sangre que mancha el vestido de la prostituta, y escucha las carreras, las mesas derribadas, las maldiciones... El miedo lo envenena, y recuerda que entre tragos el coronel le confió, "Cuando me gusta una mujer, capitán, aunque esta sea un cuero, no me agrada que nadie me la baile".


Miedo. Muerde con furia entre los manchados dientes la punta del cigarrillo, y se quita la correa_. Con que tú eres el que ha querido desarmar a un guardia. Ahora veremos si de verdad tienes cojones para aguantar lo que te has ganado_. Deja caer la correa rabiosamente sobre el rostro del hombre, abriendo un surco sanguinolento en la piel. Tiembla el capitán Edigen Nin, "El Veneno". Su cólera se tizna de miedo, y patea implacablemente los costados del hombre que ha caído a la calcinada tierra. Una patada revienta los labios. Las quejas brotan entre sangre y pedazos de dientes. Revolcándose, el hombre, arañando el polvo, ofrece la espalda mal cubierta de arapos al capitán Edigen Nin, "El Veneno", y baja la correa en busca de la carne. Miedo. Mientras más metido en el cuerpo, en la sangre, lo siente; más rápido baja la correa, mas sonoras son las imprecaciones, mas brutales las patadas.


_ Capitán Edigen_, oye a sus espaldas la voz de un guardia, y desatendiendo al hombre que entre espasmos entra a la inconciencia revolcándose en el suelo, se vuelve a la voz_. Mire lo que nos ha traído el último camión que nos llegó cargado de hombres.


Miedo. Sus ojos empequeñecen. Sus parpados se aprietan hasta parecer celdillas. Arroja la colilla que pisotea con las emporcadas botas, y sonriendo mira detenidamente a la mujer que le lleva el guardia. Su miedo se apacigua. Siente un súbito relajamiento que le permite agrandar la sonrisa en sus labios.
_ ¿Cómo te llamas?- Preguntó, acercándose a la muchacha, escudriñándola, dando vueltas a su alrededor. Andaba vestida pobremente, pero lucía limpia y no tenía trazas de ramera.


_ Cristina_. Respondió ella, con la mirada clavada en el polvo.


El capitán Edigen Nin, "El Veneno", le levantó la barbilla con una mano. Tembló, y procuró esquivar la mirada del oficial. Con la mano libre acarició el trasero de la muchacha por encima del gastado vestido. Ella respingó y dio dos pasos atrás. El guardia que la había traído rió.


_ No la encabrite, capitán, que es virgen aún.


_ Pues mejor-. Dijo riendo el capitán Edigen Nin, "El Veneno"_. Mucho mejor, porque si con esto no se contenta el coronel, ya podemos ir encomendándonos al mismo diablo.


Lo sintió levantarse una, dos, tres veces y quitar la aldaba a la puerta para husmear la soledad de la calleja. Nada. Ni los perros aullaban. Ni las ramas de las matas de jobos, de almendras, se movían en los patios besados por luz de estrellas. Nada. Lo sintió tirarse nueva veza su lado, sobre los viejos cartones. Los niños dormían en otro rincón del bohío que olía a vela de mosquitos. "De’cansa, Cabón", dijo ella en la oscuridad, "que e’ta noche no vendrá esa gente". Volvió a levantarse. Arrastraba los pies descalzos por el piso de tierra. "Vendrán, mujé, y ya e´toy que no aguanto ma’. ¡E´ta mesma noche se lo digo, coño"! ¡"Ay, virgen de Artagracia", se levantó ella de pronto, "pero güeno, e’ que usté se ha vuerto loco, Cabón!" Retornó a franquear la puerta. Bajo la luz de las estrellas parecía un espectro, encorvado, clavado en el dintel. La mujer se estremeció a sus espaldas. "Loco no, mujé. E’ que ba’ta ya de tanto abuso. No me dejan de’cansá. Hoya y hoya y en eso se me va la madrugá. E´to no pu’e seguí así". La mujer encendió la lámparade gas. Apagó el fosforo, que aún ardía en el suelo, pisándolo con las rotosas chancletas. "Yo ya le tengo dicho, Cabón, que usté no diga na’. Oiga lo que oiga, vea lo que vea, usté manténgase calla’o". Cabón echó aldabas nuevamente a la puerta; la mujer rezaba en un rincón, la luz de la lámpara de gas tiraba su silueta contra el techo de palma del bohío.


El capitán Edigen Nin, "El Veneno", llamó a la puerta de la oficina del coronel José María Alcantara, y cuando recibió orden de entrar, abrió la puerta empujando a la muchacha hacia el interior_. Mire usted nada mas, que regalito le traigo, coronel_. Dijo, situando a la aterrorizada mujer frente al escritorio de Alcantara.


Abandonó el asiento y dando dos grandes zancadas se puso frente a la muchacha. Era baja, y un poco delgada, apenas alacanzaba a rozar el pecho del coronel_. ¿De dónde has sacado a esta mujer, capitán?


_ Vino entre los hombres que nos trajo el último camión, coronel. Con usted será su estreno, no conoce hombre todavía_. Apuntilló sonriendo el capitán Edigen Nin, "El Veneno".

Una lujuriosa sonrisa cubría todo el amarillento rostro del coronel José María Alcantara. Súbitamente una de sus manazas tiró con brusquedad del viejo vestido de la muchacha, rasgándolo. Cristina se sacó el espanto con un grito, y se reclinó contra las carcomidas tablas del barracón, instintivamente buscando un refugio inexistente. El capitán Edigen Nin, "El Veneno", escupió una breve carcajada contra el pudor y el miedo de la muchacha. Se aproximó lentamente a ella. Temblaba encogida, casi resbalando hacia el suelo, pegada a la pared. Sus ojos la poseyeron por un instante, mientras el capitán "El Veneno", recomenzaba la carcajada, ahora bajita y corrosiva. Asió con fuerza el brassiere y tiró de el; los pechos de la mujer, pequeños y redondos, rematados por rosados pezones, saltaron ante la lujuria de los dos hombres.


_ ¡Tiene lindas tetas!- Dijo el capitán Edigen Nin, "El Veneno."


_ Déjenos solos, capitán_. Ordenó sin mirarlo, el coronel José María Alcantara, y antes de que el capitán cerrara la puerta tras de si, pidió:_ Haga que me manden una botella de ron Brugal.


Cristina doblaba el cuerpo hacia adelante, entreverando los brazos sobre el pecho para proteger su desnudez. El coronel José María Alcantara tomó del cabello a la mujer, obligándola a mirarle_. ¿Dónde te montaron al camión?


La mujer lo miró con ojos llorosos, suplicantes_. En las afueras de la capital, coronel. Esperaba por algún vehículo que me llevara hasta Azua.


_ Pues que casualidad_, casi susurró el coronel José María Alcantara_, ¿acaso no sabes que estás en Azua?


Abrió los ojos sorprendida. De su sorpresa caían dos lágrimas arrancadas por el temor y por la presión con que el coronel la tiraba de los cabellos_ Déjeme ir, se lo ruego. Necesito ver a mi hermano.


La soltó. Cristina procuraba componerse el vestido, el pelo. La inesperada bofetada le reventó los labios. Tocaban a la puerta, cuando sintió los grandes labios del hombre buscar los suyos, replegarse sobre el hilillo de sangre que manchaba su boca_. La sangre me excita_. Murmuró él, tirándole su aliento en plena cara, atrapando entre sus manos los senos firmes, los pezones endurecidos por la desnudez. Continuaban llamando a la puerta, y él la entreabrió sin soltarla, para coger el frasco de ron Brugal.


Las dos mujeres se miraron por vez primera en un rincón penumbroso del bohío. Ambas tenían rastrojos en las caras del trasnoche de la noche última. Una rezaba de rodillas frente a una imágen de la virgen de Altagracia colocada sobre una silla de palos; la otra de pie, cubría con sus manos las partes del cuerpo que el vestido roto dejaba al descubierto.


_¿Cabón?_ Dijo en tono hueco, ausente, la mujer que rezaba_. A cabón se lo llevó la noche. Ellos se lo llevaron_. Comenzó a reir dándose golpes en los flaccidos senos.


_ ¿Quienes se llevaron a mi hermano?_ Preguntó la mujer, arrodillándose, abrazando a la otra. En torno de ellas corrían, jugaban los dos hijos del enterrador, con los mocos resecos, con los vientres inflados al desnudo.


_ No volverá_. Afirmó la mujer, y comenzó a rezar un Ave María que interrumpía con un gesto negativo de cabeza_. No volverá, no volverá. Se lo llevó el ruido del camión. Se lo llevó la noche. Ellos se lo llevaron_. Reanudaba el rezo gimoteando.
_ ¿Quienes, quienes se lo llevaron?_ Insistía la mujer mas joven, echándose a llorar de pronto, estrujándose el cuello como deseando borrar las violaceas señales que lo afeaban.


Dejó de rezar y contempló fijamente a la mujer._ Ellos, los que venían a enterrá por las noches_. Y lanzó una carcajada.


Se puso de pie, y sosteniendo las partes rotas del vestido caminó hacia la puerta. Se detuvo para mirar por última vez: Los niños habían dejado de jugar y comian puñaditos de tierra en medio de la sala. La mujer continuaba arrodillada frente a la imagen de la virgen de Altagracia, a veces rezaba, a veces reía. "Yose lo tenía dicho que no dijiera na’ viera lo que viera", todavía la escuchó decir cuando ya se alejaba por la desafaltada calleja.

El Aguajero/Otto Oscar Milanese

El Aguajero/Otto Oscar Milanese

Casa linda de cementoEl Aguajero/Otto Oscar Milanese/Del Libro Inédito "Azua: Sisal Y Sangre".

En el Azua de los 60s,
a la memoria de Gambeta y Chuchú.



El mal regusto de la resaca lo tiró del catre cuando el día andaba por su mitad. Antes de tomar el arrugado pantalón del espaldar de la silla, metió la mano en el bolsillo trasero, extrajo la cartera y se cercioró de poseer la cédula. "Chuchú podía andar sin un chele en los bolsillos; pero sin la tarjeta de identidad, jamas, era una costumbre desde el tiempo en que andaba con los tres golpes . Al abrir la puerta del rancho de palmas, el sol azuano lo encandiló y se restregó los ojos con pereza. Un sabor a estómago vacío estalló acidamente en su boca, el erupto arrancó una mueca de asco en un transeúnte; pero a "Chuchú" no le importó, ni siquiera le preocupaba saber si comería aquel día. "Un trago", pensó, mirando el polvoriento trecho de calle que va desde la Santomé hasta la Emilio Prud’Homme, ¡"sólo un trago me quita estos malditos temblores"! Frente a él, en la otra calzada, de la pulpería de Fulvio entraban y salían clientes, "Ya no puedo cogerle fiao un chele más", murmuró con voz estropajosa, "y es demasiado temprano pa’ que estén abiertos los cafetines, además ni una sobra de romo encontraría en las mesas, ya me las bebí todas en la madrugada".


Desde la esquina de la Santomé con la Bartolómé O. Pérez, con las manos temblando dentro de los bolsillos desfondados del ráido pantalón, maldijo la ocurrencia de los zapateros de no trabajar en día lunes. La puerta del callejón, en donde su compadre "Gambeta", lezna en manos, y con el pote de triculí siempre cerca del banco en donde se sentaba a laborar, estaba cerrada. Echó a caminar en dirección al parque 19 de Marzo, sobándose el bigote con dedos tremulos y ofreciendo su calvicie al reverberante sol de mediodía. Divisó a "Gambeta" parado en la esquina de Aván, y apresuró el paso, su rostro, de por si jovial, ensanchó la sonrisa. "Compadre", dijo, llegando a la esquina, "necesito un trago urgentemente". "Gambeta lo miró sonriendo, por encima de los hombros de "Chuchú", podía ver en la calzada del parque a las cazaberas corriendo tras los carros de pasajeros. ¡"Coño, Chuchú"!, le dijo "Gambeta", ¿"Y desde cuando a ti se te ha acaba’o la labia pa’ consegui’te un trago, mi hermano"? Se quedó mirándolo con ojos que reían entre un parpadeo y otro, antes de responder: "La vaina no está fácil, Gambeta. Tú sabes que si decido ponerme el viejo traje de rayas y me tiro pa’ los campos a casá gente, regreso con gallinas, huevos y platanos, además de un buen pote ‘e romo; pero ahora lo que necesito es un trago pa’ calmarme los nervios, después se me ocurrirá algo pa’ conseguí la botella". Gambeta lo haló del brazo para caminar, en el parque las voces de las cazaberas le anunciaban el queso blanco de bola a los pasajeros. "Este es un mal día, Chuchú. Los zapatos que terminé ayer ni siquiera los han ido a buscar, y no cuento ni con una mota pa’ un frasco de triculí. ¡Fijate si estamos salao, ayer jugué el 81 y tiraron el 82 en primera, así no hay cristiano que se salve"! "Chuchú" se detuvo bruscamente, estaban a mitad de calle, "Gambeta" le miraba sorprendido. ¡"Repite eso, repitelo, porque creo que somos ricos, Gambeta". Echó la carcajada, llamando la atención de los clientes de la tienda de Elcira, ¡"Ricos, no, Chuchú, somos millonarios"! Volvió a reirse ¡"Pero no te apures, compadre, que de que nos prendemos hoy, nos prendemos, eso es de orden y ley, aunque sea con berrón nos damos ese jumo"! Subieron la calzada. "Te digo que somos ricos, Gambeta. ¿Estás seguro que fue el 82 el número que tiraron en primera ayer?


Salió alborozado del rancho con la planilla de quinielas en la mano, ¡"Mira, mira, convencete tú mismo", le mostraba sonriendo las quinielas. "Gambeta" tomó la tira de quinielas, se reclinó contra el poste del tendido eléctrico, apoyando uno de sus calzados en el y flexionando la pierna en posición de cuatro. ¡"De orden y ley, son del 82, Chuchú; pero estas quinielas son viejas, no son del sorteo de ayer"! Los labios le temblaron, en los ojos relampagueó la malicia, ¿"Y quien se va a fijar en la fecha de estas quinielas, Gambeta? Sólo necesitamos que la gente vea el número". "Gambeta", comenzó a sonreir, contando la cantidad de quinielas que sostenían sus manos, ¡"Creo, Chuchú, que por hoy seremos algo más que ricos"!


El largo pitazo de la sirena que anunciaba las dos menos cuarto acababa de callar, cuando con el traje y el sombrero rayado se plantó a mitad de calle, frente al parque 19 de Marzo. El carro de pasajeros frenó frente a él. Salió el chofer regordete, iracundo. ¡"Está usted loco, carajo, por poco lo atropello"! "Gambeta" observaba sentado en un banco; por las ventanillas del carro salían las expresiones curiosas de los pasajeros. "Chuchú", con ademanes melosos le puso una mano en el hombro al chofer, "Quiero bañarlo en cuartos, y usted me habla así. ¡Coño, la verdad es que no hay quien entienda a la gente", su voz salía atropelladamente en tono alto, para que le escucharan los pasajeros; luego, bajando la voz para que le escuchara sólo el sorprendido chofer, ¿"No le gustan los cuartos, mi hermanito"? Desde el carro llegaban los gritos de protesta de los pasajeros. ¡"Ya quitese de en medio"!, dijo el chofer enojado, "Esta gente quiere llegar temprano a San Juan de La Maguana". Lo miró fijamente, primero fingiendo enojo, luego su rostro se distendió en una ancha sonrisa, "Mire, mi hermanito, a mi y a mi compadre, mirelo allí sentado en ese banco", señaló con un gesto a "Gambeta", "se nos ha antojado pasear por el pueblo en carro, y como no tenemos carro; pero si tenemos cuarto, estamos dispuestos a pagar lo que sea". Las protestas arreciaban desde el coche. Algunos pasajeros habían salido y estiraban los pies. "Tengo que llevar a esta gente a San Juan, ya me han pagado". Dijo el chofer. "Gambeta" se acercó, estirando los brazos, desperezándose, "Mi compadre Chuchú", dijo "Gambeta", "está dispuesto a pagarle cada pasaje, devuelvale sus cuartos a los pasajeros. Usted no perderá ni un chele, eso es de orden y ley, y encima, mi compadre le pagará por el tiempo que nos pasée por el pueblo". Miró a los pasajeros, luego a "Gambeta" y a "Chuchú". "Ustedes no tienen pinta de que puedan pagarme eso que dicen". "Chuchú" rió y le tiró los brazos al hombro, ¡"Qué relajao es este tipo, Gambeta, mire, mire usted, si notenemos cuartos"! Le mostró la tira de quinielas, "nada más tenemos que cambiar estas quinielas en elAlmacén de Los Recio. Usted decide, mi hermanito, siga para San Juan de La Maguana con la miseria que ya se ha ganado, o quedese un par de horas en Azua, y haga dinero".


Maldiciones. El regordete chofer abrió el maletero. Improperíos. Pasajeros y equipajes al borde de la calzada del Parque 19 de Marzo. "Chuchú y "Gambeta" entraron a la parte trasera del carro. Las maldiciones subían de tono desde el parque. "Ustedes me dirán por donde cojo", dijo el chofer, cerrando la portezuela, "yo no conozco este pueblo". "Gambeta se acomódó para la portezuela derecha, ¡"Ya lo conocerá, eso es de orden y ley, ya lo conocerá, amigo"! "Chuchú", parpadeando, sentado detrás del asiento del chofer, bajó los cristales de la portezuela, "Ustedes no se inforforen tanto, que mientras yo tenga cuarto no los dejaré en la calle. Si no consiguen otro carro para San Juan, vendré a buscarlos y a cada uno le pagaré una habitación en el Hotel Carmencita; pero nadie me va a dormir en la calle, asi que tranquilos."


"Las siete de la noche", se quejó el chofer, ¿"cuando piensan pagarme? Ya hemos andado este pueblo de arriba abajo. Les he comprado tres botellas de Brugal que me deben con los pasajes que tuve que devolver, más las horas que llevamos dando vueltas". "Chuchú destapó la botella, bebió, se limpió el bigote con el envés de la mano derecha y le tendió el frasco a "Gambeta". "No se queje, mi hermanito, porque no se fija que hemos saludado a casi todas las mujeres del pueblo", eruptó, "o a usted no le gustan las mujeres o no le gustan las azuanas, porque en ninguna se ha fijado; pero mire si soy bueno, que no lo dejaremos ir sin gozar la vida, ¿verdad que no lo dejaremos ir en blanco, compadre Gambeta?" Se pegó a la botella antes de responder: ¡"Eso es de orden y ley, compadre Chuchú, este choferazo no se nos va sin conocer la tierra de nadie"! El automovil dejaba lentamente atrás el mercado público, bajando por la Santomé. "Yo no quiero ir a ningún lado", dijo el chofer de mala gana, "lo que quiero es que me paguen y largarme ya. Diganme dónde quieren que los deje". "Chuchú arreció sus parpadeos, "No se nos ponga así, mi hermanito. Le vamos a pagar, pero no podemos cobrar las quinielas a estas horas. Habrá que esperar que el almacén de los Recio abra mañana". El chofer lanzó una imprecación. "Gambeta" rió, y volvió a echarse otro largo trago. "Haga lo que le decimos, hombre, en los cafetines la noche vuela, además, pensamos pagarle por la noche". Los tres hombres se callaron . El chofer rompió el silencio: ¡"Está bien, no me queda más remedio; pero mañana temprano, cuando ese almacen abra, quiero mis cuartos".
El gordo Cutuca los vio llegar y le hizo señas al dependiente que limpiaba el largo mostrador con una lanilla roja. Se asillaron frente a una mesa desde donde podían ver un trecho de pedregosa calle. Antes de que la vellonera trajera a Felix del Rosario "Juana me mandó a buscar/pa’ taparle una gotera"... "Chuchú pidió en voz alta una botella de Brugal. Ya el merengue iba por "porque en la casa de Juana/llueve adentro y escampa afuera", y aún no llevaban el ron pedido. Los tres parecían conversar animadamente, y de pronto, "Chuchú" interrumpía la conversación y volvía a gritar que le llevaran el Brugal. Las parejas bailaban arrimándose los cuerpos con ansiedad, "se mojan los cueros/y la colchoneta/bendita gotera de Juana/que me da carpeta"... ¡ "Coño, pero esto es el colmo, no joda"! Exclamó "Chuchú" levantándose y caminando hacia el mostrador. ¿"Qué pasa, mi hermanito", le dijo al cantinero, sin poder contener el rápido parpadeo de sus ojos, "no me has oído? He pedido un Brugal y tres vasos". Detrás del mostrador, el hombre limpiaba vasos con un paño blanco. "No hay Brugal", dijo laconicamente. "Chuchú" se acodó en el mostrador, "Pués dame un pote de Bermudez Blanco, entonces". Levantó el vaso a contra luz y miró el fondo. "Tampoco hay Bermudez Blanco". Realizó un gesto de impaciencia con las manos, "Entonces dame cualquier clase de romo que tengan". Dejó el vaso sobre el mostrador, clavó los ojos en "Chuchú" que se alisaba los bigotes. "No hay romo para usted", dijo tranquilamente, "orden del dueño". "Chuchú" miró hacia el rincón en donde estaba sentado el gordo Cutuca, y sin mirar al cantinero, dijo "Ya verá como arreglamos esta vaina".


Lo vió venir y no se movió. El codo sobre la mesa y el mentón descansando en la palma abierta de la mano. Le conocía la sonrisa que traía, no podía engañarle más. "Coño, Cutuca", dijo "Chuchú", así tratas a tus clientes fijos, ordenando que no se lesirva". Se quedó mirándole sin modificar la postura. "Chuchú, ya no puedo darte una botella más, hasta que no me pagues". Haló una silla y se sentó frente a él, para decirle en tono confidencial: "Ya sé que no me crees, Cutuca; pero mañana te pagaré hasta el último chele de lo que te debo". Extendió el cuello sobre la mesa, buscando aproximarse más al otro, para murmurar en tono más bajo, "Ves aquel hombre que está sentado con mi compadre Gambeta. ¿Lo conoces? ¡No, seguro que no lo conoces, Cutuca, no es de Azua! Ese hombre es mi chofer". La carcajada estremeció el vientre de Cutuca. ¿"No me crees, verdad"? Levantó el tono de la voz, "Si quieres parate en la puerta, al frente está su carro". Se levantó lentamente sin dejar de mirarlo., "Oye, Chuchú, nunca me has engañado con una de tus historias. Si quieres beber, paga lo que me debes, o por lo menos paga el romo que piensas beberte". Ya se retiraba, cuando se levantó rapidamente, "Espera, Cutuca, mira esto", dijo, mostrándole la planilla de quinielas. ¡"Es el número que tiraron ayer en primera"!, exclamó Cutuca. ¡"Ves que tengo cuarto pa pagarte"!, dijo "Chuchú", ordena que manden un pote de Brugal a aquella mesa, y mañana tú mismo me acompañas al almacén de los Recio pa cambiar estas quinielas".